En el último artículo dejamos a
los hippies tratando de hacer realidad su sueño de libertad total en California
en plena década de los 60s. Pero a medida que pasaba el tiempo y más jóvenes se
congregaban en San Francisco se hizo evidente el carácter utópico, y por lo
mismo inviable, del movimiento hippie. El resultado fue que hacia el final de
esa década, para el año 1970, el hipismo terminó por fracturarse en grupos que
marcharon en distintas direcciones. Algunos, desilusionados, tuvieron que
volver al mundo tradicional del estudio o el trabajo. Otros se sumaron a la
nueva corriente del New Age y sus derivadas ocultistas. Aún otros, en un número
nada despreciable, fueron atraídos por la oferta de Iglesias y misiones
evangélicas, tanto en San Francisco como en el resto del país; este grupo se popularizó
en la prensa de la época como los "Jesus people" o "Jesus
freak".
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domingo, 3 de diciembre de 2017
martes, 20 de septiembre de 2016
El Volcán del Anticristo: Del Tambora al Quiliasmo
En nuestro artículo anterior
repasamos los extraordinarios eventos de 1816, cuando las consecuencias de la
explosión del volcán Tambora en Indonesia un año antes, terminó por generar un
invierno extendido que en Europa cubrió el período 1816-1818, tres años en los
que poco se vio el sol y se sufrió en cambio un terrible invierno, con mucho
frío, nieve y lluvia. Aunque en los libros de historia por lo general el acento
está puesto en la situación política y militar derivada de la derrota de
Napoleón en Waterloo, la ciencia del clima y sus consecuencias globales en todo
el planeta nos obligan ahora a repensar que tanto o más gravitante que las
guerras napoleónicas para la historia del siglo XIX fue la erupción del
Tambora. Como ya observamos brevemente los aspectos climáticos, económicos y
políticos afectados por el Tambora, valdrá la pena ahora centrarnos en la
derivada quizás más desconocida de estos lejanos acontecimientos, la religiosa.
Como ha quedado claro a estas
alturas, la erupción del Tambora en 1815 gatilló una serie de fenómenos que
culminaron en crisis humanitarias en Asia, África y Europa. Pero en este último
continente la situación se tornó incluso peor, pues los europeos apenas llevaban
un año de paz tras Waterloo y necesitaban tiempo para recuperarse de los
horrores de la guerra. La llegada de los efectos del Tambora en 1816 impidió
ese respiro y el resultado fue predecible: la ruina de las cosechas y las
deterioradas condiciones en el campo provocaron una escasez general de
alimentos y una terrible hambruna que recorrió a toda Europa. Normalmente el
hambre y la muerte van de la mano y los relatos de los cronistas de la época
son un recordatorio de ello. Cientos, miles de personas,
empobrecidas y hambrientas, se vieron empujadas a vagar por los pueblos y
campos de Europa en busca de comida y abrigo. En esa atmósfera apocalíptica, el
espectro de la muerte podía adoptar formas fantásticas, inspirando, por
ejemplo, el origen de "Frankenstein", la famosa novela de Mary
Shelley, o así al menos lo creen varios investigadores actuales, habida cuenta
que Shelley comenzó a redactar su libro cuando "veraneaba" en 1816 en
los Alpes suizos, una de las zonas más duramente afectadas por el riguroso clima
del “año sin verano”.
Pero el apocalíptico juego de
vida y muerte no sólo inspiraría la monstruosidad novelesca de Frankenstein, atizaría
también las expectativas escatológicas de quienes veían en los
acontecimientos de 1815-1816 un cumplimiento de profecías bíblicas. Desde su
aparición en el firmamento europeo, el meteórico ascenso de la estrella
de Napoleón y el mito de su invencibilidad convencieron a muchas personas que
el emperador francés no era otro que el Anticristo escatológico. ¿Quién más
podía pasearse por el mundo sembrando la guerra y derrotando a todos sus
adversarios sino uno que tuviera poderes demoníacos? Así lo pensaron los
clérigos católicos españoles en 1808 y también varios líderes protestantes en
Alemania e Inglaterra, para quienes la guerra y la revolución francesa
asociados a Napoleón eran pruebas irrefutables de su naturaleza infernal. Luego
vino lo increíble: Waterloo y la estrella de Napoleón caída a tierra, derrotada
al fin. Si a la derrota del Anticristo en 1815 sumamos la catástrofe
humanitaria y ambiental de 1816, uno puede comprender que muchos contemporáneos
se convencieran que el fin del mundo estaba ad
portas. Una de las versiones más antiguas de la escatología
cristiana es el quiliasmo, también conocido como premilenialismo, y que deriva
su nombre del conocido texto sobre el milenio de Apocalipsis 20:1 ("quilioi" en griego). Así, la visión
quiliasta o premilenialista sostiene que antes del fin del mundo habrá un
reinado literal de mil años de Cristo en el mundo. A su vez, previo a ese
periodo ("el milenio") habrá una serie de eventos cósmicos, como la
aparición y caída del Anticristo y alteraciones en la naturaleza. Aunque los
premilenialistas difieren en cuanto a la secuencia precisa de eventos, al menos
para varios de ellos en 1816 los datos cuadraban con sus expectativas
escatológicas: la caída de Napoleón y el trastorno climático de 1816-1818 eran
indicaciones claras del fin de los tiempos.
Un episodio dramático de esa
expectativa quiliasta la protagonizó por entonces la baronesa Barbara Juliane
von Krüdener (1764-1824, foto superior). De origen ruso-alemán y conectada por
vía familiar con la alta aristocracia rusa (el zar Pablo I fue padrino de su
hijo mayor), la baronesa tuvo una agitada vida sentimental que experimentó un
vuelco cuando entró en contacto con el despertar religioso que se esparcía en
el protestantismo suizo. Fue allí donde la baronesa abrazó la causa quiliasta,
la que unida a su misticismo y convicción, le llevaron a exponer su visión nada
menos que ante el zar Alejandro I, influyendo supuestamente en la creación de
la Santa Alianza en 1815. Pero la baronesa se sintió profundamente conmovida
por la catástrofe humana gatillada por la alteración climática, al punto de
reunir una multitud de desplazados a los que guió por diversos cantones y
ciudades suizas en busca de refugio y comida. Las autoridades suizas, temerosas
de que esta masa devorara la poca comida disponible, no tardaron en dispersar a
sus hambrientos seguidores, mientras la baronesa fue expulsada de vuelta a
Rusia. "La caridad comienza por casa", parecen haber pensado los
suizos, poniendo abrupto fin a la labor humanitaria de Krüdener. ¿Un lejano
antecedente de la reacción europea a la crisis migratoria de hoy?
Las increíbles consecuencias del
cambio climático y los trastornos ocasionados por el Tambora, a doscientos años
de ocurridos los hechos, no dejan de asombrar, incluso en el plano religioso.
Para profundizar sobre el lector puede consultar “The Life and Letters of Madame de Krudener” (1893) de Clement Ford;
“Tambora: The Eruption that Changed the
World” (2015) de Gillen D`Arcy Wood y “The
Little Ice Age: How Climate Made History 1300-1850” (2001) de Brian Fagan.
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domingo, 28 de agosto de 2016
El Año sin Verano
1816. Ya se cumplen doscientos años
y aunque ignorado por la mayoría de la población mundial – preocupada hoy por
los resultados de los Juegos en Río 2016 – se trata de una fecha de enorme
significación en la actualidad. Desde hace dos siglos es recordado como “el año
sin verano” y tanto en Europa como en el resto del mundo estuvo marcado por una
serie de eventos dignos de una superproducción de acción, intriga y suspenso:
política, guerras, catástrofes naturales y mucho misticismo religioso.
1815. La historia comienza un año
antes, cuando Europa vive los estertores de la era napoleónica. En pleno
verano, el 18 de junio de ese año, Napoleón era derrotado por última vez en
Waterloo por una coalición de tropas inglesas y alemanas. Después de casi dos décadas
de guerras intermitentes, Europa alcanzaba por fin la paz. Pero era una paz
dolorosa. Además de las víctimas civiles y militares, el continente estaba en
ruinas, muchas ciudades y campos arrasados y con una situación económica y
humanitaria delicada. El espectro del hambre y las enfermedades se balanceaba
sobre un débil equilibrio, pronto a quebrarse ante la menor amenaza… y eso fue
exactamente lo que sucedió. Mientras Napoleón y sus adversarios disparaban sus últimos
cartuchos, al otro lado del mundo otra explosión mucho mayor literalmente sacudía
la tierra: el 10 de abril de 1815 el monte Tambora (Indonesia, foto superior) entraba en
erupción. Se trata de la mayor erupción volcánica de la que se tenga registro histórico
(más grande aún que la del Krakatoa), una erupción que se convirtió en un
verdadero cataclismo mundial: miles murieron producto de la explosión y los
tsunamis inmediatos, pero muchos más morirían en los años siguientes. Repasemos
a continuación brevemente los alcances de esta catástrofe.
En primer lugar el volumen de materiales
y gases que el volcán arrojo a la atmósfera – que los expertos calculan en 160
km3 - alteró el curso tradicional del monzón que riega anualmente a la India,
con el consiguiente trastorno de la sucesión de estaciones seca y lluviosa en
el periodo 1816-1817. ¿El resultado? El equilibrio microbiano en la bahía de
Bengala se fue al traste y gatilló una virulenta epidemia de cólera que pronto
se esparció por toda India para convertirse en la primera pandemia de cólera, que
entre 1817 y 1824 alcanzó China y Japón por el este y el Mediterráneo y África por
el oeste, matando a millones de personas. En segundo lugar la misma alteración
climática arruinó las cosechas de arroz en la austral provincia china de Yunan,
obligando a los hambrientos y empobrecidos campesinos a cambiarse al más lucrativo
negocio del opio, dando origen al famoso “triangulo dorado” de una industria
que iba a tener nefastas consecuencias en la historia china durante el siglo
XIX. Un tercer efecto, tan inesperado como los anteriores, fue el inicio de la
primera depresión económica en la historia de los Estados Unidos, el famoso “pánico
de 1819”, cuando las variaciones climáticas a ambos lados del Atlántico
hundieron las cosechas, los precios y las inversiones agrícolas
norteamericanas.
Crédito imagen
http://www.earthscope.org/science/geo-events/mt.-tambora-indonesia-april-10-1815
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domingo, 31 de julio de 2016
¿El Mejor amigo de Moisés? Perros en el Antiguo Israel
¿El mejor amigo del hombre? El perro, obvio,
¿quién más? El concepto está tan arraigado que quizás ya olvidamos hace mucho
cuándo fue la primera vez que lo oímos. Hoy es una de esas verdades que se
asumen como normal, algo dado. Pero la larga historia de las relaciones entre
perros y humanos no siempre ha sido lo que parece. Tomemos como ejemplo el registro bíblico y
nos encontraremos con lo que apunta hacia una compleja convivencia entre ambas
especies.
Según los expertos el perro fue domesticado
hace unos 11.000 años atrás aproximadamente, la primera especie domesticada en
la prehistoria, resultado de la confluencia de dos especies de cazadores, el
hombre y el lobo. En la región del antiguo medio oriente en particular el perro
gozó de una amplia aceptación, a juzgar por el registro arqueológico. La
literatura y el arte de Egipto, Siria, Mesopotamia, Asiria, Anatolia y Grecia
dejan en claro que este animal fue muy valorado, seguramente a propósito de las
múltiples funciones que desempeñaba y que facilitaban la vida de sus amos:
colaboración en la cacería, cuidado del rebaño, protección del hogar, incluso
como arma de guerra (algunos ejércitos de la antigüedad desplegaban unidades de
soldados acompañadas por perros de gran tamaño, posiblemente del tipo molosos).
Más notable aún, tal parece que egipcios, griegos, romanos y persas comenzaron
a tener perros simplemente como mascotas, es decir, por el puro placer de la
compañía. La mejor evidencia de esto último la proporcionan los varios cementerios
caninos hallados en lugares tan diversos como Chipre, Grecia, Egipto (donde
podían ser embalsamados) y Palestina (en los años 1980s se descubrió en Ascalón
el más grande cementerio de perros de la antigüedad, con miles de ejemplares).
¿Y cuál era la situación en Israel? En 1960 D.
Winton Thomas publicó un artículo que creó tendencia: “Kelebh Dog: Its Origin and some Uses of it in the Old Testament”. A
partir del registro bíblico Thomas planteaba la teoría de que los antiguos
israelitas tenían una valoración negativa de los perros, un animal despreciable
para la cultura hebrea. Desde entonces esta opinión se ha vuelto generalizada entre
los expertos. Al revisar la evidencia, es difícil no pensar que algún papel pudo
jugar la ley de Moisés en la valoración que puedan haber tenido los antiguos
hebreos acerca de los perros. Revisemos brevemente algún par de puntos
destacados.
- El problema de la carroña. La
ley mosaica definía el contacto con restos mortales de humanos y animales
como una fuente de contaminación o impureza (ritual), razón por la cual
los israelitas evitaban el contacto con cadáveres u osamentas. Dado que
los perros pueden comportarse como carroñeros y alimentarse de cadáveres,
la posibilidad de que el contacto con perros los expusiera a una eventual
contaminación debe haber sido muy molesto para un observante judío. De
hecho, el que un cuerpo fuera devorado por perros era una imagen potente,
por lo común interpretada como emblema de juicio divino (así lo casos de
Acab y Jezabel, 1 Reyes 14:11; 16:4; 21:24; 2 Reyes 9:10, 36).
- El problema de consumir sangre.
De acuerdo a la Tora, estaba expresamente prohibido para los judíos el
consumo de sangre puesto que “la vida de la carne en la sangre está”
(Levítico 7:26-27; 17:11, 14; Deuteronomio 12:23-25). Se trata de una
instrucción que en todo caso antecedía a la ley de Moisés, pues ya
encontramos su enunciado en el pacto de Dios con Noé, que se supone era
extensivo a todos los seres humanos, hebreos o no (Génesis 9: 3-5). Como
fuere, lo cierto es que el espectáculo de los perros lamiendo sangre
humana o animal, una acción tabú para cualquier judío, podría otra vez
haber ayudado a bajar la estima de estos animales en la comunidad hebrea.
Aparte de estas aparentes dificultades planteadas
por la ley, muchos leen en los mismos relatos de los personajes bíblicos la
expresión cultural del desprecio por los perros (Deuteronomio 23:18; 1 Samuel
24:14; 2 Samuel 3:8; 16:9; Salmo 22:20). No obstante, estas expresiones deben
ser tomadas con cautela, pues las palabras de Goliat podrían llevarnos a pensar
que los filisteos también despreciaban a los perros (1 Samuel 17:43) y sin
embargo ya hemos visto que acaso el mayor cementerio canino del mundo antiguo
está nada menos que en una ciudad filistea. Por otro lado, las palabras de Job
(Job 30:1) nos recuerdan que la ayuda de los perros en el cuidado de los
rebaños también era valorada. En fin, es verdad que en su conjunto las
menciones que hayamos en la Biblia casi siempre asocian a los perros con un
escenario negativo, pero es posible que esta fuera una consecuencia particular de
las normas religiosas definidas por las leyes de Moisés y que pudieran haber
llevado a una valoración negativa de ciertos comportamientos de los animales.
Es de esperar que futuras investigaciones arqueológicas aporten nuevos
antecedentes para ayudarnos a aclarar la verdadera posición de estos
fantásticos animales en el antiguo Israel y saber así si el perro fue también
el mejor amigo de Moisés.
Crédito imagen:
http://desertlocalnews.com/best-dogs-desert/
viernes, 27 de febrero de 2015
Lechugas Eróticas
Después de reflexionar sobre
higos y manzanas (diciembre 2014) y sobre las habas de Pitágoras (enero 2015)
en esta ocasión volvemos nuestra atención hacia otro vegetal comestible que es
parte significativa en la dieta humana, particularmente en las ensaladas: la
lechuga.
Hace miles de años, en el
antiguo Egipto, aparecen las primeras escenas que conectan lechugas y erotismo.
Por un lado hallamos el mito de las luchas de Set y Horus, los dioses que se
enfrentan sobre la herencia del fallecido Osiris. En una de las sórdidas
escenas de las luchas Set-Horus, Set intenta infructuosamente penetrar a Horus,
sin conseguirlo, pero a la vez, sin darse cuenta, Horus coge en su mano el
semen de Set y más tarde lo lleva a su madre, Isis. Cuando Isis ve el semen de
Set, corta la mano de Horus que lo sostiene y se desprende de ella. Isis hace
una nueva mano para Horus y luego masturba a su hijo para recoger el semen de
Horus. Posteriormente Isis lleva el semen de Horus y lo arroja sobre las hojas
de las lechugas que están en el jardín del malvado Set. Más tarde Set va a su
jardín, recoge esas mismas lechugas y se las come, ignorando que están regadas
con el semen de Horus. La astuta jugada de Isis ha hecho que ahora Set esté
“embarazado” de Horus y dé a luz el disco solar que sale de la frente de Set.
En definitiva, al introducir su semen en el cuerpo de Set gracias a las
lechugas, Horus gana y derrota a su enemigo.
Pero además de la escabrosa
historia de encuentros sexuales de Set y Horus, la lechuga aparece en murales
pintados en tumbas egipcias en un periodo tan temprano como la VI dinastía y
también más tarde de la XII dinastía. Los egipcios cultivaban la lechuga para
extraer aceite de su semilla, un commodity
muy apetecido en su tiempo. La forma de la lechuga larga (lactuca sativa) experimentó un proceso de estilización en las
representaciones pictóricas, al punto que se hace difícil reconocerla en un
periodo posterior como la XVIII dinastía. Pero lo particular de todas estas
cambiantes imágenes de la lechuga es que casi siempre aparece como un emblema
especial del dios Min, una deidad muy popular desde el Reino Antiguo hasta los
tiempos helenísticos. En el Egipto faraónico había muchos templos consagrados a
Min, quien era considerado el dios del desierto, de la luz, de las tormentas de
arena pero por sobre todo el dios de la fertilidad (agrícola) y la procreación
(humana). Esto último explica que en todas las escenas en que aparece Min
siempre se lo ve con su pene en erección, y detrás de él las famosas lechugas,
a veces llevadas en procesión por los sacerdotes y por adoradores que las
llevan como ofrenda al dios. La pregunta obviamente es ¿por qué las lechugas
podrían ser símbolo o emblema del dios de la fertilidad? Aunque las lechugas
estilizadas de las representaciones más tardías aparecen como lechugas
“erectas”, los investigadores creen que no es necesariamente alguna vaga
conexión de la forma de la lechuga con el pene lo que explicaría esa
asociación, sino más bien el jugo de la lechuga que a los antiguos egipcios les
abría sugerido el semen o fluido masculino. A su vez esto está conectado con el
carácter de afrodisiaco que los egipcios – y otros pueblos del antiguo medio
oriente – le asignaban a las lechugas; así, por ejemplo, era una creencia
popular que se podían tener muchos hijos si se comían muchas lechugas. Casi dos
mil años después de las primeras imágenes de las lechugas en las tumbas
egipcias, el emperador Augusto aparece en un templo ofreciendo lechugas al dios
Min.
Vale la pena notar que para los
griegos la lechuga tenía el significado exactamente contrario que para los
egipcios, era considerada un anti afrodisiaco. Mientras los egipcios veían a
las lechugas como estimuladoras de la pasión sexual, los griegos las consideraban
“mata pasiones”. ¿Cómo es posible que un mismo vegetal tuviera dos significados
tan distintos? Notar que el término latino, lactuca,
evoca la asociación que hacían los antiguos entre el jugo de la lechuga y un
líquido espeso, que los romanos verbalizaban como un fluido lechoso. De manera
muy similar, los egipcios también veían el jugo o aceite de la lechuga como un
fluido lechoso y de ahí el símil con el semen masculino. Por el contrario, los
griegos veían ese mismo fluido como similar al látex del opio que es soporífero
e induce el sueño, apagando así el ardor sexual. De ahí que un mismo vegetal,
la lechuga, haya sido vista de maneras diferentes, incluso antagónicas,
respecto de su papel en la vida sexual de los humanos. A juzgar por la foto principal (imagen de una manifestación en Asia) la connotación sexual de las lechugas se ha filtrado hasta nuestros días.
jueves, 20 de marzo de 2014
Un Imperio de Plomo: Minería romana y contaminación ambiental
En nuestro artículo anterior repasamos la
historia de Wadi Fainan, región situada al sur del Mar Muerto y uno de los
mayores centros mineros del mundo antiguo. La investigación científica en Wadi
Fainan ha desvelado la alta contaminación de la región como resultado de miles
de años de una explotación minera intensiva, cuyo principal producto era el
cobre, pero que también suministraba ingentes cantidades de subproductos como
el plomo, un metal pesado de altísima toxicidad. Vimos también que el periodo
de mayor producción coincidió en gran medida con la extensión del gobierno
romano en esa región del mundo, cuestión que para nada es casualidad: los
romanos construyeron una de las mayores industrias mineras de la antigüedad y
de paso se convirtieron también en la sociedad más contaminante antes de la
revolución industrial (en la foto principal exploradores en las minas romanas de Dacia, actual Rumania).
Los pueblos del antiguo Medio Oriente habían
comenzado la explotación de metales (como cobre y estaño) varios miles de años
antes de Cristo, experiencia común a toda la cuenca del mediterráneo. Aunque
solemos pasarlo por alto, la verdad es que el ascenso de Atenas en el siglo V
AC y la construcción de un imperio ateniense descansaba en gran medida en la
explotación de las mimas del Laurión, muy próximas a la ciudad. Como medio de acuñación
de monedas (de oro, plata cobre, estaño, bronce), como recurso para forjar
armas (bronce y hierro) así como fuente de riqueza (oro y plata), la minería
jugaba un papel central en el juego político y militar de la antigüedad. No
puede sorprender entonces que desde sus inicios Roma haya entrado en el mismo
juego. Ya los primeros enfrentamientos entre Roma y Cartago dieron prueba de la
importancia del factor minero. Como es sabido, en la Segunda Guerra Púnica
Aníbal levantó un formidable ejército en España - elefantes incluidos - con el
que cruzó los Alpes y debutó en Italia infligiendo colosales derrotas a las
legiones romanas. Lo que es menos conocido es que Aníbal pudo solventar ese
ejército dado que los cartagineses tenían acceso al oro y la plata de las minas
españolas, ya sea porque las mismas eran parte de los territorios ibéricos que conformaban
su imperio ultramarino o bien porque estaban en manos de tribus y jefes locales
que eran aliados de los cartagineses. Cuando más tarde los romanos se apoderaron
de esos territorios españoles y de sus minas comenzaron a cimentar su victoria sobre Cartago. La
riqueza minera de los yacimientos de la península ibérica llevó a que los
romanos ampliaran las explotaciones existentes y abrieran otras nuevas, convirtiendo
a España en el crisol de su industria minera. Desde entonces, dondequiera que
las legiones impusieran la autoridad de Roma la búsqueda de minas y metales que
explotar se convirtió en una prioridad, lo que explica la intensificación de la
producción en Wadi Fainan.
Sin embargo, como lo sabemos muy bien, la
minería es una actividad altamente contaminante y si eso sigue siendo así
incluso hoy en día, con toda la tecnología disponible, podemos imaginar lo que
debió ser en la antigüedad. Un ejemplo muy relacionado con los romanos nos
puede dar una idea al respecto. En la antigüedad se conocían siete metales:
estaño, plomo, zinc, plata, oro, cobre y hierro, ordenados por su punto de
fusión (de menor a mayor). El estaño era el más fácil de fundir (232ºC), el
hierro el más difícil (1535ºC). El plomo tiene un bajo punto de fusión (328ºC)
por lo que debe haber estado entre los primeros metales usados por el hombre y hay
evidencia de su explotación desde antes del 4.000 AC, explotación que durante
la civilización grecorromana escaló su consumo a un máximo. Los romanos en
particular hallaron muchos usos para el plomo. En latín plumbum significa plomo y no es casualidad que nuestro español
“plomería” y el inglés “plumbing” (cañerías) deriven de plumbum, pues precisamente los romanos hicieron un uso intensivo
del plomo en la construcción de cañerías y en los acueductos que transportaban
el agua a sus ciudades: el uso del plomo en la construcción de cañerías y
ductos para el agua fue la aplicación más importante del plomo en las ciudades
romanas. Pero no sólo la industria de los ductos de agua usaba plomo, también
se empleaba mucho en la construcción en general y en la construcción de barcos
en particular. Los romanos también recurrieron al plomo para usos más domésticos,
como para preparar las pinturas con las
que decoraban sus casas, las tinturas con las que teñían sus ropas e incluso el
peltre (una aleación de plomo y estaño) con la que fabricaban varios utensilios
de uso casero. Las mujeres romanas usaban productos estéticos hechos en base a
plomo (pinturas para los labios y polvos faciales) y como si esto no fuera
poco, copas, ollas y otros implementos de la vajilla romana usados para comer y
beber eran hechos con materiales en base a aleaciones de plomo. El plomo tiene
propiedades bactericidas y ello explica que los romanos lo hayan usado asimismo
para preservar sus alimentos, como espermicida (especie de anti conceptivo) y
también para tratar algunas enfermedades cutáneas; incluso el vino romano (al
igual que el griego) se almacenaba en toneles hechos con plomo al cual se
agregaba pequeñas cantidades de compuestos de plomo para prevenir su
fermentación; algo parecido sucedía con el almacenamiento del aceite. Dado que
los romanos no conocían el azúcar se usaba acetato de plomo (que tiene un sabor
dulce) para dulcificar. Incluso en la hora de la muerte un hermoso ataúd hecho
con plomo podía esperar a un ilustre ciudadano romano (¿víctima del mismo
plomo?) Quizás este cotidiano y variopinto uso del plomo nos ayude a entender
por qué era llamado también “el metal romano”: en un sentido muy literal, el
imperio romano era un imperio de plomo.
Ahora bien, el plomo y sus compuestos son
altamente venenosos. La volatilidad y la pulverización de estos productos hace
muy fácil la contaminación del agua, el aire y el suelo. Si recordamos que por
lo general junto a las minas estaban las fundiciones para procesar los
minerales, los vapores que allí se producían y los vertidos sobre las aguas
deben haber sido fuente de una altísima contaminación ambiental. Ya en una
remota antigüedad los egipcios y después los griegos (Hipócrates) habían notado
los nocivos efectos del plomo sobre la salud humana y los romanos no
desconocían esa realidad: pérdida de apetito y peso, palidez, cólicos, fatiga,
irritabilidad y espasmos nerviosos; no por nada la mayor parte de los
trabajadores en las minas eran esclavos y una condena “a las minas” era
sinónimo de una sentencia de muerte. Dependiendo de la cantidad y el tiempo de
exposición al envenenamiento con plomo el efecto sobre el cuerpo puede ser
diverso, pero normalmente el daño afecta tres funciones corporales básicas: la
formación de sangre, el trabajo del sistema nervioso y los riñones, aparte del
hecho de que el plomo se deposita de manera permanente en los tejidos y en los huesos,
haciendo que el envenenamiento se prolongue de por vida.
Pero, ¿cuánto plomo usaron los romanos? ¿Son
cantidades significativas como para producir estragos? Para dimensionar el
problema podemos observar las investigaciones científicas que se han llevado a
cabo desde los años 1950s hasta el presente en los hielos de Groenlandia. En
esa región se han estudiado muestras extraídas de hasta 3 km de profundidad,
sobre las cuales se puede medir la composición del hielo acumulado desde hace
unos 7.800 años. Los resultados indican que hasta aproximadamente el año 1000
AC la presencia de plomo en el hielo de Groenlandia se mantuvo baja y se
explicaba fundamentalmente por causas naturales. Pero en el primer milenio
antes de Cristo el plomo comenzó a depositarse en cantidades cada vez mayores,
hasta alcanzar un máximo en el periodo entre el 500 AC y 300 DC, es decir, en
el periodo grecorromano y sobre todo en el Imperio Romano. La presencia de
plomo en las capas de hielo correspondiente a este último periodo es casi
cuatro veces mayor al de la etapa previa, cuando el plomo respondía a causas
naturales. Las estimaciones actuales indican que en la época dorada del imperio
los romanos procesaron hasta 80.000 toneladas anuales de plomo, con cerca de un
5% de ese total liberado a la atmósfera (unas 4.000 toneladas/año). Todo indica
que la circulación de las corrientes de aire atrapó esas emanaciones aéreas de
partículas de plomo que alcanzaron la tropósfera y terminó por depositarla en Groenlandia
e incluso en el Ártico. Más aún, la investigación de los isótopos de plomo ha
llevado a la conclusión de que en el periodo entre el 150 AC y 50 DC el 70% del
plomo depositado en Groenlandia provino de las minas de Río Tinto, en Andalucía
(sureste de España), el corazón minero de Roma. Según los expertos, ¡se trata
de la primera contaminación aérea de escala hemisférica detectada antes de la
Revolución Industrial (que tuvo lugar más de 1.500 años después)! Durante los dos primeros siglos de la era cristiana
la producción romana de plomo pudo haber sido de unos 4 kg per cápita, una
cifra que representa casi 2/3 del consumo de plomo en los Estados Unidos en los
años setenta. Tras la caída del Imperio Romano los niveles de plomo disminuyen
bruscamente hasta alcanzar un mínimo en la Edad Media y vuelven a incrementarse
desde fines de ese periodo y el Renacimiento a medida que aumenta otra vez la
producción y consumo de plomo, para alcanzar nuevos máximos desde la Revolución
Industrial del siglo XIX. Los niveles de plomo comienzan a descender otra vez
después de los años 1970s, cuando en el hemisferio norte se introducen los
combustibles sin plomo.
Las cifras indican que la producción y el uso del plomo en el Imperio
Romano sin duda alcanzaron niveles sin precedentes en la antigüedad. Aunque las
estimaciones siempre son tentativas nos dan un punto de referencia para
dimensionar de qué estamos hablando. Dado el volumen involucrado y lo
contaminante del plomo algunos se han preguntado qué efectos tuvo el plomo
sobre el Imperio Romano. La verdad es que ocurre una cosa muy curiosa con el
plomo y es que en el pasado llegó a ser altamente apreciado por la diversidad
de usos y servicios que prestaba y que ya hemos señalado. Ello explica que la
exposición al plomo fuera muy distinta según la clase social a que se
perteneciera en la antigua Roma, y todo apunta a que la aristocracia era la
mayor consumidora de plomo. ¿Debilitó el plomo a la aristocracia romana? Y si
ello fuera así, ¿cuál fue la magnitud del efecto del plomo en la clase
gobernante de Roma? ¿Acaso fue el plomo responsable de la caída del Imperio
Romano? Preguntas que aún debaten historiadores y científicos, pero que nos
recuerdan que si la contaminación ambiental acompañó de cerca a la redacción de
la Biblia (ver artículo anterior sobre Wadi Fainan) la polución generada por la
minería romana – en particular la explotación del plomo – acompañó
silenciosamente los primeros siglos de vida del cristianismo y de la iglesia.
jueves, 20 de febrero de 2014
Wadi Fainan: Contaminación ambiental en tiempos bíblicos
“Todo lo hizo fundir
el rey en la llanura del Jordán, en tierra arcillosa, entre Sucot y Saretán. Y
no inquirió Salomón el peso del bronce de todos los utensilios, por la gran
cantidad de ellos”. 1 Reyes 7:46-47.
Cuando hablamos de contaminación ambiental
inmediatamente acude a nuestra mente la imagen por antonomasia: una chimenea
escupiendo humo a la atmosfera. La asociación es tan evidente que damos por
sentado que contaminación es sinónimo de industrialización. Años y décadas de
educación forjaron esa relación causa-efecto: la revolución industrial del siglo
XVIII es el origen de la crisis ecológica en la que estamos inmersos hoy en
día. Como colofón, uno podría asumir que antes de la revolución industrial no
había contaminación, ¿verdad? Sin embargo, la documentación histórica y la
investigación científica de la lejana antigüedad vienen a atemperar un poco esa
ecuación inculcada en los días de escuela; hoy estamos aprendiendo que la
contaminación antropogénica – causada por el ser humano – es muy anterior al
surgimiento de la fábrica moderna. Pero, ¿qué tan anterior? En rigor los
humanos comenzaron a contaminar el planeta desde que aprendieron a manejar el
fuego, esto es, a quemar áreas verdes y liberar gases de combustión a la
atmósfera, hace miles de años. Pero los efectos contaminantes de la actividad
humana no se hicieron significativos para el medio ambiente sino hasta que el
manejo del fuego encontró una nueva aplicación: la fundición de metales. El
impacto de los metales fue tan trascendente que incluso la historia humana se
articula en torno a ellos y así hablamos de la edad del cobre, del bronce y del
hierro. Cobre, bronce, hierro… metales que por cierto aparecen en las páginas
de la Biblia y que nos indican que en tiempos bíblicos había también eso que
llamamos contaminación ambiental.
Al sur del Mar Muerto, en el extremo
meridional del reino Hachemita de Jordania, se encuentra Wadi Fainan, un
territorio árido, golpeado por los inclementes vientos del desierto arábigo, y
que presenta al visitante un impresionante paisaje volcánico… o al menos eso
parece. A decir verdad, en esa región del mundo no hay volcanes y el volcán
activo más cercano está a unos dos mil kilómetros más al oeste, en Sicilia. El
paisaje de Wadi Fainan no es el producto de una erupción volcánica ni los
restos esparcidos por el terreno lava petrificada: en realidad nada de ese
desolador entorno es natural, todo ha sido creado por el ser humano. Wadi
Fainan es una región rica en minerales y desde tiempos muy remotos sus primeros
pobladores comenzaron a explotar los metales que allí abundaban, principalmente
el cobre. La explotación minera en la región, que cubre una extensión de unos
500 km2, comenzó probablemente en una fecha tan temprana como el
4000 AC, sino antes, y se fue incrementando con el paso del tiempo, hasta
alcanzar su clímax entre el 500 AC y el 100 DC, luego se mantuvo estable
durante el periodo romano posterior para decaer a comienzos del periodo
bizantino, estimándose actualmente que la producción minera cesó hacia el siglo
VI DC. Las investigaciones de las últimas décadas han detectado entre 230 y 250
minas que estuvieron en operaciones en algún momento durante todo este periodo.
En resumen, durante miles de años Wadi Fainan fue una fuente casi inagotable de
producción de cobre, principalmente, pero también de otros metales, como el
plomo.
Si pensamos por un momento en los
cuestionamientos ambientales y ecológicos que enfrenta la industria minera en
la actualidad, teniendo en cuenta lo que sabemos hoy sobre la naturaleza y los
efectos altamente contaminantes de la minería, nadie podría sorprenderse de que
Wadi Fainan sea una zona muy contaminada, más aún considerando los métodos
antiguos de explotación minera. La disposición de los yacimientos en Wadi
Fainan permitió la operación “a cielo abierto”, sin necesidad de recurrir a
excavar túneles subterráneos. Para quien no esté familiarizado con la minería
habrá que consignar que en su estado natural los elementos por lo común no se
presentan en un estado químicamente puro, sino aleados, o sea mezclados con
otros elementos, de donde la actividad minera adquiere su carácter altamente
contaminante, porque no sólo debe aplicar un proceso contaminante para extraer
el mineral, luego intervienen otros procesos, también contaminantes, para
separar los metales buscados. Es este conjunto de procesos lo que potencia la
polución ambiental derivada de la actividad minera. En el mundo antiguo el
fuego fue el principal mecanismo para la operación minera misma y la fundición
de metales, lo que significa que se requerían ingentes cantidades de madera
para sostener la explotación: para obtener “x” toneladas de metal se
necesitaban “y” hectáreas de bosques. Así que donde operaba una mina
rápidamente los bosques a su alrededor sufrían el primer impacto. Wadi Fainan
seguía esa lógica y aunque no se sabe qué arboles se usaban ni cuál era la proporción
exacta (toneladas de mineral/hectáreas de bosque), es un hecho que tras miles
de años de operación el impacto sobre la vegetación cercana debe haber sido
devastador. En una región de por sí árida y con pocas precipitaciones, la
deforestación producida por la minería superó a la larga la capacidad natural
de recuperación de la vegetación.
Aparte de ser una región riquísima en mineral
de cobre, Wadi Fainan gozaba de un buen abastecimiento de agua natural, lo que
propició también el desarrollo de la agricultura y la ganadería. Pero todo
indica que durante el máximo auge de la explotación en las minas de Wadi
Fainan, entre la era del Bronce y el periodo romano, el nivel de contaminación
terminó por estropear la actividad agrícola. Y es que la minería contaminó
irremediablemente primero las aguas, luego los campos, los cultivos y por
último a los animales que se alimentaban de ellos, cuyas deposiciones volvían a
enriquecer el ya contaminado suelo de la región. ¿Y los humanos? Reportes
científicos sobre el estudio de los restos de cementerios del periodo bizantino
(siglos IV al VII DC), señalan que la concentración de cobre y sobre todo plomo
en los huesos se equipara y en algunos casos incluso supera los niveles de esos
elementos hallados en restos humanos del periodo industrial (siglo XIX), aún en
lugares de alta exposición moderna a metales pesados, como la Silesia alemana y
regiones mineras de Suecia.
Han transcurrido ya más de mil quinientos
años desde que la incesante actividad en las minas y los hornos de fundición de
la región de Wadi Fainan llegó a su fin. Pese al largo intervalo de reposo, la
tierra aún exhibe las dolorosas huellas de la contaminación minera, como queda
reflejado en las mediciones e investigaciones que en las últimas décadas
realizan universidades e instituciones de Jordania, Europa y Estados Unidos (en la foto principal el doctor Najjar, director de las excavaciones, aprestándose a descender a una de los antiguos piques; la tonalidad azul en las rocas es la típica de la presencia de cobre).
Siendo uno de los mayores centros de explotación cuprífera continua en la
historia del mundo, la tóxica herencia de Wadi Fainan nos recuerda que los
humanos hemos venido contaminando el planeta desde hace milenios y que la moderna
polución industrial es tan sólo un capítulo posterior de globalización y
aceleración de un proceso que iniciaron nuestros ancestros hace ya mucho
tiempo.
Por último, ¿tuvo algo que ver Wadi Fainan
con las legendarias minas del rey Salomón? Imposible saberlo. El pasaje que
citábamos al principio sólo hace referencia a que Salomón “hizo fundir”, esto
es, estableció fundiciones en la región
del valle del Jordán, varios kilómetros al norte de Wadi Fainan, pero no
necesariamente implica que el rey se haya involucrado en el negocio minero. En
ninguna parte de las escrituras se dice que Salomón haya explotado minas
directamente y de seguro el mito de “las minas del rey Salomón” nace de las
continuas conexiones que hace la Biblia entre Salomón y la abundancia de
metales y piedras preciosas: “E hizo el rey que en Jerusalén la plata llegara a
ser como piedras” (1 Reyes 10:27). Ahora bien, si esta abundancia de recursos
metálicos y metalúrgicos en el reinado de Salomón – que entre otras cosas
sirvió para decorar el templo de Jerusalén - es producto de la importación o la
producción propia, no tenemos forma de saberlo al presente, como tampoco
podemos precisar si Wadi Fainan era parte de su reino. Por otro lado, dada la
importancia de los recursos mineros en la geopolítica de la antigüedad, uno
podría suponer que Salomón no habría perdido oportunidad de hacerse del control
de esta región minera; pero la simple verdad es que no sabemos si alguna vez
Wadi Fainan estuvo bajo el control de Salomón. Lo que sí podemos conjeturar con
más certeza es que las fundiciones que el rey estableció en la zona del Jordán
probablemente deben haber sido muy parecidas en su operación a las de Wadi Fainan
y por tanto deben haber sido también contaminantes. Pero más allá de lo que
podamos especular sobre la relación entre Salomón y la minería, lo cierto es
que la máxima contaminación en Wadi Fainan se dio en paralelo a la historia
bíblica, desde Moisés hasta el nacimiento de la Iglesia. ¡Contaminación en los días de Cristo, muy cerca de Jerusalén! ¿Quién lo habría imaginado?
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