26 de marzo de 1997. Alertada
por un llamado anónimo, la policía de San Diego, California, ingresa al rancho
Santa Fe, haciendo un hallazgo espeluznante: 39 personas, 21 mujeres y 18
hombres, yacen muertos en los dormitorios y salas de la amplia casona, ocupada
por entonces por una agrupación conocida como Heavens Gate, la Puerta del
Cielo.
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domingo, 6 de agosto de 2017
1997-2017. A veinte años de Heavens Gate: vida y muerte de una secta ufológica
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domingo, 13 de noviembre de 2016
Aubrey de Grey, ¿un Matusalén Transhumanista?
Una luenga barba, la clásica
imagen de un profeta bíblico, es la estampa que ha hecho inconfundible a Aubrey
de Grey en los medios. Ahora bien, la asociación es además mucho más llamativa
si se es presidente de la Methuselah Foundation (Fundación Matusalén): de Grey
bien podría pasar por un Matusalén postmoderno, en el sentido más literal de la
expresión, como el lector comprobará en los próximos párrafos.
Nacido en Londres en 1963 (53
años), de Grey estudió en Cambridge (en el famoso Trinity College donde
enseñara Newton), primero como ingeniero informático y más tarde como gerontólogo:
una combinación extraña para muchos, pero que ha sido muy fructífera en su
carrera profesional. Hoy por hoy de Grey goza de fama internacional, al menos
en la comunidad científica y entre aquellos que están familiarizados con
el movimiento por la extensión de la vida humana (en Internet se puede ver su
charla Ted de julio de 2005 que cuenta con más de tres millones de visitas).
Para decirlo en forma muy sencilla, el movimiento por la extensión de la vida
humana plantea que es científica y técnicamente factible, y moralmente
justificado, extender la esperanza de vida de las personas por sobre los
límites actuales (alrededor de los 85 años en los países desarrollados), hasta
los 100 o 120 años o más. Pero ¿qué tanto más? En 2005 de Grey sostenía que con
las terapias adecuadas una persona podría vivir siglos y aunque sus expectativas
se han atenuado un poco en años recientes (se queja de que se avanzaría más
rápido si hubiese más financiamiento) en una entrevista en abril de 2015
afirmaba que había un 80% de probabilidades de que la primera persona que
alcance los mil años ya esté viva. En otra entrevista, consultado nuevamente sobre
las chances de que podamos vivir mil años, el científico contestó: “I don’t know, but I’m working on it. It’s
going to happen, it’s just a question of when. The work I do is simply speeding
up the inevitable” (No sé, pero estoy trabajando en eso. Va a
suceder, es sólo cuestión de cuándo. El trabajo que yo hago es simplemente
acelerar lo inevitable). Ante tales planteamientos no sorprende para nada que
la primera reacción de la comunidad científica haya sido de estupor y
escepticismo, tomando distancia de lo que parecía una idea descabellada. Pero
poco a poco algunos colegas se han mostrado más receptivos a su heterodoxa
visión sobre el envejecimiento, al punto que en vez de loco hoy algunos lo
consideren "visionario". ¿Qué hizo posible este cambio? de Grey tuvo
la fortuna de ser "el hombre adecuado en el momento adecuado".
El transhumanismo es una
ideología o filosofía que surge en el transcurso del siglo XX a partir de
distintas corrientes sociales, políticas, científicas y culturales. El termino
fue acuñado por el biólogo británico Julian Huxley en 1957 y se refería a la
posibilidad de "trascender" la condición (biológica) humana, en lo
que la mayoría de los transhumanistas actuales leen como la creación de una
nueva especie humana - una suerte de humanidad 2.0 por así decirlo - teniendo
presente que el avance tecnológico (nanotecnología, inteligencia artificial,
supercomputadores) hace mucho más probable que los humanos logren potenciar o
superar (upgrade) su realidad biológica histórica. El transhumanismo hecho
raíces en California en los años 1980s y ello explica que Silicon Valley, la
Meca del progreso tecnológico, deviniera en la Tierra Prometida de los
transhumanistas, de hecho buena parte de los magnates de Silicon Valley son
transhumanistas o apoyan esas organizaciones.
En esta atmósfera de fe ciega en
las posibilidades que ofrece la tecnología para potenciar la vida humana, el
proyecto de Aubrey de Grey sobre terapias que permiten extender la vida a
edades hasta ahora inconcebibles ciertamente halló oídos receptivos y
billeteras igualmente dispuestas a desembolsar los recursos necesarios para
alcanzar la meta de una larga y saludable vida. Aubrey de Grey logró
materializar su proyecto porque encontró en Silicon Valley el respaldo
financiero, cultural y social que no hubiese sido posible en ningún otro lugar
del mundo (Peter Thiel está entre sus principales financistas). O como dice de Grey refiriéndose a Silicon valley, "allí es donde está la gente que quiere
cambiar el mundo". Pero la alianza con Silicon Valley abrió
otras dificultades para de Grey. Después de todo los multimillonarios no se
andan con chicas, para ellos 120 años es muy poco, el premio de verdad es vivir
siglos o milenios. Tarde o temprano Aubrey de Grey iba a ver asociado su nombre
con la idea de "inmortalidad", un concepto que lo ha perseguido en
los últimos años y del que ha intentado huir por todos los medios.
“La primera cosa que quiero hacer - decía en
2015 - es estar libre de usar esta palabra inmortalidad, porque es enormemente
dañina, no sólo es equivocada, es dañina... Significa cero riesgo de muerte por
cualquier causa - mientras que yo trabajo en una particular causa de muerte, a
saber, envejecimiento. Además es una distracción, lleva a la gente a creer que
todo este asunto es moralmente ambiguo y tecnológicamente fantasioso".
La relación con la muerte y la
inmortalidad es particularmente compleja en el proyecto de de Grey. Si bien de
Grey insiste en que él es sólo un científico que trabaja en una serie de
terapias que permiten solucionar o reparar los siete tipos de daño
identificados como causantes del envejecimiento (mutaciones nucleares causantes
de cáncer, mutaciones mitocondriales, desperdicio intracelular, desperdicio o
basura extracelular, perdida de células, senescencia o envejecimiento celular e
interconexiones extracelulares) y que el envejecimiento es sólo una de las
causas de muerte, lo cierto es que el combate contra el envejecimiento,
retardándolo indefinidamente en el tiempo, llevará en el limite,
indirectamente, a acabar con la muerte. O dicho en otras palabras, como gusta
repetir de Grey, si el envejecimiento es una enfermedad y se puede curar,
entonces la eliminación de la enfermedad llevará a eliminar también su
consecuencia, la muerte. Más aún, en sus charlas de Grey suele repetir a la
audiencia que el fundamento ético de su proyecto radica en combatir algo
"malo", como el envejecimiento y la muerte:
“¿Son tan malos estos riesgos que están por
encima de condenar a 100.000 personas al día a una temprana e innecesaria
muerte?"
Dicho así, salvar la vida
diariamente a 100.000 personas demanda una respuesta positiva al proyecto
de de Grey. En términos darwinianos (de Grey es evolucionista y por cierto no
es un hombre religioso) la evolución nos programó para envejecer y morir, lo
que hay que hacer sencillamente es cambiar el programa... otra vez la
consecuencia lógica de tal cambio es no morir. Así que aunque a de Grey no le
guste la idea, todos sus caminos parecen llevan a la inmortalidad.
Puede que de Grey esté en lo
correcto cuando señala que envejecer y morir es algo malo, después de todo
¿quién no se cuida para vivir saludablemente el mayor tiempo posible o evitar
una muerte dolorosa? Pero, por otro lado, si el envejecer y morir es parte de
lo que nos hace humanos ¿en qué medida eliminar esos procesos nos despoja de
nuestra humanidad? Por este camino no es extraño que los transhumanistas sean
fervientes defensores de los proyectos de de Grey: ellos efectivamente quieren
"trascender" la condición humana, transformarse en otra especie. La
retórica de Aubrey de Grey de salvar de morir cada día a 100.000 personas
podría reescribirse entonces de la siguiente manera: ¿No es bueno que cada día
100.000 personas en lugar de morir se transformen en humanos 2.0?
No deja de haber un trasfondo
profundamente irónico en toda esta historia. Para apreciar la ironía habrá que
recordar que la mayoría de los transhumanistas y sus simpatizantes son
evolucionistas o neo darwinianos, es decir, comparten la noción de que la
tradición bíblica había puesto erróneamente al hombre por encima del reino
animal, una injusticia reparada por Darwin al volver a colocar a los humanos en
la misma historia biológica compartida con el resto de los animales: el orgullo
antropocentrico de la Biblia derrotado por la humildad darwiniana. Bueno, ahora
resulta que los humanos volveremos a un nuevo pedestal, el de la seudo
inmortalidad transhumanista, una condición que, otra vez, nos pone por encima
de cualquier animal. Las vueltas de la vida, del Matusalén que era objeto de
risa para científicos serios pasamos a la Fundación Matusalén que aspira a que (todos)
vivamos siglos o milenios, más que cualquier otra criatura en el planeta o en
la historia. ¿Qué tal?
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martes, 24 de marzo de 2015
Reflexiones sobre Pi
Los medios, siempre hambrientos
de titulares diferentes que capturen la atención del lector, nos recordaban en
estos días sobre pi, ese viejo símbolo matemático que dejamos olvidado en nuestros
días de escuela o de universidad. El recuerdo era antojadizo, a propósito de la
coincidencia puramente numérica entre el valor de pi y una fecha del calendario.
Como es sabido, el valor de la constante es pi = 3.141593… Tratándose de un
número irracional, los autores de la noticia lo acortaron a 3.1415 y de ahí la
coincidencia con la fecha:
3: el mes de marzo
14: el 14 de marzo
15: del año 2015
Precisamente el pasado sábado 14
de marzo se producía la mentada coincidencia entre pi y el calendario. Aunque
la noticia no pasaba de ser una distracción miscelánea para entretenerse un
rato, el dato curioso bien nos puede servir de excusa para volver a poner
nuestra atención en la larga y casi incombustible obsesión por jugar con los
números y extraer de esos juegos conclusiones metafísicas. ¿Reflexiones
metafísicas sobre pi? Un pequeño vistazo a lo que la curiosidad y la
imaginación humana pueden hacer cuando se mezclan los números con la Biblia lo podemos encontrar
en el libro del Génesis, cuestión a la que nos volcaremos en lo que sigue.
Por siglos, o mejor por
milenios, los judíos, o algunos grupos dentro del judaísmo, se entregaron a
especulaciones sobre los significados de los números y de las letras del
alfabeto hebreo. Con el tiempo esas especulaciones y enseñanzas crecieron de
tal manera que formaron una tradición por sí misma dentro del judaísmo,
tradición que se conoce generalmente como cábala. Hoy en día este antiguo
término hebreo ha tenido tal difusión que por lo general resulta muy difícil sino
imposible precisar su significado. Cábala puede significar cosas “positivas”,
como misticismo, magia, espiritualidad, gnosticismo; o bien cosas “negativas”,
como secreto, oscuro, irracionalidad o superstición. Como consigna un autor,
“ningún otro término o concepto judío post bíblico ha sido universalizado de
una manera similar”. En términos estrictamente históricos la palabra cábala
designa una tradición que nació en el judaísmo hacia el siglo XII o XIII – en
plena Edad Media – de corte esotérico o de saberes secretos, compartidos por
los principales maestros judíos y sus discípulos. Aproximadamente desde el
siglo XVI en adelante se incrementó cada vez más el carácter mágico de la cábala
judía.
Como lo adelantábamos, uno de
los aspectos más llamativos de la cábala es el juego con los significados
numéricos de las letras del alfabeto hebreo. La asignación de valores numéricos
a las letras del alfabeto es un proceso que se estima tuvo lugar en los
doscientos años que antecedieron a la era cristiana. Luego, a lo largo de los
siglos, los expertos judíos versados en estas materias se entregaron a calcular
y revisar las distintas sumas y restas si agregamos o sacamos letras y los
resultados que esto tenía en el “valor” de las palabras. Este tipo de
ejercicios es lo que nos lleva directo al encuentro de pi en las enseñanzas de los
cabalistas judíos. Veamos cómo opera.
Como muestra la figura anterior
el nombre divino, Elohim, se compone de cinco letras, las que sumadas nos dan
el valor numérico del mismo, 86 (= 40+10+5+30+1). La gematría, el nombre de
este juego de asignación de valores numéricos a las palabras, era practicada
por distintos pueblos de la antigüedad y los místicos judíos no se quedaban
atrás en esta materia. Pero la creatividad de algunos cabalistas medievales nos
recuerda que estos juegos pueden ser interminables. En algún instante alguien se
preguntó qué pasaría si hacemos abstracción de las decenas y nos quedamos
simplemente con los dígitos de la suma anterior – 4, 1, 5, 3, 1 – y los
reordenamos según una secuencia determinada:
La flecha roja indica la
secuencia arbitraria de lectura y el resultado que ésta nos da es: ¡3.1415! Voilá, nuestro ejercicio numérico
sobre el tetragrama divino da como resultado nada menos que el valor
(abreviado) de la constante pi = 3.1415. Pero esto no es todo. Si hacemos un
esfuerzo y recordamos nuestras clases de la escuela, tenemos que la mejor
aproximación fraccionaria del valor de pi está dado por la expresión 22/7
(es una aproximación, pues 22/7 = 3.1428…). ¿Qué significa todo esto en
términos cabalísticos? Dado que el tetragrama divino – el nombre Elohim –
equivale a la constante pi, esta última representa
a Dios. Si repasamos ahora el texto del Génesis (los cabalistas jugaban con
números y con el texto bíblico):
“En el
principio creó Dios los cielos y la tierra”. Génesis 1:1
“Fueron,
pues, acabados los cielos y la tierra, y todo el ejército de ellos. Y acabó
Dios en el día séptimo la obra que hizo; y reposó el día séptimo de toda la
obra que hizo”. Génesis 2:1-2
Finalmente, entonces, tenemos
que Dios (Elohim, el símbolo pi), creó el universo en siete días. Pero, otra
vez, como 22/7 es una aproximación de pi, tenemos que:
7 * pi = 22
Para los cabalistas todo encaja.
En siete días se despliega la obra creadora de Dios (7 * pi) y el resultado es
la creación, o en este caso 22. Por supuesto, el 22 no es otra cosa que el
resumen de las 22 letras del alfabeto hebreo, pues para los cabalistas las 22
letras representan los elementos fundamentales de la ceración divina.
Huelga decir que este sencillo
ejemplo deja de manifiesto la manera arbitraria, por decir lo menos, que
emplean los cabalistas para desvelar y sostener la existencia de supuestos
significados ocultos, místicos, o en este caso numéricos o numerológicos, que estarían
encerrados en la Palabra
de Dios. Que esta antojadiza manera de proceder todavía encuentre entusiastas
seguidores en nuestros días (varios siglos después del comienzo de la cábala)
es una prueba indudable de la atracción humana por lo esotérico y lo oculto.
lunes, 30 de septiembre de 2013
1913-2013, Cien años de “Tótem y Tabú”
En nuestro artículo anterior reflexionábamos
sobre la próxima conmemoración de los cien años del inicio de la Primera Guerra
Mundial. Pero en vísperas del estallido de la Gran Guerra tuvo lugar otro hito muy significativo, del cual este
año se cumple también su primer centenario; nos referimos a la publicación en
1913 de “Totem und Tabu” (“Tótem y Tabú”), una de las principales
obras del neurólogo y siquiatra austriaco Sigmund Freud, el creador del
sicoanálisis. Las circunstancias que rodearon su composición así como el lugar
que ocupa en el corpus freudiano
hacen de este libro una pieza fundamental para entender a la Europa de la
época, pero por sobre todo a los europeos, a la sociedad vista bajo la lupa psicoanalítica de Freud. Así, por ejemplo, los dos conceptos que Freud usó para
titular su libro, “tótem” y “tabú”, no son palabras cualesquiera tomadas al
azar o producto de un arrebato de inspiración súbita; nada más alejado de la
realidad. Prima facie, el uso de
estos conceptos indica de entrada la postura provocativa de su autor, lo que
queda en evidencia si rastreamos el origen de estas palabras y, lo que es más
importante aún, el uso y significado que adquirieron las mismas en las
discusiones académicas y científicas previas a 1913. Vamos por parte.
Tótem aparece por primera vez en imprenta en
un texto publicado en Londres en 1791 titulado “Voyages and Travels of an Indian Interpreter and Trader” y cuyo
autor era un tal James Long, un comerciante que decía haber tenido mucho
contacto con indígenas de Norteamérica durante sus desplazamientos por esa
región del mundo. El relato de Long podría haber pasado a constituir una pieza
más de la ya por entonces abultada literatura de viajes que fascinaba a los
lectores europeos del siglo XVIII y haber quedado como una entretención para
filólogos, de no ser porque una nueva ciencia, la antropología - o para usar el
lenguaje popular de entonces, etnografía – rescató el vocablo y lo utilizó como
parte de su nuevo arsenal teórico. Este paso lo dio el antropólogo escocés John
Ferguson McLennan (1827-1881), quien publicó en 1869 un artículo titulado “The Worship of Animals and Plants”, en el
que, partiendo de un análisis comparado de relatos similares de otras
latitudes, postuló que existe una tendencia humana universal a reverenciar los
“poderes místicos” de los seres vivos y por tanto que “tótem” (o “totemismo”)
representaba una etapa primitiva, quizás las primeras fases, de la evolución
religiosa de los seres humanos. A partir de aquí se produjo una explosión de
literatura sobre “totemismo” a fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX y
de entre ella destacan en particular, de James G. Frazer “Totemism and Exogamy: A Treatise on Certain Early Forms of Superstition
and Society” (1910) y de Emil Durkheim
“Les Formes élémentaires de la vie
religieuse: Le systeme totemique en Australie” (París, 1912). Por otro lado, el concepto de “tabú” fue introducido en Inglaterra con
la impresión en 1784 de los primeros volúmenes de “A Voyage to the Pacific Ocean…”, la obra de extenso título que
resume las aventuras de exploración del capitán James Cook por las islas de la
polinesia. Fue en el encuentro con los nativos de esas latitudes que Cook y su
tripulación escucharon por primera vez el vocablo “tabú”, con la ambivalente
idea de “consagrado” o “prohibido”, pues al parecer los ingleses nunca
terminaron de comprender si el concepto indicaba “sagrado” o “contaminado”,
aunque, como aclara E. Shortland en “Traditions
and Superstitions of the New Zealanders” (Londres, 1854), etimológicamente
el maorí tapu deriva de ta, “marcar” y pu, “completamente”. En cualquier caso, el vocablo iba a adquirir
vida propia en los siglos XIX y XX. Al menos en la comprensión de los
antropólogos, el concepto quedó fuertemente ligado a restricciones o normas
sobre los alimentos (“food taboo”) y
las relaciones sexuales (por ejemplo, el tabú del incesto) impuestas por la
autoridad social (en el caso original de las tribus polinésicas, al parecer por
decisión del jefe de la tribu).
En
resumen, ¿qué tenemos entonces? Para 1913, los conceptos de “tótem” y “tabú”
estaban fuertemente conectados con los estudios antropológicos (y también
mitológicos) que pretendían describir la religión de los pueblos “primitivos” o
“salvajes”, ya sea como parte de la evolución de la religión desde fases más
básicas hacia otras más elaboradas, ya sea para contrastar esas creencias con
las más “modernas” de la civilización europea en su versión del siglo XIX. Así,
pues, al ligar estos dos conceptos, Freud ya nos está advirtiendo que su obra
está relacionada con esa empresa de la ciencia europea que intenta escribir la
historia y la evolución de lo religioso en el ser humano. Pero las palabras por
sí solas, por poderosas que sean, nos llevan sólo hasta cierto punto del
camino, hasta donde el contexto de la época nos permite llegar; de allí en
adelante tenemos que asirnos de algo más que nos ayude a entender el contexto
personal de Freud.
En
los primeros años del siglo XX Sigmund Freud había delineado lo que él
sostendría en adelante era la piedra angular de su teoría del sicoanálisis: el
complejo de Edipo. En realidad fue en 1910 que Freud bautizó su teoría
fundamental como “complejo de Edipo”, cuando adaptó la palabra “complejo”, un
concepto que tomó prestado del suizo Carl Gustav Jung – por entonces uno de sus
más destacados y brillantes discípulos – y que le sirvió para caracterizar a la
neurosis en la que había trabajado por varios años. Por entonces Freud había
reunido en torno de sí a un significativo número de seguidores, tanto de su
nativa Austria como de Suiza y otros países europeos. De hecho los lectores de
Freud ya habían cruzado el Atlántico y así fue que en septiembre de 1909 Freud,
acompañado por Jung y Ferenczi, visitó la Clark University en Worcester,
Massachusetts, Estados Unidos, introduciendo así el psicoanálisis en
Norteamérica. De modo que para 1910 el joven movimiento sicoanalítico era ya un
fenómeno mundial. Pero, detrás de las apariencias, no todo era color de rosa
para Sigmund Freud. Lenta pero inevitablemente las diferencias de opinión entre
el patriarca y sus discípulos comenzaron a resquebrajar la unidad del
movimiento. Todo indica que fue precisamente la insistencia de Freud sobre la
centralidad absoluta del complejo de Edipo lo que habría gatillado las mayores
discusiones. En el fondo de estas controversias teóricas subyace el papel
dominante del sexo; según Freud el dominio casi absoluto de la libido o el
deseo sexual como fuerza instintiva básica que afecta al inconsciente es una
cuestión que no admite discusión y eso es lo que está detrás del complejo de Edipo.
Pero aquí algunos de sus discípulos comenzaron a disentir y hasta objetaron la
postura de Freud al respecto como demasiado cerrada, casi dogmática. La primera
defección fue la de Adler, sin duda muy impactante; pero la que siguió, la de
Jung en 1912, fue igualmente famosa y por cierto particularmente dolorosa: hasta
entonces, Freud había visto a Jung como
su “heredero”. Pero Jung publicó ese año “Símbolos
y Transformaciones de la Libido”, donde ofrecía una interpretación de la
libido (o “energía síquica”, para usar la terminología de Jung) y del complejo
de Edipo que se alejaba radicalmente de la postura freudiana. Lo que vendría
luego sería un tenso intercambio epistolar, cruzado por acusaciones y
descalificaciones mutuas, la renuncia de Jung a sus cargos en la organización
sicoanalítica internacional y después el silencio, que Freud interrumpiría en
1913 con “Tótem y Tabú”.
Como
sostienen muchos investigadores actuales, hay buenas razones para suponer que “Tótem y Tabú” es una respuesta directa,
acaso incluso un contraataque frontal, dirigido hacia Jung. Habiendo masticado
durante un año su rabia, Freud desata ahora toda su artillería para
contrarrestar a Jung y reafirmar el carácter fundamental del complejo de Edipo.
Dicho en otras palabras, “Tótem y Tabú”
demostrará de manera categórica cuán equivocado está Jung. Hasta entonces el
complejo de Edipo ha sido postulado por Freud para explicar el comportamiento
neurótico; desde ahora, el complejo de Edipo escala hasta alturas cósmicas, se
vuelve nada menos que la explicación sicoanalítica de la historia y la
civilización humana. Freud procede a ubicarnos en un pasado remoto, uno en
donde no hay más humanos que los que constituyen la “horda primigenia”, la
primera colectividad humana; esta tribu está gobernada por un jefe, un
patriarca celoso, que reserva sólo para sí el acceso sexual a las mujeres de la
tribu. Irritados por esta intolerable situación, los hijos se rebelan contra el
patriarca y lo matan, para luego distribuir las mujeres entre ellos. Pero el
remordimiento de sus conciencias por el asesinato del padre gatilla dos
respuestas fundamentales para la historia humana, dos respuestas que, según
Freud, conectan los dos principales tabús (o restricciones totémicas), el
sexual y el alimentario, con el complejo de Edipo. Primero, la imposición del
“tabú del incesto”. Segundo, la invención de Dios y la religión. Como una
fórmula para escapar o sublimar la culpa por el parricidio cometido, los
primeros humanos proyectan en un símbolo, Dios, la imagen del padre asesinado y
reconstituyen el vínculo perdido padre-hijo a través de la invención
Dios-adorador; para expiar su culpa instituyen luego el “sacrificio vicario” de
un animal ofrecido en holocausto: así, la sangre del sacrificio servirá de
propiciación en lugar de la sangre de los verdaderos culpables humanos. Así,
pues, la religión no es otra cosa que un invento primitivo para paliar el miedo
infantil de un hijo hacia su padre (para Freud el primer tótem es un símbolo
paterno), o como lo dirá Freud más tarde, una “neurosis obsesiva colectiva”
subyace a todas las religiones.
Es significativo que entre la acuñación del
término “complejo de Edipo” (1910) hasta la aparición de “Tótem y Tabú” (1913), esto es, durante un lapso de tres años, Freud
no haya publicado nada sobre el complejo de Edipo, lo que refuerza la idea de
que la reformulación del complejo en términos “cósmicos”, como es la
presentación en “Tótem y Tabú”,
pretendía reafirmar la ortodoxia sicoanalítica en contra de la “herejía” de
Jung. De paso, como el lector habrá apreciado, Freud nos regaló una “joyita”
para entender su postura atea y anti religiosa, como queda consignado
claramente en el subtítulo de la obra “Algunos
puntos de acuerdo entre las vidas mentales de salvajes y neuróticos”. Claro
que no sólo los espíritus religiosos pudieron llegar a sentirse agraviados por
esta historia de la “horda primigenia” y el origen de la religión, la moral y
la civilización. La verdad es que la ecuación “salvajes = neuróticos”, o al
menos el intento de igualar las vidas de quienes viven en otros estadios
culturales con las de quienes sufren trastornos síquicos en las sociedades
modernas, iba a producir un duradero y profundo quiebre entre la antropología y
el sicoanálisis a lo largo del siglo XX. Al final del día, valdrá la pena
consignar que la fascinación científica por términos como “tótem” o “tabú”, tan
en boga a comienzos del 1900, hace rato que ya pasó a la historia o ha sido
sujeta a toda una revisión en un sentido muy distinto al propuesto por Freud,
siendo en el caso del totemismo quizás la mayor obra al respecto el famoso
libro “Le Totemism aujourd´hui” (El Totemismo hoy, 1962) de Lévi Strauss.
Otro tanto podríamos afirmar de la historia de la “horda primigenia” que
constituye uno de los argumentos principales de Freud en “Tótem y Tabú”; en “The sense
and non-sense of revolt: The powers and limits of Psychoanalysis” (2000),
Julia Kristeva se refiere a ella como una “fábula
freudiana”, mientras otros investigadores simplemente hablan de un “mito
freudiano” y quizás haya algo de cierto en eso; después de todo, no se puede
negar que el mismo Freud era un gran contador de mitos.
lunes, 19 de noviembre de 2012
Bajo el Signo de Reagan
El último paso que daremos por el mundo del
cine se centra esta vez en un actor que con el tiempo cambió las películas por
la política: Ronald Reagan (1911-2004). Nuestra elección del personaje no es
antojadiza, pues varios nexos notables ligan a Reagan con el universo estoico
de Star Wars (La Guerra de las Galaxias, ver artículo anterior,
octubre 2010). En primer lugar, lo obvio: buena parte de la trilogía inicial se
filmó bajo la presidencia de Reagan. En segundo lugar, lo nominal: Reagan lanzó
en los 80s un programa de defensa antimisiles para contrarrestar la amenaza
nuclear soviética que se conoció popularmente como Star Wars. En tercer lugar, lo sutil: la astrología. Aunque de
seguro no con el mismo compromiso con el que los estoicos (o la mayoría de
ellos) creían en la astrología, definitivamente el 40º presidente de los
Estados Unidos – y el último de la Guerra
Fría - tenía una larga relación con horóscopos y astrólogos.
Se trata de una historia tan sorprendente como increíble.
En astrología las fechas lo son todo y esta
historia porta la marca de una fecha ominosa: 30 de marzo de 1981, un
desconocido John Hinckley intenta asesinar al presidente Reagan. La oportuna
respuesta del servicio secreto de seguro salvó al presidente. Parece que Reagan
nunca perdió su presencia de ánimo, pues cuando una acongojada Primera Dama
llegó al hospital para verle, éste la habría saludado con la célebre frase con
la que Jack Dempsey explicó a su esposa su derrota en el ring: “Cariño, se me
olvidó agacharme”. Pero Nancy Reagan no estaba para bromas. Angustiada ante la
posibilidad de que algún otro desquiciado o un terrorista atacara nuevamente a
su marido, se contactó de inmediato con una vieja conocida de su estancia en
California: Joan Quigley. La astróloga californiana confirmó a la Primera Dama que de
haber estado atenta a su marido, podría haber previsto el atentado. Desde
estonces Nancy Reagan sostuvo entrevistas periódicas con Quigley. Para poner en
perspectiva los hechos debemos recordar que Reagan gobernó dos periodos
(1981-1989), por lo que el atentado de Hinckley tuvo lugar casi al comienzo de
su mandato. Lo anterior significa que durante gran parte de la administración Reagan,
su esposa Nancy mantuvo como una de sus consejeras más íntimas y confiables a
Quigley. Pero, ¿qué impacto tuvo esto en los norteamericanos? ¿Aprobaban los
electores que entre los consejeros de la presidencia figurara una practicante
de la astrología? La verdad es que el asunto era desconocido para la población,
la que sólo se enteró de todo esto tras la salida de Donald Regan de la Casa Blanca. Regan había
asumido en 1985 como uno de los principales consejeros políticos del
presidente, pero debió renunciar en 1987 en la estela dejada por el escándalo
Irán-Contras. Empero, las malas lenguas aseguraban que la Primera Dama , con quien Regan
tuvo una pésima relación, fue clave en su salida. Algo de cierto habría en el
chisme, pues lo primero que hizo Regan tras salir del gabinete fue escribir un
libro (“For the Record: From Wall Street
to Washington”, 1988) donde desclasificó “el secreto mejor guardado” de la
Casa Blanca :
“Virtualmente
cada movida o decisión mayor que los Reagan hicieron durante mi periodo como Jefe de
Asesores de la Casa Blanca
era visado previamente con una mujer de San Francisco que consultaba los
horóscopos para asegurarse que los planetas estuvieran en una alineación
favorable para la empresa”.
De creer al ex asesor, la Primera Dama
consultaba a la astróloga para arreglar la agenda de la
Casa Blanca , organizar viajes y
conferencias oficiales, incluso un asunto tan delicado como el bombardeo de
Trípoli (Libia) habría sido coordinado con la correcta alineación estelar. El
libro desató primero la incredulidad y luego el escándalo. ¿El presidente de
los Estados Unidos y su esposa consultaban regularmente a una adivina? Nadie
daba crédito a los titulares sensacionalistas que reprodujeron luego la noticia
en todos los medios. Ni los más crédulos habrían imaginado la larga relación
que para entonces mantenía la pareja gobernante con las estrellas (no las del
cine, sino las celestiales).
De entre lo mucho que se publicó en prensa
por aquellos años relativo al affaire
Quigley, un artículo de People del
23 de mayo de 1988 (“The President´s
Astrologers. The Reagans Have Been Sneaking Peeks at the
Stars for a Long, Long Time”) nos ayudará a refrescar los nexos entre la adivina y los Reagan. De entrada, la investigación periodística nos aclara que el mundillo de
las estrellas de Hollywood hacía mucho rato que flirteaba con la adivinación
astrológica. Conviene recordar que tanto Ronald Reagan como Nancy Davis eran
actores desde los años 40s; de hecho, ambos se conocieron cuando Reagan era
presidente del sindicato de actores y Nancy acudió a hacerle algunas consultas.
Reagan – separado de Jane Wyman en 1948 – contrajo matrimonio con Davis en
1952. Como actores, no eran ajenos a lo que ocurría en ese medio desde los años
30s, cuando la astrología se había vuelto fashion
entre las estrellas de California, sobre todo de la mano del astrólogo de las
celebridades, Carroll Righter. Ideólogo de las “fiestas zodiacales” que
entretenían a las estrellas del cine y servían como vehículo promocional de sus
“habilidades”, el círculo de Righter sería la envidia de muchos: Marlene
Dietrich, Cary Grant, Grace Kelly (más tarde princesa de Mónaco), Charlie
Chaplin, Tyrone Power, Rhonda Fleming, Lana Turner (“Doctor Zhivago”), Susan
Hayward, William Holden … Righter se codeaba con lo más granado de los famosos
del cine, señal de que sus servicios y consejos eran bien apreciados. Sobre
dichos consejos hay detalles sabrosos, aunque para oídos más vulgares pueden
parecer rayanos en lo ridículo: la obsesión de Righter con el tiempo era muy
estricta, como cuando sugirió a Susan Hayward que firmara un contrato a las 2:47
AM, o a un triunfador gobernador Reagan para que inaugurara su mandato a
medianoche. Claro, para un astrólogo tan importante como la fecha lo es la
hora, hay que estar atento al momento exacto cuando los astros son propicios,
de lo contrario todo puede irse al carajo. Mientras todo esto pasaba en la
privacidad, la vida pública de Reagan llegó a su apogeo con los dos mandatos
como gobernador de California (1967-1975), sus primeros éxitos políticos con el
partido Republicano. Según testigos de la época, Nancy Reagan siguió siendo por
esos años una asidua aunque discreta visitante de la mansión de Carroll
Righter; la ascendente carrera política de Reagan hizo más urgente la guía
espiritual y astrológica de Righter.
Para
los años setenta el gobernador Reagan ya sonaba como candidato presidencial
entre los republicanos. Sin embargo, las cartas de Righter no eran muy
favorables, cuestión que al parecer irritó a Nancy; lo cierto es que por esos
años la esposa del gobernador halló una nueva consejera en materias astrales:
Joan Quigley, a quien conoció en un programa de TV. Sería Quigley quien
confirmó a una ansiosa Nancy Reagan que 1980 era el año: los cielos anunciaban
la derrota de Carter y la victoria de su marido. Lo demás ya es historia. Tras
finalizar la era Reagan, Quigley publicó su propio descargo, “What Does Joan Say?: My Seven Years as White
House Astrologer to Nancy and Ronald Reagan” (1990), donde comentó: “Ni desde los días de los emperadores romanos
– ni jamás en la historia de la
Presidencia de los Estados Unidos – un astrólogo había jugado
un papel tan significativo en los asuntos de Estado de una nación”. Una
afirmación rimbombante; discutible quizás para Estados Unidos (o al menos para
quienes creen que ya Teo Roosevelt seguía los horóscopos), pero insostenible para
el resto del mundo, pues astrólogos y gobernantes conforman una dupla conocida
desde los días de Babilonia.
¿Qué
importancia puede tener para nosotros el entuerto astrológico de los Reagan?
¿No sabemos acaso que la astrología es pura superstición? En su momento el affaire Quigley tuvo pequeños costos
políticos para el presidente, opacado entonces por otros asuntos más
apremiantes. Claro que Reagan no se libró de las burlas de los demócratas y de
cierto sector del mundo académico de su país; después de todo el mandatario
republicano representaba al sector más conservador de la sociedad y buena parte
de su base electoral eran evangélicos practicantes, para quienes de seguro la
noticia de que su presidente consultaba el horóscopo del periódico mientras la Primera Dama se asesoraba con
una adivina debió resultar particularmente chocante. Con todo, Reagan salió de la Casa Blanca como uno
de los presidentes más populares de los últimos tiempos, mucho más popular por
cierto que cuando llegó allí. El tiempo, ese bálsamo natural que se encarga de
pulirlo todo, suavizaría los aspectos más indecorosos de la herencia de Reagan
- horóscopos incluidos – de modo que el mandatario encarna hoy la quintaesencia
del espíritu republicano, del presidente con valores cristianos tradicionales. Para
nosotros queda la reflexión del episodio más freak de la era Reagan, en los inicios del despertar conservador
estadounidense de las últimas décadas. Habrá que reconocer que la astrología es
una superstición dura de matar, acaso una de las artes adivinatorias más
exitosas a lo largo de la historia. Dos mil años de cristianismo y siglos de
desarrollo científico no han sido suficientes para desarraigar en la población la
creencia en el “mensaje astral” de la pseudo ciencia astrológica, incluso en
los más altos niveles sociales, como nos lo recuerda “el secreto mejor guardado
de la Casa Blanca”.
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