26 de marzo de 1997. Alertada
por un llamado anónimo, la policía de San Diego, California, ingresa al rancho
Santa Fe, haciendo un hallazgo espeluznante: 39 personas, 21 mujeres y 18
hombres, yacen muertos en los dormitorios y salas de la amplia casona, ocupada
por entonces por una agrupación conocida como Heavens Gate, la Puerta del
Cielo.
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domingo, 6 de agosto de 2017
1997-2017. A veinte años de Heavens Gate: vida y muerte de una secta ufológica
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martes, 20 de septiembre de 2016
El Volcán del Anticristo: Del Tambora al Quiliasmo
En nuestro artículo anterior
repasamos los extraordinarios eventos de 1816, cuando las consecuencias de la
explosión del volcán Tambora en Indonesia un año antes, terminó por generar un
invierno extendido que en Europa cubrió el período 1816-1818, tres años en los
que poco se vio el sol y se sufrió en cambio un terrible invierno, con mucho
frío, nieve y lluvia. Aunque en los libros de historia por lo general el acento
está puesto en la situación política y militar derivada de la derrota de
Napoleón en Waterloo, la ciencia del clima y sus consecuencias globales en todo
el planeta nos obligan ahora a repensar que tanto o más gravitante que las
guerras napoleónicas para la historia del siglo XIX fue la erupción del
Tambora. Como ya observamos brevemente los aspectos climáticos, económicos y
políticos afectados por el Tambora, valdrá la pena ahora centrarnos en la
derivada quizás más desconocida de estos lejanos acontecimientos, la religiosa.
Como ha quedado claro a estas
alturas, la erupción del Tambora en 1815 gatilló una serie de fenómenos que
culminaron en crisis humanitarias en Asia, África y Europa. Pero en este último
continente la situación se tornó incluso peor, pues los europeos apenas llevaban
un año de paz tras Waterloo y necesitaban tiempo para recuperarse de los
horrores de la guerra. La llegada de los efectos del Tambora en 1816 impidió
ese respiro y el resultado fue predecible: la ruina de las cosechas y las
deterioradas condiciones en el campo provocaron una escasez general de
alimentos y una terrible hambruna que recorrió a toda Europa. Normalmente el
hambre y la muerte van de la mano y los relatos de los cronistas de la época
son un recordatorio de ello. Cientos, miles de personas,
empobrecidas y hambrientas, se vieron empujadas a vagar por los pueblos y
campos de Europa en busca de comida y abrigo. En esa atmósfera apocalíptica, el
espectro de la muerte podía adoptar formas fantásticas, inspirando, por
ejemplo, el origen de "Frankenstein", la famosa novela de Mary
Shelley, o así al menos lo creen varios investigadores actuales, habida cuenta
que Shelley comenzó a redactar su libro cuando "veraneaba" en 1816 en
los Alpes suizos, una de las zonas más duramente afectadas por el riguroso clima
del “año sin verano”.
Pero el apocalíptico juego de
vida y muerte no sólo inspiraría la monstruosidad novelesca de Frankenstein, atizaría
también las expectativas escatológicas de quienes veían en los
acontecimientos de 1815-1816 un cumplimiento de profecías bíblicas. Desde su
aparición en el firmamento europeo, el meteórico ascenso de la estrella
de Napoleón y el mito de su invencibilidad convencieron a muchas personas que
el emperador francés no era otro que el Anticristo escatológico. ¿Quién más
podía pasearse por el mundo sembrando la guerra y derrotando a todos sus
adversarios sino uno que tuviera poderes demoníacos? Así lo pensaron los
clérigos católicos españoles en 1808 y también varios líderes protestantes en
Alemania e Inglaterra, para quienes la guerra y la revolución francesa
asociados a Napoleón eran pruebas irrefutables de su naturaleza infernal. Luego
vino lo increíble: Waterloo y la estrella de Napoleón caída a tierra, derrotada
al fin. Si a la derrota del Anticristo en 1815 sumamos la catástrofe
humanitaria y ambiental de 1816, uno puede comprender que muchos contemporáneos
se convencieran que el fin del mundo estaba ad
portas. Una de las versiones más antiguas de la escatología
cristiana es el quiliasmo, también conocido como premilenialismo, y que deriva
su nombre del conocido texto sobre el milenio de Apocalipsis 20:1 ("quilioi" en griego). Así, la visión
quiliasta o premilenialista sostiene que antes del fin del mundo habrá un
reinado literal de mil años de Cristo en el mundo. A su vez, previo a ese
periodo ("el milenio") habrá una serie de eventos cósmicos, como la
aparición y caída del Anticristo y alteraciones en la naturaleza. Aunque los
premilenialistas difieren en cuanto a la secuencia precisa de eventos, al menos
para varios de ellos en 1816 los datos cuadraban con sus expectativas
escatológicas: la caída de Napoleón y el trastorno climático de 1816-1818 eran
indicaciones claras del fin de los tiempos.
Un episodio dramático de esa
expectativa quiliasta la protagonizó por entonces la baronesa Barbara Juliane
von Krüdener (1764-1824, foto superior). De origen ruso-alemán y conectada por
vía familiar con la alta aristocracia rusa (el zar Pablo I fue padrino de su
hijo mayor), la baronesa tuvo una agitada vida sentimental que experimentó un
vuelco cuando entró en contacto con el despertar religioso que se esparcía en
el protestantismo suizo. Fue allí donde la baronesa abrazó la causa quiliasta,
la que unida a su misticismo y convicción, le llevaron a exponer su visión nada
menos que ante el zar Alejandro I, influyendo supuestamente en la creación de
la Santa Alianza en 1815. Pero la baronesa se sintió profundamente conmovida
por la catástrofe humana gatillada por la alteración climática, al punto de
reunir una multitud de desplazados a los que guió por diversos cantones y
ciudades suizas en busca de refugio y comida. Las autoridades suizas, temerosas
de que esta masa devorara la poca comida disponible, no tardaron en dispersar a
sus hambrientos seguidores, mientras la baronesa fue expulsada de vuelta a
Rusia. "La caridad comienza por casa", parecen haber pensado los
suizos, poniendo abrupto fin a la labor humanitaria de Krüdener. ¿Un lejano
antecedente de la reacción europea a la crisis migratoria de hoy?
Las increíbles consecuencias del
cambio climático y los trastornos ocasionados por el Tambora, a doscientos años
de ocurridos los hechos, no dejan de asombrar, incluso en el plano religioso.
Para profundizar sobre el lector puede consultar “The Life and Letters of Madame de Krudener” (1893) de Clement Ford;
“Tambora: The Eruption that Changed the
World” (2015) de Gillen D`Arcy Wood y “The
Little Ice Age: How Climate Made History 1300-1850” (2001) de Brian Fagan.
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jueves, 30 de junio de 2016
Trump vs Francisco: De Muros y Ghettos
El pasado 18 de febrero de este año una noticia
disparada por la velocidad de internet alcanzó todos los rincones del planeta:
el Papa Francisco sentenciaba que el candidato republicano Donald Trump “no es
cristiano” dada su determinación de construir un muro para detener la
inmigración. Los titulares de las principales agencias noticiosas y portales
online causaron sorpresa ante la tajante afirmación del Pontífice, en lo que
muchos leyeron como una directa intervención en la carrera presidencial
norteamericana. Las palabras del Papa fueron las siguientes: “una persona que
sólo piensa en la construcción de muros, dondequiera que se encuentren, y no en
la construcción de puentes no es cristiano… Eso no está en el evangelio”. Al
momento de hacer estas afirmaciones Francisco volaba de regreso al Vaticano,
tras su reciente visita a México, cuya última posta fue una multitudinaria misa
celebrada en el borde mismo de la frontera con Estados Unidos. Seguramente la
atmósfera del lugar, cargada de las críticas mexicanas contra el proyecto de
Trump de construir un muro que mantenga a raya a los inmigrantes ilegales, debe
haber pesado al momento de que el Papa, por lo común un hombre más bien medido
en sus expresiones, se despachara un juicio tan tajante sobre el magnate.
Para nadie es un misterio que Donald Trump es
un personaje bastante odioso para los mexicanos en particular y los
latinoamericanos en general. Su duro discurso nacionalista, agresivo y anti
inmigración despierta la natural antipatía en el mundo hispano parlante, donde
Trump aparece como el típico yankee soberbio y arrogante, y para colmo
multimillonario, el epítome de un capitalismo con muchos enemigos en esta parte
del mundo. Así que las críticas a Trump encuentran una cálida bienvenida en
América Latina, máxime aún si proceden de un Papa latinoamericano, casi como si
el discurso anti Trump alcanzara así una suerte de bendición divina. Pero más allá de la contingencia política y
la parafernalia noticiosa la frase del Papa puede verse bajo una nueva luz cuando
consideramos la historia cristiana: después de todo, ¿los cristianos
construimos muros o los derribamos?
Desde hace un tiempo a esta parte los
cristianos, católicos y protestantes por igual, nos hemos venido comprando un
discurso peligroso por su distorsión de la milenaria historia cristiana: hemos
llegado a creer que el cristianismo presenta una continuidad impoluta e
impecable de justicia y verdad, siempre haciendo el bien y luchando contra el
mal. Así, por ejemplo, hace poco un grupo de pastores evangélicos establecía
que los evangélicos no deberían votar o apoyar a políticos antisemitas, lo cual
está perfecto, claro que uno se pregunta si esos pastores evangélicos sabrán
que el cristianismo debe ser probablemente la religión más anti semita de la historia.
¿Conocerán los pastores el pasado antisemita del cristianismo o de largos
pasajes de su historia antigua y moderna? De conocer ese antecedente
probablemente la instrucción anterior no sólo apuntaría a otros, adoptaría
también un tono de auto crítica. Pues bien, el caso de las declaraciones del
Papa Francisco corre por un camino similar: espectacular lo de no construir
muros, pero ¿sabrá Francisco lo que hicieron sus antecesores en lo que a
construcción de muros se refiere?
Corría el año 1555 cuando el recién elegido
Papa Pablo IV (1555-1559), que apenas llevaba un par de meses reinando en Roma,
publicó la bula “Cum nimis absurdum”
en la que recordaba que Dios había condenado a los judíos a eterna esclavitud,
razón por la cual establecía que los judíos debían vivir en un sector
específico de la ciudad, de manera de aislarlos de la población cristiana: fue
el inicio del tristemente célebre ghetto de Roma, el recinto donde la comunidad
judía viviría separada del resto de la población por los próximos trescientos
años. Si bien en un comienzo los judíos saludaron esta situación pensando que
era una medida favorable para su seguridad, pronto comprendieron que el
objetivo era segregacionista, aislarlos todo lo posible para que no
contaminaran a la población cristiana. Aparte de encerrarlos en una
localización específica, varias normas adicionales estaban destinadas a
humillar a los judíos tanto como fuera posible: obligación de usar ropas con
colores definidos cuando salieran del ghetto, horarios estrictos para circular
fuera del ghetto (estaban obligados a pernoctar durante la noche en el
recinto), obligación de escuchar todos los sábados – día sagrado del judaismo –
un sermón católico para que abandonaran su fe, entre otras. Se estima que en
tiempos de Sixto V (1585-1590) unos 3.500 judíos vivían en una superficie de 3
hectáreas, es decir, una concetración de unas 117.000 hab/km2, a todas luces
una cifra increible. En tal hacinamiento las condiciones eran inhumanas, máxime
aún considerando que el área asignada al ghetto estaba a orillas del rio Tíber,
el cual en invierno solía inundar las tierras anexas, lo cual creaba un
ambiente perfecto para toda clases de plagas y enfermedades. Los muros del
ghetto, planeados en la segunda mitad del siglo XVI por el arquitecto Giovanni
Salustio Peruzzi, terminaron por delinear el paisaje de esta cárcel urbana que
iba a durar tres siglos. Salvo un breve periodo durante la invasión napoleónica
de Italia a fines del siglo XVIII que le concedió libertad a los judíos, el
restablecimiento del reino Papal en 1814 los obligó a volver al ghetto, del
cual no serían liberados finalmente sino hasta 1870, cuando las tropas de los
patriotas italianos ingresaron en Roma, acabando con la soberanía del Papa y
con el ghetto. Vale la pena recordar que a esas alturas el ghetto de Roma era
el último ghetto judío que quedaba en Europa occidental hasta el surgimeinto
del nazismo en el siglo XX.
“Una persona que sólo piensa en la construcción de
muros… no es cristiano”. Conmovedora frase la de Francisco, pero ¿qué hacemos
entonces con todos los Papas que durante trescientos años mantuvieron en alto
los muros del ghetto de Roma para encerrar a los judíos en una existencia
infrahumana? ¿Son esos Papas cristianos o no? Quizás, si con un tono un poco
más autocrítico y humilde, Francisco hubiese advertido a Trump que los cristianos
tenemos una milenaria y dramática historia en lo que a construcción de muros se
refiere y hasta este día nos arrepentimos de ello, el mensaje habría tenido un
mayor efecto sobre el candidato republicano. A menos que, claro, sea distinto
construir un muro que un ghetto.
miércoles, 30 de diciembre de 2015
Mateo y el Judaísmo Enocista
El relato del nacimiento de
Jesús que nos proporciona el evangelio de Mateo está probablemente entre lo más
distintivo de las historias de Navidad: el anuncio de un ángel a José, la
estrella de Belén, la llega de los (reyes) magos, la matanza de los inocentes,
la huida a Egipto, son algunos de los hechos que rodean el nacimiento de Jesús
y de los que sólo nos enteramos por Mateo, pues los demás evangelistas no se
detienen en ellos. Cuán distinta sería la celebración de la Navidad si no tuviésemos
este relato, ¿verdad?
Hace ya bastante tiempo que el
consenso entre los entendidos nos dice que Mateo es un evangelio escrito desde
la perspectiva judía – para la mayoría es el más judío de los evangelios - y
probablemente redactado en Judea o cerca de ella (¿Siria? ¿Transjordania?).
Pero la naturaleza estrictamente hebrea del texto podría ir mucho más allá de las
tradicionales consideraciones sobre el autor, el lugar o la fecha de su
composición: podría estar conectado con el Judaísmo Enocista. Esa es al menos
la tesis que Amy E. Richter desarrolla en su trabajo doctoral, “The Enochic Watcher`s Template and the
Gospel of Matthew” (Marquette University, Wisconsin, USA, 2010). ¿Mateo y
la tradición (o mitología) Enocista? Vamos por parte, comencemos por entender
qué es el judaísmo Enocista.
De lo que tratamos aquí es de
una tradición milenaria y muy extensa, que intentaremos reducir a algunos
puntos fundamentales para abreviar su análisis. Los expertos denominan judaísmo
Enocista a una particular cultura o tradición dentro del mundo judío que tuvo
sus inicios y desarrollo en el periodo intertestamental y que afectó en mayor o
menor medida al judaísmo de la época y a las dos religiones que se derivaron de
él: el judaísmo rabínico y el cristianismo. Desde fines del siglo IV AC la
caída del imperio persa supuso el triunfo del helenismo o de la civilización
griega en todo el mediterráneo oriental. En medio de las vicisitudes más bien
trágicas que acarreó este periodo para los judíos – que en más de tres siglos
tuvieron apenas unos setenta años de independencia – los cuestionamientos sobre
el origen del mal y el sufrimiento del pueblo de Dios llevaron a los maestros
judíos a formular respuestas que explicaran el origen del pecado y las dos más
populares se conectaron con famosos patriarcas de la historia bíblica. Por un
lado, los judíos Adanistas plantearon el papel central que jugaron los primeros
humanos, y por cierto Adán, en la transgresión en el jardín del Edén, de donde
se deriva el estado actual de la maldad en la tierra como consecuencia de la
desobediencia humana a los mandatos de Dios; esta tradición apelaba a Génesis
2-3 como su base textual. Por otro lado, los judíos enocistas rastrearon el
origen del mal en una causa extra mundana, cósmica: la desobediencia de los
ángeles caídos. A diferencia del grupo anterior, estos judíos leían el origen
del mal no en la historia del jardín del Edén, sino en una historia posterior:
Génesis 6:1-4. Según este críptico relato, los “hijos de Dios” se unieron
(sexualmente) con las “hijas de los hombres” y de esa unión nació una raza de
gigantes. Aunque el texto no hace ningún juicio de valor sobre dicha unión, los
versos siguientes – que narran el aumento de la maldad humana previa al diluvio
– parecen dar una connotación negativa a tal enlace o así al menos lo leyeron
algunos judíos. Para estos últimos lectores los “hijos de Dios” eran ángeles
que estaban ante el trono de Dios pero que se vieron atraídos por la belleza de
las féminas humanas e incurrieron en la transgresión de violar la frontera que
separa a humanos de ángeles, a seres terrestres de seres celestiales. Como
resultado de esta unión sexual anti natura nació una raza de gigantes, hombres
perversos y violentos. Además, los ángeles pecadores enseñaron a los humanos
una serie de conocimientos secretos sobre metalurgia, astrología y cosmética,
entre otras materias, todo lo cual llevó a la idolatría y a la fornicación que
finalmente culminaron con el juicio de Dios: el diluvio castigó a los hombres desobedientes
y los ángeles caídos fueron arrojados del cielo. Nos enteramos de toda esta
fantástica historia a través de 1 Enoc, un texto seudoepigráfico cuyo supuesto
autor sería el patriarca Enoc – de ahí lo de “enocista” – y que habría sido compilado
alrededor del siglo I, reuniendo materiales mucho más antiguos.
La historia del Judaísmo
Enocista es un capítulo más de la a su vez compleja y dilatada historia del
judaísmo del Segundo Templo, periodo que abarca más de seis siglos y que
constituye un intervalo esencial en la historia de Israel y de la religión
judía. Los enocistas ejercieron una enorme influencia cultural, religiosa y
política: allí están la literatura enocista y la vertiente apocalíptica. Desde el
tiempo de la revolución macabea los enocistas en general se volvieron críticos
del Templo de Jerusalén y probablemente ello dio origen a una de sus variantes
más notables: el movimiento esenio. Su diagnóstico era asimismo crítico: el
pecado es un problema cósmico, supra humano y originado en los ángeles
caídos, consiguientemente la humanidad
está irremisiblemente perdida en el pecado y aún la religión oficial judía – incluidos
el Templo y sus sacerdotes – es impura y corrupta. Pero Dios va a intervenir en
el final de los tiempos y va instituir un nuevo Templo, restaurando el
sacerdocio puro de los descendientes de Enoc. El “Libro de los Vigilantes”, la porción de 1 Enoc que contiene el
relato de génesis 6:1-4 que comentábamos antes, es en esencia un Apocalipsis. Tanto
el “Libro de los Vigilantes” como el
“Libro Astronómico” habrían sido
redactados alrededor del 300
AC , lo que hace de ambos los más antiguos Apocalipsis (extra
bíblicos) que se conocen, los que posteriormente fueron recopilados por el o
los editores de 1 Enoc e incluidos junto con otros materiales en esta última
obra.
Varios aspectos de 1 Enoc y
sobre todo del “Libro de los Vigilantes”
tienen su equivalente en Mateo. Así, por ejemplo, el uso de títulos tales como
“Hijo del Hombre”. Como es sabido esta última designación es originaria del
primer Apocalipsis bíblico, el libro de Daniel, y fue usada posteriormente por
el o los autores del Libro de los
Vigilantes para adjudicársela a su héroe cósmico y escatológico, el
patriarca Enoc. El título apunta al aspecto celestial de la carrera de Enoc, al
hecho de que tuvo acceso al mundo divino como ningún otro hombre antes que él.
En tal sentido es llamativo el derrotero inverso que siguen Enoc y los ángeles
caídos. Mientras estos últimos abandonan su sitial de privilegio junto a Dios para
descender a este mundo terrenal, Enoc hace lo contrario, abandona este mundo corrompido
para ascender al trono de Dios a interceder por los ángeles corrompidos. Pues
bien, la expresión “Hijo del Hombre” se usa varias veces en los evangelios sinópticos,
siendo Mateo el que más la emplea (aparece en 32 versículos en Mateo, 13 en
Marcos y 26 en Lucas). Si tal terminología tenía una connotación apocalíptica,
mesiánica o escatológica más o menos conocida a partir de su uso por los
círculos enocistas, entonces la apropiación de la misma por parte de Jesús no
debe haber pasado desapercibida para quienes tuvieran algún conocimiento de las
discusiones doctrinales o teológicas que cruzaban al mundo judío. Al menos para
los enocistas – pensemos en los esenios – este aspecto del discurso de Jesús
debe haber sido muy llamativo. ¿Tenían en mente Jesús o los evangelistas a los
enocistas cuando usan esta terminología? ¿Debemos leer esta expresión, “Hijo
del Hombre”, como una interpelación dirigida a los enocistas, a quienes creían que
Enoc era el personaje cósmico – escatológico, cuando en realidad ese papel le
correspondía a Jesús?
Otro aspecto que vincula a la
literatura enocista y a Mateo es el tema apocalíptico. Hoy en día es difícil
precisar qué se entiende por Apocalipsis o apocalíptico, pues hay variadas
definiciones. A modo de resumen podemos entender por literatura apocalíptica a
aquel género que se caracteriza, entre otra cosas, por: la atribución
seudoepigráfica, los viajes celestiales (fuera de este mundo), la revelación de
secretos divinos, el fin del mundo (cataclismo cósmico), las figuras
mesiánicas, las visiones, los mediadores de otro mundo (ángeles), la revisión
de la historia. Muchos de estos aspectos vuelven a conectar a Mateo con la
literatura enocista. Mateo tiene una veta apocalíptica y escatológica muy
importante, incluso capítulos enteros hacen de este su tema central (Mateo
24-26; notar que casi un tercio de las menciones que hace Mateo al “Hijo del
Hombre” ocurren en estos pasajes de alcances cósmicos). De particular interés
para nuestra materia es la presencia de mediadores de otro mundo, a saber,
ángeles, que intervienen como parte del relato escatológico – apocalíptico. Los
ángeles juegan un papel central en la literatura enocista, como queda de
manifiesto en el “Libro de los Vigilantes”
con la aparición de los ángeles rebeldes. El lector seguramente no necesita que
le recordemos a su vez el papel que juegan los ángeles en el relato evangélico
(ángel o ángeles se usa en 19 versos en Mateo, 5 en Marcos, 23 en Lucas, 4 en
Juan) y ni hablar del Apocalipsis, donde el concepto “ángel” o “mensajero” se
emplea 75 veces (el 40% de todos los usos en el Nuevo Testamento). Si en los
círculos enocistas los ángeles aparecen frecuentemente asociados a Enoc
(incluso el patriarca se transforma en un ser semi angélico en 2 Enoc), en el
Nuevo Testamento los ángeles forman parte del mundo sobrenatural que rodea a
Jesús desde su infancia (Mateo y Lucas) hasta su advenimiento escatológico
(Mateo y Apocalipsis).
Según Richter los paralelos
entre la literatura enocista y el relato de la natividad de Mateo en particular
son muy llamativos y deben ser tenidos en cuenta al momento de entender el
nacimiento de Jesús. En los próximos artículos trataremos de profundizar en esa
relación.
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domingo, 27 de septiembre de 2015
Bentham (III): Jesús y la crítica a la moral sexual cristiana
Como vimos en las dos reflexiones anteriores Jeremy Bentham es el exponente de una particular crítica religiosa – en su caso fundamentalmente anti cristiana – que le ha valido el rótulo moderno de profeta del secularismo, ya que su irreligiosidad es entendida como dirigida a la secularización de la sociedad con un tono ético: Bentham pretendía sustituir una dudosa bienaventuranza futura por una felicidad medible en este mundo.
El análisis precedente ha dejado en claro que para Bentham la religión de Jesús era bienintencionada en sus inicios, pero que todo se echó a perder con la irrupción del paulinismo, la versión del apóstol Pablo que adulteró las enseñazas originales de Jesús e introdujo el desastroso ascetismo cristiano. A diferencia de Pablo, entonces, Jesús era un personaje interesante, incluso atractivo, al que Bentham cree que hay volver a descubrir, pero sin la doctrina distorsionada de Pablo. ¿Cómo es Jesús según Bentham? ¿Es parec
lunes, 27 de julio de 2015
Bentham (I): de Epicuro a la crítica anti cristiana
El sistema filosófico del inglés
Jeremy Bentham (1748-1832) se conoce como utilitarismo y en muchos sentidos
puede entenderse como parte del renacer de la filosofía de Epicuro en los
comienzos de la modernidad, en el periodo comprendido entre los siglos XVII y
XVIII. Sabido es que la enseñanza del griego Epicuro (341-270 AC ) se caracterizó,
entre otras cosas, por el atomismo (tomado de Demócrito), el hedonismo
(¿influencia cirenaica?), el empiricismo y algo así como un individualismo
versión antigua. Los discípulos de Epicuro lo resumieron como “el cuádruple
remedio” (tetrapharmakos), por los
cuatro principios básicos: (1) “dios no es algo a lo que temer”, (2) “la muerte
no es algo a lo que temer”, (3) “el bien es fácilmente obtenible”, y (4) “lo
que es terrible es fácilmente soportable”. De estos principios se deriva la
visión epicúrea de que no debemos temer a los dioses o a la muerte, pues
nuestra existencia es puramente material: no existíamos antes de nacer y
tampoco vamos a existir después de morir, así que nuestros gozos y sufrimientos
sólo son experiencias de nuestra vida en este mundo. De ahí que Epicuro derivara
aquella máxima que lo hiciera famoso: para ser felices debemos buscar el placer
y evitar el dolor. Claro que el uso del término “placer” (traducción del griego
hedone) llevó históricamente a varios
equívocos y confusiones, dado que muchos críticos lo entendieron como referido
a los placeres sensoriales o corporales, al modo de un libertino - el placer
sexual, por ejemplo - lo que estaba muy lejos de las ideas de Epicuro; como
varios autores acotan, una mejor interpretación sería entenderlo como “gozo” o
“bienestar”, el ideal epicúreo de una vida “quieta” - después de todo, estoicos y epicúreos estaban
de acuerdo en alcanzar una meta, la ataraxia
(literalmente “sin perturbaciones” o “tranquilidad”) o el estado de paz
interior. Como Epicuro y sus seguidores se ganaron ya en la antigüedad una a
veces injusta fama de ateos, no es extraño que los siempre religiosos romanos
lo miraran con suspicacia y que el advenimiento posterior del cristianismo le
diera el coup de grace: el
epicureismo fue anatematizado y perseguido.
Pero como anunciábamos al
comienzo, fue el despuntar de la era moderna lo que trajo de vuelta los textos
epicúreos y la dialéctica del placer y el dolor. Este epicureismo moderno (o
neo epicureismo) tiene una estela de nombres célebres, pensadores modernos tan
diversos como Michel de Montaigne (1533-1592), Thomas Hobbes (1588-1679),
Pierre Gassendi (1592-1655), Robert Boyle, Jean-Jacques Rousseau (1712-1778),
Barón d´Holbach (1723-1789), Jeremy Bentham (1748-1832) y John Stuart Mill
(1806-1873), por nombrar algunos. Ahora bien, de todos estos lectores del viejo
Epicuro tal vez ninguno llegó a renovar de una manera tan sistemática, lógica y
entusiasta el materialismo del sabio griego como Bentham y su principio de la
utilidad (también conocido como “principio de la máxima felicidad”) que,
habiendo tenido tantas versiones, vio la luz por primera vez en un manuscrito
que publicó (anónimamente) en 1776 y donde se refería a “un axioma fundamental,
la mayor felicidad del mayor número es la medida de lo correcto y lo
incorrecto”. El origen de este principio o axioma ha sido objeto de un largo
debate y aunque su primera enunciación se suele atribuir a Francis Hutcheson
(1694-1746) y se puede rastrear en textos de Lord Shaftesbury (1671-1713),
David Hume (1711-1776 ) y Adam Smith (1723-1790), la fraseología concreta usada
por Bentham parece inspirarse en la traducción inglesa de la obra “Dei delitti e delle pene” (De los
delitos y de las penas) del jurista italiano Cesare Beccaria (1738-1794),
publicada en 1768. Según este principio, una acción es moral si produce la
mayor felicidad para el mayor número de personas posibles.
En tiempos recientes la
filosofía moral de Bentham ha sido caracterizada como consecuencialismo o ética
teleológica, esto es, como una teoría que sostiene que el valor de una acción
está determinado enteramente por sus consecuencias y que propone por lo mismo
que una vida ética gira en torno a maximizar las buenas consecuencias y
minimizar las malas consecuencias de las acciones. Este aspecto del
utilitarismo ha sido duramente criticado por quienes ven en él una puerta
abierta a justificar cualquier acción, por inmoral que fuere, siempre y cuando
reporte buenos resultados. Pero volviendo a Bentham, la mayor felicidad
involucra la maximización del placer y la minimización del dolor. En el
lenguaje de Bentham “utilidad” se utilizó como sinónimo de placer o felicidad y
de ahí que a su sistema filosófico se le conociera como utilitarismo. Aun
cuando sus críticos acusaron a Bentham de reinstalar el hedonismo como una
suerte de descalificación moral, es justo decir que la comprensión que tiene
Bentham del placer o la felicidad no tiene nada que ver con el hedonista del
placer corporal; su visión es bastante más generosa. ¿Qué tan generosa? Bentham
afirmó explícitamente que la ecuación que relaciona placer y dolor no está
restringida sólo a los seres humanos: “La cuestión no es ¿pueden razonar? Ni
tampoco ¿pueden hablar? Sino ¿pueden sufrir?” Dicho en otras palabras, es la
capacidad de sentir placer y dolor, no la facultad del raciocinio, lo que
convierte a un ser en objeto del interés moral utilitarista. Así, entonces, la
maximización de la felicidad y la minimización del dolor debe tomar en cuenta
tanto a los humanos como a lo no humanos (los animales) que pueden verse
afectados por la función de utilidad. Para su época, cuando ningún sistema
filosófico o político tenía en sus enunciados la preocupación por el bienestar
animal, esta idea utilitarista debe haber sonado particularmente chocante, un
recordatorio más de por qué sus seguidores fueron conocidos como “radical
philosophers”. Ahora bien, lo anterior no quiere decir que Bentham manejara una
agenda animalista como las que conocemos hoy en día: no era un vegetariano, por
ejemplo. Sin embargo, la insólita inclusión del bienestar y sufrimiento animal
como parte de la responsabilidad moral humana sí nos obliga a cuestionar la
acusación de hedonismo egoísta que le colgaron sus críticos. Bentham creía
sinceramente que aumentar la felicidad y reducir el dolor del mayor número
posible de seres vivos (personas y animales) operaría la transformación en una
sociedad mejor.
Todo indica que ya en su
temprana juventud Bentham desarrolló un profundo rechazo hacia lo religioso.
Según algunos ese rechazo comenzaría en 1764, cuando se vio obligado a
suscribir los Treinta y Nueve Artículos de la Iglesia de Inglaterra como
requisito indispensable para graduarse en la universidad de Oxford. Si ello es
así o si su predisposición anti religiosa era anterior, lo cierto es que esa
experiencia resultó para Bentham en una imposición inaceptable y se encuadra en
su crítica posterior a la religión como un sistema autoritario basado en la
violación de la libertad humana; casi al final de su vida, en 1826, contribuyó
generosamente a la fundación del University College de Londres, la primera
universidad “laica”, donde podrían estudiar todos aquellos que por razones de
conciencia tenían prohibido estudiar en Oxford y Cambridge (personas sin
religión, católicos y anti trinitarios). Sorprendentemente habrían de pasar más
de cinco décadas antes de que, en los años 1810s, Bentham comenzara a escribir
sistemáticamente sobre religión, o mejor dicho, comenzara a desplegar un ataque
sostenido en contra de la religión. Se suele destacar un pequeño manuscrito
titulado “Not Paul, but Jesus” (Londres, 1823) como uno de los referentes de
ese esfuerzo. El texto fue publicado bajo el seudónimo de Gamaliel Smith,
detalle no menor, pues varias de sus obras fueron publicadas de manera similar
o bien en forma anónima, un recordatorio más de que las ideas de Bentham en
variadas materias eran polémicas e incluso potencialmente revolucionarias
consideradas según el consenso mayoritario de la época. En “Not Paul, but
Jesus” Bentham desarrolla la idea del conflicto entre dos principios opuestos:
el principio de la utilidad y el principio del ascetismo. Aunque volveremos
sobre esta obra en capítulos posteriores digamos aquí a modo de resumen que
Bentham contrasta la búsqueda de la felicidad humana representada por el
principio de la utilidad (o felicidad) versus la prosecución de la infelicidad
a que conduce el principio ascético cristiano. En otras palabras, Bentham
presenta su principio de la utilidad - “la mayor felicidad posible para el
mayor número posible” - como el camino que conduce a alcanzar la felicidad
humana en este mundo, independientemente de las ideas que tengamos sobre lo que
suceda después de la muerte, mientras que el principio ascético cristiano
enseña a vivir una vida infeliz aquí con miras a alcanzar una hipotética
felicidad en el más allá. La conclusión del ejercicio que nos plantea Bentham
es que podemos vivir razonablemente bien o incluso mejor si no dejamos que la
religión intervenga en nuestras vidas. Esta noción de que los seres humanos
podemos alcanzar la felicidad y la paz social con prescindencia de cualquier
creencia religiosa particular es lo que llevará a varios investigadores
actuales a considerar a Bentham un adelantado de la secularización.
Ahora bien, aun cuando Bentham
pudiera ser catalogado como un ateo, ese rótulo quizás no describe
correctamente al personaje. En rigor Bentham no negaba la existencia de Dios,
lo que rechazaba es que pudiéramos tener algún conocimiento de lo sobrenatural;
para usar un término que iba a surgir varias décadas después de su muerte,
Bentham puede ser descrito en propiedad como un agnóstico. La visión de Bentham
sobre lo sobrenatural tiene sus raíces en la epistemología de su compatriota y
filósofo John Locke. El empiricismo de Locke se popularizó en la famosa imagen
de la tabula rasa: al nacer, el ser humano no viene con ideas preconcebidas y no
tiene otra fuente de conocimiento que las percepciones que recibe del mundo
exterior y que alimentan al cerebro a través de esas ventanas hacia lo externo
que son nuestros sentidos. No deja de ser irónico que la filosofía de un teísta
como Locke - sociniano, pero teísta al fin y al cabo - se tradujera en algunos
lectores posteriores en una fuente de racionalismo anti religioso; dos casos
famosos: Voltaire en Francia y Bentham en Inglaterra. Pues bien, según su
propia lectura de Locke, Bentham apropió aquello de que todo nuestro
conocimiento proviene de nuestras percepciones sensibles del mundo externo, de
donde se sigue que no sabemos nada de aquello que no pase por el filtro de
nuestros sentidos. Según esa lógica inexorable Bentham concluye que es
imposible tener conocimiento alguno de lo sobrenatural: no vemos, ni palpamos
ni sentimos a Dios con ninguno de nuestros sentidos. En rigor, entonces, no podemos
decir que Dios existe o que no existe, sencillamente no sabemos porque no
podemos percibir ni lo uno ni lo otro. Así que hablar sobre la existencia o no
existencia de Dios es hablar cabezas de pecado y por tanto la religión es eso,
un sinsentido. En cambio, los sentidos nos brindan una guía para la vida:
instintivamente todo ser humano buscará las sensaciones placenteras y evitará
las que causen dolor. El viejo Epicuro estaba en lo cierto; los sentidos no nos
permiten saber de Dios, pero sí del principio de la utilidad, o al menos eso
creía Bentham.
martes, 30 de junio de 2015
Demonología Newtoniana
Para nuestro mundo moderno Isaac
Newton es el paradigma del científico como un ser racional, más bien alejado de
sus antípodas irracionales tales como la religión, el misticismo o lo
sobrenatural; este es, después de todo, el cuadro de Newton que han pintado
casi dos siglos de educación positivista: Newton, el Santo Patrono de la Era de la Razón. Empero , la investigación
crítica de los manuscritos secretos de Newton – aquellos textos que el célebre
científico redactó en la soledad de su mundo privado, lejos de la mirada
pública – ha desvelado a un personaje mucho más complejo de lo que la educación
positivista nos enseñó a creer sobre Newton, a tal punto que muchos expertos modernos
consideran tal visión como algo así como un mito positivista. El personaje de
los manuscritos, redescubierto a partir de los años 1930s, emerge como un científico
que estaba profundamente involucrado con otros asuntos menos “científicos”
según los estándares positivistas clásicos, tales como la alquimia, la
teología, la historia de la iglesia y la exégesis bíblica. Uno de los campos en
los que surge con crudeza ese otro Newton es uno tan impensado como el de la
demonología. ¿Newton y los demonios? ¡Santo cielo!
En la Inglaterra de Newton la
existencia de Satanás y los demonios era una cuestión absolutamente establecida
y una creencia ampliamente compartida por casi toda la población a tal punto
que su negación era considerada tautológica de ateísmo. Dicho en otras
palabras, la doctrina relativa a Satanás y los demonios se hallaba casi a la
par de la doctrina trinitaria en términos de medir el grado de ortodoxia de un
cristiano de la época. Siendo Newton un creyente convencido y públicamente al
menos un anglicano observante, resulta llamativo el descubrimiento (reciente) de
que Newton desechara la existencia real del demonio; mirado retrospectivamente esto
agregaría una nueva herejía a un importante listado de creencias heterodoxas del
afamado científico. Es bien conocido que Newton rechazó la trinidad, doctrina
cardinal del cristianismo tradicional, lo que lo pone en el ámbito explícito de
la heterodoxia. Hay que aclarar que en el caso de Newton vino primero la
conversión hacia el anti trinitarianismo (años 1670s), mientras que el rechazo
de la existencia de Satanás sería posterior (hacia 1690 o poco antes). Es
asimismo importante consignar que el rechazo de las doctrinas ortodoxas de
la trinidad y del demonio han sido
interpretadas por algunos expertos de corte positivista como ejemplos de una
incipiente agenda racionalista en la vida de Newton o, dicho en otras palabras,
como indicadores de que la faceta científica estaba erosionando la erosión y
tradición religiosa del célebre científico. ¿Es el rechazo de la existencia de
Satanás una manifestación de un Newton proto racionalista?
Aunque la demonología newtoniana
es un asunto todavía en estudio y una materia polémica, hay buenas razones para
sostener que la interpretación newtoniana del demonio es el resultado de los
presupuestos exegéticos de Newton más bien que de una creciente estimulación
racionalista. Como afirman los expertos, la opinión de Newton con respecto al
demonio fue cambiando con el tiempo: el Newton de la juventud seguía la
doctrina tradicional sobre Satanás, mientras que para el Newton adulto el
demonio se metamorfoseó en un “espíritu de error”. Donde sus contemporáneos
veían a un ser espiritual real - el
agente tentador detrás del símbolo de la serpiente del Génesis o del dragón del
Apocalipsis – llamado Satanás, para Newton se trata de ponerle un nombre, de
personificar, a una inclinación maligna que surge del corazón humano, el
“espíritu de error”. Lo que la mayoría de los intérpretes protestantes tomaban
como literales descripciones de posesión demoníaca en los relatos de los
Evangelios, para Newton no son sino concesiones del lenguaje bíblico adaptadas
a las creencias supersticiosas de los judíos de la época; Newton será uno más
de una larga lista de intérpretes que entienden las posesiones demoníacas de la Biblia como descripciones
de casos de alteración mental, es decir, los endemoniados eran en realidad
enfermos mentales.
Newton era un gran admirador de
la historia y la tradición bíblica judía: allí está como ejemplo la presencia
de varios libros de Maimónides en su biblioteca privada, un autor al que cita
recurrentemente en sus manuscritos. Resulta muy llamativo cierto paralelismo
entre el “espíritu de error” de Newton y el lenguaje rabínico del “yetzer
ha-ra” (inclinación al mal) y el “yetzer ha-tov” (inclinación al bien); en
ambos casos la práctica del mal es el resultado de una predisposición hacia el
mal que es innata en el ser humano, más bien que el efecto de un agente
tentador externo (el demonio o Satanás). Los rabinos hallaban apoyo para esta
enseñanza en pasajes como Génesis 6:5. Los rabinos entendían que en el interior
del ser humano hay una naturaleza en conflicto entre estas dos tendencias,
hacia el bien y hacia el mal; se asumía que la inclinación hacia el mal era de
nacimiento, mientras que la inclinación hacia el bien se alcanza hacia los 13
años, cuando la persona puede distinguir conscientemente entre el bien y el
mal. Lo anterior no quiere decir que los rabinos desecharan la existencia de
Satanás, sino que al menos la explicación del mal en los hombres no
necesariamente debía echar mano de tal personaje cuando había a la mano una
capacidad humana innata hacia el mal. El “espíritu de error” que según Newton
es el verdadero responsable del pecado humano, de la idolatría y de la lujuria
es, entonces, una inclinación humana hacia el mal muy similar al yetzer ha-ra o
inclinación al mal que se encuentra en el Talmud. Este paralelismo con la
exégesis judía es un factor más de los varios elementos hermenéuticos que
llevaron a Newton a desechar la ontología de Satanás y los demonios, lo que nos
recuerda que el célebre científico no necesitaba en particular de un acicate
racionalista para agregar una nueva herejía a su rechazo de la trinidad, la
cual, dicho sea de paso, también fue el resultado de sus principios exegéticos
y no de una dudosa agenda proto positivista.
martes, 24 de marzo de 2015
Reflexiones sobre Pi
Los medios, siempre hambrientos
de titulares diferentes que capturen la atención del lector, nos recordaban en
estos días sobre pi, ese viejo símbolo matemático que dejamos olvidado en nuestros
días de escuela o de universidad. El recuerdo era antojadizo, a propósito de la
coincidencia puramente numérica entre el valor de pi y una fecha del calendario.
Como es sabido, el valor de la constante es pi = 3.141593… Tratándose de un
número irracional, los autores de la noticia lo acortaron a 3.1415 y de ahí la
coincidencia con la fecha:
3: el mes de marzo
14: el 14 de marzo
15: del año 2015
Precisamente el pasado sábado 14
de marzo se producía la mentada coincidencia entre pi y el calendario. Aunque
la noticia no pasaba de ser una distracción miscelánea para entretenerse un
rato, el dato curioso bien nos puede servir de excusa para volver a poner
nuestra atención en la larga y casi incombustible obsesión por jugar con los
números y extraer de esos juegos conclusiones metafísicas. ¿Reflexiones
metafísicas sobre pi? Un pequeño vistazo a lo que la curiosidad y la
imaginación humana pueden hacer cuando se mezclan los números con la Biblia lo podemos encontrar
en el libro del Génesis, cuestión a la que nos volcaremos en lo que sigue.
Por siglos, o mejor por
milenios, los judíos, o algunos grupos dentro del judaísmo, se entregaron a
especulaciones sobre los significados de los números y de las letras del
alfabeto hebreo. Con el tiempo esas especulaciones y enseñanzas crecieron de
tal manera que formaron una tradición por sí misma dentro del judaísmo,
tradición que se conoce generalmente como cábala. Hoy en día este antiguo
término hebreo ha tenido tal difusión que por lo general resulta muy difícil sino
imposible precisar su significado. Cábala puede significar cosas “positivas”,
como misticismo, magia, espiritualidad, gnosticismo; o bien cosas “negativas”,
como secreto, oscuro, irracionalidad o superstición. Como consigna un autor,
“ningún otro término o concepto judío post bíblico ha sido universalizado de
una manera similar”. En términos estrictamente históricos la palabra cábala
designa una tradición que nació en el judaísmo hacia el siglo XII o XIII – en
plena Edad Media – de corte esotérico o de saberes secretos, compartidos por
los principales maestros judíos y sus discípulos. Aproximadamente desde el
siglo XVI en adelante se incrementó cada vez más el carácter mágico de la cábala
judía.
Como lo adelantábamos, uno de
los aspectos más llamativos de la cábala es el juego con los significados
numéricos de las letras del alfabeto hebreo. La asignación de valores numéricos
a las letras del alfabeto es un proceso que se estima tuvo lugar en los
doscientos años que antecedieron a la era cristiana. Luego, a lo largo de los
siglos, los expertos judíos versados en estas materias se entregaron a calcular
y revisar las distintas sumas y restas si agregamos o sacamos letras y los
resultados que esto tenía en el “valor” de las palabras. Este tipo de
ejercicios es lo que nos lleva directo al encuentro de pi en las enseñanzas de los
cabalistas judíos. Veamos cómo opera.
Como muestra la figura anterior
el nombre divino, Elohim, se compone de cinco letras, las que sumadas nos dan
el valor numérico del mismo, 86 (= 40+10+5+30+1). La gematría, el nombre de
este juego de asignación de valores numéricos a las palabras, era practicada
por distintos pueblos de la antigüedad y los místicos judíos no se quedaban
atrás en esta materia. Pero la creatividad de algunos cabalistas medievales nos
recuerda que estos juegos pueden ser interminables. En algún instante alguien se
preguntó qué pasaría si hacemos abstracción de las decenas y nos quedamos
simplemente con los dígitos de la suma anterior – 4, 1, 5, 3, 1 – y los
reordenamos según una secuencia determinada:
La flecha roja indica la
secuencia arbitraria de lectura y el resultado que ésta nos da es: ¡3.1415! Voilá, nuestro ejercicio numérico
sobre el tetragrama divino da como resultado nada menos que el valor
(abreviado) de la constante pi = 3.1415. Pero esto no es todo. Si hacemos un
esfuerzo y recordamos nuestras clases de la escuela, tenemos que la mejor
aproximación fraccionaria del valor de pi está dado por la expresión 22/7
(es una aproximación, pues 22/7 = 3.1428…). ¿Qué significa todo esto en
términos cabalísticos? Dado que el tetragrama divino – el nombre Elohim –
equivale a la constante pi, esta última representa
a Dios. Si repasamos ahora el texto del Génesis (los cabalistas jugaban con
números y con el texto bíblico):
“En el
principio creó Dios los cielos y la tierra”. Génesis 1:1
“Fueron,
pues, acabados los cielos y la tierra, y todo el ejército de ellos. Y acabó
Dios en el día séptimo la obra que hizo; y reposó el día séptimo de toda la
obra que hizo”. Génesis 2:1-2
Finalmente, entonces, tenemos
que Dios (Elohim, el símbolo pi), creó el universo en siete días. Pero, otra
vez, como 22/7 es una aproximación de pi, tenemos que:
7 * pi = 22
Para los cabalistas todo encaja.
En siete días se despliega la obra creadora de Dios (7 * pi) y el resultado es
la creación, o en este caso 22. Por supuesto, el 22 no es otra cosa que el
resumen de las 22 letras del alfabeto hebreo, pues para los cabalistas las 22
letras representan los elementos fundamentales de la ceración divina.
Huelga decir que este sencillo
ejemplo deja de manifiesto la manera arbitraria, por decir lo menos, que
emplean los cabalistas para desvelar y sostener la existencia de supuestos
significados ocultos, místicos, o en este caso numéricos o numerológicos, que estarían
encerrados en la Palabra
de Dios. Que esta antojadiza manera de proceder todavía encuentre entusiastas
seguidores en nuestros días (varios siglos después del comienzo de la cábala)
es una prueba indudable de la atracción humana por lo esotérico y lo oculto.
viernes, 27 de febrero de 2015
Lechugas Eróticas
Después de reflexionar sobre
higos y manzanas (diciembre 2014) y sobre las habas de Pitágoras (enero 2015)
en esta ocasión volvemos nuestra atención hacia otro vegetal comestible que es
parte significativa en la dieta humana, particularmente en las ensaladas: la
lechuga.
Hace miles de años, en el
antiguo Egipto, aparecen las primeras escenas que conectan lechugas y erotismo.
Por un lado hallamos el mito de las luchas de Set y Horus, los dioses que se
enfrentan sobre la herencia del fallecido Osiris. En una de las sórdidas
escenas de las luchas Set-Horus, Set intenta infructuosamente penetrar a Horus,
sin conseguirlo, pero a la vez, sin darse cuenta, Horus coge en su mano el
semen de Set y más tarde lo lleva a su madre, Isis. Cuando Isis ve el semen de
Set, corta la mano de Horus que lo sostiene y se desprende de ella. Isis hace
una nueva mano para Horus y luego masturba a su hijo para recoger el semen de
Horus. Posteriormente Isis lleva el semen de Horus y lo arroja sobre las hojas
de las lechugas que están en el jardín del malvado Set. Más tarde Set va a su
jardín, recoge esas mismas lechugas y se las come, ignorando que están regadas
con el semen de Horus. La astuta jugada de Isis ha hecho que ahora Set esté
“embarazado” de Horus y dé a luz el disco solar que sale de la frente de Set.
En definitiva, al introducir su semen en el cuerpo de Set gracias a las
lechugas, Horus gana y derrota a su enemigo.
Pero además de la escabrosa
historia de encuentros sexuales de Set y Horus, la lechuga aparece en murales
pintados en tumbas egipcias en un periodo tan temprano como la VI dinastía y
también más tarde de la XII dinastía. Los egipcios cultivaban la lechuga para
extraer aceite de su semilla, un commodity
muy apetecido en su tiempo. La forma de la lechuga larga (lactuca sativa) experimentó un proceso de estilización en las
representaciones pictóricas, al punto que se hace difícil reconocerla en un
periodo posterior como la XVIII dinastía. Pero lo particular de todas estas
cambiantes imágenes de la lechuga es que casi siempre aparece como un emblema
especial del dios Min, una deidad muy popular desde el Reino Antiguo hasta los
tiempos helenísticos. En el Egipto faraónico había muchos templos consagrados a
Min, quien era considerado el dios del desierto, de la luz, de las tormentas de
arena pero por sobre todo el dios de la fertilidad (agrícola) y la procreación
(humana). Esto último explica que en todas las escenas en que aparece Min
siempre se lo ve con su pene en erección, y detrás de él las famosas lechugas,
a veces llevadas en procesión por los sacerdotes y por adoradores que las
llevan como ofrenda al dios. La pregunta obviamente es ¿por qué las lechugas
podrían ser símbolo o emblema del dios de la fertilidad? Aunque las lechugas
estilizadas de las representaciones más tardías aparecen como lechugas
“erectas”, los investigadores creen que no es necesariamente alguna vaga
conexión de la forma de la lechuga con el pene lo que explicaría esa
asociación, sino más bien el jugo de la lechuga que a los antiguos egipcios les
abría sugerido el semen o fluido masculino. A su vez esto está conectado con el
carácter de afrodisiaco que los egipcios – y otros pueblos del antiguo medio
oriente – le asignaban a las lechugas; así, por ejemplo, era una creencia
popular que se podían tener muchos hijos si se comían muchas lechugas. Casi dos
mil años después de las primeras imágenes de las lechugas en las tumbas
egipcias, el emperador Augusto aparece en un templo ofreciendo lechugas al dios
Min.
Vale la pena notar que para los
griegos la lechuga tenía el significado exactamente contrario que para los
egipcios, era considerada un anti afrodisiaco. Mientras los egipcios veían a
las lechugas como estimuladoras de la pasión sexual, los griegos las consideraban
“mata pasiones”. ¿Cómo es posible que un mismo vegetal tuviera dos significados
tan distintos? Notar que el término latino, lactuca,
evoca la asociación que hacían los antiguos entre el jugo de la lechuga y un
líquido espeso, que los romanos verbalizaban como un fluido lechoso. De manera
muy similar, los egipcios también veían el jugo o aceite de la lechuga como un
fluido lechoso y de ahí el símil con el semen masculino. Por el contrario, los
griegos veían ese mismo fluido como similar al látex del opio que es soporífero
e induce el sueño, apagando así el ardor sexual. De ahí que un mismo vegetal,
la lechuga, haya sido vista de maneras diferentes, incluso antagónicas,
respecto de su papel en la vida sexual de los humanos. A juzgar por la foto principal (imagen de una manifestación en Asia) la connotación sexual de las lechugas se ha filtrado hasta nuestros días.
sábado, 29 de noviembre de 2014
Los Kamikaze Cristianos
“Todo está en las manos de nuestro Señor, la vida y la muerte son
determinadas por él. Voy a estrellarme contra el buque enemigo cantando un
himno… Estaré esperando por ti a las puertas del cielo. ¿Pero se me permitirá a
mí mismo entrar allá? Mamá, ora por mí. No seré capaz de soportarlo bien si no puedo estar contigo.
¡Adiós, Mamá!”
Una emotiva carta de despedida,
una más de las muchas que se escribieron durante la segunda guerra mundial, en
este caso de un hijo hacia su madre en el lejano hogar. Pero esta carta tiene
algo muy particular: su autor, Tsukuru Hayashiichi, murió el 12 de abril de
1945 al estrellar su avión contra los buques de la flota norteamericana en la
batalla de Okinawa. Tsukuru Hayashiichi era protestante y kamikaze.
En nuestra última escala por los
tortuosos caminos del suicidio nos encontramos con uno de los episodios más
insólitos que jamás pudiéramos imaginar: la existencia de cristianos entre los
pilotos suicidas japoneses de la segunda guerra mundial. Como es sabido, el
término kamikaze significa “viento divino” (kami
se podría traducir como “divinidad” o “espíritu divino”, aunque a veces se
interpreta equivocadamente como dios en el sentido occidental del término) y se
habría originado en la época de la invasión mongola (siglo XIII), cuando un
tifón (taifú) destruyó
sorpresivamente a la flota y a la poderosa fuerza expedicionaria enviada por el
Gran Kan de China para invadir Japón: los japoneses interpretaron este suceso
como una intervención divina que salvó a su país de la conquista mongola. El
recuerdo de esta antigua epopeya salvadora rondó otra vez los cerebros de los
estrategas militares nipones a fines de la segunda guerra mundial, cuando los
avatares de la contienda llevaron a Japón a luchar por su sobrevivencia; esta
vez, como una medida desesperada para detener el avance de las fuerzas de
Estados Unidos hacia sus costas, los militares japoneses desarrollaron una
serie de armas suicidas, la más famosa de las cuales fue sin duda la de los
pilotos que estrellaban sus zeros contra los buques norteamericanos, pilotos a
los que los japoneses aplicaron el término kamikaze. Para ellos literalmente
los pilotos que se inmolaban se convertían en kami, una suerte de ente divino que podía incluso llegar a ser
honrado en los altares póstumamente.
Desde la llegada de católicos y
protestantes a las islas del Japón en el siglo XVI se establecieron las
primeras misiones e iglesias cristianas en el país del Sol Naciente. Sin
embargo, la oposición oficial (Hideyoshi ejecutó a varios cristianos en su
periodo) y religiosa – shintoista y budista – contra la expansión del
cristianismo hizo que incluso para los años 1930s los cristianos no fueran más
que el 1 ó 2% de la población del país, esto es, una ínfima minoría. No es
extraño entonces que al momento de estallar la guerra los soldados cristianos
del ejército imperial fueran igualmente una fracción muy menor. Si agregamos a
lo anterior que la inscripción en las escuadrillas kamikaze era por lo general
voluntaria, resulta particularmente sorprendente hallar reclutas cristianos
dispuestos a inmolarse al estilo kamikaze. El relato de Takamasa Suzuki, hijo
de padres católicos y educado él mismo en la escuela dominical, nos puede dar
algunas pistas:
“El 3 de mayo de 1945 fuimos consultados por nuestro comandante de
compañía quiénes serían voluntarios para misiones de Ataque Especial (o
misiones suicidas). Pasé noches enteras preguntándome a mí mismo si debería
ofrecerme como voluntario o no… Sabía que Japón estaba condenado a perder la
guerra pero pensaba que tenía que sacrificarme a mí mismo por el bien de la
nación. Decidí ser voluntario y así me uní al tokko-tai (la Fuerza de Ataque
Especial). Tres días después, el 6 de mayo, la compañía entera fue reunida de
nuevo. El comandante de la compañía bramó, perdió su calma y nos llamó a todos
una basura. Hubo sólo cinco o seis hombres que se ofrecieron como voluntarios
de los 210 en nuestra compañía”.
Como consigna el testimonio de
Suzuki el alistamiento en las escuadrillas kamikazes era voluntario y los oficiales
exhortaban a los soldados en las unidades militares escogidas para que se
unieran al esfuerzo supremo para salvar a la nación, claro que para 1945 muchos
hombres no estaban dispuestos a sacrificarse viendo próximo el fin de la
guerra. Con todo, los testimonios sugieren que el sentimiento de sacrificarse
por su nación era muy fuerte en los voluntarios, a tal punto de considerar que
morir de esta forma no era muy distinto a experimentar la muerte de otra
manera. Es verdad también que muchos de estos voluntarios estaban imbuidos de
un espíritu religioso en línea con la tradición shintoista de morir por el
emperador y probablemente creían que despertarían en la otra vida en el paraíso
como retribución de ese sacrificio, como recuerda un sobreviviente cuando
relata que “la última cosa que nuestros camaradas muertos nos decían era,
“estaré esperando por todos ustedes en el santuario de Yasukuni””. Precisamente
el santuario de Yasukuni, en Tokio, es el controversial lugar donde hasta hoy
se rinde culto a los espíritus de los soldados japoneses muertos en la guerra.
Pero no todos los kamikazes eran shintoistas, había también algunos ateos y
unos pocos cristianos; para estos últimos una conversión post mortem en dioses del santuario de Yasukuni no era una
perspectiva real. ¿Por qué entonces soldados japoneses cristianos, católicos o
protestantes, se enlistaron voluntarios en tales misiones suicidas? El
veinteañero Ichizo Hayashi, otro piloto cristiano, escribiría a su madre:
“Vivimos en el espíritu de Jesucristo y morimos en ese espíritu. Este
pensamiento está conmigo. Es gratificante vivir en este mundo, pero el vivir
tiene un sentido de futilidad ahora. Es tiempo de morir”. Las palabras de los
que murieron en ataques suicidas, como Hayashi o Hayashiichi citado al
principio, así como las de los que sobrevivieron, como Suzuki, nos recuerdan
que estos jóvenes compartían el valor cultural de sus compatriotas respecto al
sentido de la inmolación como algo que bajo ciertas circunstancias no es
negativo, sino muy positivo. A diferencia de la mayoría de sus camaradas, estos
kamikazes cristianos no esperaban engrosar póstumamente el panteón de los
dioses de Yasukuni, sino reunirse en el cielo cristiano con sus padres, madres
y conocidos, aunque la duda expresada por Tsukuru podría haber rondado sus
últimos días: ¿Pero se me permitirá a mí
mismo entrar allá?
Como recuerdan observadores en los momentos finales
de la guerra, después de los bombardeos atómicos sobre Japón, habitantes de
Kioto apuntaban que los dioses ancestrales del Japón habían sido más efectivos
en salvar a Kioto que el Dios cristiano en salvar a Nagasaki (antiguo reducto
cristiano en Japón). Pero el Dios que no salvó a Nagasaki, ¿recibiría a los
kamikazes cristianos?
lunes, 27 de octubre de 2014
Nirvana en Llamas: la relación entre budismo y suicidio
En nuestros dos últimos
artículos hemos hablado sobre suicidio; un caso más bien antiguo, el del monje
vietnamita Thich Quang Duc en los años sesenta, otro más actual, el del actor
Robin Williams hace algunos meses. Es un hecho que la comprensión del suicidio
en occidente y en oriente es muy diferente, entre otras razones, por el
trasfondo religioso (y por tanto cultural) que distingue a estos dos mundos.
Mientras en occidente el suicidio está teñido de una incuestionable nota de
rechazo por la tradicional visión judeo-cristiana que considera que es una
exclusiva prerrogativa divina el poner fin a la vida, en oriente, o al menos en
las sociedades de tradición budista, carentes de tal trasfondo, el poner
término a la vida propia está lejos de ser considerado como algo negativo y más
bien puede llegar a tener una visión positiva, incluso de exaltación.
Teóricos budistas de la
actualidad, como Thich Nhat Hanh (foto principal) a quien citábamos en agosto, suelen recalcar
que la muerte voluntaria practicada por budistas en el marco de un ritual
budista no debe ser rotulada de suicidio, sino que debe considerarse como una
opción distinta y de ahí que algunos prefieran hablar de auto inmolación. Tal
parece ser que la connotación moral negativa que tiene el suicidio en occidente
está detrás de este reclamo, pues en la cosmovisión budista la decisión de
poner fin a la vida – bajo ciertas condiciones – no tiene nada de maligno, muy
por el contrario, puede ser visto como un acto encomiable, trascendente, cuasi
vicario. En la tradición budista se condena en general la práctica del
suicidio, pero hay casos especiales en los cuales tomar la vida en las manos
propias, sobre todo buscando un buen fin para uno mismo o para otros, no
calificaría como suicidio (algo negativo) sino como auto inmolación (algo
positivo). Es la condición en la que se encontrarían maestros avanzados del
budismo, como bodhisattvas y arhats, para quienes, habiendo pasado por todas
las etapas de la purificación vía la reencarnación (el ciclo de nacimientos –
muertes – renacimientos), el suicidio es una forma directa de acortar su paso
al nirvana, a la trascendencia. Para entender esta enseñanza hay que tener
presente que en la tradición budista el cuerpo no tiene un valor intrínseco y
por cierto tiene uno mucho menor que el alma, de donde el valor relativo del
cuerpo está dado por el uso que hagamos de él de forma altruista, para ayudar a
otros (incluyendo la auto inmolación). Ahora bien, en las dos principales
tradiciones budistas, el budismo teravada y el mahayana, las opiniones difieren
sobre esta materia: mientras el primero considera que esas conductas son
elogiables pero no necesariamente deben ser imitadas, el segundo ve el auto
sacrificio (del cuerpo) como un componente esencial del camino budista. Dado
que el budismo teravada es dominante en Sri Lanka y el sudeste asiático
(Birmania, Tailandia, Camboya, Laos, Vietnam) esa es la región donde se
registran menos incidentes de auto inmolación, aunque como señalamos antes el caso
de Thich Quang Duc nos recuerda que era posible importar esas costumbres desde
otras zonas budistas. Por otro lado, el budismo mahayana es dominante en el
Tíbet y lejano oriente (China, Japón, Corea), que es la región donde
precisamente más casos de auto inmolación se pueden detectar. El Lotus Sutra es el texto más influyente en
el budismo mahayana que es responsable de propagar la creencia de “descartar el
cuerpo” en el ascetismo budista, es decir, de entender el suicidio como una
forma de renunciación, una vía para renacer en el mundo espiritual o, más
recientemente, como una forma de protesta o defensa cuando se amenaza a la
comunidad budista (el caso de Thich Quang Duc).
La auto inmolación tiene, como
anunciábamos antes, una milenaria tradición en China, tradición que sería
importada más tarde al Japón. En el país del sol naciente estas ideas se
introdujeron en el periodo medieval, probablemente entre los siglos VIII y X, y
tuvieron acogida en varios templos budistas, en especial en el budismo Zen. Tanto
el shintoismo como el budismo enseñaron a los japoneses la importancia de la
lealtad, la obediencia, la disciplina y más tarde el nacionalismo: la muerte
desinteresada por estos ideales o valores era algo absolutamente encomiable y
apreciado. Por esta vía se comienza a entender la particular disposición de los
japoneses al suicidio, como se enseña en el Bushido
(el manual militar japonés), imagen ampliamente documentada y asociada con la
milicia japonesa y el pueblo japonés hasta la primera mitad del siglo XX (cómo
no recordar el ejemplo de los kamikazes).
El poner término a la vida
propia es un asunto que hasta hoy resalta una diferencia significativa entre la
cultura cristiana occidental y la budista oriental (asiática); mientras en la
primera esta conducta se denomina suicidio y tiene una connotación negativa y
por lo general se reprime, en la segunda la condena al suicidio sigue una
cierta casuística que en ciertos casos puede tener, por el contrario, un
significado positivo. Hasta cierto punto, la distinta mirada respecto al
suicidio es una faceta más de los múltiples contrastes entre la tradición
cristiana y la budista.
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