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domingo, 19 de noviembre de 2017

Un Catálogo Histórico: de los Hippies a los Hackers






En todo el mundo Silicon Valley encarna el poder irresistible y casi omnímodo de la tecnología de punta de nuestros días; pero hace cincuenta años no existía como tal. ¿Cómo explicar este ascenso meteórico en tan corto tiempo? ¿Y qué importancia tiene esta historia para el mundo cristiano? Para entender la génesis de Silicon Valley debemos remontarnos a la posguerra, a la situación que enfrentaba Estados Unidos tras el fin de la segunda guerra mundial. A partir de ese momento hay cinco factores importantes a considerar, a saber: la Guerra fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética; el surgimiento de la cibernética; la contracultura de los años sesenta; las diferencias culturales entre la costa este y oeste de los Estados Unidos; y el desarrollo de la industria de los computadores.

martes, 2 de septiembre de 2014

La Ciencia del Suicidio



Cuando en nuestro último artículo tratábamos sobre el suicidio o inmolación del monje vietnamita Thich Quang Duc en 1963, era imposible imaginar la triste noticia de los últimos días: el suicidio del actor Robin Williams en California, Estados Unidos. Al parecer una rebelde depresión precipitó la muerte del famoso comediante, dejando para el recuerdo una carrera notable y una serie de películas que lo hicieron tan querido en todo el mundo. Detrás del impacto inicial el fallecimiento de Robin Williams volvió a recordarnos de la manera más ominosa la persistencia del suicidio como causa de muerte de muchas personas cada día en todo el mundo. ¿Por qué se suicidan las personas? ¿Cómo entender tan dramática situación? ¿Se puede prevenir? ¿Podemos ayudar a las potenciales víctimas?

Desde el punto de vista de la aún relativamente joven investigación científica sobre el suicidio el comportamiento suicida puede entenderse como el resultado de un delicado balance entre las tendencias suicidas de una persona (endógenas) y los factores estresantes que actúan como detonantes del comportamiento suicida (exógenos). Estos últimos factores estresantes pueden ser ambientales, biológicos o siquiátricos, o bien una combinación de todos o algunos de ellos. Desde el punto de vista sicológico el suicidio ha sido estudiado a dos niveles, social (colectivo) e individual, con resultados bastante dispares.  Al nivel social es claro que la tasa de suicidios para cada nación es más o menos constante o experimenta pequeñas fluctuaciones, siendo raro que supere el tope de los 40 casos por cada 100.000 habitantes; por el contrario, a nivel individual tanto los intentos de suicidio como los suicidios consumados son más difíciles de predecir. El modelo más exitoso es el modelo siquiátrico de predisposición-estrés (modelo diátesis-estrés), que señala que ambos factores – la predisposición y el estrés – actuando por separado o interactuando juntos potencian la conducta suicida: las personas que tienen esta predisposición descubrirán factores estresantes más fácilmente y a su vez estos factores estresantes seguramente tendrán mayores efectos sobre personas que tienen la predisposición suicida. En el contexto de los factores que predisponen hacia el suicidio A. F. Henry y J. F. Short elaboraron en 1954 una teoría basada tanto en el sicoanálisis como en la hipótesis frustración – agresión. Según esta propuesta la primera reacción ante una frustración es siempre una agresión hacia otra persona, pero esa primera reacción puede inhibirse y transformarse en una autoagresión (agresión hacia uno mismo) dependiendo de la presencia y fuerza de restricciones externas sobre nuestro comportamiento. Cuando esas restricciones son rígidas e impuestas por otros o son obra de otras personas, entonces la frustración culpará a esos otros y la agresión se dirigirá hacia esas personas. Pero cuando esas restricciones externas son débiles entonces el yo no tendrá a extraños a quienes culpar de su frustración y la agresión se dirigirá hacia adentro, se internalizará. La teoría de Henry y Short hace predicciones interesantes, por ejemplo, en ambientes del tipo opresor – oprimido. En un sistema así el oprimido tendrá todos los estímulos para identificar su frustración con respecto a los opresores, lo que llevará a respuestas agresivas hacia los otros, eventualmente al homicidio. En cambio el opresor, como privilegiado en la sociedad, no puede culpar a otros por sus frustraciones y tenderá a la depresión y potencialmente a agredirse a sí mismo, es decir, al suicidio.

En el campo de la investigación del suicidio a nivel social es sabido que la primera teoría científica sobre la tasa social de suicidio fue la del francés Emile Durkheim, publicada en su estudio del tema, “Le Suicide”, en 1897. En esa obra Durkheim proponía dos categorías sociales como fundamentales para explicar la tasa social de suicidio: la integración social y la regulación social. La integración social es el grado en el cual los integrantes de la sociedad están unidos a través de redes sociales; la regulación social es el grado en el cual los deseos y el comportamiento de los miembros de la sociedad están restringidos por normas y costumbres sociales. Si bien la propuesta de Durkheim ha tenido partidarios y detractores y ha sido revisada y modificada a lo largo de más de cien años, permanece la noción básica de que la fuerza/debilidad de nuestros lazos sociales (familiares, amistades, grupos de referencia) así como la fuerza/debilidad de las normas sociales están directamente relacionados con la tasa de suicidios al nivel social.   


Los profesionales de la sicología, la siquiatría y la sociología siguen estudiando el comportamiento suicida y elaborando nuevas teorías para responder a un evento para nosotros tan perturbador como es el suicidio, en la esperanza de que se podrá recuperar a esas personas y prevenir el acto suicida. Un experto comentaba hace algunos años en un artículo: “La publicidad dada a los suicidios, especialmente suicidios de celebridades, ha demostrado llevar a un incremento en la tasa de suicidios en los pocos días siguientes, especialmente entre aquellos de la misma edad y sexo de la celebridad. El suicidio entre pares puede tener un efecto contagioso, precipitando comportamientos suicidas en aquellos con las características que predisponen al individuo al suicidio”. Es de esperar que la muerte de Robin Williams no sea objeto de esa clase de imitación. Es de esperar asimismo que podamos prevenir y ayudar a su vez a las víctimas y a sus familias.

viernes, 31 de mayo de 2013

La revolución de los ascetas



En nuestro artículo anterior estudiábamos la teoría de Rodney Stark para explicar el triunfo del cristianismo en el siglo IV DC. La explicación sociológica de Stark forma parte del intento científico moderno por comprender la naturaleza de los cambios religiosos ocurridos en la antigüedad y cómo es que el cristianismo logró imponerse como la religión dominante en el imperio romano en el transcurso de unos trescientos años. Pero como podríamos intuir desde un principio, el asunto es demasiado complejo como para quedarnos sólo con la explicación de Stark. Una de las aristas de esa complejidad guarda relación con la materia que consideraremos ahora: la revolución ascética de los siglos IV y V DC.

Prácticamente desconocida para nosotros (como ocurre con casi todo lo que rodea la cristianización del imperio romano), la revolución de los ascetas cristianos marcó de manera determinante la historia religiosa de aquella época. Dicho en forma muy simple: después del edicto de Milán de Constantino, un estilo de vida monacal y ascético se extendió por todo el imperio, escaló hasta ocupar los puestos eclesiásticos más importantes, desplazó a los que no eran ascetas y terminó por dominar completamente la iglesia cristiana para fines del siglo V DC. El fulgurante ascenso de estos ascetas cristianos y de su discurso ascético se dio en el siglo IV y la centuria siguiente vio la consolidación de su éxito de facto; la revolución ascética señala de manera definitiva la transición desde el cristianismo primitivo hacia el cristianismo medieval: mirado retrospectivamente, el triunfo de los ascetas significó en los hechos la muerte de la iglesia primitiva. Las transformaciones históricas que implican grandes cambios sociales, ideológicos, políticos e institucionales dan lugar a experimentos humanos de resultados muchas veces insospechados. Nosotros lo sabemos muy bien, teniendo a nuestras espaldas la historia de revoluciones violentas del siglo XX. Así, por ejemplo, la revolución rusa de 1917 comenzó con la promesa de libertad y democratización y terminó como terminó. “Todo el poder a los soviets” significó a la larga reemplazar la tiranía del zar por la de la nomenklatura. Al momento de redactar su desoladora descripción de la nomenclatura soviética, Mijail Voslensky, el ex diplomático refugiado en occidente, evocaba un decidor pasaje del filósofo Hegel: cuando los hombres emprenden una acción en una dirección determinada, ocurre en el camino la “cosa escondida”, aquello que no estaba en los planes de nadie, pero que de pronto aparece ahí y los termina por llevar en una dirección completamente distinta. Si de algo nos pudiera servir esta experiencia histórica reciente para entender los cambios de un pasado más remoto, quizás tendríamos que decir que la “cosa escondida” que se abrió camino en el siglo IV lo hizo bajo una ideología igualmente insospechada pero que podríamos  parafrasear en una frase tan distintiva como la de 1917 y que en este caso sonaría algo así como: “todo el poder a los ascetas”. Los ascetas del siglo IV darían muestra, al igual que los bolcheviques del siglo XX, de una avidez notable por el poder y los bienes materiales, pese a que sus orígenes fueron más bien modestos, rondando en la pobreza franciscana y un acendrado misticismo. Pero, ¿quiénes eran estos ascetas? ¿Qué sostenía el ascetismo cristiano? ¿Qué efectos tuvo todo esto en la cristianización de Roma?

Habrá que partir por definir qué entendemos por ascetismo, cuestión primaria que, no obstante, no es para nada sencilla vista la discusión moderna sobre la materia. Para nuestros efectos, mucho más modestos que los de los expertos, bastará por ahora con definir el ascetismo como un modo de vida con énfasis en la disciplina personal, incluyendo sacrificios (“autocontrol”) en diversas áreas (alimentación, vivienda, sexualidad) con el propósito de alcanzar un determinado estado espiritual (unión mística con la divinidad). Para cuando el cristianismo apareció en escena, el ascetismo llevaba ya varios siglos de una fluctuante existencia tanto en el antiguo medio oriente como en torno al mediterráneo. Dada la importancia de la cultura griega y el peso del helenismo en todo el mediterráneo oriental, el ascetismo griego se torna fundamental en nuestra historia. La religión griega dio espacio a distintas formas de ascetismo que, si bien nunca fueron mayoritarias, sí alcanzaron a penetrar hasta los círculos filosóficos. Así, por ejemplo, Pitágoras es un caso célebre de vida ascética y sus seguidores convirtieron el término “pitagórico” en sinónimo de místico o religioso, muy lejos de nuestra comprensión del mismo como sinónimo de matemático o científico. En los tres siglos anteriores a la era cristiana distintas formas de ascetismo filosófico (pitagórico, neopitagórico, platónico e incluso estoico) otorgaron un cierto aire de sabiduría distintiva a las diferentes prácticas ascéticas. Algo de esa influencia la alcanzamos a vislumbrar asimismo en ciertas comunidades ascéticas que se presentaron incluso en el judaísmo: los terapeutas de Egipto y los esenios de Palestina. Hasta donde sabemos hoy, se trataría de los únicos casos, más bien aislados, de judíos ascetas, pues el judaísmo tradicional siempre miró con escepticismo estos estilos de vida; para los rabinos los sacrificios personales que iban más allá de los ayunos contemplados en la Torah resultaban sospechosos, ni hablar de la abstinencia sexual que se oponía a la enseñanza rabínica sobre la importancia del matrimonio y la vida familiar. Pero la limitada penetración del ascetismo en el mundo judío no nos debe engañar sobre su mayor permanencia y extensión en el mundo grecorromano.

Algo de esa presencia etérea pero omnímoda del ascetismo grecorromano la podemos percibir también en las páginas del Nuevo Testamento: “… prohibirán casarse, y mandarán abstenerse de alimentos que Dios creó para que con acción de gracias participasen de ellos los creyentes y los que han conocido la verdad. Porque todo lo que Dios creó es bueno, y nada es de desecharse, si se toma con acción de gracias…” 1 Timoteo 4: 3-4. Es cierto que la interpretación tradicional ha visto en estas palabras del apóstol una descripción de un gnosticismo primitivo, pero habrá que recordar que precisamente los gnósticos representan una forma o estadio posterior de desarrollo de las ideas ascéticas. Los documentos gnósticos están llenos de detalles de los ayunos y mortificaciones que los maestros gnósticos prescribían a sus seguidores, incluido por cierto el celibato, pues la carne es mala y mantener relaciones sexuales es una forma de contaminarse con esa maldad. Como lo notamos en el pasaje citado, Pablo observa agudamente que este aspecto en particular – la abstinencia sexual – es fundamentalmente contrario al modelo de vida cristiano que él preconiza. Esta firmeza apostólica mantuvo a raya el ascetismo gnóstico, al menos por algún tiempo.

Pero el cristianismo estaba llamado a mantener una dura lucha con la cultura grecorromana, incluido el ascetismo. Es cierto que para el año 300 el desafío gnóstico estaba en gran medida superado, pero una nueva forma de ascetismo se abriría camino en el mediterráneo oriental. El ascetismo, que se había vestido primero un ropaje de sofisticada filosofía, más tarde el del estrambótico misticismo gnóstico, se presentó finalmente en lo que conocemos como monaquismo. Los primeros monjes aparecieron en Egipto hacia fines del siglo III y después del 300 se extendieron rápidamente por el cercano oriente. Ya sea en la forma de anacoretas (Egipto) o en comunidades de monjes (Siria), el monaquismo se tornó rápidamente popular, al convertirse el “hombre santo” (el monje) en un intermediario entre la gente y Dios (o así al menos lo vio el populacho,como en elcaso de Simeón Estilita en la imagen principal de este artículo). Debe haber habido un gran potencial en esta nueva forma de cristianismo, más místico, más sacrificado, o algo así pudo haber pensado Atanasio, el célebre obispo de Alejandría a principios del siglo III. Lo cierto es que Atanasio pronto agrupó a una numerosa población de vírgenes, jovencitas – incluso adolescentes – provenientes de todo Egipto, grupo al que tuvo la peregrina idea de presentar como credenciales de la sana vida espiritual de su iglesia. Pero Atanasio tampoco olvidó a los monjes y así estableció una firme y duradera amistad con Antonio, el fundador del monaquismo egipcio. Todos sabemos que Atanasio es mejor conocido y recordado por su lucha de toda una vida contra el arrianismo, pero lo que es menos conocido es que en esa lucha anti arriana Atanasio enarboló la bandera de la trinidad junto al estandarte del ascetismo: Atanasio fue el primer obispo cristiano que adoptó abiertamente la causa ascética y la unió a la de la trinidad. Si bien la controversia arriano-trinitaria se extenderá por gran parte del siglo III, para fines de esa centuria las ideas de Atanasio finalmente se impusieron gracias al patrocinio imperial; el triunfo de la trinidad atanasiana significará también el triunfo del ascetismo cristiano. A lo largo de esos años una mayoría de obispos cristianos seguirían el camino señalado por Atanasio, esto es, el de un ascetismo trinitario o un trinitarianismo ascético.

Pero aparte de las ramas teológicas – la trinidad - de las que se sirvió el ascetismo para escalar en la iglesia imperial, los efectos del ascetismo en el ámbito familiar y sexual fueron impresionantes. Después de Constantino, el cristianismo fue haciendo lentos avances en la aristocracia romana, si bien durante la mayor parte del siglo IV convivieron cristianos y paganos al interior de las familias de la élite romana. Sin embargo, la irrupción del movimiento ascético - en la forma de los primeros monjes, santones y vírgenes – provocó una enorme conmoción en la aristocracia imperial. Se sucedieron polémicas, escándalos, incluso expulsiones de la ciudad (la más sonada por entonces fue la de Jerónimo, el autor de la Vulgata), todo porque el discurso ascético de exaltación de la abstinencia sexual chocaba frontalmente con la tradición familiar romana, sobre todo con el rol central del matrimonio en la constitución de la sociedad. Los sucesores de Atanasio no sólo exaltaron la abstinencia sexual, cuestión básica para la conducta ascética, sino que progresivamente desarrollaron un visión crítica del matrimonio, llegando incluso a su descalificación, casi como si fuera una obra del diablo (uno de los ejemplos más impactantes de esta retórica anti matrimonio fue la de Gregorio de Nisa). Fue precisamente esta irracional visión de la sexualidad humana, exaltando la virginidad y denostando el matrimonio, lo que despertó el rechazo de una parte mayoritaria de la elite romana. Esta controversia fue potenciada por argumentos doctrinales sustentados por los ascetas. Los obispos ascetas se esforzaban en identificar el ascetismo con la defensa de la trinidad, de modo que los que se oponían a sus puntos de vista en el fondo frisaban con la herejía anti trinitaria. Esta identificación del ascetismo con la ortodoxia  nicena facilitaba la denuncia de los oponentes al ascetismo como potenciales herejes. En cierta medida, lo que estaba en juego aquí era la confrontación entre el elemento laico (la aristocracia cristiana romana) contra el elemento eclesiástico (los obispos ascetas) por el control de la iglesia cristiana. En el siglo V, en instancias como el concilio de Efeso, los clérigos – los obispos ascetas y sus apoyos monacales – impusieron su triunfo final y definitivo sobre el elemento laico. En adelante, sólo los cristianos que se abstuvieran de mantener relaciones sexuales y que estaban más cerca de Dios podrían dirigir a la iglesia; los demás cristianos – los laicos – que tenían una vida sexual activa estaban más lejos de Dios y por consiguiente debían renunciar a cualquier rol protagónico en la iglesia. Estamos en las puertas de la iglesia medieval; la vieja y heroica iglesia primitiva ha muerto.


“Todo el poder a los ascetas”. En el transcurso de menos de doscientos años, entre los siglos III y IV DC, un nuevo y poderoso movimiento ascético copó el escenario y expulsó a los laicos, obligándolos a refugiarse en las graderías. Durante los próximos mil años sólo los ascetas animarán el show, hasta que una nueva revolución después de 1517 volverá a traer a escena a los laicos postergados. ¿Fue el cambio religioso del siglo IV el triunfo del cristianismo? Si algo triunfó entonces habría que preguntarles a Atanasio y sus amigos.

lunes, 15 de abril de 2013

Roma cristiana: La teoría sociológica de Rodney Stark




Este 2013 se cumplen exactamente 1700 años desde la publicación del edicto de Milán, esto es, desde el inicio de la cristianización oficial del imperio romano. Efectivamente, hace justo diecisiete siglos el documento salido de la reunión de los dos amos del mundo romano, Constantino en occidente y Licinio en Oriente, iba a iniciar una serie de cambios decisivos en la historia ya no sólo del cristianismo, no sólo de Roma o de Europa, sino de la historia mundial: el edicto de Milán debe ser uno de los documentos más importantes en toda la historia de la humanidad. Curiosamente, para el mundo cristiano, debe ser a la vez uno de los textos más desconocidos o ignorados. Pero tal ignorancia no sólo dice relación con el texto mismo del documento en cuestión, sino con el olvido casi total sobre los acontecimientos del siglo IV DC, el siglo cuando el cristianismo dejo de ser una religión perseguida para transformarse en la religión oficial de un imperio, todo en el lapso de no más de siete décadas. Pero si la mayoría de los cristianos han perdido todo interés en tales hechos, un sector de la ciencia moderna ha puesto sus ojos sobre ellos para responder ciertas cuestiones vitales: ¿representan esos cambios el triunfo del cristianismo? Y si eso es así, ¿cómo triunfó el cristianismo en la antigüedad?

En la búsqueda de respuestas un libro publicado en Estados Unidos en 1996 marcaría un hito: “The Rise of Christianity: a sociologist reconsiders history”. Obra del sociólogo y profesor universitario Rodney Stark, su impacto posterior en el mundo de la academia y en las investigaciones sobre el triunfo del cristianismo en la antigüedad romana es ya incuestionable, convirtiendo este texto en un best seller entre los especialistas. ¿Qué tiene de especial la teoría de Stark? Bueno, antes de entrar a ello directamente, será necesario dar un breve repaso sobre los estudios religiosos de su autor. Para ser precisos, fue en los años 60s cuando dos jóvenes investigadores, Stark y John Lofland, comenzaron un “trabajo de campo”, esto es, investigación experimental relacionada con movimientos religiosos. Por entonces Stark y Lofland estudiaban un culto de reciente llegada a Estados Unidos: la secta Moon. Popularmente conocidos como “moonies”, los seguidores del predicador coreano Sung Myung Moon eran la novedad en el generoso mercado religioso norteamericano del momento. Stark y Lofland entrevistaron a varios “convertidos” después del primer contacto con la secta; repitieron la entrevista mucho tiempo después y descubrieron algo que llamó su atención: las respuestas variaban con el tiempo. La primera entrevista indicaba que la conversión no tenía que ver con la doctrina del movimiento (de hecho, muchos entrevistados señalaban incluso no sentirse atraídos por las ideas del grupo), sino que lo que había inclinado su decisión de unirse al grupo era su relación de amistad o familiaridad con integrantes de la secta. En la segunda entrevista, tiempo después, las respuestas ideológicas o de tipo doctrinal se volvían dominantes. Stark y Lofland concluyeron que la primera respuesta mostraba las razones espontáneas por las que una persona se unía al movimiento, mientras que la segunda era el resultado de un proceso de adoctrinamiento, una reflexión sobre el contenido ideológico de la conversión; en otras palabras, relaciones interpersonales, no doctrinales, explicaban la integración al grupo. El estudio se publicó en 1965 en la American Sociological Review bajo el título “Becoming a World –Saver: A Theory of Conversion to a Deviant Perspective”. Otro estudio similar, en los años 70s, realizado por Stark y William Sims Bainbridge, esta vez sobre los mormones, complementaron las conclusiones anteriores. Descubrieron que los misioneros mormones lograban un éxito en 1 de cada 1000 visitas, una tasa abrumadoramente baja. En cambio, cuando trabajaban con relaciones sociales de miembros del movimiento mormón – familiares y amigos – la tasa de éxito (conversiones) subía a 1 de 2: un crecimiento espectacular. Sus resultados se publicaron en 1980 en el artículo “Networks of Faith: Interpersonal Bonds and Recruitment to Cults and Sects”, en la American Journal of Sociology.

La investigación de campo con “moonies” y mormones llevó a Stark al convencimiento de que las relaciones interpersonales, no la doctrina, es lo que constituye la base de la integración o conversión en un grupo religioso nuevo. Stark se preguntó luego si sus descubrimientos y teorías podrían explicar fenómenos religiosos en otras épocas, por ejemplo en la cristianización del imperio romano, y de esos estudios surgió el libro al que hacíamos mención al comienzo de este artículo. La respuesta de Stark a la cuestión de por qué el cristianismo triunfó en el imperio romano es, pues, sociológica en su naturaleza: los cristianos triunfaron porque tejieron mejores redes interpersonales y supieron sacar partido a tales nexos para aumentar su tasa de conversión (cristianización). Habrá que olvidarse del efecto persuasivo de la predicación cristiana o de las conversiones masivas en respuesta a los celosos evangelistas. O como lo expresa otro autor: lo que cuenta aquí no es lo que uno cree o lo que puede ser persuadido a creer, sino a quién uno conoce o con quién uno se relaciona. El éxito del cristianismo se explica sobre bases estrictamente sociológicas. Como todo sociólogo moderno, Stark maneja modelos matemáticos y se esfuerza en demostrar con números en mano la validez de su teoría. Según Stark, la respuesta está en la “aritmética del crecimiento”. Poco después de la muerte de Jesús, cerca del 40 DC, los cristianos no eran más de un millar de personas; para el año 350 probablemente unos 34 millones. Para alcanzar esta expansión, según el modelo de Stark, el cristianismo primitivo debe haber crecido a una sorprendente tasa del 40% por década (un 3.42% anual). Por impresionantes que parezcan estas cifras, Stark cree que son consistentes, por ejemplo, con sus propias investigaciones sobre el crecimiento de los mormones en las últimas décadas. Si los números son semejantes, probablemente el modelo teórico – sociológico – que los sustenta pueda ser un buen medidor tanto para el caso moderno de los mormones como para el del cristianismo primitivo, o así al menos lo sostiene Stark.

La obra de Stark ha visto un éxito considerable en los diecisiete años transcurridos desde su aparición, no sólo en el campo profesional específico de la sociología de la religión, sino también en el más amplio del público no especializado. Como suele suceder en estos casos, las teorías sociológicas de Stark sobre los movimientos religiosos (cultos, sectas, iglesias) han dado para todo, desde los adherentes entusiastas hasta los críticos mordaces. Quizás si su irrupción en el ámbito de la investigación histórica sobre el cristianismo primitivo presente su flanco más débil, por el juicio de los historiadores profesionales, pero no se puede negar que el suyo ha sido un aporte desafiante y novedoso. En cualquier caso, si la ciencia está investigando la cristianización del imperio romano y construyendo modelos para explicar el “triunfo” del cristianismo en la antigüedad, cuánto más interesados debieran estar los mismos cristianos en estudiar y comprender los procesos históricos de la iglesia primitiva. El lejano recuerdo de un edicto publicado en Milán hace 1700 años por dos emperadores todavía encierra lecciones y secretos que los cristianos del tercer milenio haríamos bien en estudiar; salvo, claro, que creamos que la de Rodney Stark es la mejor explicación.

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