En todo el mundo Silicon Valley encarna
el poder irresistible y casi omnímodo de la tecnología de punta de nuestros días;
pero hace cincuenta años no existía como tal. ¿Cómo explicar este ascenso meteórico
en tan corto tiempo? ¿Y qué importancia tiene esta historia para el mundo
cristiano? Para entender la génesis de Silicon Valley debemos remontarnos a la
posguerra, a la situación que enfrentaba Estados Unidos tras el fin de la
segunda guerra mundial. A partir de ese momento hay cinco factores importantes
a considerar, a saber: la Guerra fría entre Estados Unidos y la Unión
Soviética; el surgimiento de la cibernética; la contracultura de los años
sesenta; las diferencias culturales entre la costa este y oeste de los Estados
Unidos; y el desarrollo de la industria de los computadores.
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domingo, 19 de noviembre de 2017
Un Catálogo Histórico: de los Hippies a los Hackers
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martes, 2 de septiembre de 2014
La Ciencia del Suicidio
Cuando en nuestro último artículo tratábamos
sobre el suicidio o inmolación del monje vietnamita Thich Quang Duc en 1963,
era imposible imaginar la triste noticia de los últimos días: el suicidio del
actor Robin Williams en California, Estados Unidos. Al parecer una rebelde
depresión precipitó la muerte del famoso comediante, dejando para el recuerdo
una carrera notable y una serie de películas que lo hicieron tan querido en
todo el mundo. Detrás del impacto inicial el fallecimiento de Robin Williams
volvió a recordarnos de la manera más ominosa la persistencia del suicidio como
causa de muerte de muchas personas cada día en todo el mundo. ¿Por qué se
suicidan las personas? ¿Cómo entender tan dramática situación? ¿Se puede
prevenir? ¿Podemos ayudar a las potenciales víctimas?
Desde el punto de vista de la aún relativamente
joven investigación científica sobre el suicidio el comportamiento suicida
puede entenderse como el resultado de un delicado balance entre las tendencias
suicidas de una persona (endógenas) y los factores estresantes que actúan como
detonantes del comportamiento suicida (exógenos). Estos últimos factores
estresantes pueden ser ambientales, biológicos o siquiátricos, o bien una
combinación de todos o algunos de ellos. Desde el punto de vista sicológico el
suicidio ha sido estudiado a dos niveles, social (colectivo) e individual, con
resultados bastante dispares. Al nivel
social es claro que la tasa de suicidios para cada nación es más o menos
constante o experimenta pequeñas fluctuaciones, siendo raro que supere el tope
de los 40 casos por cada 100.000 habitantes; por el contrario, a nivel
individual tanto los intentos de suicidio como los suicidios consumados son más
difíciles de predecir. El modelo más exitoso es el modelo siquiátrico de
predisposición-estrés (modelo diátesis-estrés), que señala que ambos factores –
la predisposición y el estrés – actuando por separado o interactuando juntos potencian
la conducta suicida: las personas que tienen esta predisposición descubrirán
factores estresantes más fácilmente y a su vez estos factores estresantes
seguramente tendrán mayores efectos sobre personas que tienen la predisposición
suicida. En el contexto de los factores que predisponen hacia el suicidio A. F.
Henry y J. F. Short elaboraron en 1954 una teoría basada tanto en el
sicoanálisis como en la hipótesis frustración – agresión. Según esta propuesta
la primera reacción ante una frustración es siempre una agresión hacia otra
persona, pero esa primera reacción puede inhibirse y transformarse en una
autoagresión (agresión hacia uno mismo) dependiendo de la presencia y fuerza de
restricciones externas sobre nuestro comportamiento. Cuando esas restricciones
son rígidas e impuestas por otros o son obra de otras personas, entonces la
frustración culpará a esos otros y la agresión se dirigirá hacia esas personas.
Pero cuando esas restricciones externas son débiles entonces el yo no tendrá a
extraños a quienes culpar de su frustración y la agresión se dirigirá hacia
adentro, se internalizará. La teoría de Henry y Short hace predicciones
interesantes, por ejemplo, en ambientes del tipo opresor – oprimido. En un
sistema así el oprimido tendrá todos los estímulos para identificar su
frustración con respecto a los opresores, lo que llevará a respuestas agresivas
hacia los otros, eventualmente al homicidio. En cambio el opresor, como
privilegiado en la sociedad, no puede culpar a otros por sus frustraciones y
tenderá a la depresión y potencialmente a agredirse a sí mismo, es decir, al
suicidio.
En el campo de la investigación del suicidio
a nivel social es sabido que la primera teoría científica sobre la tasa social
de suicidio fue la del francés Emile Durkheim, publicada en su estudio del
tema, “Le Suicide”, en 1897. En esa
obra Durkheim proponía dos categorías sociales como fundamentales para explicar
la tasa social de suicidio: la integración social y la regulación social. La
integración social es el grado en el cual los integrantes de la sociedad están unidos
a través de redes sociales; la regulación social es el grado en el cual los
deseos y el comportamiento de los miembros de la sociedad están restringidos
por normas y costumbres sociales. Si bien la propuesta de Durkheim ha tenido
partidarios y detractores y ha sido revisada y modificada a lo largo de más de
cien años, permanece la noción básica de que la fuerza/debilidad de nuestros
lazos sociales (familiares, amistades, grupos de referencia) así como la
fuerza/debilidad de las normas sociales están directamente relacionados con la
tasa de suicidios al nivel social.
Los profesionales de la sicología, la
siquiatría y la sociología siguen estudiando el comportamiento suicida y
elaborando nuevas teorías para responder a un evento para nosotros tan
perturbador como es el suicidio, en la esperanza de que se podrá recuperar a
esas personas y prevenir el acto suicida. Un experto comentaba hace algunos
años en un artículo: “La publicidad dada a los suicidios, especialmente
suicidios de celebridades, ha demostrado llevar a un incremento en la tasa de
suicidios en los pocos días siguientes, especialmente entre aquellos de la
misma edad y sexo de la celebridad. El suicidio entre pares puede tener un
efecto contagioso, precipitando comportamientos suicidas en aquellos con las
características que predisponen al individuo al suicidio”. Es de esperar que la
muerte de Robin Williams no sea objeto de esa clase de imitación. Es de esperar
asimismo que podamos prevenir y ayudar a su vez a las víctimas y a sus
familias.
viernes, 31 de mayo de 2013
La revolución de los ascetas
En nuestro artículo anterior
estudiábamos la teoría de Rodney Stark para explicar el triunfo del
cristianismo en el siglo IV DC. La explicación sociológica de Stark forma parte
del intento científico moderno por comprender la naturaleza de los cambios
religiosos ocurridos en la antigüedad y cómo es que el cristianismo logró
imponerse como la religión dominante en el imperio romano en el transcurso de
unos trescientos años. Pero como podríamos intuir desde un principio, el asunto
es demasiado complejo como para quedarnos sólo con la explicación de Stark. Una
de las aristas de esa complejidad guarda relación con la materia que
consideraremos ahora: la revolución ascética de los siglos IV y V DC.
Prácticamente desconocida para
nosotros (como ocurre con casi todo lo que rodea la cristianización del imperio
romano), la revolución de los ascetas cristianos marcó de manera determinante
la historia religiosa de aquella época. Dicho en forma muy simple: después del
edicto de Milán de Constantino, un estilo de vida monacal y ascético se
extendió por todo el imperio, escaló hasta ocupar los puestos eclesiásticos más
importantes, desplazó a los que no eran ascetas y terminó por dominar
completamente la iglesia cristiana para fines del siglo V DC. El fulgurante
ascenso de estos ascetas cristianos y de su discurso ascético se dio en el
siglo IV y la centuria siguiente vio la consolidación de su éxito de facto; la
revolución ascética señala de manera definitiva la transición desde el
cristianismo primitivo hacia el cristianismo medieval: mirado
retrospectivamente, el triunfo de los ascetas significó en los hechos la muerte
de la iglesia primitiva. Las transformaciones históricas que implican grandes
cambios sociales, ideológicos, políticos e institucionales dan lugar a
experimentos humanos de resultados muchas veces insospechados. Nosotros lo
sabemos muy bien, teniendo a nuestras espaldas la historia de revoluciones
violentas del siglo XX. Así, por ejemplo, la revolución rusa de 1917 comenzó
con la promesa de libertad y democratización y terminó como terminó. “Todo el
poder a los soviets” significó a la larga reemplazar la tiranía del zar por la
de la nomenklatura. Al momento de redactar su desoladora descripción de la
nomenclatura soviética, Mijail Voslensky, el ex diplomático refugiado en
occidente, evocaba un decidor pasaje del filósofo Hegel: cuando los hombres
emprenden una acción en una dirección determinada, ocurre en el camino la “cosa
escondida”, aquello que no estaba en los planes de nadie, pero que de pronto
aparece ahí y los termina por llevar en una dirección completamente distinta.
Si de algo nos pudiera servir esta experiencia histórica reciente para entender
los cambios de un pasado más remoto, quizás tendríamos que decir que la “cosa
escondida” que se abrió camino en el siglo IV lo hizo bajo una ideología
igualmente insospechada pero que podríamos parafrasear en una frase tan distintiva como
la de 1917 y que en este caso sonaría algo así como: “todo el poder a los
ascetas”. Los ascetas del siglo IV darían muestra, al igual que los
bolcheviques del siglo XX, de una avidez notable por el poder y los bienes
materiales, pese a que sus orígenes fueron más bien modestos, rondando en la
pobreza franciscana y un acendrado misticismo. Pero, ¿quiénes eran estos
ascetas? ¿Qué sostenía el ascetismo cristiano? ¿Qué efectos tuvo todo esto en
la cristianización de Roma?
Habrá que partir por definir qué
entendemos por ascetismo, cuestión primaria que, no obstante, no es para nada
sencilla vista la discusión moderna sobre la materia. Para nuestros efectos,
mucho más modestos que los de los expertos, bastará por ahora con definir el
ascetismo como un modo de vida con énfasis en la disciplina personal,
incluyendo sacrificios (“autocontrol”) en diversas áreas (alimentación,
vivienda, sexualidad) con el propósito de alcanzar un determinado estado
espiritual (unión mística con la divinidad). Para cuando el cristianismo
apareció en escena, el ascetismo llevaba ya varios siglos de una fluctuante existencia
tanto en el antiguo medio oriente como en torno al mediterráneo. Dada la
importancia de la cultura griega y el peso del helenismo en todo el
mediterráneo oriental, el ascetismo griego se torna fundamental en nuestra
historia. La religión griega dio espacio a distintas formas de ascetismo que,
si bien nunca fueron mayoritarias, sí alcanzaron a penetrar hasta los círculos
filosóficos. Así, por ejemplo, Pitágoras es un caso célebre de vida ascética y
sus seguidores convirtieron el término “pitagórico” en sinónimo de místico o
religioso, muy lejos de nuestra comprensión del mismo como sinónimo de
matemático o científico. En los tres siglos anteriores a la era cristiana
distintas formas de ascetismo filosófico (pitagórico, neopitagórico, platónico
e incluso estoico) otorgaron un cierto aire de sabiduría distintiva a las diferentes
prácticas ascéticas. Algo de esa influencia la alcanzamos a vislumbrar asimismo
en ciertas comunidades ascéticas que se presentaron incluso en el judaísmo: los
terapeutas de Egipto y los esenios de Palestina. Hasta donde sabemos hoy, se
trataría de los únicos casos, más bien aislados, de judíos ascetas, pues el
judaísmo tradicional siempre miró con escepticismo estos estilos de vida; para
los rabinos los sacrificios personales que iban más allá de los ayunos
contemplados en la Torah
resultaban sospechosos, ni hablar de la abstinencia sexual que se oponía a la
enseñanza rabínica sobre la importancia del matrimonio y la vida familiar. Pero
la limitada penetración del ascetismo en el mundo judío no nos debe engañar
sobre su mayor permanencia y extensión en el mundo grecorromano.
Algo de esa presencia etérea
pero omnímoda del ascetismo grecorromano la podemos percibir también en las
páginas del Nuevo Testamento: “… prohibirán casarse, y mandarán abstenerse de
alimentos que Dios creó para que con acción de gracias participasen de ellos
los creyentes y los que han conocido la verdad. Porque todo lo que Dios creó es
bueno, y nada es de desecharse, si se toma con acción de gracias…” 1 Timoteo 4:
3-4. Es cierto que la interpretación tradicional ha visto en estas palabras del
apóstol una descripción de un gnosticismo primitivo, pero habrá que recordar
que precisamente los gnósticos representan una forma o estadio posterior de
desarrollo de las ideas ascéticas. Los documentos gnósticos están llenos de
detalles de los ayunos y mortificaciones que los maestros gnósticos prescribían
a sus seguidores, incluido por cierto el celibato, pues la carne es mala y
mantener relaciones sexuales es una forma de contaminarse con esa maldad. Como
lo notamos en el pasaje citado, Pablo observa agudamente que este aspecto en
particular – la abstinencia sexual – es fundamentalmente contrario al modelo de
vida cristiano que él preconiza. Esta firmeza apostólica mantuvo a raya el
ascetismo gnóstico, al menos por algún tiempo.
Pero el cristianismo estaba
llamado a mantener una dura lucha con la cultura grecorromana, incluido el
ascetismo. Es cierto que para el año 300 el desafío gnóstico estaba en gran
medida superado, pero una nueva forma de ascetismo se abriría camino en el
mediterráneo oriental. El ascetismo, que se había vestido primero un ropaje de
sofisticada filosofía, más tarde el del estrambótico misticismo gnóstico, se
presentó finalmente en lo que conocemos como monaquismo. Los primeros monjes
aparecieron en Egipto hacia fines del siglo III y después del 300 se
extendieron rápidamente por el cercano oriente. Ya sea en la forma de
anacoretas (Egipto) o en comunidades de monjes (Siria), el monaquismo se tornó rápidamente
popular, al convertirse el “hombre santo” (el monje) en un intermediario entre
la gente y Dios (o así al menos lo vio el populacho,como en elcaso de Simeón Estilita en la imagen principal de este artículo). Debe haber habido un gran
potencial en esta nueva forma de cristianismo, más místico, más sacrificado, o
algo así pudo haber pensado Atanasio, el célebre obispo de Alejandría a
principios del siglo III. Lo cierto es que Atanasio pronto agrupó a una
numerosa población de vírgenes, jovencitas – incluso adolescentes –
provenientes de todo Egipto, grupo al que tuvo la peregrina idea de presentar
como credenciales de la sana vida espiritual de su iglesia. Pero Atanasio
tampoco olvidó a los monjes y así estableció una firme y duradera amistad con
Antonio, el fundador del monaquismo egipcio. Todos sabemos que Atanasio es mejor
conocido y recordado por su lucha de toda una vida contra el arrianismo, pero
lo que es menos conocido es que en esa lucha anti arriana Atanasio enarboló la
bandera de la trinidad junto al estandarte del ascetismo: Atanasio fue el
primer obispo cristiano que adoptó abiertamente la causa ascética y la unió a
la de la trinidad. Si bien la controversia arriano-trinitaria se extenderá por
gran parte del siglo III, para fines de esa centuria las ideas de Atanasio
finalmente se impusieron gracias al patrocinio imperial; el triunfo de la
trinidad atanasiana significará también el triunfo del ascetismo cristiano. A
lo largo de esos años una mayoría de obispos cristianos seguirían el camino
señalado por Atanasio, esto es, el de un ascetismo trinitario o un trinitarianismo
ascético.
Pero aparte de las ramas
teológicas – la trinidad - de las que se sirvió el ascetismo para escalar en la
iglesia imperial, los efectos del ascetismo en el ámbito familiar y sexual
fueron impresionantes. Después de Constantino, el cristianismo fue haciendo
lentos avances en la aristocracia romana, si bien durante la mayor parte del
siglo IV convivieron cristianos y paganos al interior de las familias de la
élite romana. Sin embargo, la irrupción del movimiento ascético - en la forma de
los primeros monjes, santones y vírgenes – provocó una enorme conmoción en la
aristocracia imperial. Se sucedieron polémicas, escándalos, incluso expulsiones
de la ciudad (la más sonada por entonces fue la de Jerónimo, el autor de la Vulgata ), todo porque el
discurso ascético de exaltación de la abstinencia sexual chocaba frontalmente con
la tradición familiar romana, sobre todo con el rol central del matrimonio en
la constitución de la sociedad. Los sucesores de Atanasio no sólo exaltaron la
abstinencia sexual, cuestión básica para la conducta ascética, sino que
progresivamente desarrollaron un visión crítica del matrimonio, llegando
incluso a su descalificación, casi como si fuera una obra del diablo (uno de
los ejemplos más impactantes de esta retórica anti matrimonio fue la de
Gregorio de Nisa). Fue precisamente esta irracional visión de la sexualidad
humana, exaltando la virginidad y denostando el matrimonio, lo que despertó el
rechazo de una parte mayoritaria de la elite romana. Esta controversia fue potenciada
por argumentos doctrinales sustentados por los ascetas. Los obispos ascetas se
esforzaban en identificar el ascetismo con la defensa de la trinidad, de modo
que los que se oponían a sus puntos de vista en el fondo frisaban con la
herejía anti trinitaria. Esta identificación del ascetismo con la
ortodoxia nicena facilitaba la denuncia
de los oponentes al ascetismo como potenciales herejes. En cierta medida, lo
que estaba en juego aquí era la confrontación entre el elemento laico (la
aristocracia cristiana romana) contra el elemento eclesiástico (los obispos
ascetas) por el control de la iglesia cristiana. En el siglo V, en instancias
como el concilio de Efeso, los clérigos – los obispos ascetas y sus apoyos
monacales – impusieron su triunfo final y definitivo sobre el elemento laico.
En adelante, sólo los cristianos que se abstuvieran de mantener relaciones
sexuales y que estaban más cerca de Dios podrían dirigir a la iglesia; los
demás cristianos – los laicos – que tenían una vida sexual activa estaban más
lejos de Dios y por consiguiente debían renunciar a cualquier rol protagónico
en la iglesia. Estamos en las puertas de la iglesia medieval; la vieja y
heroica iglesia primitiva ha muerto.
“Todo el poder a los ascetas”.
En el transcurso de menos de doscientos años, entre los siglos III y IV DC, un
nuevo y poderoso movimiento ascético copó el escenario y expulsó a los laicos,
obligándolos a refugiarse en las graderías. Durante los próximos mil años sólo
los ascetas animarán el show, hasta que una nueva revolución después de 1517
volverá a traer a escena a los laicos postergados. ¿Fue el cambio religioso del
siglo IV el triunfo del cristianismo? Si algo triunfó entonces habría que preguntarles
a Atanasio y sus amigos.
lunes, 15 de abril de 2013
Roma cristiana: La teoría sociológica de Rodney Stark
Este 2013 se cumplen exactamente 1700 años
desde la publicación del edicto de Milán, esto es, desde el inicio de la
cristianización oficial del imperio romano. Efectivamente, hace justo
diecisiete siglos el documento salido de la reunión de los dos amos del mundo
romano, Constantino en occidente y Licinio en Oriente, iba a iniciar una serie
de cambios decisivos en la historia ya no sólo del cristianismo, no sólo de
Roma o de Europa, sino de la historia mundial: el edicto de Milán debe ser uno
de los documentos más importantes en toda la historia de la humanidad.
Curiosamente, para el mundo cristiano, debe ser a la vez uno de los textos más
desconocidos o ignorados. Pero tal ignorancia no sólo dice relación con el
texto mismo del documento en cuestión, sino con el olvido casi total sobre los
acontecimientos del siglo IV DC, el siglo cuando el cristianismo dejo de ser
una religión perseguida para transformarse en la religión oficial de un
imperio, todo en el lapso de no más de siete décadas. Pero si la mayoría de los
cristianos han perdido todo interés en tales hechos, un sector de la ciencia
moderna ha puesto sus ojos sobre ellos para responder ciertas cuestiones
vitales: ¿representan esos cambios el triunfo del cristianismo? Y si eso es
así, ¿cómo triunfó el cristianismo en la antigüedad?
En la búsqueda de respuestas un libro
publicado en Estados Unidos en 1996 marcaría un hito: “The Rise of Christianity: a sociologist reconsiders history”. Obra
del sociólogo y profesor universitario Rodney Stark, su impacto posterior en el
mundo de la academia y en las investigaciones sobre el triunfo del cristianismo
en la antigüedad romana es ya incuestionable, convirtiendo este texto en un best seller entre los especialistas. ¿Qué
tiene de especial la teoría de Stark? Bueno, antes de entrar a ello
directamente, será necesario dar un breve repaso sobre los estudios religiosos
de su autor. Para ser precisos, fue en los años 60s cuando dos jóvenes
investigadores, Stark y John Lofland, comenzaron un “trabajo de campo”, esto
es, investigación experimental relacionada con movimientos religiosos. Por
entonces Stark y Lofland estudiaban un culto de reciente llegada a Estados Unidos:
la secta Moon. Popularmente conocidos como “moonies”, los seguidores del
predicador coreano Sung Myung Moon eran la novedad en el generoso mercado
religioso norteamericano del momento. Stark y Lofland entrevistaron a varios
“convertidos” después del primer contacto con la secta; repitieron la
entrevista mucho tiempo después y descubrieron algo que llamó su atención: las
respuestas variaban con el tiempo. La primera entrevista indicaba que la
conversión no tenía que ver con la doctrina del movimiento (de hecho, muchos
entrevistados señalaban incluso no sentirse atraídos por las ideas del grupo),
sino que lo que había inclinado su decisión de unirse al grupo era su relación
de amistad o familiaridad con integrantes de la secta. En la segunda
entrevista, tiempo después, las respuestas ideológicas o de tipo doctrinal se
volvían dominantes. Stark y Lofland concluyeron que la primera respuesta
mostraba las razones espontáneas por las que una persona se unía al movimiento,
mientras que la segunda era el resultado de un proceso de adoctrinamiento, una
reflexión sobre el contenido ideológico de la conversión; en otras palabras,
relaciones interpersonales, no doctrinales, explicaban la integración al grupo.
El estudio se publicó en 1965 en la American Sociological
Review bajo el título “Becoming a World
–Saver: A Theory of Conversion to a Deviant Perspective”. Otro estudio similar,
en los años 70s, realizado por Stark y William Sims Bainbridge, esta vez sobre
los mormones, complementaron las conclusiones anteriores. Descubrieron que los
misioneros mormones lograban un éxito en 1 de cada 1000 visitas, una tasa
abrumadoramente baja. En cambio, cuando trabajaban con relaciones sociales de
miembros del movimiento mormón – familiares y amigos – la tasa de éxito
(conversiones) subía a 1 de 2: un crecimiento espectacular. Sus resultados se
publicaron en 1980 en el artículo “Networks
of Faith: Interpersonal Bonds and Recruitment to Cults and Sects”, en la American Journal
of Sociology.
La investigación de campo con “moonies” y mormones
llevó a Stark al convencimiento de que las relaciones interpersonales, no la
doctrina, es lo que constituye la base de la integración o conversión en un
grupo religioso nuevo. Stark se preguntó luego si sus descubrimientos y teorías
podrían explicar fenómenos religiosos en otras épocas, por ejemplo en la
cristianización del imperio romano, y de esos estudios surgió el libro al que
hacíamos mención al comienzo de este artículo. La respuesta de Stark a la
cuestión de por qué el cristianismo triunfó en el imperio romano es, pues,
sociológica en su naturaleza: los cristianos triunfaron porque tejieron mejores
redes interpersonales y supieron sacar partido a tales nexos para aumentar su
tasa de conversión (cristianización). Habrá que olvidarse del efecto persuasivo
de la predicación cristiana o de las conversiones masivas en respuesta a los
celosos evangelistas. O como lo expresa otro autor: lo que cuenta aquí no es lo
que uno cree o lo que puede ser persuadido a creer, sino a quién uno conoce o
con quién uno se relaciona. El éxito del cristianismo se explica sobre bases
estrictamente sociológicas. Como todo sociólogo moderno, Stark maneja modelos
matemáticos y se esfuerza en demostrar con números en mano la validez de su
teoría. Según Stark, la respuesta está en la “aritmética del crecimiento”. Poco
después de la muerte de Jesús, cerca del 40 DC, los cristianos no eran más de
un millar de personas; para el año 350 probablemente unos 34 millones. Para
alcanzar esta expansión, según el modelo de Stark, el cristianismo primitivo
debe haber crecido a una sorprendente tasa del 40% por década (un 3.42% anual).
Por impresionantes que parezcan estas cifras, Stark cree que son consistentes,
por ejemplo, con sus propias investigaciones sobre el crecimiento de los mormones
en las últimas décadas. Si los números son semejantes, probablemente el modelo
teórico – sociológico – que los sustenta pueda ser un buen medidor tanto para
el caso moderno de los mormones como para el del cristianismo primitivo, o así
al menos lo sostiene Stark.
La obra de Stark ha visto un éxito considerable
en los diecisiete años transcurridos desde su aparición, no sólo en el campo
profesional específico de la sociología de la religión, sino también en el más
amplio del público no especializado. Como suele suceder en estos casos, las
teorías sociológicas de Stark sobre los movimientos religiosos (cultos, sectas,
iglesias) han dado para todo, desde los adherentes entusiastas hasta los
críticos mordaces. Quizás si su irrupción en el ámbito de la investigación
histórica sobre el cristianismo primitivo presente su flanco más débil, por el
juicio de los historiadores profesionales, pero no se puede negar que el suyo
ha sido un aporte desafiante y novedoso. En cualquier caso, si la ciencia está
investigando la cristianización del imperio romano y construyendo modelos para
explicar el “triunfo” del cristianismo en la antigüedad, cuánto más interesados
debieran estar los mismos cristianos en estudiar y comprender los procesos
históricos de la iglesia primitiva. El lejano recuerdo de un edicto publicado
en Milán hace 1700 años por dos emperadores todavía encierra lecciones y
secretos que los cristianos del tercer milenio haríamos bien en estudiar;
salvo, claro, que creamos que la de Rodney Stark es la mejor explicación.
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