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jueves, 11 de abril de 2019

TYC 10 Eunucos por el Reino de los Cielos






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En el episodio 8 aprendimos que el trasfondo histórico que enmarca el ascenso de los ascetas cristianos corresponde al Imperio Romano tardío, es decir, a un momento de crisis y reconstrucción del poder romano. Fue un periodo que vivió mucha violencia e inestabilidad, sobre todo en términos políticos, sociales y económicos. Desafortunadamente mucha de esa violencia e inestabilidad se iba a trasladar también al interior de la comunidad cristiana.

sábado, 27 de agosto de 2011

Contra los Judíos (Cont.)




Juan Crisóstomo, el famoso predicador y orador de la Antioquía del siglo IV, enfrenta lo que él cree es un grave problema para la iglesia: la simpatía, participación incluso, de los cristianos en las fiestas religiosas judías. Crisóstomo está decidido a desenmascarar a los judíos y en los ochos sermones u homilías que llevan por título “Adversus Judaeos” va a desplegar toda su artillería pesada contra una religión que detesta. En el artículo anterior habíamos comenzado a ver el tratamiento que este líder antioqueño da a los judíos y lo retomamos aquí en la primera homilía, donde, en referencia a las sinagogas dirá a su audiencia:

“Muchos, lo sé, respetan a los judíos y creen que su actual estilo de vida es venerable. Es por esto que me apresuro en desarraigar y arrancar esta fatal opinión. Dije que la sinagoga no es mejor que un teatro y traigo a los profetas como mis testigos. De seguro los judíos no merecen más crédito que sus profetas. “Has tenido frente de ramera, y no quisiste tener vergüenza” (Jeremías 3:3). Donde se instala una ramera, tal lugar es un burdel. Pero la sinagoga no sólo es un burdel y un teatro; también es una madriguera de ladrones y guarida para las bestias salvajes (citas de Jeremías 7:11; 9:11 y 10:22)… Pero cuando Dios abandona a un pueblo, ¿Qué esperanza de salvación queda? Cuando abandona un lugar, ese lugar se transforma en un lugar de demonios”.

De modo que nos sólo los judíos son gente miserable y condenada, según lo ve Crisóstomo, sino que además las sinagogas son lugares o habitáculos de los demonios, cuestión para la cual invoca a los profetas, como en este caso a Jeremías. ¿Por qué razón los cristianos no debían intimar con los judíos? Nuestro orador nos responde:

“Pero tengo que volver otra vez hacia los que están enfermos. Consideremos, entonces, con quiénes están compartiendo sus fiestas. Es con aquellos que gritaban: “Crucifícale, crucifícale”; con aquellos que decían: “Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos” (Mateo 27:25)… ¿No es extraño que aquellos que adoran al Crucificado compartan fiestas con quienes lo crucificaron? ¿No es una señal de tontería y de la peor locura?”

Crisóstomo toma por “enfermos” a quienes se juntan o comparten con los judíos, por cierto la enfermedad hoy podría rotularse como el acto de ser “judaizante”. Es interesante notar que para Crisóstomo los judíos de su tiempo, los que vivían en el siglo IV, eran tan responsables de la muerte de Jesús como los líderes religiosos que efectivamente tomaron parte en su ejecución hacía casi cuatro siglos. Pero tal era el temible resultado de la teoría del “pueblo deicida” que lamentablemente se había esparcido entre los principales dirigentes de la iglesia durante los primeros siglos, de modo que una responsabilidad personal en los sucesos del año 30 o 33 d. C. resultaba ahora en la responsabilidad colectiva de todas las generaciones de judíos en la muerte de Cristo. Este abominable punto de vista que se había colado en las filas de la iglesia primitiva, no sólo había arraigado con el paso del tiempo (ya sabemos que Crisóstomo vivió en el siglo IV) sino que además escaló a todos los niveles de la iglesia (Juan Crisóstomo, como lo consignáramos en el artículo anterior, llegó a ser nada menos que Patriarca de Constantinopla).

A lo largo de estos sermones Crisóstomo se esfuerza en demostrar el error en el que se encuentran los judíos recurriendo a una cierta interpretación de la historia que combinaba las profecías del Antiguo Testamento con las vicisitudes del pueblo judío. Según Crisóstomo lo ve, las profecías de Isaías, Jeremías y Daniel, particularmente las de este último (las setenta semanas), indican con claridad la voluntad de Dios de destruir Jerusalén en retribución por los pecados de los judíos, como quedó demostrado en los acontecimientos del año 70 y de nuevo en la sublevación de 132 al 135 d. C. Crisóstomo insiste en este punto apelando a un suceso contemporáneo, un suceso de su tiempo, el fallido intento del emperador Juliano el apóstata por reconstruir el templo de Jerusalén. Crisóstomo insiste a su auditorio que el terremoto y el fuego del cielo que impidieron estos hechos corroboran, a su entender, que los judíos están bajo el juicio de Dios y que deben ser tratados como un pueblo rebelde, que coronó sus pecados matando al Hijo de Dios, a Jesús.

“Ustedes sí mataron a Cristo, sí levantaron sus manos violentas en contra del Maestro, sí derramaron su preciosa sangre. Es por esto que no tienen ninguna chance de perdón, excusa o defensa. En los días antiguos vuestras malas obras se dirigieron contra sus siervos, contra Moisés, Isaías y Jeremías. Aún si no hubiese impiedad en vuestros actos entonces, vuestra audacia aún no se había atrevió al crimen principal. Pero ahora habéis hecho palidecer todos los pecados de vuestros padres. Vuestra loca ira en contra de Cristo, el Ungido, no dejó camino a nadie para sobrepasar vuestro pecado. Es por esto que la pena que pagáis ahora es más grande que la que pagaron vuestros padres…”

Las afirmaciones de Crisóstomo son tan graves y categóricas que llega a afirmar que no sólo los mártires – sí, los mártires cristianos - odian a los judíos, sino que el mismo Dios los odia y la prueba de ello está en su estado actual de pueblo apátrida, carente de un territorio y disperso por el mundo. Con franqueza brutal apunta que: “Esto por esto que odio a los judíos. A pesar de que ellos tienen la Ley, la pusieron bajo un uso infame”. Con respecto a las fiestas religiosas judías el desprecio de Crisóstomo es categórico: “Se han ido las fiestas de los judíos, o mejor, las borracheras de los judíos” (homilía IX). Recomienda a aquellos de su congregación que entren a una sinagoga que hagan el signo de la cruz sobre su frente de modo que las fuerzas malignas que habitan en la sinagoga huyan del lugar y así los demonios no entren en sus almas. Tal cual, al final del día, para Juan Crisóstomo los judíos estaban sometidos a los demonios y su culto y fiestas religiosas eran eventos demoníacos y condenados por Dios.


¿Cómo es posible que ideas y expresiones tan desafortunadas hayan sido proferidas por un “Doctor de la Iglesia”? ¿Cómo explicar este odio furibundo contra los judíos predicado nada menos que por uno de los principales líderes cristianos de la época? ¿Cómo entender que semejante actitud anti semita haya sido premiada, o por lo menos no fuese incompatible, con la obtención del cargo de Patriarca de Constantinopla? Si algo se puede concluir de todo este vergonzoso y bochornoso episodio es el grado de decadencia de la iglesia cristiana desde los días cercanos de los mártires y las catacumbas. En el antisemitismo del concilio de Elvira, en el de Ambrosio de Milán o en el de Juan Crisóstomo, por citar sólo los casos más emblemáticos, se puede captar la degradación experimentada hacia fines de la iglesia primitiva y que explota con fuerza durante el siglo IV, precisamente con la “cristianización” del Imperio romano desde Constantino, él mismo y varios de sus sucesores también profundamente antisemitas. No puede extrañar que así las cosas la “cristianización” del imperio desembocara en el desastre doctrinal y espiritual de la edad medieval que estaba por llegar, la era que justo iba a convertir a Crisóstomo en “Doctor de la Iglesia”. Plop.

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sábado, 30 de julio de 2011

Adversus Judaeos



Las congregaciones evangélicas de América Latina probablemente no se caractericen por su devoción y amor por la historia o por el estudio de la historia de la iglesia, y sin embargo hay un periodo, conocido comúnmente como la Iglesia Primitiva, que debe estar entre una de las etapas más invocadas y admiradas por la mayoría de los predicadores y líderes evangélicos. Rodeada por un halo de sacrificio y santidad supremas, inmortalizada por la sangre de los muchos mártires que dejó la estela de las terribles persecuciones imperiales, inspirada por la proximidad histórica a los tiempos de Jesús y los apóstoles, sin duda la Iglesia Primitiva es un referente obligado de todos los movimientos de renovación en la vida de la iglesia cristiana a lo largo de los siglos. Lo fue de hecho durante la Reforma, cuando el naciente protestantismo invocaba la pureza prístina de la iglesia primitiva como su modelo para un cristianismo más bíblico, más evangélico. Pero como todas las cosas en la vida, debemos atemperar esa imagen idealizada con otros aspectos bastante menos agradables que delinean el carácter imperfecto de toda empresa humana.

La iglesia primitiva, el periodo que cubre aproximadamente los tres primeros siglos de la era cristiana, fue una época de luces y sombras; luces muy brillantes y sombras muy, muy oscuras. Como movimiento de renovación espiritual, la iglesia primitiva fue un motor de cambios profundos en la sociedad romana de su tiempo, pero debió convivir con una serie de fuerzas antagónicas que ya operaban en el mercado religioso del mediterráneo incluso antes de la aparición del cristianismo. La acumulación de una serie de contradicciones a lo largo de más de trescientos años, en medio de condiciones ambientales extremadamente adversas, dejaron un legado de muchos logros notables, pero también una serie de cuestiones de difícil resolución. Entre estos últimos problemas, uno particularmente formidable fue el de la relación entre cristianos y judíos, entre la iglesia y la sinagoga. En última instancia, este asunto retrotraía a una pregunta fundamental: ¿qué es la iglesia? Para un sector cada vez más creciente dentro de la iglesia primitiva, la respuesta debía escribirse por vía de contraste con el viejo judaísmo.

El antisemitismo era un cuento ya en marcha para cuando el apóstol Pablo inició sus viajes misioneros por el mediterráneo oriental. Un sentimiento anti judío ya se había instalado en diversas poblaciones del imperio romano, y todo hace pensar que la iglesia absorbió esa bronca antisemita cuando grandes multitudes pasaron del paganismo al cristianismo – muchas de ellas con una conversión y catequesis probablemente dudosa. Lo cierto es que varios de los líderes cristianos incorporaron en sus exégesis del Nuevo Testamento una lectura desfavorable, cuando no abiertamente hostil contra la religión judía, culpando a los judíos de ser los “asesinos del Hijo de Dios”, el pueblo deicida. Probablemente el hecho de que el judaísmo aún mantuviera un proselitismo activo, aunque a una escala que suponemos inmensamente inferior a la de la iglesia cristiana, pueda haber contribuido a alimentar un sentimiento de rechazo hacia los judíos, vistos ahora por sus contrapartes cristianos como peligrosos competidores religiosos. Lo cierto es que para el año 300 había varias cabezas calientes que le estaban dando vueltas al “problema judío”: cómo mantener aparte a los judíos e impedir que pudieran “contaminar” a la población cristiana con sus supersticiones.

Un ejemplo esclarecedor de las contradicciones y del grado dramático de antisemitismo que se alcanzó en la iglesia primitiva lo podemos hallar en un personaje destacado del período de transición que va desde aquella etapa inicial hacia los siglos medievales. Juan Crisóstomo (hacia 349 – 407 d. C.) es considerado hoy en día un Doctor de la Iglesia y uno de los pilares de la cristiandad, o al menos así lo ve el clero ortodoxo y también la curia romana. Para los ortodoxos y las iglesias católicas orientales Juan Crisóstomo es uno de los tres grandes santos, junto con Basilio el Grande y Gregorio Nacianceno. Sus contemporáneos le adjudicaron el seudónimo por el que es universalmente conocido, Crisóstomo, que en griego significa “Boca de Oro”, debido a sus extraordinarias cualidades oratorias. Habiendo sido educado por el filósofo Libanio, pasó sus primeros años de vida cristiana como anacoreta y monje, viviendo en una vida de soledad y privaciones, muy del gusto del monaquismo oriental. Posteriormente regresó a la vida urbana y hacia el año 386 ya estaba ordenado como presbítero o pastor de la iglesia de Antioquía, lugar donde cimentó su nombre como un predicador de extraordinaria elocuencia y donde desarrolló una serie de estudios o sermones en donde expuso a su congregación sus enseñanzas relativas a distintos pasajes de las escrituras, aparentemente en un lenguaje sencillo para la comprensión de su feligresía. Tal fue el renombre que logró en su ciudad, en la región y luego en todo el Imperio, que en el 398 fue nominado Patriarca de Constantinopla, uno de los puestos más altos de la jerarquía eclesiástica de aquellos tiempos dada su proximidad con la corte imperial. Si la seducción de sus palabras le ganó la popularidad entre la población, tal parece que su brutal franqueza frente a los lujos de la aristocracia le granjeó el rechazo de la clase gobernante en Constantinopla, pues terminó sus días en el exilio.

Sus sermones sobre diversos pasajes de las escrituras se conservan en su mayoría y entre tales homilías ha llamado la atención una serie de ocho sermones predicados probablemente en el año 387 y que llevan por título Adversus Judaeos, “Contra los Judíos”. Es notable que con este título Juan Crisóstomo diera inicio – seguramente sin imaginarlo – a una literatura tristemente más abundante de lo deseado a lo largo de los siglos siguientes. Como el título señala de entrada, estos sermones van dirigidos directamente contra el pueblo judío y su religión. El motivo de esta diatriba Juan lo expone desde el comienzo:

“Los festivales de estos pobres y miserables judíos están prontos a desfilar delante de nosotros, uno tras otro y en sucesión: la fiesta de las Trompetas, la de los Tabernáculos, las celebraciones. Hay muchos de nosotros… que mirarán los festivales y otros se unirán a los judíos para observar estas fiestas. Quiero eliminar esta perversa costumbre de nuestra iglesia ahora mismo… Pero ahora los festivales judíos están cerca y casi a la puerta, si yo fallara en curar a aquellos que sufren la enfermedad judaizante”.




De modo que el motivo inmediato por el cual Juan Crisóstomo dedicará sus energías a atacar a los “miserables judíos” a lo largo de estas ocho homilías, tiene que ver con el hecho de que en la Antioquía del siglo IV parte de la congregación cristiana confraternizaba con los judíos e incluso se sumaba a algunas de sus celebraciones religiosas. Crisóstomo está determinado a acabar con esta “perversa costumbre” y con la “enfermedad judaizante”, para lo cual no hallará adjetivo lo suficientemente duro para arrojar contra los judíos, como lo veremos en nuestro próximo artículo.

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