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martes, 20 de septiembre de 2016

El Volcán del Anticristo: Del Tambora al Quiliasmo



En nuestro artículo anterior repasamos los extraordinarios eventos de 1816, cuando las consecuencias de la explosión del volcán Tambora en Indonesia un año antes, terminó por generar un invierno extendido que en Europa cubrió el período 1816-1818, tres años en los que poco se vio el sol y se sufrió en cambio un terrible invierno, con mucho frío, nieve y lluvia. Aunque en los libros de historia por lo general el acento está puesto en la situación política y militar derivada de la derrota de Napoleón en Waterloo, la ciencia del clima y sus consecuencias globales en todo el planeta nos obligan ahora a repensar que tanto o más gravitante que las guerras napoleónicas para la historia del siglo XIX fue la erupción del Tambora. Como ya observamos brevemente los aspectos climáticos, económicos y políticos afectados por el Tambora, valdrá la pena ahora centrarnos en la derivada quizás más desconocida de estos lejanos acontecimientos, la religiosa.

Como ha quedado claro a estas alturas, la erupción del Tambora en 1815 gatilló una serie de fenómenos que culminaron en crisis humanitarias en Asia, África y Europa. Pero en este último continente la situación se tornó incluso peor, pues los europeos apenas llevaban un año de paz tras Waterloo y necesitaban tiempo para recuperarse de los horrores de la guerra. La llegada de los efectos del Tambora en 1816 impidió ese respiro y el resultado fue predecible: la ruina de las cosechas y las deterioradas condiciones en el campo provocaron una escasez general de alimentos y una terrible hambruna que recorrió a toda Europa. Normalmente el hambre y la muerte van de la mano y los relatos de los cronistas de la época son un recordatorio de ello. Cientos, miles de personas,  empobrecidas y hambrientas, se vieron empujadas a vagar por los pueblos y campos de Europa en busca de comida y abrigo. En esa atmósfera apocalíptica, el espectro de la muerte podía adoptar formas fantásticas, inspirando, por ejemplo, el origen de "Frankenstein", la famosa novela de Mary Shelley, o así al menos lo creen varios investigadores actuales, habida cuenta que Shelley comenzó a redactar su libro cuando "veraneaba" en 1816 en los Alpes suizos, una de las zonas más duramente afectadas por el riguroso clima del “año sin verano”.

Pero el apocalíptico juego de vida y muerte no sólo inspiraría la monstruosidad novelesca de Frankenstein, atizaría también las expectativas escatológicas  de quienes veían en los acontecimientos de 1815-1816 un cumplimiento de profecías bíblicas. Desde su aparición en el firmamento europeo, el  meteórico ascenso de la estrella de Napoleón y el mito de su invencibilidad convencieron a muchas personas que el emperador francés no era otro que el Anticristo escatológico. ¿Quién más podía pasearse por el mundo sembrando la guerra y derrotando a todos sus adversarios sino uno que tuviera poderes demoníacos? Así lo pensaron los clérigos católicos españoles en 1808 y también varios líderes protestantes en Alemania e Inglaterra, para quienes la guerra y la revolución francesa asociados a Napoleón eran pruebas irrefutables de su naturaleza infernal. Luego vino lo increíble: Waterloo y la estrella de Napoleón caída a tierra, derrotada al fin. Si a la derrota del Anticristo en 1815 sumamos la catástrofe humanitaria y ambiental de 1816, uno puede comprender que muchos contemporáneos se convencieran que el fin del mundo estaba ad portas. Una de las versiones más antiguas de la escatología cristiana es el quiliasmo, también conocido como premilenialismo, y que deriva su nombre del conocido texto sobre el milenio de Apocalipsis 20:1 ("quilioi" en griego). Así, la visión quiliasta o premilenialista sostiene que antes del fin del mundo habrá un reinado literal de mil años de Cristo en el mundo. A su vez, previo a ese periodo ("el milenio") habrá una serie de eventos cósmicos, como la aparición y caída del Anticristo y alteraciones en la naturaleza. Aunque los premilenialistas difieren en cuanto a la secuencia precisa de eventos, al menos para varios de ellos en 1816 los datos cuadraban con sus expectativas escatológicas: la caída de Napoleón y el trastorno climático de 1816-1818 eran indicaciones claras del fin de los tiempos.

Un episodio dramático de esa expectativa quiliasta la protagonizó por entonces la baronesa Barbara Juliane von Krüdener (1764-1824, foto superior). De origen ruso-alemán y conectada por vía familiar con la alta aristocracia rusa (el zar Pablo I fue padrino de su hijo mayor), la baronesa tuvo una agitada vida sentimental que experimentó un vuelco cuando entró en contacto con el despertar religioso que se esparcía en el protestantismo suizo. Fue allí donde la baronesa abrazó la causa quiliasta, la que unida a su misticismo y convicción, le llevaron a exponer su visión nada menos que ante el zar Alejandro I, influyendo supuestamente en la creación de la Santa Alianza en 1815. Pero la baronesa se sintió profundamente conmovida por la catástrofe humana gatillada por la alteración climática, al punto de reunir una multitud de desplazados a los que guió por diversos cantones y ciudades suizas en busca de refugio y comida. Las autoridades suizas, temerosas de que esta masa devorara la poca comida disponible, no tardaron en dispersar a sus hambrientos seguidores, mientras la baronesa fue expulsada de vuelta a Rusia. "La caridad comienza por casa", parecen haber pensado los suizos, poniendo abrupto fin a la labor humanitaria de Krüdener. ¿Un lejano antecedente de la reacción europea a la crisis migratoria de hoy?

Las increíbles consecuencias del cambio climático y los trastornos ocasionados por el Tambora, a doscientos años de ocurridos los hechos, no dejan de asombrar, incluso en el plano religioso. Para profundizar sobre el lector puede consultar “The Life and Letters of Madame de Krudener” (1893) de Clement Ford; “Tambora: The Eruption that Changed the World” (2015) de Gillen D`Arcy Wood y “The Little Ice Age: How Climate Made History 1300-1850” (2001) de Brian Fagan.




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domingo, 28 de agosto de 2016

El Año sin Verano




1816. Ya se cumplen doscientos años y aunque ignorado por la mayoría de la población mundial – preocupada hoy por los resultados de los Juegos en Río 2016 – se trata de una fecha de enorme significación en la actualidad. Desde hace dos siglos es recordado como “el año sin verano” y tanto en Europa como en el resto del mundo estuvo marcado por una serie de eventos dignos de una superproducción de acción, intriga y suspenso: política, guerras, catástrofes naturales y mucho misticismo religioso.

1815. La historia comienza un año antes, cuando Europa vive los estertores de la era napoleónica. En pleno verano, el 18 de junio de ese año, Napoleón era derrotado por última vez en Waterloo por una coalición de tropas inglesas y alemanas. Después de casi dos décadas de guerras intermitentes, Europa alcanzaba por fin la paz. Pero era una paz dolorosa. Además de las víctimas civiles y militares, el continente estaba en ruinas, muchas ciudades y campos arrasados y con una situación económica y humanitaria delicada. El espectro del hambre y las enfermedades se balanceaba sobre un débil equilibrio, pronto a quebrarse ante la menor amenaza… y eso fue exactamente lo que sucedió. Mientras Napoleón y sus adversarios disparaban sus últimos cartuchos, al otro lado del mundo otra explosión mucho mayor literalmente sacudía la tierra: el 10 de abril de 1815 el monte Tambora (Indonesia, foto superior) entraba en erupción. Se trata de la mayor erupción volcánica de la que se tenga registro histórico (más grande aún que la del Krakatoa), una erupción que se convirtió en un verdadero cataclismo mundial: miles murieron producto de la explosión y los tsunamis inmediatos, pero muchos más morirían en los años siguientes. Repasemos a continuación brevemente los alcances de esta catástrofe.

En primer lugar el volumen de materiales y gases que el volcán arrojo a la atmósfera – que los expertos calculan en 160 km3 - alteró el curso tradicional del monzón que riega anualmente a la India, con el consiguiente trastorno de la sucesión de estaciones seca y lluviosa en el periodo 1816-1817. ¿El resultado? El equilibrio microbiano en la bahía de Bengala se fue al traste y gatilló una virulenta epidemia de cólera que pronto se esparció por toda India para convertirse en la primera pandemia de cólera, que entre 1817 y 1824 alcanzó China y Japón por el este y el Mediterráneo y África por el oeste, matando a millones de personas. En segundo lugar la misma alteración climática arruinó las cosechas de arroz en la austral provincia china de Yunan, obligando a los hambrientos y empobrecidos campesinos a cambiarse al más lucrativo negocio del opio, dando origen al famoso “triangulo dorado” de una industria que iba a tener nefastas consecuencias en la historia china durante el siglo XIX. Un tercer efecto, tan inesperado como los anteriores, fue el inicio de la primera depresión económica en la historia de los Estados Unidos, el famoso “pánico de 1819”, cuando las variaciones climáticas a ambos lados del Atlántico hundieron las cosechas, los precios y las inversiones agrícolas norteamericanas.

Pero sin duda el efecto más devastador de la erupción del Tambora fue la alteración climática misma, que llevó a que el verano de 1816 los europeos no vieran ni el sol ni el calor, sino una sucesión de tormentas eléctricas, nieve, viento y lluvia. De ahí aquello de “el año sin verano”, si bien en rigor, se trató de tres años de trastornos (1816-1818) antes que se disiparan los efectos del cataclismo producido por el Tambora. En esta atmósfera enrarecida por la guerra, el frío, el hambre y el clima hostil, la derivada religiosa o mística podría ser la más inesperada de las respuestas al lejano eco del Tambora, respuesta a la que podremos atención en la segunda parte de este artículo.

Crédito imagen
http://www.earthscope.org/science/geo-events/mt.-tambora-indonesia-april-10-1815

jueves, 20 de marzo de 2014

Un Imperio de Plomo: Minería romana y contaminación ambiental



En nuestro artículo anterior repasamos la historia de Wadi Fainan, región situada al sur del Mar Muerto y uno de los mayores centros mineros del mundo antiguo. La investigación científica en Wadi Fainan ha desvelado la alta contaminación de la región como resultado de miles de años de una explotación minera intensiva, cuyo principal producto era el cobre, pero que también suministraba ingentes cantidades de subproductos como el plomo, un metal pesado de altísima toxicidad. Vimos también que el periodo de mayor producción coincidió en gran medida con la extensión del gobierno romano en esa región del mundo, cuestión que para nada es casualidad: los romanos construyeron una de las mayores industrias mineras de la antigüedad y de paso se convirtieron también en la sociedad más contaminante antes de la revolución industrial (en la foto principal exploradores en las minas romanas de Dacia, actual Rumania).

Los pueblos del antiguo Medio Oriente habían comenzado la explotación de metales (como cobre y estaño) varios miles de años antes de Cristo, experiencia común a toda la cuenca del mediterráneo. Aunque solemos pasarlo por alto, la verdad es que el ascenso de Atenas en el siglo V AC y la construcción de un imperio ateniense descansaba en gran medida en la explotación de las mimas del Laurión, muy próximas a la ciudad. Como medio de acuñación de monedas (de oro, plata cobre, estaño, bronce), como recurso para forjar armas (bronce y hierro) así como fuente de riqueza (oro y plata), la minería jugaba un papel central en el juego político y militar de la antigüedad. No puede sorprender entonces que desde sus inicios Roma haya entrado en el mismo juego. Ya los primeros enfrentamientos entre Roma y Cartago dieron prueba de la importancia del factor minero. Como es sabido, en la Segunda Guerra Púnica Aníbal levantó un formidable ejército en España - elefantes incluidos - con el que cruzó los Alpes y debutó en Italia infligiendo colosales derrotas a las legiones romanas. Lo que es menos conocido es que Aníbal pudo solventar ese ejército dado que los cartagineses tenían acceso al oro y la plata de las minas españolas, ya sea porque las mismas eran parte de los territorios ibéricos que conformaban su imperio ultramarino o bien porque estaban en manos de tribus y jefes locales que eran aliados de los cartagineses. Cuando más tarde los romanos se apoderaron de esos territorios españoles y de sus minas comenzaron a  cimentar su victoria sobre Cartago. La riqueza minera de los yacimientos de la península ibérica llevó a que los romanos ampliaran las explotaciones existentes y abrieran otras nuevas, convirtiendo a España en el crisol de su industria minera. Desde entonces, dondequiera que las legiones impusieran la autoridad de Roma la búsqueda de minas y metales que explotar se convirtió en una prioridad, lo que explica la intensificación de la producción en Wadi Fainan.

Sin embargo, como lo sabemos muy bien, la minería es una actividad altamente contaminante y si eso sigue siendo así incluso hoy en día, con toda la tecnología disponible, podemos imaginar lo que debió ser en la antigüedad. Un ejemplo muy relacionado con los romanos nos puede dar una idea al respecto. En la antigüedad se conocían siete metales: estaño, plomo, zinc, plata, oro, cobre y hierro, ordenados por su punto de fusión (de menor a mayor). El estaño era el más fácil de fundir (232ºC), el hierro el más difícil (1535ºC). El plomo tiene un bajo punto de fusión (328ºC) por lo que debe haber estado entre los primeros metales usados por el hombre y hay evidencia de su explotación desde antes del 4.000 AC, explotación que durante la civilización grecorromana escaló su consumo a un máximo. Los romanos en particular hallaron muchos usos para el plomo. En latín plumbum significa plomo y no es casualidad que nuestro español “plomería” y el inglés “plumbing” (cañerías) deriven de plumbum, pues precisamente los romanos hicieron un uso intensivo del plomo en la construcción de cañerías y en los acueductos que transportaban el agua a sus ciudades: el uso del plomo en la construcción de cañerías y ductos para el agua fue la aplicación más importante del plomo en las ciudades romanas. Pero no sólo la industria de los ductos de agua usaba plomo, también se empleaba mucho en la construcción en general y en la construcción de barcos en particular. Los romanos también recurrieron al plomo para usos más domésticos, como para  preparar las pinturas con las que decoraban sus casas, las tinturas con las que teñían sus ropas e incluso el peltre (una aleación de plomo y estaño) con la que fabricaban varios utensilios de uso casero. Las mujeres romanas usaban productos estéticos hechos en base a plomo (pinturas para los labios y polvos faciales) y como si esto no fuera poco, copas, ollas y otros implementos de la vajilla romana usados para comer y beber eran hechos con materiales en base a aleaciones de plomo. El plomo tiene propiedades bactericidas y ello explica que los romanos lo hayan usado asimismo para preservar sus alimentos, como espermicida (especie de anti conceptivo) y también para tratar algunas enfermedades cutáneas; incluso el vino romano (al igual que el griego) se almacenaba en toneles hechos con plomo al cual se agregaba pequeñas cantidades de compuestos de plomo para prevenir su fermentación; algo parecido sucedía con el almacenamiento del aceite. Dado que los romanos no conocían el azúcar se usaba acetato de plomo (que tiene un sabor dulce) para dulcificar. Incluso en la hora de la muerte un hermoso ataúd hecho con plomo podía esperar a un ilustre ciudadano romano (¿víctima del mismo plomo?) Quizás este cotidiano y variopinto uso del plomo nos ayude a entender por qué era llamado también “el metal romano”: en un sentido muy literal, el imperio romano era un imperio de plomo.

Ahora bien, el plomo y sus compuestos son altamente venenosos. La volatilidad y la pulverización de estos productos hace muy fácil la contaminación del agua, el aire y el suelo. Si recordamos que por lo general junto a las minas estaban las fundiciones para procesar los minerales, los vapores que allí se producían y los vertidos sobre las aguas deben haber sido fuente de una altísima contaminación ambiental. Ya en una remota antigüedad los egipcios y después los griegos (Hipócrates) habían notado los nocivos efectos del plomo sobre la salud humana y los romanos no desconocían esa realidad: pérdida de apetito y peso, palidez, cólicos, fatiga, irritabilidad y espasmos nerviosos; no por nada la mayor parte de los trabajadores en las minas eran esclavos y una condena “a las minas” era sinónimo de una sentencia de muerte. Dependiendo de la cantidad y el tiempo de exposición al envenenamiento con plomo el efecto sobre el cuerpo puede ser diverso, pero normalmente el daño afecta tres funciones corporales básicas: la formación de sangre, el trabajo del sistema nervioso y los riñones, aparte del hecho de que el plomo se deposita de manera permanente en los tejidos y en los huesos, haciendo que el envenenamiento se prolongue de por vida.

Pero, ¿cuánto plomo usaron los romanos? ¿Son cantidades significativas como para producir estragos? Para dimensionar el problema podemos observar las investigaciones científicas que se han llevado a cabo desde los años 1950s hasta el presente en los hielos de Groenlandia. En esa región se han estudiado muestras extraídas de hasta 3 km de profundidad, sobre las cuales se puede medir la composición del hielo acumulado desde hace unos 7.800 años. Los resultados indican que hasta aproximadamente el año 1000 AC la presencia de plomo en el hielo de Groenlandia se mantuvo baja y se explicaba fundamentalmente por causas naturales. Pero en el primer milenio antes de Cristo el plomo comenzó a depositarse en cantidades cada vez mayores, hasta alcanzar un máximo en el periodo entre el 500 AC y 300 DC, es decir, en el periodo grecorromano y sobre todo en el Imperio Romano. La presencia de plomo en las capas de hielo correspondiente a este último periodo es casi cuatro veces mayor al de la etapa previa, cuando el plomo respondía a causas naturales. Las estimaciones actuales indican que en la época dorada del imperio los romanos procesaron hasta 80.000 toneladas anuales de plomo, con cerca de un 5% de ese total liberado a la atmósfera (unas 4.000 toneladas/año). Todo indica que la circulación de las corrientes de aire atrapó esas emanaciones aéreas de partículas de plomo que alcanzaron la tropósfera y terminó por depositarla en Groenlandia e incluso en el Ártico. Más aún, la investigación de los isótopos de plomo ha llevado a la conclusión de que en el periodo entre el 150 AC y 50 DC el 70% del plomo depositado en Groenlandia provino de las minas de Río Tinto, en Andalucía (sureste de España), el corazón minero de Roma. Según los expertos, ¡se trata de la primera contaminación aérea de escala hemisférica detectada antes de la Revolución Industrial (que tuvo lugar más de 1.500 años después)! Durante los dos primeros siglos de la era cristiana la producción romana de plomo pudo haber sido de unos 4 kg per cápita, una cifra que representa casi 2/3 del consumo de plomo en los Estados Unidos en los años setenta. Tras la caída del Imperio Romano los niveles de plomo disminuyen bruscamente hasta alcanzar un mínimo en la Edad Media y vuelven a incrementarse desde fines de ese periodo y el Renacimiento a medida que aumenta otra vez la producción y consumo de plomo, para alcanzar nuevos máximos desde la Revolución Industrial del siglo XIX. Los niveles de plomo comienzan a descender otra vez después de los años 1970s, cuando en el hemisferio norte se introducen los combustibles sin plomo.

Las cifras indican que la producción y el uso del plomo en el Imperio Romano sin duda alcanzaron niveles sin precedentes en la antigüedad. Aunque las estimaciones siempre son tentativas nos dan un punto de referencia para dimensionar de qué estamos hablando. Dado el volumen involucrado y lo contaminante del plomo algunos se han preguntado qué efectos tuvo el plomo sobre el Imperio Romano. La verdad es que ocurre una cosa muy curiosa con el plomo y es que en el pasado llegó a ser altamente apreciado por la diversidad de usos y servicios que prestaba y que ya hemos señalado. Ello explica que la exposición al plomo fuera muy distinta según la clase social a que se perteneciera en la antigua Roma, y todo apunta a que la aristocracia era la mayor consumidora de plomo. ¿Debilitó el plomo a la aristocracia romana? Y si ello fuera así, ¿cuál fue la magnitud del efecto del plomo en la clase gobernante de Roma? ¿Acaso fue el plomo responsable de la caída del Imperio Romano? Preguntas que aún debaten historiadores y científicos, pero que nos recuerdan que si la contaminación ambiental acompañó de cerca a la redacción de la Biblia (ver artículo anterior sobre Wadi Fainan) la polución generada por la minería romana – en particular la explotación del plomo – acompañó silenciosamente los primeros siglos de vida del cristianismo y de la iglesia.

viernes, 15 de abril de 2011

Catástrofe real






Las imágenes de catástrofes naturales han golpeado con fuerza en el último tiempo a través de los medios informativos. En 2010 comenzó con el mortífero terremoto en Haití, luego el gigantesco terremoto y maremoto chileno, seguidos en el segundo semestre por terribles inundaciones en diferentes países de Asia, Norteamérica y Australia. Este año fue el turno de Japón, con una temible combinación de fuerzas naturales (terremoto, tsunami) y errores humanos (crisis nuclear). Algunos estudios de expertos y economistas señalan que al menos en los desastres naturales de los últimos cincuenta años se aprecia una tendencia a mayores grados de destrucción en las últimas dos décadas considerando el efecto conjunto de catástrofes naturales (terremotos, huracanes, volcanes, incendios forestales) y cambios graduales del clima (sequías, inundaciones). Ciertos economistas apuntan a que los efectos económicos de los primeros, pese a toda su espectacularidad y devastación, son menos permanentes y dañinos que los de la segunda categoría, pues estos últimos son causa de pérdidas de alimentos cuyas consecuencias son más duraderas y difíciles de revertir.


En cualquier caso, es un hecho dramático de nuestros tiempos el constatar que los fenómenos de la naturaleza nos golpean con creciente fuerza y con inusitada frecuencia. La respuesta de la ciudadanía de los países afectados se vuelca inmediata hacia las autoridades, primeras en la línea de responsabilidad en lo que atañe a la atención de las víctimas y la reconstrucción de aquello que fue destruido por la naturaleza. En los últimos años, con una población cada vez más consciente de sus derechos y de la manera de expresarlos, esto ha significado que las autoridades de los países afectados han debido tomar conciencia de la importancia de una pronta respuesta, pero incluso más que eso, han debido anticiparse a los hechos y avanzar en prevenir los posibles embates naturales y preparar al Estado y a la población para estar preparados cuando esos desastres vuelvan a visitarnos, como sin duda seguirá sucediendo. Esta responsabilidad de prevenir y anticiparse a los problemas se convierte entonces en una forma de evaluación de la autoridad política, cuestión de la que también hemos sido testigos en los últimos años. Por eso entendemos la reacción de los manifestantes en Tokio, descontentos por el tratamiento que su gobierno ha dado a la crisis. En 2005 algo similar debió sufrir George W. Bush cuando la población resintió lo que entendió fue una respuesta tardía del gobierno ante el huracán Katrina y un problema más grave por haber postergado el reforzamiento de las defensas costeras contra las inundaciones en las tierras bajas de Louisiana. La población entiende que los fenómenos de la naturaleza son básicamente insoslayables, nos los podemos evitar; sin embargo, exige de sus autoridades que sí se hagan responsables por las medidas preventivas, el control de la crisis, la pronta ayuda a las víctimas y la información oportuna de la población.


Pero, ¿qué pasaba en la antigüedad cuando se desconocían los mecanismos de operación de la naturaleza, cuando no había prevención de las catástrofes? ¿Qué ocurría entre la población y las autoridades cuando golpeaban volcanes, terremotos, sequías o inundaciones? La respuesta a estas interrogantes pasa por la comprensión de la cosmovisión que tenían los antiguos, esto es, una cierta concepción del todo, donde la divinidad, la naturaleza, la sociedad y las autoridades formaban un entramado único e íntimamente interconectado.


En el antiguo Medio Oriente hay ejemplos claros del papel que esta cosmovisión jugaba en la vida de sus habitantes y en la respuesta social frente a las calamidades de la naturaleza. La disponibilidad de agua era sin duda una de las condiciones esenciales para asegurar la vida en el medio oriente, de modo que tanto su carencia como su exceso podían ser igualmente problemáticos. En Mesopotamia los grandes ríos, como el Tigris y el Eufrates, eran de muy difícil predicción en términos de su comportamiento, pues sus caudales tendían a cambiar caprichosamente en la primavera, a veces generando inundaciones y otras disminuyendo debido al clima generalmente seco de la región. El Nilo en Egipto era todo lo opuesto: un río altamente predecible. De ahí que los egipcios pudieran aprovecharlo sin los inconvenientes que enfrentaban en Mesopotamia. Las sequías podían tener efectos devastadores entre los pueblos antiguos; de hecho algunos investigadores han sugerido que la cultura de Micenas pudo haber desaparecido debido a prolongadas sequías allá por el 1200 a. C.


Tanto los reyes de Mesopotamia como los faraones egipcios cumplían aquí una función crucial. En el mundo antiguo los reyes eran los encargados de mantener la armonía del “mundo”, es decir, de la naturaleza y de la sociedad humana. Para los antiguos no existía tal cosa como “la naturaleza”, como si se tratara de una entidad independiente que tenía vida por sí misma aparte de los hombres. Más bien se creía que lo que nosotros llamamos naturaleza, era una extensión más de las relaciones de armonía que tejía la sociedad humana sobre todo su entorno. El rey era responsable de asegurar ante la nación que tales condiciones de armonía se mantuvieran en la mejor condición posible. Es probable que donde más nítidamente se aprecie esto sea en la sociedad egipcia, donde el faraón tenía como primera obligación el mantener el ma´at, concepto que se traduce como “justicia, armonía, rectitud”. El ma´at era a su vez la máxima divinidad egipcia, la que aseguraba la existencia de los dioses, del faraón y del mundo egipcio, en suma, la que garantizaba la salida del sol cada día y de las estrellas en la noche. Ya se tratara de invasiones extranjeras, ejércitos enemigos o catástrofes naturales, todo por igual era considerado una perturbación del ma´at y por tanto una amenaza del orden establecido, siendo obligación del faraón restablecer la armonía: derrotar militarmente a los enemigos o bien encauzar los fenómenos de la naturaleza (para los egipcios intervenciones de los dioses). En estos casos las calamidades naturales eran también responsabilidad del faraón, pues él tenía acceso privilegiado a los dioses y debía proteger al reino contra todas esas amenazas que rompieran la armonía del mundo. En Mesopotamia sucedía algo similar, pues aunque sus reyes no fueran considerados divinos como los faraones, sí tenían una categoría semi divina, descendían de los dioses y por tanto también ellos eran responsables de asegurar que la naturaleza no se volcara contra la sociedad humana.


Esta concepción del mundo prevaleciente en la antigüedad nos da una nueva visión de cuán disruptiva y perturbadora debe haber sido la experiencia de las plagas de Egipto para su población, cuando el faraón claramente fue incapaz de asegurar el ma´at. Pero la misma historia de Israel nos ejemplifica cómo las calamidades naturales eran en primer lugar una responsabilidad del rey. En 2 Samuel 21:1 leemos:


“Hubo hambre en los días de David por tres años consecutivos. Y David consultó a Jehová, y Jehová le dijo: Es por causa de Saúl, y por aquella casa de sangre, por cuanto mató a los gabaonitas”.


Este texto es revelador de la relación que existía en el mundo antiguo entre la divinidad, la monarquía y la naturaleza. Para ponerlo en el lenguaje del texto bíblico, la relación es Yahvé – David – hambre. Varias preguntas se le presentan al lector moderno. ¿En qué sentido el rey era “responsable” de la hambruna que afectaba a Israel? ¿Cómo las acciones de Saúl o de David afectaban a la naturaleza? En el texto bíblico la explicación de la carencia de alimentos que afectaba a la nación se hallaba en el pecado de Saúl, en la sangre derramada bajo ese reinado. El pecado del rey afectaba las correctas relaciones con el entorno, con la naturaleza; de ahí el hambre sobre el pueblo. David es responsable entonces de reparar el pecado de su antecesor y restablecer la armonía entre los israelitas y la naturaleza cumpliendo con la ley de Dios. Más adelante leemos:


“… e hicieron todo lo que el rey había mandado. Y Dios fue propicio a la tierra después de esto”. 2 Samuel 21:14.


Existe un cierto sentido de “solidaridad corporativa” entre el rey y su pueblo; el rey, como cabeza de la sociedad, debe responder por los actos “corporativos” de la monarquía. Los pecados políticos de sus antecesores tienen consecuencias en el mundo natural, atraen catástrofes como la hambruna. Una vez que el rey repara el error de su predecesor “Dios fue propicio a la tierra”.

En nuestros días distinguimos claramente entre los desastres naturales propiamente y las responsabilidades de las autoridades en cuanto a prevenir y mitigar tales calamidades. Pero en el mundo antiguo, donde los reyes eran responsables de un sentido de armonía que va mucho más allá de lo que nosotros entendemos por política, las catástrofes naturales eran parte de la esfera de responsabilidades de los gobernantes en cuanto ellos tenían una más directa y personal relación con la divinidad.

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