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domingo, 3 de diciembre de 2017

Un Catálogo Histórico, continuación: Tecnología y Religión en Silicon Valley





En el último artículo dejamos a los hippies tratando de hacer realidad su sueño de libertad total en California en plena década de los 60s. Pero a medida que pasaba el tiempo y más jóvenes se congregaban en San Francisco se hizo evidente el carácter utópico, y por lo mismo inviable, del movimiento hippie. El resultado fue que hacia el final de esa década, para el año 1970, el hipismo terminó por fracturarse en grupos que marcharon en distintas direcciones. Algunos, desilusionados, tuvieron que volver al mundo tradicional del estudio o el trabajo. Otros se sumaron a la nueva corriente del New Age y sus derivadas ocultistas. Aún otros, en un número nada despreciable, fueron atraídos por la oferta de Iglesias y misiones evangélicas, tanto en San Francisco como en el resto del país; este grupo se popularizó en la prensa de la época como los "Jesus people" o "Jesus freak".

domingo, 19 de noviembre de 2017

Un Catálogo Histórico: de los Hippies a los Hackers






En todo el mundo Silicon Valley encarna el poder irresistible y casi omnímodo de la tecnología de punta de nuestros días; pero hace cincuenta años no existía como tal. ¿Cómo explicar este ascenso meteórico en tan corto tiempo? ¿Y qué importancia tiene esta historia para el mundo cristiano? Para entender la génesis de Silicon Valley debemos remontarnos a la posguerra, a la situación que enfrentaba Estados Unidos tras el fin de la segunda guerra mundial. A partir de ese momento hay cinco factores importantes a considerar, a saber: la Guerra fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética; el surgimiento de la cibernética; la contracultura de los años sesenta; las diferencias culturales entre la costa este y oeste de los Estados Unidos; y el desarrollo de la industria de los computadores.

domingo, 6 de agosto de 2017

1997-2017. A veinte años de Heavens Gate: vida y muerte de una secta ufológica






26 de marzo de 1997. Alertada por un llamado anónimo, la policía de San Diego, California, ingresa al rancho Santa Fe, haciendo un hallazgo espeluznante: 39 personas, 21 mujeres y 18 hombres, yacen muertos en los dormitorios y salas de la amplia casona, ocupada por entonces por una agrupación conocida como Heavens Gate, la Puerta del Cielo.

miércoles, 12 de octubre de 2016

Larga Vida al Señor Thiel




Peter Andreas Thiel. Es probable que el nombre no le diga mucho por ahora, pero después de leer los próximos párrafos seguramente será uno que no le dejará indiferente.

El señor Thiel nació en 1967 en la entonces Alemania federal (occidental) y en sus primeros años su familia - sus padres y su hermano Patrick - peregrinaron por varios países hasta establecerse en Estados Unidos. El joven Thiel se educó en la prestigiosa universidad de Stanford, una de las más importantes del mundo. Su vida profesional en las leyes dio paso a una fructífera actividad en los negocios hasta fundar, junto a un joven inmigrante ucraniano, Max Levchin, la empresa que lo convertiría en multimillonario: PayPal. Thiel demostró asimismo gran habilidad como inversionista, anticipando el estallido de la burbuja "punto com" en 2000 y colocando inteligentemente su dinero en nuevos emprendimientos de Internet, siendo quizás su mayor acierto los 500.000 dólares que invirtió en 2004 en un desconocido joven de Harvard de nombre Mark Zuckerberg y un proyecto llamado Facebook. La nueva crisis de 2008-2010 también afecto a Thiel, quien perdió varios millones, pero eso no le restó de seguir financiando empresas y proyectos en campos tan variados como nanotecnología, investigación espacial y el mercado de los derivados de la marihuana. Lo cierto es que si de negocios se trata, como apuntaba George Packer en un artículo en el New Yorker en 2011, "he must be the most successful technology investor in the world" ("debe ser el más exitoso inversionista en tecnología en el mundo").

Pero el señor Thiel no es sólo un hombre más de negocios. En el estrecho mundillo de la selecta élite de los magnates de Silicon Valley Thiel es considerado algo así como el "filósofo" del club. Muy temprano, desde sus primeros días de estudiante en Stanford, Thiel se identificó como "libertario", lo que en el lenguaje político norteamericano quiere decir un liberal clásico. Para hacerse una idea, entre sus gustos está Ayn Rand, la ruso-norteamericana considerada por muchos una extremista de derecha. En "Atlas Shrugged" Rand describe su visión del futuro del mundo libre como pendiente de una pequeña élite de exitosos empresarios. Si tenemos presente que desde temprana edad Thiel fue considerado un niño prodigio y que su inteligencia es reconocida por amigos y enemigos, resulta comprensible la identificación de Thiel con el llamado de Ayn Rand a los capitalistas más capaces para salvar al mundo. Y tal parece que lo de súper héroe se lo tomó en serio, abanderándose públicamente con Donald Trump y siendo el penúltimo orador en la pasada convención republicana antes del candidato (foto superior). Una rebeldía más del señor Thiel, habida cuenta que la casi totalidad de sus pares de Silicon Valley están alineados con Hillary Clinton.

Pero contradicción y rebeldía es lo suyo. Hijo de padres evangélicos, Thiel se ha reconocido cristiano en algunas entrevistas, si bien ha tenido dificultades en armonizar esa identidad con el reconocimiento público de su homosexualidad en años reciente. (He aquí otra contradicción: ¿un homosexual apoyando al candidato republicano?). Al parecer halló la solución en la lectura del filósofo, antropólogo y escritor francés Rene Girard (1923-2007) y sobre todo en su libro "Things Hidden Since the Foundation of the World" (1978),  texto que Thiel leyó en sus años de estudiante ("an intimidating book") y a partir del cual construyó su propia teología y una heterodoxa visión del cristianismo.

De vuelta en Silicon Valley, dos palabras resumen mejor que nada el espíritu del lugar: risk (riesgo) y disruption (alteración, entendida aquí en un sentido creativo, positivo). A su vez, dos proyectos ambiciosos encarnan el compromiso de Thiel con ambas ideas. "Seasteading" es el proyecto que pretende crear islas artificiales en aguas internacionales que, por estar así libres de la tutela de cualquier estado nacional, cumpliría el anhelo de crear un estado plenamente libertario, el tipo de estado soñado por Thiel. Pero el segundo proyecto es por lejos el más sorprendente de todos: la extensión de la vida. Peter Thiel ha invertido millones de dólares en jóvenes emprendimientos de científicos y laboratorios que buscan extender la esperanza de vida. Así, por ejemplo, en 2006 colocó  3.5 millones de dólares en  "The Methuselah Foundation" (Fundación Matusalén), cuyo objetivo es combatir el envejecimiento y extender la longevidad humana. ¿Hasta cuánto? Las opiniones varían: algunos creen posible hasta 120 años, otros hablan de 150 años. Pero Thiel es más ambicioso: lo suyo es la inmortalidad. Si no lo cree vea lo que declaró al Washington Post el 3 de abril de 2015:

"I've always had this really strong sense that death was a terrible, terrible thing. Most people are in some weird mode of denial and acceptance about death, but they both have the result of making you very passive. I prefer to fight... I think it is against human nature not to fight death".

"Siempre he tenido este sentimiento realmente fuerte de que la muerte es algo terrible, terrible. La mayoría de las personas están en algún extraño modo de negación y aceptación acerca de la muerte, pero ambos tienen el resultado de hacernos muy pasivos. Yo prefiero luchar... Creo que es contrario a la naturaleza humana no combatir a la muerte".

Luchar aquí significa vencer, sobreponerse a la muerte, o sea, no morir. ¿Ciencia ficción? Es verdad que Thiel es un gran aficionado a las historias fantásticas y a la ciencia ficción: ha bautizado varias de sus empresas (Palantir, por ejemplo) a partir de nombres de "El Señor de los Anillos", uno de sus libros predilectos desde la infancia. Pero en esta pasada el magnate habla en serio: el señor Thiel no quiere morir. O cuando menos espera que la ciencia y la tecnología le ayuden a llegar a la edad de Moisés, unos 120 años para empezar. Para tal fin consume pastillas que retardan el envejecimiento de los huesos y planea probar la promisoria (¿riesgosa?) técnica de parabiosis, es decir, inyectarse sangre de gente joven que supuestamente ayudaría a regenerar células y rejuvenecer, o así al menos indican pruebas hechas con ratones en laboratorio. Si todo eso falla apuesta a que la crioconservacion preserve su cuerpo hasta que pueda ser descongelado en el futuro.

Como se ha repetido tantas veces, la realidad suele superar a la ficción. Lo que suponíamos un reducto de la entretención cinematográfica o algo propio de la imaginación folclórica o del mundo de las leyendas, la inmortalidad humana, ahora es parte de la agenda actual. Quizás tanto o más increíble aún es que quienes están detrás de esa búsqueda, hombres como Peter Thiel, sean personas educadas y poderosas, los multimillonarios que construyen la nueva súper civilización digital de Silicon Valley. Tampoco deja de ser toda una ironía que Matusalén, epítome de los patriarcas bíblicos de larga vida que la ciencia consideraba cuentos de hadas, ahora preste su nombre a una de esas iniciativas que, ciencia y tecnología mediante, promete hacernos vivir por siglos (o milenios). ¿Vencer a la muerte? ¿Vivir para siempre? ¿Inmortalidad terrenal? Tal vez, el día que, como sucede a todos los humanos, Peter Thiel finalmente se encuentre con la muerte, ésta lo salude con esa vieja y sabia frase: "Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio".  Hebreos 9:27.

Crédito imagen:
http://www.nbcnews.com/feature/nbc-out/openly-gay-libertarian-tech-entrepreneur-peter-thiel-speak-rnc-n614191

domingo, 28 de agosto de 2016

El Año sin Verano




1816. Ya se cumplen doscientos años y aunque ignorado por la mayoría de la población mundial – preocupada hoy por los resultados de los Juegos en Río 2016 – se trata de una fecha de enorme significación en la actualidad. Desde hace dos siglos es recordado como “el año sin verano” y tanto en Europa como en el resto del mundo estuvo marcado por una serie de eventos dignos de una superproducción de acción, intriga y suspenso: política, guerras, catástrofes naturales y mucho misticismo religioso.

1815. La historia comienza un año antes, cuando Europa vive los estertores de la era napoleónica. En pleno verano, el 18 de junio de ese año, Napoleón era derrotado por última vez en Waterloo por una coalición de tropas inglesas y alemanas. Después de casi dos décadas de guerras intermitentes, Europa alcanzaba por fin la paz. Pero era una paz dolorosa. Además de las víctimas civiles y militares, el continente estaba en ruinas, muchas ciudades y campos arrasados y con una situación económica y humanitaria delicada. El espectro del hambre y las enfermedades se balanceaba sobre un débil equilibrio, pronto a quebrarse ante la menor amenaza… y eso fue exactamente lo que sucedió. Mientras Napoleón y sus adversarios disparaban sus últimos cartuchos, al otro lado del mundo otra explosión mucho mayor literalmente sacudía la tierra: el 10 de abril de 1815 el monte Tambora (Indonesia, foto superior) entraba en erupción. Se trata de la mayor erupción volcánica de la que se tenga registro histórico (más grande aún que la del Krakatoa), una erupción que se convirtió en un verdadero cataclismo mundial: miles murieron producto de la explosión y los tsunamis inmediatos, pero muchos más morirían en los años siguientes. Repasemos a continuación brevemente los alcances de esta catástrofe.

En primer lugar el volumen de materiales y gases que el volcán arrojo a la atmósfera – que los expertos calculan en 160 km3 - alteró el curso tradicional del monzón que riega anualmente a la India, con el consiguiente trastorno de la sucesión de estaciones seca y lluviosa en el periodo 1816-1817. ¿El resultado? El equilibrio microbiano en la bahía de Bengala se fue al traste y gatilló una virulenta epidemia de cólera que pronto se esparció por toda India para convertirse en la primera pandemia de cólera, que entre 1817 y 1824 alcanzó China y Japón por el este y el Mediterráneo y África por el oeste, matando a millones de personas. En segundo lugar la misma alteración climática arruinó las cosechas de arroz en la austral provincia china de Yunan, obligando a los hambrientos y empobrecidos campesinos a cambiarse al más lucrativo negocio del opio, dando origen al famoso “triangulo dorado” de una industria que iba a tener nefastas consecuencias en la historia china durante el siglo XIX. Un tercer efecto, tan inesperado como los anteriores, fue el inicio de la primera depresión económica en la historia de los Estados Unidos, el famoso “pánico de 1819”, cuando las variaciones climáticas a ambos lados del Atlántico hundieron las cosechas, los precios y las inversiones agrícolas norteamericanas.

Pero sin duda el efecto más devastador de la erupción del Tambora fue la alteración climática misma, que llevó a que el verano de 1816 los europeos no vieran ni el sol ni el calor, sino una sucesión de tormentas eléctricas, nieve, viento y lluvia. De ahí aquello de “el año sin verano”, si bien en rigor, se trató de tres años de trastornos (1816-1818) antes que se disiparan los efectos del cataclismo producido por el Tambora. En esta atmósfera enrarecida por la guerra, el frío, el hambre y el clima hostil, la derivada religiosa o mística podría ser la más inesperada de las respuestas al lejano eco del Tambora, respuesta a la que podremos atención en la segunda parte de este artículo.

Crédito imagen
http://www.earthscope.org/science/geo-events/mt.-tambora-indonesia-april-10-1815

jueves, 30 de junio de 2016

Trump vs Francisco: De Muros y Ghettos

El pasado 18 de febrero de este año una noticia disparada por la velocidad de internet alcanzó todos los rincones del planeta: el Papa Francisco sentenciaba que el candidato republicano Donald Trump “no es cristiano” dada su determinación de construir un muro para detener la inmigración. Los titulares de las principales agencias noticiosas y portales online causaron sorpresa ante la tajante afirmación del Pontífice, en lo que muchos leyeron como una directa intervención en la carrera presidencial norteamericana. Las palabras del Papa fueron las siguientes: “una persona que sólo piensa en la construcción de muros, dondequiera que se encuentren, y no en la construcción de puentes no es cristiano… Eso no está en el evangelio”. Al momento de hacer estas afirmaciones Francisco volaba de regreso al Vaticano, tras su reciente visita a México, cuya última posta fue una multitudinaria misa celebrada en el borde mismo de la frontera con Estados Unidos. Seguramente la atmósfera del lugar, cargada de las críticas mexicanas contra el proyecto de Trump de construir un muro que mantenga a raya a los inmigrantes ilegales, debe haber pesado al momento de que el Papa, por lo común un hombre más bien medido en sus expresiones, se despachara un juicio tan tajante sobre el magnate.

Para nadie es un misterio que Donald Trump es un personaje bastante odioso para los mexicanos en particular y los latinoamericanos en general. Su duro discurso nacionalista, agresivo y anti inmigración despierta la natural antipatía en el mundo hispano parlante, donde Trump aparece como el típico yankee soberbio y arrogante, y para colmo multimillonario, el epítome de un capitalismo con muchos enemigos en esta parte del mundo. Así que las críticas a Trump encuentran una cálida bienvenida en América Latina, máxime aún si proceden de un Papa latinoamericano, casi como si el discurso anti Trump alcanzara así una suerte de bendición divina.  Pero más allá de la contingencia política y la parafernalia noticiosa la frase del Papa puede verse bajo una nueva luz cuando consideramos la historia cristiana: después de todo, ¿los cristianos construimos muros o los derribamos?

Desde hace un tiempo a esta parte los cristianos, católicos y protestantes por igual, nos hemos venido comprando un discurso peligroso por su distorsión de la milenaria historia cristiana: hemos llegado a creer que el cristianismo presenta una continuidad impoluta e impecable de justicia y verdad, siempre haciendo el bien y luchando contra el mal. Así, por ejemplo, hace poco un grupo de pastores evangélicos establecía que los evangélicos no deberían votar o apoyar a políticos antisemitas, lo cual está perfecto, claro que uno se pregunta si esos pastores evangélicos sabrán que el cristianismo debe ser probablemente la religión más anti semita de la historia. ¿Conocerán los pastores el pasado antisemita del cristianismo o de largos pasajes de su historia antigua y moderna? De conocer ese antecedente probablemente la instrucción anterior no sólo apuntaría a otros, adoptaría también un tono de auto crítica. Pues bien, el caso de las declaraciones del Papa Francisco corre por un camino similar: espectacular lo de no construir muros, pero ¿sabrá Francisco lo que hicieron sus antecesores en lo que a construcción de muros se refiere?

Corría el año 1555 cuando el recién elegido Papa Pablo IV (1555-1559), que apenas llevaba un par de meses reinando en Roma, publicó la bula “Cum nimis absurdum” en la que recordaba que Dios había condenado a los judíos a eterna esclavitud, razón por la cual establecía que los judíos debían vivir en un sector específico de la ciudad, de manera de aislarlos de la población cristiana: fue el inicio del tristemente célebre ghetto de Roma, el recinto donde la comunidad judía viviría separada del resto de la población por los próximos trescientos años. Si bien en un comienzo los judíos saludaron esta situación pensando que era una medida favorable para su seguridad, pronto comprendieron que el objetivo era segregacionista, aislarlos todo lo posible para que no contaminaran a la población cristiana. Aparte de encerrarlos en una localización específica, varias normas adicionales estaban destinadas a humillar a los judíos tanto como fuera posible: obligación de usar ropas con colores definidos cuando salieran del ghetto, horarios estrictos para circular fuera del ghetto (estaban obligados a pernoctar durante la noche en el recinto), obligación de escuchar todos los sábados – día sagrado del judaismo – un sermón católico para que abandonaran su fe, entre otras. Se estima que en tiempos de Sixto V (1585-1590) unos 3.500 judíos vivían en una superficie de 3 hectáreas, es decir, una concetración de unas 117.000 hab/km2, a todas luces una cifra increible. En tal hacinamiento las condiciones eran inhumanas, máxime aún considerando que el área asignada al ghetto estaba a orillas del rio Tíber, el cual en invierno solía inundar las tierras anexas, lo cual creaba un ambiente perfecto para toda clases de plagas y enfermedades. Los muros del ghetto, planeados en la segunda mitad del siglo XVI por el arquitecto Giovanni Salustio Peruzzi, terminaron por delinear el paisaje de esta cárcel urbana que iba a durar tres siglos. Salvo un breve periodo durante la invasión napoleónica de Italia a fines del siglo XVIII que le concedió libertad a los judíos, el restablecimiento del reino Papal en 1814 los obligó a volver al ghetto, del cual no serían liberados finalmente sino hasta 1870, cuando las tropas de los patriotas italianos ingresaron en Roma, acabando con la soberanía del Papa y con el ghetto. Vale la pena recordar que a esas alturas el ghetto de Roma era el último ghetto judío que quedaba en Europa occidental hasta el surgimeinto del nazismo en el siglo XX.

“Una persona que sólo piensa en la construcción de muros… no es cristiano”. Conmovedora frase la de Francisco, pero ¿qué hacemos entonces con todos los Papas que durante trescientos años mantuvieron en alto los muros del ghetto de Roma para encerrar a los judíos en una existencia infrahumana? ¿Son esos Papas cristianos o no? Quizás, si con un tono un poco más autocrítico y humilde, Francisco hubiese advertido a Trump que los cristianos tenemos una milenaria y dramática historia en lo que a construcción de muros se refiere y hasta este día nos arrepentimos de ello, el mensaje habría tenido un mayor efecto sobre el candidato republicano. A menos que, claro, sea distinto construir un muro que un ghetto.

sábado, 29 de noviembre de 2014

Los Kamikaze Cristianos



“Todo está en las manos de nuestro Señor, la vida y la muerte son determinadas por él. Voy a estrellarme contra el buque enemigo cantando un himno… Estaré esperando por ti a las puertas del cielo. ¿Pero se me permitirá a mí mismo entrar allá? Mamá, ora por mí. No seré capaz de    soportarlo bien si no puedo estar contigo. ¡Adiós, Mamá!”

Una emotiva carta de despedida, una más de las muchas que se escribieron durante la segunda guerra mundial, en este caso de un hijo hacia su madre en el lejano hogar. Pero esta carta tiene algo muy particular: su autor, Tsukuru Hayashiichi, murió el 12 de abril de 1945 al estrellar su avión contra los buques de la flota norteamericana en la batalla de Okinawa. Tsukuru Hayashiichi era protestante y kamikaze.
 
En nuestra última escala por los tortuosos caminos del suicidio nos encontramos con uno de los episodios más insólitos que jamás pudiéramos imaginar: la existencia de cristianos entre los pilotos suicidas japoneses de la segunda guerra mundial. Como es sabido, el término kamikaze significa “viento divino” (kami se podría traducir como “divinidad” o “espíritu divino”, aunque a veces se interpreta equivocadamente como dios en el sentido occidental del término) y se habría originado en la época de la invasión mongola (siglo XIII), cuando un tifón (taifú) destruyó sorpresivamente a la flota y a la poderosa fuerza expedicionaria enviada por el Gran Kan de China para invadir Japón: los japoneses interpretaron este suceso como una intervención divina que salvó a su país de la conquista mongola. El recuerdo de esta antigua epopeya salvadora rondó otra vez los cerebros de los estrategas militares nipones a fines de la segunda guerra mundial, cuando los avatares de la contienda llevaron a Japón a luchar por su sobrevivencia; esta vez, como una medida desesperada para detener el avance de las fuerzas de Estados Unidos hacia sus costas, los militares japoneses desarrollaron una serie de armas suicidas, la más famosa de las cuales fue sin duda la de los pilotos que estrellaban sus zeros contra los buques norteamericanos, pilotos a los que los japoneses aplicaron el término kamikaze. Para ellos literalmente los pilotos que se inmolaban se convertían en kami, una suerte de ente divino que podía incluso llegar a ser honrado en los altares póstumamente.

Desde la llegada de católicos y protestantes a las islas del Japón en el siglo XVI se establecieron las primeras misiones e iglesias cristianas en el país del Sol Naciente. Sin embargo, la oposición oficial (Hideyoshi ejecutó a varios cristianos en su periodo) y religiosa – shintoista y budista – contra la expansión del cristianismo hizo que incluso para los años 1930s los cristianos no fueran más que el 1 ó 2% de la población del país, esto es, una ínfima minoría. No es extraño entonces que al momento de estallar la guerra los soldados cristianos del ejército imperial fueran igualmente una fracción muy menor. Si agregamos a lo anterior que la inscripción en las escuadrillas kamikaze era por lo general voluntaria, resulta particularmente sorprendente hallar reclutas cristianos dispuestos a inmolarse al estilo kamikaze. El relato de Takamasa Suzuki, hijo de padres católicos y educado él mismo en la escuela dominical, nos puede dar algunas pistas:

“El 3 de mayo de 1945 fuimos consultados por nuestro comandante de compañía quiénes serían voluntarios para misiones de Ataque Especial (o misiones suicidas). Pasé noches enteras preguntándome a mí mismo si debería ofrecerme como voluntario o no… Sabía que Japón estaba condenado a perder la guerra pero pensaba que tenía que sacrificarme a mí mismo por el bien de la nación. Decidí ser voluntario y así me uní al tokko-tai (la Fuerza de Ataque Especial). Tres días después, el 6 de mayo, la compañía entera fue reunida de nuevo. El comandante de la compañía bramó, perdió su calma y nos llamó a todos una basura. Hubo sólo cinco o seis hombres que se ofrecieron como voluntarios de los 210 en nuestra compañía”.

Como consigna el testimonio de Suzuki el alistamiento en las escuadrillas kamikazes era voluntario y los oficiales exhortaban a los soldados en las unidades militares escogidas para que se unieran al esfuerzo supremo para salvar a la nación, claro que para 1945 muchos hombres no estaban dispuestos a sacrificarse viendo próximo el fin de la guerra. Con todo, los testimonios sugieren que el sentimiento de sacrificarse por su nación era muy fuerte en los voluntarios, a tal punto de considerar que morir de esta forma no era muy distinto a experimentar la muerte de otra manera. Es verdad también que muchos de estos voluntarios estaban imbuidos de un espíritu religioso en línea con la tradición shintoista de morir por el emperador y probablemente creían que despertarían en la otra vida en el paraíso como retribución de ese sacrificio, como recuerda un sobreviviente cuando relata que “la última cosa que nuestros camaradas muertos nos decían era, “estaré esperando por todos ustedes en el santuario de Yasukuni””. Precisamente el santuario de Yasukuni, en Tokio, es el controversial lugar donde hasta hoy se rinde culto a los espíritus de los soldados japoneses muertos en la guerra. Pero no todos los kamikazes eran shintoistas, había también algunos ateos y unos pocos cristianos; para estos últimos una conversión post mortem en dioses del santuario de Yasukuni no era una perspectiva real. ¿Por qué entonces soldados japoneses cristianos, católicos o protestantes, se enlistaron voluntarios en tales misiones suicidas? El veinteañero Ichizo Hayashi, otro piloto cristiano, escribiría a su madre: “Vivimos en el espíritu de Jesucristo y morimos en ese espíritu. Este pensamiento está conmigo. Es gratificante vivir en este mundo, pero el vivir tiene un sentido de futilidad ahora. Es tiempo de morir”. Las palabras de los que murieron en ataques suicidas, como Hayashi o Hayashiichi citado al principio, así como las de los que sobrevivieron, como Suzuki, nos recuerdan que estos jóvenes compartían el valor cultural de sus compatriotas respecto al sentido de la inmolación como algo que bajo ciertas circunstancias no es negativo, sino muy positivo. A diferencia de la mayoría de sus camaradas, estos kamikazes cristianos no esperaban engrosar póstumamente el panteón de los dioses de Yasukuni, sino reunirse en el cielo cristiano con sus padres, madres y conocidos, aunque la duda expresada por Tsukuru podría haber rondado sus últimos días: ¿Pero se me permitirá a mí mismo entrar allá?

Como recuerdan observadores en los momentos finales de la guerra, después de los bombardeos atómicos sobre Japón, habitantes de Kioto apuntaban que los dioses ancestrales del Japón habían sido más efectivos en salvar a Kioto que el Dios cristiano en salvar a Nagasaki (antiguo reducto cristiano en Japón). Pero el Dios que no salvó a Nagasaki, ¿recibiría a los kamikazes cristianos?

martes, 2 de septiembre de 2014

La Ciencia del Suicidio



Cuando en nuestro último artículo tratábamos sobre el suicidio o inmolación del monje vietnamita Thich Quang Duc en 1963, era imposible imaginar la triste noticia de los últimos días: el suicidio del actor Robin Williams en California, Estados Unidos. Al parecer una rebelde depresión precipitó la muerte del famoso comediante, dejando para el recuerdo una carrera notable y una serie de películas que lo hicieron tan querido en todo el mundo. Detrás del impacto inicial el fallecimiento de Robin Williams volvió a recordarnos de la manera más ominosa la persistencia del suicidio como causa de muerte de muchas personas cada día en todo el mundo. ¿Por qué se suicidan las personas? ¿Cómo entender tan dramática situación? ¿Se puede prevenir? ¿Podemos ayudar a las potenciales víctimas?

Desde el punto de vista de la aún relativamente joven investigación científica sobre el suicidio el comportamiento suicida puede entenderse como el resultado de un delicado balance entre las tendencias suicidas de una persona (endógenas) y los factores estresantes que actúan como detonantes del comportamiento suicida (exógenos). Estos últimos factores estresantes pueden ser ambientales, biológicos o siquiátricos, o bien una combinación de todos o algunos de ellos. Desde el punto de vista sicológico el suicidio ha sido estudiado a dos niveles, social (colectivo) e individual, con resultados bastante dispares.  Al nivel social es claro que la tasa de suicidios para cada nación es más o menos constante o experimenta pequeñas fluctuaciones, siendo raro que supere el tope de los 40 casos por cada 100.000 habitantes; por el contrario, a nivel individual tanto los intentos de suicidio como los suicidios consumados son más difíciles de predecir. El modelo más exitoso es el modelo siquiátrico de predisposición-estrés (modelo diátesis-estrés), que señala que ambos factores – la predisposición y el estrés – actuando por separado o interactuando juntos potencian la conducta suicida: las personas que tienen esta predisposición descubrirán factores estresantes más fácilmente y a su vez estos factores estresantes seguramente tendrán mayores efectos sobre personas que tienen la predisposición suicida. En el contexto de los factores que predisponen hacia el suicidio A. F. Henry y J. F. Short elaboraron en 1954 una teoría basada tanto en el sicoanálisis como en la hipótesis frustración – agresión. Según esta propuesta la primera reacción ante una frustración es siempre una agresión hacia otra persona, pero esa primera reacción puede inhibirse y transformarse en una autoagresión (agresión hacia uno mismo) dependiendo de la presencia y fuerza de restricciones externas sobre nuestro comportamiento. Cuando esas restricciones son rígidas e impuestas por otros o son obra de otras personas, entonces la frustración culpará a esos otros y la agresión se dirigirá hacia esas personas. Pero cuando esas restricciones externas son débiles entonces el yo no tendrá a extraños a quienes culpar de su frustración y la agresión se dirigirá hacia adentro, se internalizará. La teoría de Henry y Short hace predicciones interesantes, por ejemplo, en ambientes del tipo opresor – oprimido. En un sistema así el oprimido tendrá todos los estímulos para identificar su frustración con respecto a los opresores, lo que llevará a respuestas agresivas hacia los otros, eventualmente al homicidio. En cambio el opresor, como privilegiado en la sociedad, no puede culpar a otros por sus frustraciones y tenderá a la depresión y potencialmente a agredirse a sí mismo, es decir, al suicidio.

En el campo de la investigación del suicidio a nivel social es sabido que la primera teoría científica sobre la tasa social de suicidio fue la del francés Emile Durkheim, publicada en su estudio del tema, “Le Suicide”, en 1897. En esa obra Durkheim proponía dos categorías sociales como fundamentales para explicar la tasa social de suicidio: la integración social y la regulación social. La integración social es el grado en el cual los integrantes de la sociedad están unidos a través de redes sociales; la regulación social es el grado en el cual los deseos y el comportamiento de los miembros de la sociedad están restringidos por normas y costumbres sociales. Si bien la propuesta de Durkheim ha tenido partidarios y detractores y ha sido revisada y modificada a lo largo de más de cien años, permanece la noción básica de que la fuerza/debilidad de nuestros lazos sociales (familiares, amistades, grupos de referencia) así como la fuerza/debilidad de las normas sociales están directamente relacionados con la tasa de suicidios al nivel social.   


Los profesionales de la sicología, la siquiatría y la sociología siguen estudiando el comportamiento suicida y elaborando nuevas teorías para responder a un evento para nosotros tan perturbador como es el suicidio, en la esperanza de que se podrá recuperar a esas personas y prevenir el acto suicida. Un experto comentaba hace algunos años en un artículo: “La publicidad dada a los suicidios, especialmente suicidios de celebridades, ha demostrado llevar a un incremento en la tasa de suicidios en los pocos días siguientes, especialmente entre aquellos de la misma edad y sexo de la celebridad. El suicidio entre pares puede tener un efecto contagioso, precipitando comportamientos suicidas en aquellos con las características que predisponen al individuo al suicidio”. Es de esperar que la muerte de Robin Williams no sea objeto de esa clase de imitación. Es de esperar asimismo que podamos prevenir y ayudar a su vez a las víctimas y a sus familias.

miércoles, 23 de julio de 2014

Thich Quang Duc: inmolación sagrada



El 11 de junio de 1963 el monje budista Thich Quang Duc, a la sazón de 73 años, se sentó tranquilamente en medio de una calle en Saigón en la postura del loto y con la ayuda de otros jóvenes monjes se roció de combustible y luego se prendió fuego. Un periodista norteamericano, David Halberstam, testigo presencial de tan increíble escena, resumiría luego su impresión ante lo que vio: “Las llamas salían de un cuerpo humano… En el aire estaba el olor de la carne quemada. Detrás de mí pude escuchar el murmullo de los vietnamitas que ahora se reunían. Yo estaba demasiado choqueado para llorar, demasiado confundido para tomar notas o hacer preguntas, demasiado desconcertado incluso para pensar”. Como ilustra la imagen (foto superior) Thich Quang Duc permaneció inmóvil mientras su cuerpo era devorado por las llamas ante la mirada atónita de los espectadores, en medio de un día más del caluroso y despejado verano vietnamita. Esta terrible escena es otra postal de una cascada de dramáticas fotografías que nos legara el sangriento y prolongado conflicto en Vietnam y el sudeste asiático. En nuestro lenguaje occidental diríamos que el anciano monje se suicidó quemándose a lo bonzo y que su sacrificio responde a las alienantes condiciones impuestas por la guerra, pero en clave budista esa no es la lectura es correcta; el por qué esto es así trataremos de responderlo en lo que sigue.

El sacrificio de Thich Quang Duc sería seguido muy poco tiempo después por otros cuatro monjes budistas y de ahí en más los occidentales han tenido noticias intermitentes de otros eventos similares en esa región del mundo. Probablemente las nuevas inmolaciones de este tipo no han sido un suceso del mismo tenor que el del viejo monje vietnamita (la imagen superior se convirtió en un “ícono” de los sesentas), pero ha llevado a muchos a creer que Thich Quang Duc fue un pionero, el iniciador de esta “tendencia”. Nada más alejado de la realidad; Thich Quang Duc no fue ningún innovador, como muy bien lo saben los expertos europeos que desde inicios del siglo XX tuvieron acceso a traducciones de escrituras budistas y registros históricos del Lejano Oriente. Hoy sabemos que quemar ya sea partes del cuerpo o el cuerpo entero es un rasgo antiquísimo del budismo chino, quizás tan antiguo como del siglo IV o V DC: al parecer desde entonces y hasta la actualidad esta conducta ha estado presente, con mayor o menor popularidad, como un aspecto más de la vida religiosa china. Se sospecha también que el acto específico de suicidarse por fuego parece ser incluso más antiguo, es decir, sería una conducta que ya existía en China antes de la llegada del budismo, y muchos especulan que podría estar relacionada con las sequías que afectaban de tanto en tanto a la nación: quien se inmolaba intentaba por esta vía propiciar el favor divino para que volvieran las lluvias. De alguna manera el budismo incorporó esa tradición y pronto los budistas chinos le dieron su propia forma: desde quemar algunas extremidades, dedos o brazos, hasta el cuerpo entero (hoy en día en algunas ceremonias de “consagración” de los nuevos monjes se retiene algo de esas viejas prácticas al producir pequeñas quemaduras en la rasurada cabeza de los jóvenes).

Fue esa vieja práctica budista de su vecino del norte lo que el monje Thich Quang Duc importó ese verano de 1963, claro que en su caso tenía un agregado especial: uno de corte político. Resulta que al frente del país estaba por entonces Ngo Dinh Diem (1901-1963), un personaje que había servido en la administración colonial francesa y que era descendiente de una familia que se había convertido al catolicismo en el siglo XVII, cuando los franceses arribaron por primera vez a esa región. Si bien el catolicismo tenía una presencia de casi quinientos años (desde la llegada de los portugueses primero y los franceses después) y pese a ser la segunda comunidad católica más importante de Asia después de Filipinas, el catolicismo seguía siendo en el siglo XX una religión minoritaria, frente a una inmensa mayoría budista. Dada su trayectoria política y filiación religiosa, los norteamericanos creyeron que Ngo Dinh Diem serviría mejor a una lucha anti comunista y su gobierno (1954-1963) pronto derivó en dictadura, con apoyo militar estadounidense. Pero Diem encabezó un régimen corrupto y entre otras medidas imprudentes nombró casi exclusivamente a católicos en el gobierno y la administración pública, es decir, entregó el país en manos de una minoría cristiana y excluyó a la mayoría budista. Sintiéndose segregados en su propia tierra, no es extraño que laicos y monjes budistas creyeran que eran objeto de una persecución. En medio de este complejo y enmarañado trasfondo se inserta la inmolación de Thich Quang Duc.

Con todo lo dicho hasta ahora habría que agregar que la muerte de Thich Quang Duc tenía ciertos elementos que le agregan un condimento especial a esta historia, como se deja ver en su carta testimonio póstuma: “Antes de cerrar mis ojos para ir a Buda, tengo el honor de presentar mis palabras al presidente Diem, pidiéndole ser amable y tolerante hacia su pueblo y reforzar una política de igualdad religiosa”. El sentido de protesta es innegable en las palabras del monje (gatillado por la tensión católico-budista a la que aludíamos antes), pero es igualmente llamativo el sentido espiritual de su sacrificio: “para ir a Buda”. En palabras de otro militante líder budista: “Quemarse uno mismo hasta la muerte es la más noble forma de lucha que simboliza el espíritu de no violencia del Budismo”. El escritor y líder budista Thich Nhat Hanh escribió más tarde (en relación a la muerte de Thich Quang Duc y otros monjes): “La prensa habló entonces de suicidio, pero en esencia no lo es. No es incluso una protesta. Lo que los monjes dijeron en las cartas que dejaron antes de quemarse ellos mismos buscaba sólo alarmar, mover los corazones de los opresores y llamar la atención del mundo al sufrimiento padecido entonces por los vietnamitas. Quemarse uno mismo es probar que lo que uno dice es de la mayor importancia… El monje vietnamita, al prenderse fuego, dice con toda su fuerza y determinación que él puede someterse al más grande de los sufrimientos para proteger a su pueblo. Expresar la voluntad de quemarse uno mismo, por lo tanto, no es cometer un acto de destrucción sino ejecutar un acto de construcción, es decir, sufrir y morir por el bien de la gente de uno. Eso no es suicidio.” La lectura budista de la inmolación de Thich Quang Duc sugiere, entonces, que la misma no es un suicidio, sino algo así como un acto de supremo altruismo. Claramente aquí estamos ante un problema, pues los occidentales entendemos que el poner fin a la vida propia - cualesquiera sean los medios usados o los motivos invocados – califica como suicidio. El caso que acabamos de presentar nos confronta con un hecho notable, el de la relación entre el budismo y la decisión de poner fin a la vida propia, o de budismo y suicidio como diríamos equivocadamente en occidente

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