En todo el mundo Silicon Valley encarna
el poder irresistible y casi omnímodo de la tecnología de punta de nuestros días;
pero hace cincuenta años no existía como tal. ¿Cómo explicar este ascenso meteórico
en tan corto tiempo? ¿Y qué importancia tiene esta historia para el mundo
cristiano? Para entender la génesis de Silicon Valley debemos remontarnos a la
posguerra, a la situación que enfrentaba Estados Unidos tras el fin de la
segunda guerra mundial. A partir de ese momento hay cinco factores importantes
a considerar, a saber: la Guerra fría entre Estados Unidos y la Unión
Soviética; el surgimiento de la cibernética; la contracultura de los años
sesenta; las diferencias culturales entre la costa este y oeste de los Estados
Unidos; y el desarrollo de la industria de los computadores.
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domingo, 19 de noviembre de 2017
Un Catálogo Histórico: de los Hippies a los Hackers
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miércoles, 12 de octubre de 2016
Larga Vida al Señor Thiel
Peter Andreas Thiel. Es probable que el
nombre no le diga mucho por ahora, pero después de leer los próximos párrafos
seguramente será uno que no le dejará indiferente.
El señor Thiel nació en 1967 en la entonces
Alemania federal (occidental) y en sus primeros años su familia - sus padres y
su hermano Patrick - peregrinaron por varios países hasta establecerse en
Estados Unidos. El joven Thiel se educó en la prestigiosa universidad de
Stanford, una de las más importantes del mundo. Su vida profesional en las
leyes dio paso a una fructífera actividad en los negocios hasta fundar, junto a
un joven inmigrante ucraniano, Max Levchin, la empresa que lo convertiría en
multimillonario: PayPal. Thiel demostró asimismo gran habilidad como
inversionista, anticipando el estallido de la burbuja "punto com" en
2000 y colocando inteligentemente su dinero en nuevos emprendimientos de
Internet, siendo quizás su mayor acierto los 500.000 dólares que invirtió en
2004 en un desconocido joven de Harvard de nombre Mark Zuckerberg y un proyecto
llamado Facebook. La nueva crisis de 2008-2010 también afecto a Thiel, quien
perdió varios millones, pero eso no le restó de seguir financiando empresas y
proyectos en campos tan variados como nanotecnología, investigación espacial y
el mercado de los derivados de la marihuana. Lo cierto es que si de negocios se
trata, como apuntaba George Packer en un artículo en el New Yorker en 2011,
"he must be the most successful
technology investor in the world" ("debe ser el más exitoso
inversionista en tecnología en el mundo").
Pero el señor Thiel no es sólo un hombre más
de negocios. En el estrecho mundillo de la selecta élite de los magnates de
Silicon Valley Thiel es considerado algo así como el "filósofo" del
club. Muy temprano, desde sus primeros días de estudiante en Stanford, Thiel se
identificó como "libertario", lo que en el lenguaje político
norteamericano quiere decir un liberal clásico. Para hacerse una idea, entre
sus gustos está Ayn Rand, la ruso-norteamericana considerada por muchos una
extremista de derecha. En "Atlas Shrugged" Rand describe su visión
del futuro del mundo libre como pendiente de una pequeña élite de exitosos
empresarios. Si tenemos presente que desde temprana edad Thiel fue considerado
un niño prodigio y que su inteligencia es reconocida por amigos y enemigos, resulta
comprensible la identificación de Thiel con el llamado de Ayn Rand a los
capitalistas más capaces para salvar al mundo. Y tal parece que lo de súper
héroe se lo tomó en serio, abanderándose públicamente con Donald Trump y siendo
el penúltimo orador en la pasada convención republicana antes del candidato (foto superior).
Una rebeldía más del señor Thiel, habida cuenta que la casi totalidad de sus
pares de Silicon Valley están alineados con Hillary Clinton.
Pero contradicción y rebeldía es lo suyo.
Hijo de padres evangélicos, Thiel se ha reconocido cristiano en algunas
entrevistas, si bien ha tenido dificultades en armonizar esa identidad con el
reconocimiento público de su homosexualidad en años reciente. (He aquí otra
contradicción: ¿un homosexual apoyando al candidato republicano?). Al parecer
halló la solución en la lectura del filósofo, antropólogo y escritor francés
Rene Girard (1923-2007) y sobre todo en su libro "Things Hidden Since the Foundation of the World" (1978),
texto que Thiel leyó en sus años de estudiante ("an intimidating
book") y a partir del cual construyó su propia teología y una heterodoxa
visión del cristianismo.
De vuelta en Silicon Valley, dos palabras
resumen mejor que nada el espíritu del lugar: risk (riesgo) y disruption
(alteración, entendida aquí en un sentido creativo, positivo). A su vez, dos
proyectos ambiciosos encarnan el compromiso de Thiel con ambas ideas.
"Seasteading" es el proyecto que pretende crear islas artificiales en
aguas internacionales que, por estar así libres de la tutela de cualquier
estado nacional, cumpliría el anhelo de crear un estado plenamente libertario,
el tipo de estado soñado por Thiel. Pero el segundo proyecto es por lejos el
más sorprendente de todos: la extensión de la vida. Peter Thiel ha invertido
millones de dólares en jóvenes emprendimientos de científicos y laboratorios
que buscan extender la esperanza de vida. Así, por ejemplo, en 2006
colocó 3.5 millones de dólares en "The Methuselah
Foundation" (Fundación Matusalén), cuyo objetivo es combatir el envejecimiento
y extender la longevidad humana. ¿Hasta cuánto? Las opiniones varían: algunos
creen posible hasta 120 años, otros hablan de 150 años. Pero Thiel es más
ambicioso: lo suyo es la inmortalidad. Si no lo cree vea lo que declaró al
Washington Post el 3 de abril de 2015:
"I've always had
this really strong sense that death was a terrible, terrible thing. Most people
are in some weird mode of denial and acceptance about death, but they both have
the result of making you very passive. I prefer to fight... I think it is
against human nature not to fight death".
"Siempre he tenido este sentimiento
realmente fuerte de que la muerte es algo terrible, terrible. La mayoría de las
personas están en algún extraño modo de negación y aceptación acerca de la
muerte, pero ambos tienen el resultado de hacernos muy pasivos. Yo prefiero
luchar... Creo que es contrario a la naturaleza humana no combatir a la
muerte".
Luchar aquí significa vencer, sobreponerse a
la muerte, o sea, no morir. ¿Ciencia ficción? Es verdad que Thiel es un gran
aficionado a las historias fantásticas y a la ciencia ficción: ha bautizado
varias de sus empresas (Palantir, por ejemplo) a partir de nombres de "El
Señor de los Anillos", uno de sus libros predilectos desde la infancia.
Pero en esta pasada el magnate habla en serio: el señor Thiel no quiere morir.
O cuando menos espera que la ciencia y la tecnología le ayuden a llegar a la
edad de Moisés, unos 120 años para empezar. Para tal fin consume pastillas que
retardan el envejecimiento de los huesos y planea probar la promisoria
(¿riesgosa?) técnica de parabiosis, es decir, inyectarse sangre de gente joven
que supuestamente ayudaría a regenerar células y rejuvenecer, o así al menos
indican pruebas hechas con ratones en laboratorio. Si todo eso falla apuesta a
que la crioconservacion preserve su cuerpo hasta que pueda ser descongelado en
el futuro.
Como se ha repetido tantas veces, la realidad suele superar a la
ficción. Lo que suponíamos un reducto de la entretención cinematográfica o algo
propio de la imaginación folclórica o del mundo de las leyendas, la
inmortalidad humana, ahora es parte de la agenda actual. Quizás tanto o más
increíble aún es que quienes están detrás de esa búsqueda, hombres como Peter
Thiel, sean personas educadas y poderosas, los multimillonarios que construyen
la nueva súper civilización digital de Silicon Valley. Tampoco deja de ser toda
una ironía que Matusalén, epítome de los patriarcas bíblicos de larga vida que
la ciencia consideraba cuentos de hadas, ahora preste su nombre a una de esas
iniciativas que, ciencia y tecnología mediante, promete hacernos vivir por
siglos (o milenios). ¿Vencer a la muerte? ¿Vivir para siempre? ¿Inmortalidad
terrenal? Tal vez, el día que, como sucede a todos los humanos, Peter Thiel finalmente
se encuentre con la muerte, ésta lo salude con esa vieja y sabia frase: "Y
de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y
después de esto el juicio". Hebreos 9:27.
Crédito imagen:
http://www.nbcnews.com/feature/nbc-out/openly-gay-libertarian-tech-entrepreneur-peter-thiel-speak-rnc-n614191
jueves, 30 de junio de 2016
Trump vs Francisco: De Muros y Ghettos
El pasado 18 de febrero de este año una noticia
disparada por la velocidad de internet alcanzó todos los rincones del planeta:
el Papa Francisco sentenciaba que el candidato republicano Donald Trump “no es
cristiano” dada su determinación de construir un muro para detener la
inmigración. Los titulares de las principales agencias noticiosas y portales
online causaron sorpresa ante la tajante afirmación del Pontífice, en lo que
muchos leyeron como una directa intervención en la carrera presidencial
norteamericana. Las palabras del Papa fueron las siguientes: “una persona que
sólo piensa en la construcción de muros, dondequiera que se encuentren, y no en
la construcción de puentes no es cristiano… Eso no está en el evangelio”. Al
momento de hacer estas afirmaciones Francisco volaba de regreso al Vaticano,
tras su reciente visita a México, cuya última posta fue una multitudinaria misa
celebrada en el borde mismo de la frontera con Estados Unidos. Seguramente la
atmósfera del lugar, cargada de las críticas mexicanas contra el proyecto de
Trump de construir un muro que mantenga a raya a los inmigrantes ilegales, debe
haber pesado al momento de que el Papa, por lo común un hombre más bien medido
en sus expresiones, se despachara un juicio tan tajante sobre el magnate.
Para nadie es un misterio que Donald Trump es
un personaje bastante odioso para los mexicanos en particular y los
latinoamericanos en general. Su duro discurso nacionalista, agresivo y anti
inmigración despierta la natural antipatía en el mundo hispano parlante, donde
Trump aparece como el típico yankee soberbio y arrogante, y para colmo
multimillonario, el epítome de un capitalismo con muchos enemigos en esta parte
del mundo. Así que las críticas a Trump encuentran una cálida bienvenida en
América Latina, máxime aún si proceden de un Papa latinoamericano, casi como si
el discurso anti Trump alcanzara así una suerte de bendición divina. Pero más allá de la contingencia política y
la parafernalia noticiosa la frase del Papa puede verse bajo una nueva luz cuando
consideramos la historia cristiana: después de todo, ¿los cristianos
construimos muros o los derribamos?
Desde hace un tiempo a esta parte los
cristianos, católicos y protestantes por igual, nos hemos venido comprando un
discurso peligroso por su distorsión de la milenaria historia cristiana: hemos
llegado a creer que el cristianismo presenta una continuidad impoluta e
impecable de justicia y verdad, siempre haciendo el bien y luchando contra el
mal. Así, por ejemplo, hace poco un grupo de pastores evangélicos establecía
que los evangélicos no deberían votar o apoyar a políticos antisemitas, lo cual
está perfecto, claro que uno se pregunta si esos pastores evangélicos sabrán
que el cristianismo debe ser probablemente la religión más anti semita de la historia.
¿Conocerán los pastores el pasado antisemita del cristianismo o de largos
pasajes de su historia antigua y moderna? De conocer ese antecedente
probablemente la instrucción anterior no sólo apuntaría a otros, adoptaría
también un tono de auto crítica. Pues bien, el caso de las declaraciones del
Papa Francisco corre por un camino similar: espectacular lo de no construir
muros, pero ¿sabrá Francisco lo que hicieron sus antecesores en lo que a
construcción de muros se refiere?
Corría el año 1555 cuando el recién elegido
Papa Pablo IV (1555-1559), que apenas llevaba un par de meses reinando en Roma,
publicó la bula “Cum nimis absurdum”
en la que recordaba que Dios había condenado a los judíos a eterna esclavitud,
razón por la cual establecía que los judíos debían vivir en un sector
específico de la ciudad, de manera de aislarlos de la población cristiana: fue
el inicio del tristemente célebre ghetto de Roma, el recinto donde la comunidad
judía viviría separada del resto de la población por los próximos trescientos
años. Si bien en un comienzo los judíos saludaron esta situación pensando que
era una medida favorable para su seguridad, pronto comprendieron que el
objetivo era segregacionista, aislarlos todo lo posible para que no
contaminaran a la población cristiana. Aparte de encerrarlos en una
localización específica, varias normas adicionales estaban destinadas a
humillar a los judíos tanto como fuera posible: obligación de usar ropas con
colores definidos cuando salieran del ghetto, horarios estrictos para circular
fuera del ghetto (estaban obligados a pernoctar durante la noche en el
recinto), obligación de escuchar todos los sábados – día sagrado del judaismo –
un sermón católico para que abandonaran su fe, entre otras. Se estima que en
tiempos de Sixto V (1585-1590) unos 3.500 judíos vivían en una superficie de 3
hectáreas, es decir, una concetración de unas 117.000 hab/km2, a todas luces
una cifra increible. En tal hacinamiento las condiciones eran inhumanas, máxime
aún considerando que el área asignada al ghetto estaba a orillas del rio Tíber,
el cual en invierno solía inundar las tierras anexas, lo cual creaba un
ambiente perfecto para toda clases de plagas y enfermedades. Los muros del
ghetto, planeados en la segunda mitad del siglo XVI por el arquitecto Giovanni
Salustio Peruzzi, terminaron por delinear el paisaje de esta cárcel urbana que
iba a durar tres siglos. Salvo un breve periodo durante la invasión napoleónica
de Italia a fines del siglo XVIII que le concedió libertad a los judíos, el
restablecimiento del reino Papal en 1814 los obligó a volver al ghetto, del
cual no serían liberados finalmente sino hasta 1870, cuando las tropas de los
patriotas italianos ingresaron en Roma, acabando con la soberanía del Papa y
con el ghetto. Vale la pena recordar que a esas alturas el ghetto de Roma era
el último ghetto judío que quedaba en Europa occidental hasta el surgimeinto
del nazismo en el siglo XX.
“Una persona que sólo piensa en la construcción de
muros… no es cristiano”. Conmovedora frase la de Francisco, pero ¿qué hacemos
entonces con todos los Papas que durante trescientos años mantuvieron en alto
los muros del ghetto de Roma para encerrar a los judíos en una existencia
infrahumana? ¿Son esos Papas cristianos o no? Quizás, si con un tono un poco
más autocrítico y humilde, Francisco hubiese advertido a Trump que los cristianos
tenemos una milenaria y dramática historia en lo que a construcción de muros se
refiere y hasta este día nos arrepentimos de ello, el mensaje habría tenido un
mayor efecto sobre el candidato republicano. A menos que, claro, sea distinto
construir un muro que un ghetto.
lunes, 27 de julio de 2015
Bentham (I): de Epicuro a la crítica anti cristiana
El sistema filosófico del inglés
Jeremy Bentham (1748-1832) se conoce como utilitarismo y en muchos sentidos
puede entenderse como parte del renacer de la filosofía de Epicuro en los
comienzos de la modernidad, en el periodo comprendido entre los siglos XVII y
XVIII. Sabido es que la enseñanza del griego Epicuro (341-270 AC ) se caracterizó,
entre otras cosas, por el atomismo (tomado de Demócrito), el hedonismo
(¿influencia cirenaica?), el empiricismo y algo así como un individualismo
versión antigua. Los discípulos de Epicuro lo resumieron como “el cuádruple
remedio” (tetrapharmakos), por los
cuatro principios básicos: (1) “dios no es algo a lo que temer”, (2) “la muerte
no es algo a lo que temer”, (3) “el bien es fácilmente obtenible”, y (4) “lo
que es terrible es fácilmente soportable”. De estos principios se deriva la
visión epicúrea de que no debemos temer a los dioses o a la muerte, pues
nuestra existencia es puramente material: no existíamos antes de nacer y
tampoco vamos a existir después de morir, así que nuestros gozos y sufrimientos
sólo son experiencias de nuestra vida en este mundo. De ahí que Epicuro derivara
aquella máxima que lo hiciera famoso: para ser felices debemos buscar el placer
y evitar el dolor. Claro que el uso del término “placer” (traducción del griego
hedone) llevó históricamente a varios
equívocos y confusiones, dado que muchos críticos lo entendieron como referido
a los placeres sensoriales o corporales, al modo de un libertino - el placer
sexual, por ejemplo - lo que estaba muy lejos de las ideas de Epicuro; como
varios autores acotan, una mejor interpretación sería entenderlo como “gozo” o
“bienestar”, el ideal epicúreo de una vida “quieta” - después de todo, estoicos y epicúreos estaban
de acuerdo en alcanzar una meta, la ataraxia
(literalmente “sin perturbaciones” o “tranquilidad”) o el estado de paz
interior. Como Epicuro y sus seguidores se ganaron ya en la antigüedad una a
veces injusta fama de ateos, no es extraño que los siempre religiosos romanos
lo miraran con suspicacia y que el advenimiento posterior del cristianismo le
diera el coup de grace: el
epicureismo fue anatematizado y perseguido.
Pero como anunciábamos al
comienzo, fue el despuntar de la era moderna lo que trajo de vuelta los textos
epicúreos y la dialéctica del placer y el dolor. Este epicureismo moderno (o
neo epicureismo) tiene una estela de nombres célebres, pensadores modernos tan
diversos como Michel de Montaigne (1533-1592), Thomas Hobbes (1588-1679),
Pierre Gassendi (1592-1655), Robert Boyle, Jean-Jacques Rousseau (1712-1778),
Barón d´Holbach (1723-1789), Jeremy Bentham (1748-1832) y John Stuart Mill
(1806-1873), por nombrar algunos. Ahora bien, de todos estos lectores del viejo
Epicuro tal vez ninguno llegó a renovar de una manera tan sistemática, lógica y
entusiasta el materialismo del sabio griego como Bentham y su principio de la
utilidad (también conocido como “principio de la máxima felicidad”) que,
habiendo tenido tantas versiones, vio la luz por primera vez en un manuscrito
que publicó (anónimamente) en 1776 y donde se refería a “un axioma fundamental,
la mayor felicidad del mayor número es la medida de lo correcto y lo
incorrecto”. El origen de este principio o axioma ha sido objeto de un largo
debate y aunque su primera enunciación se suele atribuir a Francis Hutcheson
(1694-1746) y se puede rastrear en textos de Lord Shaftesbury (1671-1713),
David Hume (1711-1776 ) y Adam Smith (1723-1790), la fraseología concreta usada
por Bentham parece inspirarse en la traducción inglesa de la obra “Dei delitti e delle pene” (De los
delitos y de las penas) del jurista italiano Cesare Beccaria (1738-1794),
publicada en 1768. Según este principio, una acción es moral si produce la
mayor felicidad para el mayor número de personas posibles.
En tiempos recientes la
filosofía moral de Bentham ha sido caracterizada como consecuencialismo o ética
teleológica, esto es, como una teoría que sostiene que el valor de una acción
está determinado enteramente por sus consecuencias y que propone por lo mismo
que una vida ética gira en torno a maximizar las buenas consecuencias y
minimizar las malas consecuencias de las acciones. Este aspecto del
utilitarismo ha sido duramente criticado por quienes ven en él una puerta
abierta a justificar cualquier acción, por inmoral que fuere, siempre y cuando
reporte buenos resultados. Pero volviendo a Bentham, la mayor felicidad
involucra la maximización del placer y la minimización del dolor. En el
lenguaje de Bentham “utilidad” se utilizó como sinónimo de placer o felicidad y
de ahí que a su sistema filosófico se le conociera como utilitarismo. Aun
cuando sus críticos acusaron a Bentham de reinstalar el hedonismo como una
suerte de descalificación moral, es justo decir que la comprensión que tiene
Bentham del placer o la felicidad no tiene nada que ver con el hedonista del
placer corporal; su visión es bastante más generosa. ¿Qué tan generosa? Bentham
afirmó explícitamente que la ecuación que relaciona placer y dolor no está
restringida sólo a los seres humanos: “La cuestión no es ¿pueden razonar? Ni
tampoco ¿pueden hablar? Sino ¿pueden sufrir?” Dicho en otras palabras, es la
capacidad de sentir placer y dolor, no la facultad del raciocinio, lo que
convierte a un ser en objeto del interés moral utilitarista. Así, entonces, la
maximización de la felicidad y la minimización del dolor debe tomar en cuenta
tanto a los humanos como a lo no humanos (los animales) que pueden verse
afectados por la función de utilidad. Para su época, cuando ningún sistema
filosófico o político tenía en sus enunciados la preocupación por el bienestar
animal, esta idea utilitarista debe haber sonado particularmente chocante, un
recordatorio más de por qué sus seguidores fueron conocidos como “radical
philosophers”. Ahora bien, lo anterior no quiere decir que Bentham manejara una
agenda animalista como las que conocemos hoy en día: no era un vegetariano, por
ejemplo. Sin embargo, la insólita inclusión del bienestar y sufrimiento animal
como parte de la responsabilidad moral humana sí nos obliga a cuestionar la
acusación de hedonismo egoísta que le colgaron sus críticos. Bentham creía
sinceramente que aumentar la felicidad y reducir el dolor del mayor número
posible de seres vivos (personas y animales) operaría la transformación en una
sociedad mejor.
Todo indica que ya en su
temprana juventud Bentham desarrolló un profundo rechazo hacia lo religioso.
Según algunos ese rechazo comenzaría en 1764, cuando se vio obligado a
suscribir los Treinta y Nueve Artículos de la Iglesia de Inglaterra como
requisito indispensable para graduarse en la universidad de Oxford. Si ello es
así o si su predisposición anti religiosa era anterior, lo cierto es que esa
experiencia resultó para Bentham en una imposición inaceptable y se encuadra en
su crítica posterior a la religión como un sistema autoritario basado en la
violación de la libertad humana; casi al final de su vida, en 1826, contribuyó
generosamente a la fundación del University College de Londres, la primera
universidad “laica”, donde podrían estudiar todos aquellos que por razones de
conciencia tenían prohibido estudiar en Oxford y Cambridge (personas sin
religión, católicos y anti trinitarios). Sorprendentemente habrían de pasar más
de cinco décadas antes de que, en los años 1810s, Bentham comenzara a escribir
sistemáticamente sobre religión, o mejor dicho, comenzara a desplegar un ataque
sostenido en contra de la religión. Se suele destacar un pequeño manuscrito
titulado “Not Paul, but Jesus” (Londres, 1823) como uno de los referentes de
ese esfuerzo. El texto fue publicado bajo el seudónimo de Gamaliel Smith,
detalle no menor, pues varias de sus obras fueron publicadas de manera similar
o bien en forma anónima, un recordatorio más de que las ideas de Bentham en
variadas materias eran polémicas e incluso potencialmente revolucionarias
consideradas según el consenso mayoritario de la época. En “Not Paul, but
Jesus” Bentham desarrolla la idea del conflicto entre dos principios opuestos:
el principio de la utilidad y el principio del ascetismo. Aunque volveremos
sobre esta obra en capítulos posteriores digamos aquí a modo de resumen que
Bentham contrasta la búsqueda de la felicidad humana representada por el
principio de la utilidad (o felicidad) versus la prosecución de la infelicidad
a que conduce el principio ascético cristiano. En otras palabras, Bentham
presenta su principio de la utilidad - “la mayor felicidad posible para el
mayor número posible” - como el camino que conduce a alcanzar la felicidad
humana en este mundo, independientemente de las ideas que tengamos sobre lo que
suceda después de la muerte, mientras que el principio ascético cristiano
enseña a vivir una vida infeliz aquí con miras a alcanzar una hipotética
felicidad en el más allá. La conclusión del ejercicio que nos plantea Bentham
es que podemos vivir razonablemente bien o incluso mejor si no dejamos que la
religión intervenga en nuestras vidas. Esta noción de que los seres humanos
podemos alcanzar la felicidad y la paz social con prescindencia de cualquier
creencia religiosa particular es lo que llevará a varios investigadores
actuales a considerar a Bentham un adelantado de la secularización.
Ahora bien, aun cuando Bentham
pudiera ser catalogado como un ateo, ese rótulo quizás no describe
correctamente al personaje. En rigor Bentham no negaba la existencia de Dios,
lo que rechazaba es que pudiéramos tener algún conocimiento de lo sobrenatural;
para usar un término que iba a surgir varias décadas después de su muerte,
Bentham puede ser descrito en propiedad como un agnóstico. La visión de Bentham
sobre lo sobrenatural tiene sus raíces en la epistemología de su compatriota y
filósofo John Locke. El empiricismo de Locke se popularizó en la famosa imagen
de la tabula rasa: al nacer, el ser humano no viene con ideas preconcebidas y no
tiene otra fuente de conocimiento que las percepciones que recibe del mundo
exterior y que alimentan al cerebro a través de esas ventanas hacia lo externo
que son nuestros sentidos. No deja de ser irónico que la filosofía de un teísta
como Locke - sociniano, pero teísta al fin y al cabo - se tradujera en algunos
lectores posteriores en una fuente de racionalismo anti religioso; dos casos
famosos: Voltaire en Francia y Bentham en Inglaterra. Pues bien, según su
propia lectura de Locke, Bentham apropió aquello de que todo nuestro
conocimiento proviene de nuestras percepciones sensibles del mundo externo, de
donde se sigue que no sabemos nada de aquello que no pase por el filtro de
nuestros sentidos. Según esa lógica inexorable Bentham concluye que es
imposible tener conocimiento alguno de lo sobrenatural: no vemos, ni palpamos
ni sentimos a Dios con ninguno de nuestros sentidos. En rigor, entonces, no podemos
decir que Dios existe o que no existe, sencillamente no sabemos porque no
podemos percibir ni lo uno ni lo otro. Así que hablar sobre la existencia o no
existencia de Dios es hablar cabezas de pecado y por tanto la religión es eso,
un sinsentido. En cambio, los sentidos nos brindan una guía para la vida:
instintivamente todo ser humano buscará las sensaciones placenteras y evitará
las que causen dolor. El viejo Epicuro estaba en lo cierto; los sentidos no nos
permiten saber de Dios, pero sí del principio de la utilidad, o al menos eso
creía Bentham.
lunes, 30 de junio de 2014
Política sexual: de Freud a Saussure
De nuestro muy breve repaso de
las dos principales teorías científicas sobre el sexo, un detalle muy
significativo, pero usualmente ignorado, es la importancia relativa que sobre
ellas iban a tener dos personajes claves: el austriaco Sigmund Freud y el suizo
Ferdinand de Saussure (foto superior). Si bien ambos hombres se formaron en el siglo XIX, sus
teorías alcanzaron el mayor impacto en la primera mitad del siglo XX y aunque
claramente Freud fue mucho más conocido y hasta popular que Saussure, el
impacto de sus ideas en el terreno sexual fue mucho más inesperado.
Es evidente que Freud ha
ejercido una influencia enorme en la cultura sexual de occidente en los últimos
cien años y sigue siendo un referente obligado para quienes incursionan en la
investigación sobre sexualidad y erotismo. Pero además de su impacto en la
cultura popular Freud tuvo asimismo un significativo efecto en el mundo
político, específicamente en las izquierdas europeas, al punto que Althusser –
uno de los principales referentes del marxismo occidental de la post guerra –
considerará como la trilogía máxima al grupo compuesto por Freud, Marx y
Nietzsche. No habrá que descubrir ahora que desde la popularización de las
obras de Freud se comenzó a forjar un “Freud-marxismo” que se nutría de una
visión particularmente atea de la sociedad, suerte de alternativa a la cuestionada
sociedad cristiano-capitalista. Pero aunque todo pintaba bien para que Freud se
convirtiera en el mentor de la política sexual del marxismo europeo occidental,
algo pasó en el camino que hizo que el fundador del sicoanálisis perdiera esta carrera,
precisamente en el ámbito en el que era más reconocido. En la post guerra, en
la segunda mitad del siglo XX, no fue Freud quien guió o iluminó la política
sexual de las izquierdas occidentales, sino Ferdinand de Saussure: el modesto
profesor suizo eclipsó al sabio vienés. ¿Cómo ocurrió este cambio
extraordinario?
Aunque para el ciudadano de a
pie los detalles del sicoanálisis le sean desconocidos, de seguro el nombre de
Freud no le es extraño; todo lo contrario ocurre con Saussure, prácticamente un
desconocido para el gran público. En términos de su producción literaria, Freud
escribió de sexualidad hasta el hartazgo, mientras que Saussure se
circunscribió sólo a la lingüística y el estudio del lenguaje. Todo indicaría
que si la izquierda europea occidental buscaba un guía en materias de
sexualidad – Marx dijo poco y nada al respecto – Freud era su hombre. Sin
embargo, contra toda probabilidad, esta carrera la ganó Saussure después de
1950. Las razones de esta historia habría que buscarlas en los sistemas que
desarrollaron ambos personajes: el sicoanálisis y la lingüística. El
sicoanálisis es una metodología de investigación de la mente humana y por
extensión de la historia personal a través de su registro sicológico. El
sicoanálisis se centra en la experiencia individual y busca relaciones entre
diversos episodios de la existencia individual, retrocediendo hasta donde la
memoria y el sueño permitan hurgar en el pasado, incluso hasta la infancia. Ante
los conflictos, depresiones y crisis que llevan a una persona al diván del
sicoanalista, Freud dará una respuesta estándar más o menos del tenor: “Sus
problemas se deben a que sus deseos más íntimos (incluidos los sexuales) entran
en contradicción en su super-ego con las normas sociales a las que debe
someterse”. Uno debe aprender, pues, a hacer convivir sus deseos personales con
las expectativas y convenciones sociales. Todo eso está muy bien, pero no
resulta muy atractivo para algunas izquierdas por la sencilla razón de que en
este diagnóstico Freud no llama a la transformación de la sociedad cuanto más
bien a la transformación del individuo. Dicho en otras palabras, la ciencia freudiana
está más centrada en la persona que en la sociedad, en lo individual que en lo
colectivo. Para el talante más masivo y social del marxismo, tanto individuo es
un tanto frustrante; máxime si Freud no habla en ninguna parte del cambio
social, menos de la revolución.
Por una vía distinta, ciertos aspectos de la obra de Saussure que resultarían particularmente
seductores para los críticos literarios de izquierda: en primer lugar el
carácter impersonal del sistema saussureano. En el modelo de Saussure el agente
humano parece reducido al papel de un mero decodificador en un sistema
altamente codificado como es el lenguaje, de donde queda claro que la estrella
de la historia no es el agente humano sino el sistema en sí: el lenguaje o
sistema de códigos y signos. Dicho en otras palabras, lo individual (lo humano)
pierde importancia ante lo supra humano (lo colectivo, aquí el lenguaje). Esa
lectura, hecha en momentos en que triunfaba un sistema colectivista en la
gigantesca escala de la Unión Soviética, no pasó inadvertida para las
izquierdas europeas. Esto explica lo que apunta Holquist, cuando señala que por
entonces el impacto de Saussure en la URSS fue mayor “que en cualquier otro
país”. De hecho el estructuralismo que nace a partir de las ideas de Saussure
va a compartir con muchas otras ideologías y filosofías recientes – de los
últimos dos siglos – la tesis central del papel absolutamente menor del agente
humano versus el rol protagónico de las estructuras/sistemas externos a ese
agente, lo que en la teoría estructuralista se expresa en el papel fundamental
de las estructuras semiológicas (el lenguaje) como verdaderos constructores de
la realidad social y cultural. Así que siguiendo la huella de Saussure el
lenguaje nos revelaría la importancia de lo colectivo por sobre lo individual,
o así lo leyeron al menos los seguidores izquierdistas de Saussure. De modo que
el tenor político de la interpretación de las ideas de Saussure y la lectura
estructuralista constituye un aspecto esencial en la elección que hicieron los
intelectuales de izquierdas para adoptar el punto de vista del “giro
lingüístico”. Un segundo aspecto fundamental para las izquierdas es el
denominado “relativismo lingüístico”, “la tesis de que la cultura, a través del lenguaje, afecta la manera
en que pensamos, especialmente quizás nuestra clasificación del mundo percibido”.
Esta idea de relatividad implícita en el lenguaje era sumamente atractiva para
las izquierdas obsesionadas con relativizar los valores universales de la
cultura capitalista, una cuestión aún más gravitante para la izquierda
postmodernista dada su intrínseca estructura de relativismo moral. En suma, el
“giro lingüístico” inaugurado por Saussure es también (y para las izquierdas
postmodernistas ante todo) un giro político, toda vez que el lenguaje es
político; de ahí que la sexualidad postmoderna o el discurso sexual de la
izquierda postmodernista sea una discurso político: la sexualidad es política
(lo que recuerda el slogan de los setentas, “the personal is political”). En suma, dada su funcionalidad
colectiva, política, fue la ciencia de Saussure, no la de Freud, la que
construiría la política sexual de las izquierdas occidentales en la segunda
mitad del siglo XX.
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miércoles, 1 de agosto de 2012
Allons enfants de la Patrie
A diferencia de las ciencias exactas, la
ciencia histórica desde siempre ha estado sujeta a los vaivenes de la interpretación; los
hechos están ahí, pero su significado para nosotros no puede ser mediado por un
lenguaje preciso, tal como el lenguaje matemático, de modo que constantemente debemos
batallar, por así decirlo, con las diversas y muchas veces contradictorias
escuelas históricas que, partiendo de los mismos hechos, suelen llevarnos por
derroteros divergentes. Así ha sido desde los relatos de los primeros
historiadores - Herodoto y Tucídides incluidos - y es algo con lo que cualquier
estudioso o amante de la historia debe aprender a convivir. Cuanto más
trascendente es el hecho histórico bajo estudio, tanto más complejo este
proceso de intermediación.
La revolución francesa, un hito como pocos en
la historia, ejemplifica de manera superlativa la difícil tarea de
interpretación de los hechos históricos pues, cualquiera sea nuestra lectura de
los mismos, es una cuestión evidente por sí misma que estamos ante un punto de
inflexión en el devenir de la humanidad. Las discusiones y polémicas que desde
entonces han confrontado a los historiadores a lo largo de más de doscientos
años de investigación y reflexión sobre ese periodo de la historia moderna no
hacen sino agrandar en el tiempo la importancia de los sucesos que se
desencadenaron a partir de julio de 1789 en la que era una de las principales
potencias de Europa. Una de las interpretaciones clásicas sobre la revolución
francesa ha sido la que presentó Karl Marx como parte de su filosofía de la
historia: la revolución francesa no es sino la consecuencia lógica de la
“evolución de la lucha de clases”, donde la clase productiva más importante –
la burguesía – desplaza del poder a la nobleza, que era por entonces un estorbo
al desarrollo de sus intereses como clase. Para Marx la revolución era una
clara confirmación de su interpretación del “proceso histórico” por el cual una
clase social toma por la fuerza el poder cuando la clase dominante representa
un freno al desarrollo de las “fuerzas productivas”; la aristocracia detentaba
el poder a contrapelo de la tendencia económica de la sociedad, por lo que la
burguesía – motor del desarrollo económico – no tuvo otra opción que tomar las
armas para apropiarse del poder político que usufructuaba una anacrónica
aristocracia medieval. Así, para Max, como luego para todos los seguidores de
la filosofía marxista de la historia, la revolución francesa es la antesala
para un nuevo proceso revolucionario, en el que esta vez la burguesa clase
media se convierte en la fuerza reaccionaria mientras una nueva clase social –
el proletariado – se transforma en el nuevo protagonista del progreso
económico; según este análisis marxista clásico la violencia revolucionaria
volverá a explotar nuevamente cuando a su vez el proletariado deba echar a
patadas a la burguesía del poder que ésta le arrebató a la aristocracia en la
revolución francesa.
A lo menos desde mediados del siglo pasado
otras escuelas históricas han presentado un serio cuestionamiento a la
interpretación marxista clásica; según estas interpretaciones “revisionistas”
el corazón del conflicto que cruza a la revolución francesa está menos en
causas sociales – la lucha de clases marxista – cuanto más bien en
transformaciones culturales que desestabilizaron a la sociedad del ancient regime. No tenemos aquí el tiempo ni el espacio para revisar en
detalle esas otras interpretaciones - el lector puede consultar, entre otros, “The Cultural Origins of the French
Revolution”, de Roger Chartier (1991), “A
Critical Dictionary of the French Revolution” de Francois Furet y Mona
Ozouf, y también “Origins of the French
Revolution”, de William Doyle (1988) – pero la hebra cultural es una muy
sugerente cuando uno toma en consideración las aristas religiosas de la revolución
francesa. Para el investigador que tiene en cuenta a la religión como un factor
importante en el desarrollo de los hechos históricos, la revolución francesa es
un campo promisorio de reflexión y de cuestionamiento. Las revoluciones, como
fenómenos de transformación política y social, han afectado a todas las
comunidades humanas en mayor o menor grado; una vez que concurren las
condiciones mínimas se puede producir un estallido social, independientemente
de cuál sea el trasfondo religioso de una sociedad. Sin embargo, cuestiones
religiosas se tornan particularmente llamativas al considerar los fenómenos
revolucionarios que afectaron a occidente en las últimas décadas del siglo
XVIII.
En las últimas décadas del siglo XVIII se
registraron tres revoluciones de importancia: dos afectaron a países
protestantes (Norteamérica y los Países Bajos) y una a una nación católica,
Francia. Entre 1776 y 1781 se peleó la guerra de independencia de las colonias
inglesas en Norteamérica, conflicto que a su vez inspiró la revolución que
afectó a los Países Bajos entre 1780 y 1787. En una instancia los insurrectos
triunfaron (en Norteamérica) y en la otra fracasaron (por la intervención
militar de otra potencia protestante, Prusia, que invadió Holanda), pero en
cualquier caso estas revoluciones tenían objetivos políticos y económicos más o
menos definidos; hubo violencia, derramamiento de sangre y pasado un tiempo los
protagonistas podían sacar las cuentas de si habían logrado y en qué medida sus
objetivos, pero las sociedades afectadas por la convulsión social podían hacer
un “control de daños” de la violencia revolucionaria y acordar un razonable
mínimo de tolerancia para contener la violencia y restablecer la paz social,
permitiendo así que la comunidad volviera a cierto estándar fundamental de
coexistencia. Pero lo que ocurrió en Francia a partir de 1789 rompe todos los
moldes y cánones de estas revoluciones previas. Uno de los rasgos más
prominentes y más perturbadores de la revolución francesa es el paroxismo de
violencia, un cuasi frenesí de salvajismo que resultó muy pero muy difícil de
controlar. A diferencia de los casos norteamericano y holandés, la violencia en
Francia pareció por momentos alimentarse de una fuente casi inagotable de
crueldad, como si del interior mismo de la nación francesa se hubiesen abierto
todos los ríos de odio y resentimiento acumulados por mucho tiempo y de una
manera casi imposible de detener.
Al contrastar el distinto itinerario de las
revoluciones en países protestantes (Norteamérica y Holanda) versus la realidad
francesa, la situación es muy reveladora. ¿Cómo es que la principal potencia
católica de Europa se hundió en un pozo de sangre casi sin fin? ¿Cómo es que un
país cristiano fue incapaz de poner freno a los estallidos de violencia? Si en
Norteamérica y Holanda fue posible “encauzar” la violencia revolucionaria ¿por
qué una sociedad casi 100% católica no logró algo parecido, fijar algún límite
racional a la violencia? Salvo unos cuantos miles de judíos (sefarditas que
vivían en el extremo suroccidental del país y unos pocos askenazitas en Alsacia
y Lorena), más pequeños grupos aislados de hugonotes, en los hechos la
totalidad del país era católico, según el sueño de uniformidad religiosa del
Papado y de la monarquía borbónica. ¿Por qué personas que tenían una misma y
común formación religiosa no pudieron hallar una contención a los estallidos de
violencia apelando a esos mismos principios básicos? La revolución francesa
desnuda en este sentido una de las principales debilidades del proyecto
histórico de la contrarreforma del siglo XVI: el manejo del conflicto en una
sociedad. El proyecto político-religioso de la contrarreforma estaba basado en
el uso de la fuerza, esa era su naturaleza última. Los Papas, arquitectos de la
contrarreforma, no crearon esta ideología como un recurso retórico, suerte de
apelación racional al diálogo para dirimir las diferencias con los
protestantes. No, definitivamente la contrarreforma no tenía nada que ver con
diálogo o con persuasión; el negocio de la contrarreforma era imponer por la
fuerza de las armas la única iglesia verdadera, entiéndase, la iglesia
católica, y al único representante de Cristo, el Papa. Con los disidentes, o
sea los protestantes, la contrarreforma no perseguía otro objetivo que no fuera
su eliminación total. Dicho en otras palabras, la contrarreforma creó una
estructura social y cultural que ante el conflicto creado por la disidencia
sólo sabía responder con la fuerza; las naciones católicas que abrazaron la
causa de la contrarreforma estaban por lo tanto mal preparadas para manejar el
conflicto social – la disidencia político o religiosa – pues las habilidades
para negociar habían sido suplantadas por la respuesta violenta. Entre los
protestantes, por el contrario, la necesidad de negociación era fundamental
para salvar el conflicto que tenían no sólo con el Papado sino entre ellos
mismos. Esta musculatura de manejo de conflictos por medio de la negociación,
con todos los problemas y deficiencias que tuviera, ejercitada durante los
siglos XVI y XVII, demostró toda su valía durante las revoluciones de fines del
siglo XVIII. El conflicto, una vez estallado, podía resolverse para contener la
violencia. Las sociedades católicas carecían de esas habilidades, lo que quedó
de manifiesto tristemente en los días que siguieron a julio de 1789.
Vale la pena notar que Francia tenía una historia milenaria de
cristianismo en sus espaldas; por el contrario, las colonias de Nueva
Inglaterra no alcanzaban los doscientos años. Con todo, pese a su juventud, la
sociedad de los colonos norteamericanos pudo sobreponerse a los cinco años de
guerra de independencia y volver a restablecer la paz social para que la
comunidad continuara su desarrollo. En Francia, por el contrario, iban a pasar
casi tres décadas regadas de sangre antes de conseguir un respiro transitorio
de paz en 1815. Cuando se considera por qué en general los países protestantes
han tenido un mejor desempeño de desarrollo económico y material que los países
católicos, no se debiera olvidar la importancia de la capacidad social de
manejo de conflictos y de negociación, cuestión en la que los protestantes
tuvieron mucho más éxito que los católicos, lo que en última instancia revela
el carácter violento de la contrarreforma y de los Papas que la inspiraron. En
sociedades donde la respuesta violenta se privilegiaba sobre las capacidades
negociadoras, una revolución podía ser un asunto extremadamente peligroso y
eventualmente inmanejable; la revolución francesa, con todas sus escenas de
brutalidad y salvajismo, con toda lo difícil que se reveló el control de la
violencia, ejemplifica dramáticamente la suerte que aguardaba a los que habían
apostado por la contrarreforma. En este sentido, 1789 señala el convulso y
mortífero final del proyecto llamado contrarreforma.
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