En todo el mundo Silicon Valley encarna
el poder irresistible y casi omnímodo de la tecnología de punta de nuestros días;
pero hace cincuenta años no existía como tal. ¿Cómo explicar este ascenso meteórico
en tan corto tiempo? ¿Y qué importancia tiene esta historia para el mundo
cristiano? Para entender la génesis de Silicon Valley debemos remontarnos a la
posguerra, a la situación que enfrentaba Estados Unidos tras el fin de la
segunda guerra mundial. A partir de ese momento hay cinco factores importantes
a considerar, a saber: la Guerra fría entre Estados Unidos y la Unión
Soviética; el surgimiento de la cibernética; la contracultura de los años
sesenta; las diferencias culturales entre la costa este y oeste de los Estados
Unidos; y el desarrollo de la industria de los computadores.
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domingo, 19 de noviembre de 2017
Un Catálogo Histórico: de los Hippies a los Hackers
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lunes, 27 de octubre de 2014
Nirvana en Llamas: la relación entre budismo y suicidio
En nuestros dos últimos
artículos hemos hablado sobre suicidio; un caso más bien antiguo, el del monje
vietnamita Thich Quang Duc en los años sesenta, otro más actual, el del actor
Robin Williams hace algunos meses. Es un hecho que la comprensión del suicidio
en occidente y en oriente es muy diferente, entre otras razones, por el
trasfondo religioso (y por tanto cultural) que distingue a estos dos mundos.
Mientras en occidente el suicidio está teñido de una incuestionable nota de
rechazo por la tradicional visión judeo-cristiana que considera que es una
exclusiva prerrogativa divina el poner fin a la vida, en oriente, o al menos en
las sociedades de tradición budista, carentes de tal trasfondo, el poner
término a la vida propia está lejos de ser considerado como algo negativo y más
bien puede llegar a tener una visión positiva, incluso de exaltación.
Teóricos budistas de la
actualidad, como Thich Nhat Hanh (foto principal) a quien citábamos en agosto, suelen recalcar
que la muerte voluntaria practicada por budistas en el marco de un ritual
budista no debe ser rotulada de suicidio, sino que debe considerarse como una
opción distinta y de ahí que algunos prefieran hablar de auto inmolación. Tal
parece ser que la connotación moral negativa que tiene el suicidio en occidente
está detrás de este reclamo, pues en la cosmovisión budista la decisión de
poner fin a la vida – bajo ciertas condiciones – no tiene nada de maligno, muy
por el contrario, puede ser visto como un acto encomiable, trascendente, cuasi
vicario. En la tradición budista se condena en general la práctica del
suicidio, pero hay casos especiales en los cuales tomar la vida en las manos
propias, sobre todo buscando un buen fin para uno mismo o para otros, no
calificaría como suicidio (algo negativo) sino como auto inmolación (algo
positivo). Es la condición en la que se encontrarían maestros avanzados del
budismo, como bodhisattvas y arhats, para quienes, habiendo pasado por todas
las etapas de la purificación vía la reencarnación (el ciclo de nacimientos –
muertes – renacimientos), el suicidio es una forma directa de acortar su paso
al nirvana, a la trascendencia. Para entender esta enseñanza hay que tener
presente que en la tradición budista el cuerpo no tiene un valor intrínseco y
por cierto tiene uno mucho menor que el alma, de donde el valor relativo del
cuerpo está dado por el uso que hagamos de él de forma altruista, para ayudar a
otros (incluyendo la auto inmolación). Ahora bien, en las dos principales
tradiciones budistas, el budismo teravada y el mahayana, las opiniones difieren
sobre esta materia: mientras el primero considera que esas conductas son
elogiables pero no necesariamente deben ser imitadas, el segundo ve el auto
sacrificio (del cuerpo) como un componente esencial del camino budista. Dado
que el budismo teravada es dominante en Sri Lanka y el sudeste asiático
(Birmania, Tailandia, Camboya, Laos, Vietnam) esa es la región donde se
registran menos incidentes de auto inmolación, aunque como señalamos antes el caso
de Thich Quang Duc nos recuerda que era posible importar esas costumbres desde
otras zonas budistas. Por otro lado, el budismo mahayana es dominante en el
Tíbet y lejano oriente (China, Japón, Corea), que es la región donde
precisamente más casos de auto inmolación se pueden detectar. El Lotus Sutra es el texto más influyente en
el budismo mahayana que es responsable de propagar la creencia de “descartar el
cuerpo” en el ascetismo budista, es decir, de entender el suicidio como una
forma de renunciación, una vía para renacer en el mundo espiritual o, más
recientemente, como una forma de protesta o defensa cuando se amenaza a la
comunidad budista (el caso de Thich Quang Duc).
La auto inmolación tiene, como
anunciábamos antes, una milenaria tradición en China, tradición que sería
importada más tarde al Japón. En el país del sol naciente estas ideas se
introdujeron en el periodo medieval, probablemente entre los siglos VIII y X, y
tuvieron acogida en varios templos budistas, en especial en el budismo Zen. Tanto
el shintoismo como el budismo enseñaron a los japoneses la importancia de la
lealtad, la obediencia, la disciplina y más tarde el nacionalismo: la muerte
desinteresada por estos ideales o valores era algo absolutamente encomiable y
apreciado. Por esta vía se comienza a entender la particular disposición de los
japoneses al suicidio, como se enseña en el Bushido
(el manual militar japonés), imagen ampliamente documentada y asociada con la
milicia japonesa y el pueblo japonés hasta la primera mitad del siglo XX (cómo
no recordar el ejemplo de los kamikazes).
El poner término a la vida
propia es un asunto que hasta hoy resalta una diferencia significativa entre la
cultura cristiana occidental y la budista oriental (asiática); mientras en la
primera esta conducta se denomina suicidio y tiene una connotación negativa y
por lo general se reprime, en la segunda la condena al suicidio sigue una
cierta casuística que en ciertos casos puede tener, por el contrario, un
significado positivo. Hasta cierto punto, la distinta mirada respecto al
suicidio es una faceta más de los múltiples contrastes entre la tradición
cristiana y la budista.
miércoles, 23 de julio de 2014
Thich Quang Duc: inmolación sagrada
El 11 de junio de 1963 el monje budista
Thich Quang Duc, a la sazón de 73 años, se sentó tranquilamente en medio de una
calle en Saigón en la postura del loto y con la ayuda de otros jóvenes monjes
se roció de combustible y luego se prendió fuego. Un periodista norteamericano,
David Halberstam, testigo presencial de tan increíble escena, resumiría luego
su impresión ante lo que vio: “Las llamas salían de un cuerpo humano… En el
aire estaba el olor de la carne quemada. Detrás de mí pude escuchar el murmullo
de los vietnamitas que ahora se reunían. Yo estaba demasiado choqueado para
llorar, demasiado confundido para tomar notas o hacer preguntas, demasiado
desconcertado incluso para pensar”. Como ilustra la imagen (foto superior)
Thich Quang Duc permaneció inmóvil mientras su cuerpo era devorado por las
llamas ante la mirada atónita de los espectadores, en medio de un día más del
caluroso y despejado verano vietnamita. Esta terrible escena es otra postal de
una cascada de dramáticas fotografías que nos legara el sangriento y prolongado
conflicto en Vietnam y el sudeste asiático. En nuestro lenguaje occidental
diríamos que el anciano monje se suicidó quemándose a lo bonzo y que su
sacrificio responde a las alienantes condiciones impuestas por la guerra, pero
en clave budista esa no es la lectura es correcta; el por qué esto es así
trataremos de responderlo en lo que sigue.
El sacrificio de Thich Quang Duc
sería seguido muy poco tiempo después por otros cuatro monjes budistas y de ahí
en más los occidentales han tenido noticias intermitentes de otros eventos
similares en esa región del mundo. Probablemente las nuevas inmolaciones de
este tipo no han sido un suceso del mismo tenor que el del viejo monje
vietnamita (la imagen superior se convirtió en un “ícono” de los sesentas),
pero ha llevado a muchos a creer que Thich Quang Duc fue un pionero, el
iniciador de esta “tendencia”. Nada más alejado de la realidad; Thich Quang Duc
no fue ningún innovador, como muy bien lo saben los expertos europeos que desde
inicios del siglo XX tuvieron acceso a traducciones de escrituras budistas y
registros históricos del Lejano Oriente. Hoy sabemos que quemar ya sea partes
del cuerpo o el cuerpo entero es un rasgo antiquísimo del budismo chino, quizás
tan antiguo como del siglo IV o V DC: al parecer desde entonces y hasta la
actualidad esta conducta ha estado presente, con mayor o menor popularidad,
como un aspecto más de la vida religiosa china. Se sospecha también que el acto
específico de suicidarse por fuego parece ser incluso más antiguo, es decir,
sería una conducta que ya existía en China antes de la llegada del budismo, y muchos
especulan que podría estar relacionada con las sequías que afectaban de tanto
en tanto a la nación: quien se inmolaba intentaba por esta vía propiciar el
favor divino para que volvieran las lluvias. De alguna manera el budismo
incorporó esa tradición y pronto los budistas chinos le dieron su propia forma:
desde quemar algunas extremidades, dedos o brazos, hasta el cuerpo entero (hoy
en día en algunas ceremonias de “consagración” de los nuevos monjes se retiene
algo de esas viejas prácticas al producir pequeñas quemaduras en la rasurada
cabeza de los jóvenes).
Fue esa vieja práctica budista
de su vecino del norte lo que el monje Thich Quang Duc importó ese verano de
1963, claro que en su caso tenía un agregado especial: uno de corte político.
Resulta que al frente del país estaba por entonces Ngo Dinh Diem (1901-1963),
un personaje que había servido en la administración colonial francesa y que era
descendiente de una familia que se había convertido al catolicismo en el siglo
XVII, cuando los franceses arribaron por primera vez a esa región. Si bien el
catolicismo tenía una presencia de casi quinientos años (desde la llegada de
los portugueses primero y los franceses después) y pese a ser la segunda
comunidad católica más importante de Asia después de Filipinas, el catolicismo
seguía siendo en el siglo XX una religión minoritaria, frente a una inmensa
mayoría budista. Dada su trayectoria política y filiación religiosa, los
norteamericanos creyeron que Ngo Dinh Diem serviría mejor a una lucha anti
comunista y su gobierno (1954-1963) pronto derivó en dictadura, con apoyo
militar estadounidense. Pero Diem encabezó un régimen corrupto y entre otras
medidas imprudentes nombró casi exclusivamente a católicos en el gobierno y la
administración pública, es decir, entregó el país en manos de una minoría
cristiana y excluyó a la mayoría budista. Sintiéndose segregados en su propia
tierra, no es extraño que laicos y monjes budistas creyeran que eran objeto de
una persecución. En medio de este complejo y enmarañado trasfondo se inserta la
inmolación de Thich Quang Duc.
Con todo lo dicho hasta ahora habría que agregar
que la muerte de Thich Quang Duc tenía ciertos elementos que le agregan un
condimento especial a esta historia, como se deja ver en su carta testimonio póstuma:
“Antes de cerrar mis ojos para ir a Buda, tengo el honor de presentar mis
palabras al presidente Diem, pidiéndole ser amable y tolerante hacia su pueblo
y reforzar una política de igualdad religiosa”. El sentido de protesta es
innegable en las palabras del monje (gatillado por la tensión católico-budista
a la que aludíamos antes), pero es igualmente llamativo el sentido espiritual
de su sacrificio: “para ir a Buda”. En palabras de otro militante líder
budista: “Quemarse uno mismo hasta la muerte es la más noble forma de lucha que
simboliza el espíritu de no violencia del Budismo”. El escritor y líder budista
Thich Nhat Hanh escribió más tarde (en relación a la muerte de Thich Quang Duc
y otros monjes): “La prensa habló entonces de suicidio, pero en esencia no lo
es. No es incluso una protesta. Lo que los monjes dijeron en las cartas que dejaron
antes de quemarse ellos mismos buscaba sólo alarmar, mover los corazones de los
opresores y llamar la atención del mundo al sufrimiento padecido entonces por
los vietnamitas. Quemarse uno mismo es probar que lo que uno dice es de la
mayor importancia… El monje vietnamita, al prenderse fuego, dice con toda su
fuerza y determinación que él puede someterse al más grande de los sufrimientos
para proteger a su pueblo. Expresar la voluntad de quemarse uno mismo, por lo
tanto, no es cometer un acto de destrucción sino ejecutar un acto de
construcción, es decir, sufrir y morir por el bien de la gente de uno. Eso no
es suicidio.” La lectura budista de la inmolación de Thich Quang Duc sugiere,
entonces, que la misma no es un suicidio, sino algo así como un acto de supremo
altruismo. Claramente aquí estamos ante un problema, pues los occidentales
entendemos que el poner fin a la vida propia - cualesquiera sean los medios usados
o los motivos invocados – califica como suicidio. El caso que acabamos de
presentar nos confronta con un hecho notable, el de la relación entre el
budismo y la decisión de poner fin a la vida propia, o de budismo y suicidio
como diríamos equivocadamente en
occidente
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