26 de marzo de 1997. Alertada
por un llamado anónimo, la policía de San Diego, California, ingresa al rancho
Santa Fe, haciendo un hallazgo espeluznante: 39 personas, 21 mujeres y 18
hombres, yacen muertos en los dormitorios y salas de la amplia casona, ocupada
por entonces por una agrupación conocida como Heavens Gate, la Puerta del
Cielo.
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domingo, 6 de agosto de 2017
1997-2017. A veinte años de Heavens Gate: vida y muerte de una secta ufológica
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martes, 20 de septiembre de 2016
El Volcán del Anticristo: Del Tambora al Quiliasmo
En nuestro artículo anterior
repasamos los extraordinarios eventos de 1816, cuando las consecuencias de la
explosión del volcán Tambora en Indonesia un año antes, terminó por generar un
invierno extendido que en Europa cubrió el período 1816-1818, tres años en los
que poco se vio el sol y se sufrió en cambio un terrible invierno, con mucho
frío, nieve y lluvia. Aunque en los libros de historia por lo general el acento
está puesto en la situación política y militar derivada de la derrota de
Napoleón en Waterloo, la ciencia del clima y sus consecuencias globales en todo
el planeta nos obligan ahora a repensar que tanto o más gravitante que las
guerras napoleónicas para la historia del siglo XIX fue la erupción del
Tambora. Como ya observamos brevemente los aspectos climáticos, económicos y
políticos afectados por el Tambora, valdrá la pena ahora centrarnos en la
derivada quizás más desconocida de estos lejanos acontecimientos, la religiosa.
Como ha quedado claro a estas
alturas, la erupción del Tambora en 1815 gatilló una serie de fenómenos que
culminaron en crisis humanitarias en Asia, África y Europa. Pero en este último
continente la situación se tornó incluso peor, pues los europeos apenas llevaban
un año de paz tras Waterloo y necesitaban tiempo para recuperarse de los
horrores de la guerra. La llegada de los efectos del Tambora en 1816 impidió
ese respiro y el resultado fue predecible: la ruina de las cosechas y las
deterioradas condiciones en el campo provocaron una escasez general de
alimentos y una terrible hambruna que recorrió a toda Europa. Normalmente el
hambre y la muerte van de la mano y los relatos de los cronistas de la época
son un recordatorio de ello. Cientos, miles de personas,
empobrecidas y hambrientas, se vieron empujadas a vagar por los pueblos y
campos de Europa en busca de comida y abrigo. En esa atmósfera apocalíptica, el
espectro de la muerte podía adoptar formas fantásticas, inspirando, por
ejemplo, el origen de "Frankenstein", la famosa novela de Mary
Shelley, o así al menos lo creen varios investigadores actuales, habida cuenta
que Shelley comenzó a redactar su libro cuando "veraneaba" en 1816 en
los Alpes suizos, una de las zonas más duramente afectadas por el riguroso clima
del “año sin verano”.
Pero el apocalíptico juego de
vida y muerte no sólo inspiraría la monstruosidad novelesca de Frankenstein, atizaría
también las expectativas escatológicas de quienes veían en los
acontecimientos de 1815-1816 un cumplimiento de profecías bíblicas. Desde su
aparición en el firmamento europeo, el meteórico ascenso de la estrella
de Napoleón y el mito de su invencibilidad convencieron a muchas personas que
el emperador francés no era otro que el Anticristo escatológico. ¿Quién más
podía pasearse por el mundo sembrando la guerra y derrotando a todos sus
adversarios sino uno que tuviera poderes demoníacos? Así lo pensaron los
clérigos católicos españoles en 1808 y también varios líderes protestantes en
Alemania e Inglaterra, para quienes la guerra y la revolución francesa
asociados a Napoleón eran pruebas irrefutables de su naturaleza infernal. Luego
vino lo increíble: Waterloo y la estrella de Napoleón caída a tierra, derrotada
al fin. Si a la derrota del Anticristo en 1815 sumamos la catástrofe
humanitaria y ambiental de 1816, uno puede comprender que muchos contemporáneos
se convencieran que el fin del mundo estaba ad
portas. Una de las versiones más antiguas de la escatología
cristiana es el quiliasmo, también conocido como premilenialismo, y que deriva
su nombre del conocido texto sobre el milenio de Apocalipsis 20:1 ("quilioi" en griego). Así, la visión
quiliasta o premilenialista sostiene que antes del fin del mundo habrá un
reinado literal de mil años de Cristo en el mundo. A su vez, previo a ese
periodo ("el milenio") habrá una serie de eventos cósmicos, como la
aparición y caída del Anticristo y alteraciones en la naturaleza. Aunque los
premilenialistas difieren en cuanto a la secuencia precisa de eventos, al menos
para varios de ellos en 1816 los datos cuadraban con sus expectativas
escatológicas: la caída de Napoleón y el trastorno climático de 1816-1818 eran
indicaciones claras del fin de los tiempos.
Un episodio dramático de esa
expectativa quiliasta la protagonizó por entonces la baronesa Barbara Juliane
von Krüdener (1764-1824, foto superior). De origen ruso-alemán y conectada por
vía familiar con la alta aristocracia rusa (el zar Pablo I fue padrino de su
hijo mayor), la baronesa tuvo una agitada vida sentimental que experimentó un
vuelco cuando entró en contacto con el despertar religioso que se esparcía en
el protestantismo suizo. Fue allí donde la baronesa abrazó la causa quiliasta,
la que unida a su misticismo y convicción, le llevaron a exponer su visión nada
menos que ante el zar Alejandro I, influyendo supuestamente en la creación de
la Santa Alianza en 1815. Pero la baronesa se sintió profundamente conmovida
por la catástrofe humana gatillada por la alteración climática, al punto de
reunir una multitud de desplazados a los que guió por diversos cantones y
ciudades suizas en busca de refugio y comida. Las autoridades suizas, temerosas
de que esta masa devorara la poca comida disponible, no tardaron en dispersar a
sus hambrientos seguidores, mientras la baronesa fue expulsada de vuelta a
Rusia. "La caridad comienza por casa", parecen haber pensado los
suizos, poniendo abrupto fin a la labor humanitaria de Krüdener. ¿Un lejano
antecedente de la reacción europea a la crisis migratoria de hoy?
Las increíbles consecuencias del
cambio climático y los trastornos ocasionados por el Tambora, a doscientos años
de ocurridos los hechos, no dejan de asombrar, incluso en el plano religioso.
Para profundizar sobre el lector puede consultar “The Life and Letters of Madame de Krudener” (1893) de Clement Ford;
“Tambora: The Eruption that Changed the
World” (2015) de Gillen D`Arcy Wood y “The
Little Ice Age: How Climate Made History 1300-1850” (2001) de Brian Fagan.
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martes, 26 de enero de 2016
Mateo y los paralelos entre la natividad y la literatura enocista
En nuestro artículo anterior
planteábamos las interesantes coincidencias que se dan en la literatura judía del
Segundo Templo entre Jesús y Enoc, en particular aquellas que se pueden
rastrear a través del evangelio de Mateo, tal como lo documenta el trabajo
doctoral de Amy E. Richter. El relato de la natividad o el nacimiento de Jesús
es un caso a tener en cuenta.
En los primeros capítulos de
Mateo el evangelista nos cuenta diversos sucesos que tienen su contrapunto en
la tradición enocista. Así, por ejemplo, las dudas sobre la paternidad, que según Mateo, llevaron a José a
pensar en la posibilidad de anular secretamente su compromiso con María, pues
razonablemente José entendía que su novia había tenido relaciones sexuales con
otro hombre (Mateo 2:18-19). En la tradición preservada en 1 Enoc hay una
situación parecida de sospecha de paternidad, en este caso de Lamec y su hijo
Noé. El relato bíblico (Génesis 5:28-29) no dice nada al respecto, pero según
el texto seudoepigráfico Lamec sospechaba que Noé, dada su apariencia física y
precoz habilidad, no era realmente hijo suyo sino de alguno de los vigilantes o
ángeles caídos. Para salir de dudas Lamec recurre a la intermediación de su
padre Matusalén, quien a su vez consulta a su padre Enoc (quien a esas alturas goza
en el cielo de una condición semiangelical) para así finalmente confirmar que
Noé realmente es hijo de Lamec.
Otro punto de semejanza es la intervención angelical. En el
nacimiento de Jesús es más que evidente la profusa presencia de ángeles en
diferentes etapas de la anunciación, el nacimiento y los primeros años de vida
del niño Dios. Pero particularmente interesante es la relación entre
ángeles/poderes superiores con la paternidad/filiación. Aquí nuevamente saltan
los paralelos entre Mateo y la tradición enocista. Según el evangelista José
creía que el bebé era hijo de otro hombre, pero un ángel le avisa que en
realidad es hijo de un agente superior (el Espíritu Santo), mientras que en 1 Enoc la historia es al revés: Lamec
cree que Noé es hijo de un ángel, cuando otro agente superior, Enoc (devenido
casi en un ángel) le confirma que el niño es humano y legítimo hijo de Lamec.
Es importante destacar el contraste sobre la posición relativa de
ángeles y humanos. En la tradición enocista los ángeles ocupan un estadio
superior a los hombres. De hecho el ascenso del patriarca Enoc al trono de Dios
es descrito en términos tales que el lector queda con la impresión de que Enoc
se ha transformado en una figura angelical o comparte características
distintivas de los ángeles. Efectivamente en 3 Enoc (siglo V o VI DC) Enoc se va a transformar en el poderoso
ángel Metatrón, nada menos que el secretario de Dios y cabeza de los demás
ángeles. Si bien esto último es pura especulación mística judía, la posición jerárquicamente
superior de los ángeles sigue la exposición del Antiguo Testamento (Salmo 8:5,
“Le has hecho un poco menor que los ángeles”). En el Nuevo Testamento en cambio
los ángeles se nos presentan como seres al servicio de Jesús y de los hombres
(al menos de quienes son seguidores de Jesús). Tal vez si el mejor ejemplo de
esta subordinación de los ángeles con respecto a los humanos se encuentra en la
epístola a los Hebreos (Hebreos 1:13-14).
Otro aspecto muy llamativo es la inversión del relato de los vigilantes.
Según el Libro de los Vigilantes el
pecado entró en el mundo cuando los vigilantes o ángeles pecadores cruzaron la
frontera que divide al reino angelical/espiritual del reino humano, un acto que
tuvo consecuencias desastrosas. En el relato de Mateo nuevamente asistimos a un
cruce de la frontera entre las potencias superiores y los humanos, pero esta
vez con un resultado muy diferente. La irrupción de los Ángeles Caídos en la
tierra trajo la violencia, el crimen, la idolatría y la fornicación; por el
contrario, la intervención del Espíritu Santo y el nacimiento de Jesús trajeron
paz y salvación. La historia desastrosa inaugurada por los visitantes celestes,
los Vigilantes, se contrasta ahora con la maravillosa historia de Jesús.
Por último, la presencia de los magos crea otro puente entre Jesús y las
tradiciones sobre Enoc. El relato del evangelista insinúa un conocimiento
astronómico-astrológico de parte de los magos: “Porque su estrella hemos visto
en el oriente, y venimos a adorarle” (Mateo2:2). El griego anatolé, traducido “oriente” en este versículo, presenta evidentes
connotaciones astrológicas, pues se puede traducir también como “saliente” o
“naciente”: es la estrella del niño Dios que nace en el oriente. El ABC de
cualquier astrólogo radica en asociar a una persona con su estrella, como parece hicieron los magos en el caso de Jesús.
Pero cualquiera sea la relación de estos magos con la astronomía-astrología de
la época, para un judío conocedor de la tradición enocista no pasaría
desapercibida esta conexión con los astros y el firmamento. Y es que el
judaísmo enocista (y en general el pueblo judío) desarrolló una compleja
relación con los astros en los siglos que precedieron al nacimiento de Jesús.
De una parte el canon bíblico – el Antiguo Testamento – condenaba las prácticas
astrológicas, pero de otro lado el periodo intertestamental vio una creciente
inmersión judía en la astrología. Esta tensión entre rechazar y aceptar queda
de manifiesto en la literatura enocista. Entre las artes y saberes ocultos que
los Ángeles Caídos enseñaron a los humanos sin permiso divino está la
astrología, origen a su vez de la idolatría posterior. Por otro lado, en 1 Enoc 17-36 se relata el viaje de Enoc
por el cosmos y el conocimiento que Dios le comparte sobre los astros, lo que
convierte a Enoc en el padre de la astrología. Así que hay un conocimiento
astrológico malo, revelado por los Vigilantes y sin permiso de Dios, pero hay
también un saber astrológico bueno, autorizado por Dios a través de las
revelaciones dadas a Enoc. En definitiva, así como en los casos anteriores el
relato de Mateo parece deshacer las supuestas consecuencias malignas dejadas
por los Vigilantes, así también ahora la presencia de los magos – portadores de
conocimientos celestes parecidos a los de los Vigilantes – es portadora de
buenas noticias, la llegada de un mensajero celestial al que vienen a adorar.
Por cierto que hay muchas otras materias en las que
podría seguir trazándose el sorprendente paralelo entre la natividad de Mateo y
la literatura enocista, como bien lo documenta la investigación de Amy E.
Richter, pero estos pocos detalles nos abren la puerta hacia el para muchos
desconocido y apasionante mundo del judaísmo del Segundo Templo. Parte de esa
cosmovisión, las tradiciones judías sobre Enoc, los Vigilantes y el origen
cósmico del mal flotaban en el ambiente cuando Jesús aparece en escena y de
seguro no eran para nada desconocidas de Mateo y su círculo. Ahora bien, el que
Mateo haya tenido a la vista las tradiciones enocistas y el que haya redactado
su propia historia en una suerte de reversión de los hitos enocistas no
significa necesariamente que compartiera esas creencias, pero si que pudo haber
usado las mismas para construir un puente mas para enganchar a la audiencia
judía. Este hecho puede ayudarnos a entender cómo o por qué Mateo seleccionó algunos
de los materiales con los cuales construye su relato, en particular el de la
natividad. Pensemos por un momento. Según las especulaciones y mitología
enocista hubo un punto en la historia en que los mundos divino y humano se
cruzaron, con consecuencias trágicas, pero de en medio de ese mal salió un
mensaje de esperanza y futuro encarnado en el “Hijo del Hombre”, el
patriarca-ángel Enoc. Mateo tenía en sus manos una historia parecida, una en la
que nuevamente se cruzan las fronteras divino/humanas, pero esta vez con un
resultado mucho más positivo, donde el protagonista ya no es Enoc, sino el
verdadero Hijo del Hombre, Jesús.
Crédito imagen Libro de Enoc,
http://theremnanttrust.info/book-of-enoch/
Crédito imagen Libro de Enoc,
http://theremnanttrust.info/book-of-enoch/
miércoles, 30 de diciembre de 2015
Mateo y el Judaísmo Enocista
El relato del nacimiento de
Jesús que nos proporciona el evangelio de Mateo está probablemente entre lo más
distintivo de las historias de Navidad: el anuncio de un ángel a José, la
estrella de Belén, la llega de los (reyes) magos, la matanza de los inocentes,
la huida a Egipto, son algunos de los hechos que rodean el nacimiento de Jesús
y de los que sólo nos enteramos por Mateo, pues los demás evangelistas no se
detienen en ellos. Cuán distinta sería la celebración de la Navidad si no tuviésemos
este relato, ¿verdad?
Hace ya bastante tiempo que el
consenso entre los entendidos nos dice que Mateo es un evangelio escrito desde
la perspectiva judía – para la mayoría es el más judío de los evangelios - y
probablemente redactado en Judea o cerca de ella (¿Siria? ¿Transjordania?).
Pero la naturaleza estrictamente hebrea del texto podría ir mucho más allá de las
tradicionales consideraciones sobre el autor, el lugar o la fecha de su
composición: podría estar conectado con el Judaísmo Enocista. Esa es al menos
la tesis que Amy E. Richter desarrolla en su trabajo doctoral, “The Enochic Watcher`s Template and the
Gospel of Matthew” (Marquette University, Wisconsin, USA, 2010). ¿Mateo y
la tradición (o mitología) Enocista? Vamos por parte, comencemos por entender
qué es el judaísmo Enocista.
De lo que tratamos aquí es de
una tradición milenaria y muy extensa, que intentaremos reducir a algunos
puntos fundamentales para abreviar su análisis. Los expertos denominan judaísmo
Enocista a una particular cultura o tradición dentro del mundo judío que tuvo
sus inicios y desarrollo en el periodo intertestamental y que afectó en mayor o
menor medida al judaísmo de la época y a las dos religiones que se derivaron de
él: el judaísmo rabínico y el cristianismo. Desde fines del siglo IV AC la
caída del imperio persa supuso el triunfo del helenismo o de la civilización
griega en todo el mediterráneo oriental. En medio de las vicisitudes más bien
trágicas que acarreó este periodo para los judíos – que en más de tres siglos
tuvieron apenas unos setenta años de independencia – los cuestionamientos sobre
el origen del mal y el sufrimiento del pueblo de Dios llevaron a los maestros
judíos a formular respuestas que explicaran el origen del pecado y las dos más
populares se conectaron con famosos patriarcas de la historia bíblica. Por un
lado, los judíos Adanistas plantearon el papel central que jugaron los primeros
humanos, y por cierto Adán, en la transgresión en el jardín del Edén, de donde
se deriva el estado actual de la maldad en la tierra como consecuencia de la
desobediencia humana a los mandatos de Dios; esta tradición apelaba a Génesis
2-3 como su base textual. Por otro lado, los judíos enocistas rastrearon el
origen del mal en una causa extra mundana, cósmica: la desobediencia de los
ángeles caídos. A diferencia del grupo anterior, estos judíos leían el origen
del mal no en la historia del jardín del Edén, sino en una historia posterior:
Génesis 6:1-4. Según este críptico relato, los “hijos de Dios” se unieron
(sexualmente) con las “hijas de los hombres” y de esa unión nació una raza de
gigantes. Aunque el texto no hace ningún juicio de valor sobre dicha unión, los
versos siguientes – que narran el aumento de la maldad humana previa al diluvio
– parecen dar una connotación negativa a tal enlace o así al menos lo leyeron
algunos judíos. Para estos últimos lectores los “hijos de Dios” eran ángeles
que estaban ante el trono de Dios pero que se vieron atraídos por la belleza de
las féminas humanas e incurrieron en la transgresión de violar la frontera que
separa a humanos de ángeles, a seres terrestres de seres celestiales. Como
resultado de esta unión sexual anti natura nació una raza de gigantes, hombres
perversos y violentos. Además, los ángeles pecadores enseñaron a los humanos
una serie de conocimientos secretos sobre metalurgia, astrología y cosmética,
entre otras materias, todo lo cual llevó a la idolatría y a la fornicación que
finalmente culminaron con el juicio de Dios: el diluvio castigó a los hombres desobedientes
y los ángeles caídos fueron arrojados del cielo. Nos enteramos de toda esta
fantástica historia a través de 1 Enoc, un texto seudoepigráfico cuyo supuesto
autor sería el patriarca Enoc – de ahí lo de “enocista” – y que habría sido compilado
alrededor del siglo I, reuniendo materiales mucho más antiguos.
La historia del Judaísmo
Enocista es un capítulo más de la a su vez compleja y dilatada historia del
judaísmo del Segundo Templo, periodo que abarca más de seis siglos y que
constituye un intervalo esencial en la historia de Israel y de la religión
judía. Los enocistas ejercieron una enorme influencia cultural, religiosa y
política: allí están la literatura enocista y la vertiente apocalíptica. Desde el
tiempo de la revolución macabea los enocistas en general se volvieron críticos
del Templo de Jerusalén y probablemente ello dio origen a una de sus variantes
más notables: el movimiento esenio. Su diagnóstico era asimismo crítico: el
pecado es un problema cósmico, supra humano y originado en los ángeles
caídos, consiguientemente la humanidad
está irremisiblemente perdida en el pecado y aún la religión oficial judía – incluidos
el Templo y sus sacerdotes – es impura y corrupta. Pero Dios va a intervenir en
el final de los tiempos y va instituir un nuevo Templo, restaurando el
sacerdocio puro de los descendientes de Enoc. El “Libro de los Vigilantes”, la porción de 1 Enoc que contiene el
relato de génesis 6:1-4 que comentábamos antes, es en esencia un Apocalipsis. Tanto
el “Libro de los Vigilantes” como el
“Libro Astronómico” habrían sido
redactados alrededor del 300
AC , lo que hace de ambos los más antiguos Apocalipsis (extra
bíblicos) que se conocen, los que posteriormente fueron recopilados por el o
los editores de 1 Enoc e incluidos junto con otros materiales en esta última
obra.
Varios aspectos de 1 Enoc y
sobre todo del “Libro de los Vigilantes”
tienen su equivalente en Mateo. Así, por ejemplo, el uso de títulos tales como
“Hijo del Hombre”. Como es sabido esta última designación es originaria del
primer Apocalipsis bíblico, el libro de Daniel, y fue usada posteriormente por
el o los autores del Libro de los
Vigilantes para adjudicársela a su héroe cósmico y escatológico, el
patriarca Enoc. El título apunta al aspecto celestial de la carrera de Enoc, al
hecho de que tuvo acceso al mundo divino como ningún otro hombre antes que él.
En tal sentido es llamativo el derrotero inverso que siguen Enoc y los ángeles
caídos. Mientras estos últimos abandonan su sitial de privilegio junto a Dios para
descender a este mundo terrenal, Enoc hace lo contrario, abandona este mundo corrompido
para ascender al trono de Dios a interceder por los ángeles corrompidos. Pues
bien, la expresión “Hijo del Hombre” se usa varias veces en los evangelios sinópticos,
siendo Mateo el que más la emplea (aparece en 32 versículos en Mateo, 13 en
Marcos y 26 en Lucas). Si tal terminología tenía una connotación apocalíptica,
mesiánica o escatológica más o menos conocida a partir de su uso por los
círculos enocistas, entonces la apropiación de la misma por parte de Jesús no
debe haber pasado desapercibida para quienes tuvieran algún conocimiento de las
discusiones doctrinales o teológicas que cruzaban al mundo judío. Al menos para
los enocistas – pensemos en los esenios – este aspecto del discurso de Jesús
debe haber sido muy llamativo. ¿Tenían en mente Jesús o los evangelistas a los
enocistas cuando usan esta terminología? ¿Debemos leer esta expresión, “Hijo
del Hombre”, como una interpelación dirigida a los enocistas, a quienes creían que
Enoc era el personaje cósmico – escatológico, cuando en realidad ese papel le
correspondía a Jesús?
Otro aspecto que vincula a la
literatura enocista y a Mateo es el tema apocalíptico. Hoy en día es difícil
precisar qué se entiende por Apocalipsis o apocalíptico, pues hay variadas
definiciones. A modo de resumen podemos entender por literatura apocalíptica a
aquel género que se caracteriza, entre otra cosas, por: la atribución
seudoepigráfica, los viajes celestiales (fuera de este mundo), la revelación de
secretos divinos, el fin del mundo (cataclismo cósmico), las figuras
mesiánicas, las visiones, los mediadores de otro mundo (ángeles), la revisión
de la historia. Muchos de estos aspectos vuelven a conectar a Mateo con la
literatura enocista. Mateo tiene una veta apocalíptica y escatológica muy
importante, incluso capítulos enteros hacen de este su tema central (Mateo
24-26; notar que casi un tercio de las menciones que hace Mateo al “Hijo del
Hombre” ocurren en estos pasajes de alcances cósmicos). De particular interés
para nuestra materia es la presencia de mediadores de otro mundo, a saber,
ángeles, que intervienen como parte del relato escatológico – apocalíptico. Los
ángeles juegan un papel central en la literatura enocista, como queda de
manifiesto en el “Libro de los Vigilantes”
con la aparición de los ángeles rebeldes. El lector seguramente no necesita que
le recordemos a su vez el papel que juegan los ángeles en el relato evangélico
(ángel o ángeles se usa en 19 versos en Mateo, 5 en Marcos, 23 en Lucas, 4 en
Juan) y ni hablar del Apocalipsis, donde el concepto “ángel” o “mensajero” se
emplea 75 veces (el 40% de todos los usos en el Nuevo Testamento). Si en los
círculos enocistas los ángeles aparecen frecuentemente asociados a Enoc
(incluso el patriarca se transforma en un ser semi angélico en 2 Enoc), en el
Nuevo Testamento los ángeles forman parte del mundo sobrenatural que rodea a
Jesús desde su infancia (Mateo y Lucas) hasta su advenimiento escatológico
(Mateo y Apocalipsis).
Según Richter los paralelos
entre la literatura enocista y el relato de la natividad de Mateo en particular
son muy llamativos y deben ser tenidos en cuenta al momento de entender el
nacimiento de Jesús. En los próximos artículos trataremos de profundizar en esa
relación.
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