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martes, 20 de septiembre de 2016

El Volcán del Anticristo: Del Tambora al Quiliasmo



En nuestro artículo anterior repasamos los extraordinarios eventos de 1816, cuando las consecuencias de la explosión del volcán Tambora en Indonesia un año antes, terminó por generar un invierno extendido que en Europa cubrió el período 1816-1818, tres años en los que poco se vio el sol y se sufrió en cambio un terrible invierno, con mucho frío, nieve y lluvia. Aunque en los libros de historia por lo general el acento está puesto en la situación política y militar derivada de la derrota de Napoleón en Waterloo, la ciencia del clima y sus consecuencias globales en todo el planeta nos obligan ahora a repensar que tanto o más gravitante que las guerras napoleónicas para la historia del siglo XIX fue la erupción del Tambora. Como ya observamos brevemente los aspectos climáticos, económicos y políticos afectados por el Tambora, valdrá la pena ahora centrarnos en la derivada quizás más desconocida de estos lejanos acontecimientos, la religiosa.

Como ha quedado claro a estas alturas, la erupción del Tambora en 1815 gatilló una serie de fenómenos que culminaron en crisis humanitarias en Asia, África y Europa. Pero en este último continente la situación se tornó incluso peor, pues los europeos apenas llevaban un año de paz tras Waterloo y necesitaban tiempo para recuperarse de los horrores de la guerra. La llegada de los efectos del Tambora en 1816 impidió ese respiro y el resultado fue predecible: la ruina de las cosechas y las deterioradas condiciones en el campo provocaron una escasez general de alimentos y una terrible hambruna que recorrió a toda Europa. Normalmente el hambre y la muerte van de la mano y los relatos de los cronistas de la época son un recordatorio de ello. Cientos, miles de personas,  empobrecidas y hambrientas, se vieron empujadas a vagar por los pueblos y campos de Europa en busca de comida y abrigo. En esa atmósfera apocalíptica, el espectro de la muerte podía adoptar formas fantásticas, inspirando, por ejemplo, el origen de "Frankenstein", la famosa novela de Mary Shelley, o así al menos lo creen varios investigadores actuales, habida cuenta que Shelley comenzó a redactar su libro cuando "veraneaba" en 1816 en los Alpes suizos, una de las zonas más duramente afectadas por el riguroso clima del “año sin verano”.

Pero el apocalíptico juego de vida y muerte no sólo inspiraría la monstruosidad novelesca de Frankenstein, atizaría también las expectativas escatológicas  de quienes veían en los acontecimientos de 1815-1816 un cumplimiento de profecías bíblicas. Desde su aparición en el firmamento europeo, el  meteórico ascenso de la estrella de Napoleón y el mito de su invencibilidad convencieron a muchas personas que el emperador francés no era otro que el Anticristo escatológico. ¿Quién más podía pasearse por el mundo sembrando la guerra y derrotando a todos sus adversarios sino uno que tuviera poderes demoníacos? Así lo pensaron los clérigos católicos españoles en 1808 y también varios líderes protestantes en Alemania e Inglaterra, para quienes la guerra y la revolución francesa asociados a Napoleón eran pruebas irrefutables de su naturaleza infernal. Luego vino lo increíble: Waterloo y la estrella de Napoleón caída a tierra, derrotada al fin. Si a la derrota del Anticristo en 1815 sumamos la catástrofe humanitaria y ambiental de 1816, uno puede comprender que muchos contemporáneos se convencieran que el fin del mundo estaba ad portas. Una de las versiones más antiguas de la escatología cristiana es el quiliasmo, también conocido como premilenialismo, y que deriva su nombre del conocido texto sobre el milenio de Apocalipsis 20:1 ("quilioi" en griego). Así, la visión quiliasta o premilenialista sostiene que antes del fin del mundo habrá un reinado literal de mil años de Cristo en el mundo. A su vez, previo a ese periodo ("el milenio") habrá una serie de eventos cósmicos, como la aparición y caída del Anticristo y alteraciones en la naturaleza. Aunque los premilenialistas difieren en cuanto a la secuencia precisa de eventos, al menos para varios de ellos en 1816 los datos cuadraban con sus expectativas escatológicas: la caída de Napoleón y el trastorno climático de 1816-1818 eran indicaciones claras del fin de los tiempos.

Un episodio dramático de esa expectativa quiliasta la protagonizó por entonces la baronesa Barbara Juliane von Krüdener (1764-1824, foto superior). De origen ruso-alemán y conectada por vía familiar con la alta aristocracia rusa (el zar Pablo I fue padrino de su hijo mayor), la baronesa tuvo una agitada vida sentimental que experimentó un vuelco cuando entró en contacto con el despertar religioso que se esparcía en el protestantismo suizo. Fue allí donde la baronesa abrazó la causa quiliasta, la que unida a su misticismo y convicción, le llevaron a exponer su visión nada menos que ante el zar Alejandro I, influyendo supuestamente en la creación de la Santa Alianza en 1815. Pero la baronesa se sintió profundamente conmovida por la catástrofe humana gatillada por la alteración climática, al punto de reunir una multitud de desplazados a los que guió por diversos cantones y ciudades suizas en busca de refugio y comida. Las autoridades suizas, temerosas de que esta masa devorara la poca comida disponible, no tardaron en dispersar a sus hambrientos seguidores, mientras la baronesa fue expulsada de vuelta a Rusia. "La caridad comienza por casa", parecen haber pensado los suizos, poniendo abrupto fin a la labor humanitaria de Krüdener. ¿Un lejano antecedente de la reacción europea a la crisis migratoria de hoy?

Las increíbles consecuencias del cambio climático y los trastornos ocasionados por el Tambora, a doscientos años de ocurridos los hechos, no dejan de asombrar, incluso en el plano religioso. Para profundizar sobre el lector puede consultar “The Life and Letters of Madame de Krudener” (1893) de Clement Ford; “Tambora: The Eruption that Changed the World” (2015) de Gillen D`Arcy Wood y “The Little Ice Age: How Climate Made History 1300-1850” (2001) de Brian Fagan.




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domingo, 31 de julio de 2016

¿El Mejor amigo de Moisés? Perros en el Antiguo Israel



¿El mejor amigo del hombre? El perro, obvio, ¿quién más? El concepto está tan arraigado que quizás ya olvidamos hace mucho cuándo fue la primera vez que lo oímos. Hoy es una de esas verdades que se asumen como normal, algo dado. Pero la larga historia de las relaciones entre perros y humanos no siempre ha sido lo que parece.  Tomemos como ejemplo el registro bíblico y nos encontraremos con lo que apunta hacia una compleja convivencia entre ambas especies.

Según los expertos el perro fue domesticado hace unos 11.000 años atrás aproximadamente, la primera especie domesticada en la prehistoria, resultado de la confluencia de dos especies de cazadores, el hombre y el lobo. En la región del antiguo medio oriente en particular el perro gozó de una amplia aceptación, a juzgar por el registro arqueológico. La literatura y el arte de Egipto, Siria, Mesopotamia, Asiria, Anatolia y Grecia dejan en claro que este animal fue muy valorado, seguramente a propósito de las múltiples funciones que desempeñaba y que facilitaban la vida de sus amos: colaboración en la cacería, cuidado del rebaño, protección del hogar, incluso como arma de guerra (algunos ejércitos de la antigüedad desplegaban unidades de soldados acompañadas por perros de gran tamaño, posiblemente del tipo molosos). Más notable aún, tal parece que egipcios, griegos, romanos y persas comenzaron a tener perros simplemente como mascotas, es decir, por el puro placer de la compañía. La mejor evidencia de esto último la proporcionan los varios cementerios caninos hallados en lugares tan diversos como Chipre, Grecia, Egipto (donde podían ser embalsamados) y Palestina (en los años 1980s se descubrió en Ascalón el más grande cementerio de perros de la antigüedad, con miles de ejemplares).

¿Y cuál era la situación en Israel? En 1960 D. Winton Thomas publicó un artículo que creó tendencia: “Kelebh Dog: Its Origin and some Uses of it in the Old Testament”. A partir del registro bíblico Thomas planteaba la teoría de que los antiguos israelitas tenían una valoración negativa de los perros, un animal despreciable para la cultura hebrea. Desde entonces esta opinión se ha vuelto generalizada entre los expertos. Al revisar la evidencia, es difícil no pensar que algún papel pudo jugar la ley de Moisés en la valoración que puedan haber tenido los antiguos hebreos acerca de los perros. Revisemos brevemente algún par de puntos destacados.

  1. El problema de la carroña. La ley mosaica definía el contacto con restos mortales de humanos y animales como una fuente de contaminación o impureza (ritual), razón por la cual los israelitas evitaban el contacto con cadáveres u osamentas. Dado que los perros pueden comportarse como carroñeros y alimentarse de cadáveres, la posibilidad de que el contacto con perros los expusiera a una eventual contaminación debe haber sido muy molesto para un observante judío. De hecho, el que un cuerpo fuera devorado por perros era una imagen potente, por lo común interpretada como emblema de juicio divino (así lo casos de Acab y Jezabel, 1 Reyes 14:11; 16:4; 21:24; 2 Reyes 9:10, 36).

  1. El problema de consumir sangre. De acuerdo a la Tora, estaba expresamente prohibido para los judíos el consumo de sangre puesto que “la vida de la carne en la sangre está” (Levítico 7:26-27; 17:11, 14; Deuteronomio 12:23-25). Se trata de una instrucción que en todo caso antecedía a la ley de Moisés, pues ya encontramos su enunciado en el pacto de Dios con Noé, que se supone era extensivo a todos los seres humanos, hebreos o no (Génesis 9: 3-5). Como fuere, lo cierto es que el espectáculo de los perros lamiendo sangre humana o animal, una acción tabú para cualquier judío, podría otra vez haber ayudado a bajar la estima de estos animales en la comunidad hebrea.

Aparte de estas aparentes dificultades planteadas por la ley, muchos leen en los mismos relatos de los personajes bíblicos la expresión cultural del desprecio por los perros (Deuteronomio 23:18; 1 Samuel 24:14; 2 Samuel 3:8; 16:9; Salmo 22:20). No obstante, estas expresiones deben ser tomadas con cautela, pues las palabras de Goliat podrían llevarnos a pensar que los filisteos también despreciaban a los perros (1 Samuel 17:43) y sin embargo ya hemos visto que acaso el mayor cementerio canino del mundo antiguo está nada menos que en una ciudad filistea. Por otro lado, las palabras de Job (Job 30:1) nos recuerdan que la ayuda de los perros en el cuidado de los rebaños también era valorada. En fin, es verdad que en su conjunto las menciones que hayamos en la Biblia casi siempre asocian a los perros con un escenario negativo, pero es posible que esta fuera una consecuencia particular de las normas religiosas definidas por las leyes de Moisés y que pudieran haber llevado a una valoración negativa de ciertos comportamientos de los animales. Es de esperar que futuras investigaciones arqueológicas aporten nuevos antecedentes para ayudarnos a aclarar la verdadera posición de estos fantásticos animales en el antiguo Israel y saber así si el perro fue también el mejor amigo de Moisés.


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http://desertlocalnews.com/best-dogs-desert/

viernes, 27 de febrero de 2015

Lechugas Eróticas



Después de reflexionar sobre higos y manzanas (diciembre 2014) y sobre las habas de Pitágoras (enero 2015) en esta ocasión volvemos nuestra atención hacia otro vegetal comestible que es parte significativa en la dieta humana, particularmente en las ensaladas: la lechuga.

Hace miles de años, en el antiguo Egipto, aparecen las primeras escenas que conectan lechugas y erotismo. Por un lado hallamos el mito de las luchas de Set y Horus, los dioses que se enfrentan sobre la herencia del fallecido Osiris. En una de las sórdidas escenas de las luchas Set-Horus, Set intenta infructuosamente penetrar a Horus, sin conseguirlo, pero a la vez, sin darse cuenta, Horus coge en su mano el semen de Set y más tarde lo lleva a su madre, Isis. Cuando Isis ve el semen de Set, corta la mano de Horus que lo sostiene y se desprende de ella. Isis hace una nueva mano para Horus y luego masturba a su hijo para recoger el semen de Horus. Posteriormente Isis lleva el semen de Horus y lo arroja sobre las hojas de las lechugas que están en el jardín del malvado Set. Más tarde Set va a su jardín, recoge esas mismas lechugas y se las come, ignorando que están regadas con el semen de Horus. La astuta jugada de Isis ha hecho que ahora Set esté “embarazado” de Horus y dé a luz el disco solar que sale de la frente de Set. En definitiva, al introducir su semen en el cuerpo de Set gracias a las lechugas, Horus gana y derrota a su enemigo.

Pero además de la escabrosa historia de encuentros sexuales de Set y Horus, la lechuga aparece en murales pintados en tumbas egipcias en un periodo tan temprano como la VI dinastía y también más tarde de la XII dinastía. Los egipcios cultivaban la lechuga para extraer aceite de su semilla, un commodity muy apetecido en su tiempo. La forma de la lechuga larga (lactuca sativa) experimentó un proceso de estilización en las representaciones pictóricas, al punto que se hace difícil reconocerla en un periodo posterior como la XVIII dinastía. Pero lo particular de todas estas cambiantes imágenes de la lechuga es que casi siempre aparece como un emblema especial del dios Min, una deidad muy popular desde el Reino Antiguo hasta los tiempos helenísticos. En el Egipto faraónico había muchos templos consagrados a Min, quien era considerado el dios del desierto, de la luz, de las tormentas de arena pero por sobre todo el dios de la fertilidad (agrícola) y la procreación (humana). Esto último explica que en todas las escenas en que aparece Min siempre se lo ve con su pene en erección, y detrás de él las famosas lechugas, a veces llevadas en procesión por los sacerdotes y por adoradores que las llevan como ofrenda al dios. La pregunta obviamente es ¿por qué las lechugas podrían ser símbolo o emblema del dios de la fertilidad? Aunque las lechugas estilizadas de las representaciones más tardías aparecen como lechugas “erectas”, los investigadores creen que no es necesariamente alguna vaga conexión de la forma de la lechuga con el pene lo que explicaría esa asociación, sino más bien el jugo de la lechuga que a los antiguos egipcios les abría sugerido el semen o fluido masculino. A su vez esto está conectado con el carácter de afrodisiaco que los egipcios – y otros pueblos del antiguo medio oriente – le asignaban a las lechugas; así, por ejemplo, era una creencia popular que se podían tener muchos hijos si se comían muchas lechugas. Casi dos mil años después de las primeras imágenes de las lechugas en las tumbas egipcias, el emperador Augusto aparece en un templo ofreciendo lechugas al dios Min.


Vale la pena notar que para los griegos la lechuga tenía el significado exactamente contrario que para los egipcios, era considerada un anti afrodisiaco. Mientras los egipcios veían a las lechugas como estimuladoras de la pasión sexual, los griegos las consideraban “mata pasiones”. ¿Cómo es posible que un mismo vegetal tuviera dos significados tan distintos? Notar que el término latino, lactuca, evoca la asociación que hacían los antiguos entre el jugo de la lechuga y un líquido espeso, que los romanos verbalizaban como un fluido lechoso. De manera muy similar, los egipcios también veían el jugo o aceite de la lechuga como un fluido lechoso y de ahí el símil con el semen masculino. Por el contrario, los griegos veían ese mismo fluido como similar al látex del opio que es soporífero e induce el sueño, apagando así el ardor sexual. De ahí que un mismo vegetal, la lechuga, haya sido vista de maneras diferentes, incluso antagónicas, respecto de su papel en la vida sexual de los humanos. A juzgar por la foto principal (imagen de una manifestación en Asia) la connotación sexual de las lechugas se ha filtrado hasta nuestros días.

viernes, 26 de diciembre de 2014

Higos y manzanas



El verano (en el hemisferio sur aproximadamente noviembre, diciembre y enero) es una estación que invita al consumo de frutas, la manera natural en que los seres humanos proveyeron su dieta para capear el calor estival. En la Biblia las frutas constituyen también una parte importante de la dieta de los antiguos israelitas, como lo comprobará cualquier lector. Dentro de los frutales allí mencionados la más significativa era sin duda la vid, seguida por el olivo, la palmera, la higuera, el granado y el almendro; la manzana tiene una presencia mucho menor. Diversos pasajes de las escrituras nos recuerdan a su vez la importancia de estos alimentos no sólo en la dieta de Israel sino en su bienestar y la estabilidad de la nación:

“Porque Jehová tu Dios te introduce en la buena tierra, tierra de arroyos, de aguas, de fuentes y de manantiales, que brotan en vegas y montes; tierra de trigo y cebada, de vides, higueras y granados; tierra de olivos, de aceite y de miel”. Deuteronomio 8:7-8.

“La vid está seca, y pereció la higuera; el granado también, la palmera y el manzano; todos los árboles del campo se secaron, por lo cual se extinguió el gozo de los hijos de los hombres”. Joel 1:12.

A través de la descripción del paisaje, en particular del estado de la vegetación, el autor informa a su público si estamos ante una situación favorable o desfavorable, ante un tiempo halagüeño o de tribulación. De hecho la fruta hace su debut al inicio del relato bíblico como un actor fundamental en la suerte de los primeros seres humanos: ¡cómo no pensar en la historia del Jardín del Edén! Génesis 3 nos informa que la primera pareja humana fue puesta a prueba por Dios a través de un árbol frutal: el árbol del conocimiento del bien y del mal. Así que la humana predilección por las frutas nos tiene como estamos. Un aspecto particularmente sabroso de la historia es la curiosa identificación de la fruta causante de todo este desaguisado: la manzana. Esa es la relación folklórica prevaleciente hoy en occidente sobre Adán y Eva: pecaron al comer una manzana. Lo curioso de esta conexión – aparte el hecho de que el Génesis no especifica de qué fruta se trata – es que la manzana es un improbable candidato a ser el fruto de la perdición. Por un lado, el manzano nunca jugó un papel significativo en la dieta y tradiciones israelitas, entre otras razones quizás porque, por lo que sabemos hoy, el manzano no es un árbol originario de Palestina, sino que importado desde otras regiones. Por otro lado (y aunque se alegue que después de todo la historia del Edén no se ambienta en Palestina, sino seguramente en lo que hoy es Irak), hay elementos en el relato bíblico que favorecerían a un sospechoso distinto a la manzana: el higo. Al menos en el cristianismo primitivo y en el periodo medieval, no fueron pocos los autores cristianos que identificaron a la higuera como el árbol del conocimiento del bien y del mal. ¿Cuáles son las credenciales bíblicas para semejante creencia?

En el episodio que relata el drama de la transgresión en el Jardín del Edén leemos:

“Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; entonces cocieron hojas de higuera, y se hicieron delantales”. Génesis 3:7.

Esta acción de la primera pareja humana, de cocer “delantales”, un tipo de vestimenta para cubrir sus cuerpos a partir de hojas de higuera, es lo que llevó a asociar tempranamente a la higuera con el primer pecado en la exégesis cristiana primitiva y de ahí algunos especularon con que la higuera era el árbol del que habían comido Adán y Eva. El Apocalipsis de Moisés, un texto pseudoepigráfico del comienzo de la era cristiana, agregó un detalle folklórico: tras la transgresión de Eva todos los árboles perdieron sus hojas (por vergüenza ante lo ocurrido) salvo la higuera. Otros combinaron estos relatos con la idea de la higuera como símbolo del judaísmo pecador, para lo cual hallaron apoyo en el episodio de la maldición de la higuera estéril por Jesús (Mateo 21:18-20; Marcos 11:12-14, 20-22). Así, por ejemplo, Orígenes (siglo III DC) sostenía que la imagen de la higuera seca “desde las raíces” era un potente símbolo del judaísmo, que iba a permanecer así hasta el final de los tiempos.

Sin embargo, cual sea nuestra evaluación de la presencia de la higuera en la historia de Génesis 3, lo cierto es que el higo es símbolo recurrente a lo largo de la literatura bíblica. En los profetas del Antiguo Testamento es un potente símbolo profético cuya condición refleja tiempos de bendición o de maldición para Israel (Isaías 34:4; Jeremías 5:17; 8:13; 24; Oseas 2:12 y 9:10; Joel 1:7 y 2:22; Salmo 105:33; Cantares 2:13). El saludable estado de la vid y la higuera eran formas cotidianas de referirse a una condición de paz y prosperidad: “Y Judá e Israel vivían seguros, cada uno debajo de su parra y debajo de su higuera, desde Dan hasta Beerseba, todos los días de Salomón”. (1 Reyes 4:25; también Miqueas 4:4 y Zacarías 3:10). La higuera es asimismo un símbolo de sabiduría (Proverbios 27:18) y los higos tenían también cualidades sanadoras (2 Reyes 20:7; Isaías 38:21). Los judíos tenían, pues, una alta estima por los higos, al punto que cierta literatura de la época los consideraba un fruto divino y una bendición otorgada por Dios, algo así como un fruto sagrado. Quizás algo de eso o de esa alta estima por la higuera esté detrás de las palabras de Jesús referidas a Natanael: “… He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño… Antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi…” (Juan 1:47-50). Incluso la imaginería escatológica de los higos continua en el discurso de Jesús: “De la higuera aprended la parábola: …” (Marcos 13:28-29).


Frente a este potente protagonismo de los higos en el relato bíblico, la manzana (tappukha) tiene una presencia mucho más modesta. Con apenas seis menciones (Proverbios 25:11; Cantares 2:3, 5; 7:8; 8:5; Joel 1:12) su papel en la historia bíblica es muy menor. ¿Cómo entonces es que hoy en día se asocia a la manzana con la escena del pecado original? Al menos en el ámbito estrictamente bíblico es posible que el que los pocos pasajes donde se menciona la manzana se concentren en el Cantar de los Cantares, un poema de amor que relata la apasionada relación de una pareja, haya podido ayudar a crear la asociación entre amor, erotismo y manzanas. En cualquier caso, si se trata de buscar candidatos a ser el fruto de la perdición, en el contexto de las escrituras el humilde higo supera bastante a la voluptuosa manzana.

jueves, 20 de marzo de 2014

Un Imperio de Plomo: Minería romana y contaminación ambiental



En nuestro artículo anterior repasamos la historia de Wadi Fainan, región situada al sur del Mar Muerto y uno de los mayores centros mineros del mundo antiguo. La investigación científica en Wadi Fainan ha desvelado la alta contaminación de la región como resultado de miles de años de una explotación minera intensiva, cuyo principal producto era el cobre, pero que también suministraba ingentes cantidades de subproductos como el plomo, un metal pesado de altísima toxicidad. Vimos también que el periodo de mayor producción coincidió en gran medida con la extensión del gobierno romano en esa región del mundo, cuestión que para nada es casualidad: los romanos construyeron una de las mayores industrias mineras de la antigüedad y de paso se convirtieron también en la sociedad más contaminante antes de la revolución industrial (en la foto principal exploradores en las minas romanas de Dacia, actual Rumania).

Los pueblos del antiguo Medio Oriente habían comenzado la explotación de metales (como cobre y estaño) varios miles de años antes de Cristo, experiencia común a toda la cuenca del mediterráneo. Aunque solemos pasarlo por alto, la verdad es que el ascenso de Atenas en el siglo V AC y la construcción de un imperio ateniense descansaba en gran medida en la explotación de las mimas del Laurión, muy próximas a la ciudad. Como medio de acuñación de monedas (de oro, plata cobre, estaño, bronce), como recurso para forjar armas (bronce y hierro) así como fuente de riqueza (oro y plata), la minería jugaba un papel central en el juego político y militar de la antigüedad. No puede sorprender entonces que desde sus inicios Roma haya entrado en el mismo juego. Ya los primeros enfrentamientos entre Roma y Cartago dieron prueba de la importancia del factor minero. Como es sabido, en la Segunda Guerra Púnica Aníbal levantó un formidable ejército en España - elefantes incluidos - con el que cruzó los Alpes y debutó en Italia infligiendo colosales derrotas a las legiones romanas. Lo que es menos conocido es que Aníbal pudo solventar ese ejército dado que los cartagineses tenían acceso al oro y la plata de las minas españolas, ya sea porque las mismas eran parte de los territorios ibéricos que conformaban su imperio ultramarino o bien porque estaban en manos de tribus y jefes locales que eran aliados de los cartagineses. Cuando más tarde los romanos se apoderaron de esos territorios españoles y de sus minas comenzaron a  cimentar su victoria sobre Cartago. La riqueza minera de los yacimientos de la península ibérica llevó a que los romanos ampliaran las explotaciones existentes y abrieran otras nuevas, convirtiendo a España en el crisol de su industria minera. Desde entonces, dondequiera que las legiones impusieran la autoridad de Roma la búsqueda de minas y metales que explotar se convirtió en una prioridad, lo que explica la intensificación de la producción en Wadi Fainan.

Sin embargo, como lo sabemos muy bien, la minería es una actividad altamente contaminante y si eso sigue siendo así incluso hoy en día, con toda la tecnología disponible, podemos imaginar lo que debió ser en la antigüedad. Un ejemplo muy relacionado con los romanos nos puede dar una idea al respecto. En la antigüedad se conocían siete metales: estaño, plomo, zinc, plata, oro, cobre y hierro, ordenados por su punto de fusión (de menor a mayor). El estaño era el más fácil de fundir (232ºC), el hierro el más difícil (1535ºC). El plomo tiene un bajo punto de fusión (328ºC) por lo que debe haber estado entre los primeros metales usados por el hombre y hay evidencia de su explotación desde antes del 4.000 AC, explotación que durante la civilización grecorromana escaló su consumo a un máximo. Los romanos en particular hallaron muchos usos para el plomo. En latín plumbum significa plomo y no es casualidad que nuestro español “plomería” y el inglés “plumbing” (cañerías) deriven de plumbum, pues precisamente los romanos hicieron un uso intensivo del plomo en la construcción de cañerías y en los acueductos que transportaban el agua a sus ciudades: el uso del plomo en la construcción de cañerías y ductos para el agua fue la aplicación más importante del plomo en las ciudades romanas. Pero no sólo la industria de los ductos de agua usaba plomo, también se empleaba mucho en la construcción en general y en la construcción de barcos en particular. Los romanos también recurrieron al plomo para usos más domésticos, como para  preparar las pinturas con las que decoraban sus casas, las tinturas con las que teñían sus ropas e incluso el peltre (una aleación de plomo y estaño) con la que fabricaban varios utensilios de uso casero. Las mujeres romanas usaban productos estéticos hechos en base a plomo (pinturas para los labios y polvos faciales) y como si esto no fuera poco, copas, ollas y otros implementos de la vajilla romana usados para comer y beber eran hechos con materiales en base a aleaciones de plomo. El plomo tiene propiedades bactericidas y ello explica que los romanos lo hayan usado asimismo para preservar sus alimentos, como espermicida (especie de anti conceptivo) y también para tratar algunas enfermedades cutáneas; incluso el vino romano (al igual que el griego) se almacenaba en toneles hechos con plomo al cual se agregaba pequeñas cantidades de compuestos de plomo para prevenir su fermentación; algo parecido sucedía con el almacenamiento del aceite. Dado que los romanos no conocían el azúcar se usaba acetato de plomo (que tiene un sabor dulce) para dulcificar. Incluso en la hora de la muerte un hermoso ataúd hecho con plomo podía esperar a un ilustre ciudadano romano (¿víctima del mismo plomo?) Quizás este cotidiano y variopinto uso del plomo nos ayude a entender por qué era llamado también “el metal romano”: en un sentido muy literal, el imperio romano era un imperio de plomo.

Ahora bien, el plomo y sus compuestos son altamente venenosos. La volatilidad y la pulverización de estos productos hace muy fácil la contaminación del agua, el aire y el suelo. Si recordamos que por lo general junto a las minas estaban las fundiciones para procesar los minerales, los vapores que allí se producían y los vertidos sobre las aguas deben haber sido fuente de una altísima contaminación ambiental. Ya en una remota antigüedad los egipcios y después los griegos (Hipócrates) habían notado los nocivos efectos del plomo sobre la salud humana y los romanos no desconocían esa realidad: pérdida de apetito y peso, palidez, cólicos, fatiga, irritabilidad y espasmos nerviosos; no por nada la mayor parte de los trabajadores en las minas eran esclavos y una condena “a las minas” era sinónimo de una sentencia de muerte. Dependiendo de la cantidad y el tiempo de exposición al envenenamiento con plomo el efecto sobre el cuerpo puede ser diverso, pero normalmente el daño afecta tres funciones corporales básicas: la formación de sangre, el trabajo del sistema nervioso y los riñones, aparte del hecho de que el plomo se deposita de manera permanente en los tejidos y en los huesos, haciendo que el envenenamiento se prolongue de por vida.

Pero, ¿cuánto plomo usaron los romanos? ¿Son cantidades significativas como para producir estragos? Para dimensionar el problema podemos observar las investigaciones científicas que se han llevado a cabo desde los años 1950s hasta el presente en los hielos de Groenlandia. En esa región se han estudiado muestras extraídas de hasta 3 km de profundidad, sobre las cuales se puede medir la composición del hielo acumulado desde hace unos 7.800 años. Los resultados indican que hasta aproximadamente el año 1000 AC la presencia de plomo en el hielo de Groenlandia se mantuvo baja y se explicaba fundamentalmente por causas naturales. Pero en el primer milenio antes de Cristo el plomo comenzó a depositarse en cantidades cada vez mayores, hasta alcanzar un máximo en el periodo entre el 500 AC y 300 DC, es decir, en el periodo grecorromano y sobre todo en el Imperio Romano. La presencia de plomo en las capas de hielo correspondiente a este último periodo es casi cuatro veces mayor al de la etapa previa, cuando el plomo respondía a causas naturales. Las estimaciones actuales indican que en la época dorada del imperio los romanos procesaron hasta 80.000 toneladas anuales de plomo, con cerca de un 5% de ese total liberado a la atmósfera (unas 4.000 toneladas/año). Todo indica que la circulación de las corrientes de aire atrapó esas emanaciones aéreas de partículas de plomo que alcanzaron la tropósfera y terminó por depositarla en Groenlandia e incluso en el Ártico. Más aún, la investigación de los isótopos de plomo ha llevado a la conclusión de que en el periodo entre el 150 AC y 50 DC el 70% del plomo depositado en Groenlandia provino de las minas de Río Tinto, en Andalucía (sureste de España), el corazón minero de Roma. Según los expertos, ¡se trata de la primera contaminación aérea de escala hemisférica detectada antes de la Revolución Industrial (que tuvo lugar más de 1.500 años después)! Durante los dos primeros siglos de la era cristiana la producción romana de plomo pudo haber sido de unos 4 kg per cápita, una cifra que representa casi 2/3 del consumo de plomo en los Estados Unidos en los años setenta. Tras la caída del Imperio Romano los niveles de plomo disminuyen bruscamente hasta alcanzar un mínimo en la Edad Media y vuelven a incrementarse desde fines de ese periodo y el Renacimiento a medida que aumenta otra vez la producción y consumo de plomo, para alcanzar nuevos máximos desde la Revolución Industrial del siglo XIX. Los niveles de plomo comienzan a descender otra vez después de los años 1970s, cuando en el hemisferio norte se introducen los combustibles sin plomo.

Las cifras indican que la producción y el uso del plomo en el Imperio Romano sin duda alcanzaron niveles sin precedentes en la antigüedad. Aunque las estimaciones siempre son tentativas nos dan un punto de referencia para dimensionar de qué estamos hablando. Dado el volumen involucrado y lo contaminante del plomo algunos se han preguntado qué efectos tuvo el plomo sobre el Imperio Romano. La verdad es que ocurre una cosa muy curiosa con el plomo y es que en el pasado llegó a ser altamente apreciado por la diversidad de usos y servicios que prestaba y que ya hemos señalado. Ello explica que la exposición al plomo fuera muy distinta según la clase social a que se perteneciera en la antigua Roma, y todo apunta a que la aristocracia era la mayor consumidora de plomo. ¿Debilitó el plomo a la aristocracia romana? Y si ello fuera así, ¿cuál fue la magnitud del efecto del plomo en la clase gobernante de Roma? ¿Acaso fue el plomo responsable de la caída del Imperio Romano? Preguntas que aún debaten historiadores y científicos, pero que nos recuerdan que si la contaminación ambiental acompañó de cerca a la redacción de la Biblia (ver artículo anterior sobre Wadi Fainan) la polución generada por la minería romana – en particular la explotación del plomo – acompañó silenciosamente los primeros siglos de vida del cristianismo y de la iglesia.

jueves, 20 de febrero de 2014

Wadi Fainan: Contaminación ambiental en tiempos bíblicos



“Todo lo hizo fundir el rey en la llanura del Jordán, en tierra arcillosa, entre Sucot y Saretán. Y no inquirió Salomón el peso del bronce de todos los utensilios, por la gran cantidad de ellos”. 1 Reyes 7:46-47.

Cuando hablamos de contaminación ambiental inmediatamente acude a nuestra mente la imagen por antonomasia: una chimenea escupiendo humo a la atmosfera. La asociación es tan evidente que damos por sentado que contaminación es sinónimo de industrialización. Años y décadas de educación forjaron esa relación causa-efecto: la revolución industrial del siglo XVIII es el origen de la crisis ecológica en la que estamos inmersos hoy en día. Como colofón, uno podría asumir que antes de la revolución industrial no había contaminación, ¿verdad? Sin embargo, la documentación histórica y la investigación científica de la lejana antigüedad vienen a atemperar un poco esa ecuación inculcada en los días de escuela; hoy estamos aprendiendo que la contaminación antropogénica – causada por el ser humano – es muy anterior al surgimiento de la fábrica moderna. Pero, ¿qué tan anterior? En rigor los humanos comenzaron a contaminar el planeta desde que aprendieron a manejar el fuego, esto es, a quemar áreas verdes y liberar gases de combustión a la atmósfera, hace miles de años. Pero los efectos contaminantes de la actividad humana no se hicieron significativos para el medio ambiente sino hasta que el manejo del fuego encontró una nueva aplicación: la fundición de metales. El impacto de los metales fue tan trascendente que incluso la historia humana se articula en torno a ellos y así hablamos de la edad del cobre, del bronce y del hierro. Cobre, bronce, hierro… metales que por cierto aparecen en las páginas de la Biblia y que nos indican que en tiempos bíblicos había también eso que llamamos contaminación ambiental.

Al sur del Mar Muerto, en el extremo meridional del reino Hachemita de Jordania, se encuentra Wadi Fainan, un territorio árido, golpeado por los inclementes vientos del desierto arábigo, y que presenta al visitante un impresionante paisaje volcánico… o al menos eso parece. A decir verdad, en esa región del mundo no hay volcanes y el volcán activo más cercano está a unos dos mil kilómetros más al oeste, en Sicilia. El paisaje de Wadi Fainan no es el producto de una erupción volcánica ni los restos esparcidos por el terreno lava petrificada: en realidad nada de ese desolador entorno es natural, todo ha sido creado por el ser humano. Wadi Fainan es una región rica en minerales y desde tiempos muy remotos sus primeros pobladores comenzaron a explotar los metales que allí abundaban, principalmente el cobre. La explotación minera en la región, que cubre una extensión de unos 500 km2, comenzó probablemente en una fecha tan temprana como el 4000 AC, sino antes, y se fue incrementando con el paso del tiempo, hasta alcanzar su clímax entre el 500 AC y el 100 DC, luego se mantuvo estable durante el periodo romano posterior para decaer a comienzos del periodo bizantino, estimándose actualmente que la producción minera cesó hacia el siglo VI DC. Las investigaciones de las últimas décadas han detectado entre 230 y 250 minas que estuvieron en operaciones en algún momento durante todo este periodo. En resumen, durante miles de años Wadi Fainan fue una fuente casi inagotable de producción de cobre, principalmente, pero también de otros metales, como el plomo.

Si pensamos por un momento en los cuestionamientos ambientales y ecológicos que enfrenta la industria minera en la actualidad, teniendo en cuenta lo que sabemos hoy sobre la naturaleza y los efectos altamente contaminantes de la minería, nadie podría sorprenderse de que Wadi Fainan sea una zona muy contaminada, más aún considerando los métodos antiguos de explotación minera. La disposición de los yacimientos en Wadi Fainan permitió la operación “a cielo abierto”, sin necesidad de recurrir a excavar túneles subterráneos. Para quien no esté familiarizado con la minería habrá que consignar que en su estado natural los elementos por lo común no se presentan en un estado químicamente puro, sino aleados, o sea mezclados con otros elementos, de donde la actividad minera adquiere su carácter altamente contaminante, porque no sólo debe aplicar un proceso contaminante para extraer el mineral, luego intervienen otros procesos, también contaminantes, para separar los metales buscados. Es este conjunto de procesos lo que potencia la polución ambiental derivada de la actividad minera. En el mundo antiguo el fuego fue el principal mecanismo para la operación minera misma y la fundición de metales, lo que significa que se requerían ingentes cantidades de madera para sostener la explotación: para obtener “x” toneladas de metal se necesitaban “y” hectáreas de bosques. Así que donde operaba una mina rápidamente los bosques a su alrededor sufrían el primer impacto. Wadi Fainan seguía esa lógica y aunque no se sabe qué arboles se usaban ni cuál era la proporción exacta (toneladas de mineral/hectáreas de bosque), es un hecho que tras miles de años de operación el impacto sobre la vegetación cercana debe haber sido devastador. En una región de por sí árida y con pocas precipitaciones, la deforestación producida por la minería superó a la larga la capacidad natural de recuperación de la vegetación.

Aparte de ser una región riquísima en mineral de cobre, Wadi Fainan gozaba de un buen abastecimiento de agua natural, lo que propició también el desarrollo de la agricultura y la ganadería. Pero todo indica que durante el máximo auge de la explotación en las minas de Wadi Fainan, entre la era del Bronce y el periodo romano, el nivel de contaminación terminó por estropear la actividad agrícola. Y es que la minería contaminó irremediablemente primero las aguas, luego los campos, los cultivos y por último a los animales que se alimentaban de ellos, cuyas deposiciones volvían a enriquecer el ya contaminado suelo de la región. ¿Y los humanos? Reportes científicos sobre el estudio de los restos de cementerios del periodo bizantino (siglos IV al VII DC), señalan que la concentración de cobre y sobre todo plomo en los huesos se equipara y en algunos casos incluso supera los niveles de esos elementos hallados en restos humanos del periodo industrial (siglo XIX), aún en lugares de alta exposición moderna a metales pesados, como la Silesia alemana y regiones mineras de Suecia.

Han transcurrido ya más de mil quinientos años desde que la incesante actividad en las minas y los hornos de fundición de la región de Wadi Fainan llegó a su fin. Pese al largo intervalo de reposo, la tierra aún exhibe las dolorosas huellas de la contaminación minera, como queda reflejado en las mediciones e investigaciones que en las últimas décadas realizan universidades e instituciones de Jordania, Europa y Estados Unidos (en la foto principal el doctor Najjar, director de las excavaciones, aprestándose a descender a una de los antiguos piques; la tonalidad azul en las rocas es la típica de la presencia de cobre). Siendo uno de los mayores centros de explotación cuprífera continua en la historia del mundo, la tóxica herencia de Wadi Fainan nos recuerda que los humanos hemos venido contaminando el planeta desde hace milenios y que la moderna polución industrial es tan sólo un capítulo posterior de globalización y aceleración de un proceso que iniciaron nuestros ancestros hace ya mucho tiempo.

Por último, ¿tuvo algo que ver Wadi Fainan con las legendarias minas del rey Salomón? Imposible saberlo. El pasaje que citábamos al principio sólo hace referencia a que Salomón “hizo fundir”, esto es, estableció fundiciones en la  región del valle del Jordán, varios kilómetros al norte de Wadi Fainan, pero no necesariamente implica que el rey se haya involucrado en el negocio minero. En ninguna parte de las escrituras se dice que Salomón haya explotado minas directamente y de seguro el mito de “las minas del rey Salomón” nace de las continuas conexiones que hace la Biblia entre Salomón y la abundancia de metales y piedras preciosas: “E hizo el rey que en Jerusalén la plata llegara a ser como piedras” (1 Reyes 10:27). Ahora bien, si esta abundancia de recursos metálicos y metalúrgicos en el reinado de Salomón – que entre otras cosas sirvió para decorar el templo de Jerusalén - es producto de la importación o la producción propia, no tenemos forma de saberlo al presente, como tampoco podemos precisar si Wadi Fainan era parte de su reino. Por otro lado, dada la importancia de los recursos mineros en la geopolítica de la antigüedad, uno podría suponer que Salomón no habría perdido oportunidad de hacerse del control de esta región minera; pero la simple verdad es que no sabemos si alguna vez Wadi Fainan estuvo bajo el control de Salomón. Lo que sí podemos conjeturar con más certeza es que las fundiciones que el rey estableció en la zona del Jordán probablemente deben haber sido muy parecidas en su operación a las de Wadi Fainan y por tanto deben haber sido también contaminantes. Pero más allá de lo que podamos especular sobre la relación entre Salomón y la minería, lo cierto es que la máxima contaminación en Wadi Fainan se dio en paralelo a la historia bíblica, desde Moisés hasta el nacimiento de la Iglesia. ¡Contaminación en los días de Cristo, muy cerca de Jerusalén! ¿Quién lo habría imaginado?


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