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viernes, 29 de junio de 2012

Luis XIV, Absolutismo y contrarreforma




“El estado soy Yo”. La célebre frase de este rey francés encarna mejor que cualquier cosa la naturaleza del absolutismo, la concentración de todo el poder de un Estado en la persona del monarca, causa última de toda la ley. Luis XIV (1643-1715) fue el tercer representante de la dinastía de los Borbones en el trono de Francia. La dinastía la inició su abuelo Enrique de Navarra, quien es conocido a su vez por otra igualmente celebérrima frase: “París bien vale una misa”. La explicación de esta frase está dada por la vida personal y las vicisitudes que debió enfrentar el primer Borbón en el trono francés. Antes de convertirse en rey como Enrique IV (1589-1610) fue conocido por ser el líder del partido hugonote, la facción protestante de Francia. Debido a su conexión familiar (era cuñado de Enrique III) se convirtió en candidato único para asumir el trono, pero la corte le dio a entender que un rey protestante era inaceptable en Francia, por lo que debía elegir entre su conversión al catolicismo u olvidarse de ser rey. Enrique de Navarra había sido un leal líder hugonote, pero la posibilidad de ser rey lo llevó a convertirse al catolicismo, de ahí la frase anterior. Empero, Enrique no se olvidó de sus correligionarios protestantes y por ello no extrañó que se esforzara en alcanzar un acuerdo, cosa que finalmente se logró con el famoso Edicto de Nantes (abril de 1598). El propósito del edicto era traer la paz al país y terminar con casi cuatro décadas  de una cruenta y agotadora guerra religiosa que, entre 1562 y 1598, enfrentó a católicos y protestantes. El edicto garantizaba a los hugonotes el derecho a practicar su culto libremente y sin persecución, les permitía asimismo el derecho de defenderse y hasta entregaba una serie de ciudades – donde eran mayoría – para que organizaran su propia fuerza pública. En los hechos, el edicto creaba un estado dentro del estado, pues los hugonotes disponían ahora de fortalezas con sus propios ejércitos dentro del territorio francés. Aunque intentaba pacificar a la nación, Enrique IV en realidad creó una profunda fisura en la estructura del reino, una suerte de “paz armada” entre católicos y protestantes; a todas luces un compromiso temporal que no era sustentable en el tiempo.

Mientras el buen rey Enrique se esforzaba en hacer las paces entre católicos y protestantes, grandes cambios tectónicos tenían lugar en Francia y Europa. El Papado se había decidido a lanzar una poderosa contraofensiva para primero frenar y luego eliminar la herejía protestante. La contrarreforma, nombre con el que se conoce esa ofensiva católica, fue el resultado del Concilio de Trento. El clero católico, fiel al Papado, fue el primer propagandista de la contrarreforma en los países católicos, pero su aplicación práctica estuvo muy condicionada por las distintas realidades nacionales. Es el caso que hallamos por cierto en Francia, donde la ascensión al trono de Enrique IV y el edicto de tolerancia que mencionamos era la negación de la contrarreforma. El Papado entendía que a los protestantes no se les trataba con treguas, sino con la espada. Pero el primer Borbón, Enrique IV, tenía su propia política religiosa y el pragmatismo dictaba otra cosa. De modo que la llegada de los Borbones al trono galo estuvo asociada con una fuerte restricción a la implementación de la contrarreforma en Francia. No sólo la cuestión religiosa interna sino también la política internacional confluyeron en que durante las siguientes décadas la contrarreforma no tuviera plena cabida en Francia, incluso con la administración del cardenal Richelieu. Pero la corona francesa, aún durante el reinado de Enrique IV, estaba abocada decididamente a la teoría de “un rey, una fe, una ley”, esto es, ganar tiempo para recuperar la paz interna, la estabilidad del reino y apostar a que en un mediano o largo plazo los hugonotes terminarían por abjurar su herejía y se integrarían a una sola y católica Francia. El primero paso en tal dirección lo dio Richelieu cuando sitió y capturó la fortaleza de La Rochelle en 1628: esta victoria puso fin al ejército hugonote, pero Richelieu tuvo cuidado de garantizarles la libertad de seguir practicando su religión.

Cuando Luis XIV  ascendió al trono, Inglaterra estaba en plena crisis interna, una guerra civil que enfrentaba al Rey con los puritanos. Puritanos y hugonotes no eran más que dos caras nacionales de una misma fuerza internacional: el calvinismo. Y los calvinistas ingleses eran por entonces la principal fuerza republicana, anti monárquicos convencidos que lograron la caída y posterior ejecución de Carlos I en 1649. La corte de París tomó nota de la acción política de los puritanos y no costó mucho hallar antecedentes de conductas republicanas o anti monárquicas entre los hugonotes, los calvinistas franceses. Luis XIV, que era un adolescente cuando su reinado debió enfrentar la rebelión de la Fronda (1648-1653), una confabulación de la nobleza francesa aunque sin motivaciones religiosas, comprensiblemente creció con un traumático recuerdo de las conspiraciones contra el poder real. Para Luis XIV el poder político y religioso pertenecía íntegramente al rey y de ahí que se embarcara en la construcción de un estado absolutista en el más estricto sentido de la palabra; en la Francia del Rey Sol no se tolerarían disidencias de nadie, sólo la más irrestricta obediencia al poder total del soberano. ¿Cuál era la contraparte religiosa de esta política de Luis XIV? El absolutismo monárquico de Luis XIV sólo tenía una opción de alianza religiosa: el absolutismo pontificio. El absolutismo sin restricciones estaba en la médula misma del Papado. Más aún, el Papado era una institución que no sólo predicaba el poder total (obediencia sin reparos a las órdenes superiores de la autoridad) sino que además defendía la persecución y eliminación de toda oposición a dicho poder absoluto. Este último factor era muy afín a los intereses políticos del absolutismo de Luis XIV, pues al igual que el Papa, el Rey Sol estaba decidido a exterminar la más mínima señal de oposición a su autoridad suprema. Por consiguiente, la aspiración al poder total y la supresión (persecución y ejecución) de toda disidencia llevaron de manera espontánea a la alianza natural entre monarquía absoluta y Papado.

Una consecuencia inmediata de todo ello fue que la contrarreforma, hasta entonces resistida o sólo parcialmente recibida en Francia, tuviera ahora las puertas abiertas para actuar en el país galo. El último reducto republicano que quedaba en Francia, el último resabio contra la autoridad total del rey, podía ser por fin eliminado La tolerancia religiosa otorgada a los hugonotes por Enrique IV en 1598, desarticulada de facto por Richelieu en 1628, fue desahuciada de jure por el nieto de Enrique; Luis XIV publicó en octubre de 1685 el edicto de Fontainebleau que revocaba el anterior edicto de Nantes: los hugonotes debían escoger entre convertirse al catolicismo o abandonar el país (el edicto hablaba de la Religion pretendue reformée, "la pretendida religión reformada", ver foto principal). El resultado de esta nueva política religiosa fue que tuvo lugar una nueva migración forzada en la que miles de hugonotes – algunos historiadores sitúan la cifra en torno a los 250.000 aproximadamente – dejaron Francia para instalarse en otros países protestantes de Europa (Suiza, Holanda, Prusia, Inglaterra, Suecia) o incluso en otros continentes (Norteamérica, Sudáfrica). Aunque subsistieron algunos pequeños grupos de hugonotes en la clandestinidad, desde 1685 Francia se convertía en la última potencia europea en abrazar en su totalidad la contrarreforma; el absolutismo político-religioso resultado de la alianza entre Luis XIV y el Papado estaba completo, ahora había un rey y una religión. Apenas cien años más tarde, un atribulado Luis XVI publicaría un nuevo edicto de tolerancia en noviembre de 1787: los protestantes podían volver a practicar su religión. Pero ya era demasiado tarde; tras un siglo de absolutismo católico, otros republicanos, los de la revolución francesa, estaban a las puertas de cobrar sus propias cuentas con los Borbones y con el Papado. 

jueves, 31 de mayo de 2012

De Sol a Sol

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“Había una vez un rey…” Los cuentos infantiles casi siempre tienen un encabezado de este tenor y bien pudiera ser una apropiada manera de introducir el tema que nos ocupa hoy. Pues el rey y el reino del que vamos a tratar fue en su momento acaso el más importante y poderoso de cuantos eran conocidos. Luis XIV, el nombre de nuestro rey, es casi un personaje de cuento de hadas. Vivió la vida de un gran rey, rodeado de todos los lujos, la riqueza y el esplendor al que podía aspirar un monarca que lo tenía todo. Nacido en 1638, hijo del rey Luis XIII y de la reina Ana de Austria (aunque las malas lenguas decían que su verdadero padre era el cardenal Mazarino, consejero y probable amante de la reina), ascendió al trono a la muerte del rey en 1643, cuando el príncipe apenas tenía cinco años; su reinado sería el más largo de la historia europea, pues iba a durar 72 años, hasta 1715. Fue tal el poder y la riqueza adquiridos por este monarca que sus contemporáneos le comenzaron a llamar le Roi Soleil (el Rey Sol), apodo con el que todavía se le recuerda en los libros de historia. La idea detrás de esta frase es que la gloria y la magnificencia de su reinado alumbraban no sólo a Francia sino a toda Europa. Lo cierto es que Luis XIV llegó a convertirse en el arquetipo del absolutismo monárquico, un modelo de gobierno donde el estado centralizaba el poder total: político, militar, económico y religioso. A su vez, el monarca era la personificación viva del estado, de la nación; de ahí la célebre frase que sintetiza el absolutismo de boca del mismísimo Luis XIV: “el estado soy yo”. Así como los planetas giran en torno al sol, así Francia giraba en torno a su propio sol en la tierra, Luis XIV. Dueño del ejército más poderoso de su tiempo, Luis XIV se embarcó en una serie de guerras, que comenzaron con la invasión de las Provincias Unidas (Holanda) en 1672 y que por los próximos cuarenta años, salvo breves interrupciones, mantuvieron a Europa en guerra hasta 1713. Los ejércitos de Luis XIV, que en ese periodo no cesaron de crecer desde unos 200.000 hasta los 400.000 hombres (una cifra impresionante, desconocida en Europa desde los días del Imperio Romano), combatieron contra holandeses, ingleses, suizos, italianos, alemanes, austriacos y españoles, todo por la gloria de Francia… o mejor dicho, de Luis XIV. Claro que tantas guerras, la mantención del ejército y los lujos del Rey Sol costarían muy caro a Francia. Con el peso de la senectud encima, el Rey Sol pasó los últimos dos años de su reinado en paz; Francia y Europa estaban exhaustas, la pobreza rondaba en los campos.

Pero el agotamiento y la pobreza que afectaban a Europa no eran sólo el producto de casi cuatro décadas de guerras sucesivas, consecuencias sólo de la ambición política y territorial de Luis XIV. No, había otros factores que afectaban a Francia, a Europa y a decir verdad, al mundo entero. Muy lejos del trono, los palacios y los campos de batalla del Rey Sol, una serie de cambios extraordinarios acaecían por entonces en otro reino, el reino de la naturaleza. Casi como si una mano misteriosa hubiera decidido reírse de los asuntos humanos, lo cierto es que una serie de inviernos particularmente duros se dejaron caer durante la segunda mitad del siglo XVII y comienzos del siglo XVIII, coincidiendo a grandes rasgos con el dilatado reinado de Luis XIV: el gobierno del Rey Sol fue testigo de uno de los periodos más fríos y más helados de la historia europea reciente. Vaya ironía: la verdad es que la Europa del Rey Sol literalmente se moría de frío. ¿Qué misterioso fenómeno explicaba esta situación? Bien, la respuesta sólo la pudimos conocer mucho más tarde. La verdad es que la ciencia moderna, a través del estudio del clima y del conocimiento de los fenómenos astronómicos, ha podido dilucidar el misterioso (más bien, gélido) trastorno natural en días del Rey Sol.

Muy pero muy lejos, literalmente a millones de kilómetros de distancia del palacio de Versailles, el verdadero astro rey, nuestro sol, vivía un inusitado cambio en el comportamiento de lo que hoy conocemos como el fenómeno de las manchas solares. Para explicarlo de manera muy simple, el sol sigue sus propios ciclos de vida (“actividad solar”, en el lenguaje de la ciencia), una de cuyas manifestaciones es la aparición de manchas solares sobre su superficie. Este fenómeno ya había sido detectado en época muy temprano hacia el año 1000 DC, si hemos de creer a los escritos de los astrónomos chinos que serían los primeros en registrar este fenómeno solar. Pero el estudio científico de esta situación tendría que esperar hasta la invención del telescopio en 1610, instrumento que le permitió a Galileo fijar su atención en estas manchas (y de paso contribuir a su ceguera). Finalmente, desde el siglo XIX hasta ahora hemos llegado a descifrar el patrón que siguen estas manchas solares, que abarcan un ciclo de unos 11 años: al comienzo del ciclo casi no hay manchas, luego estas aumentan hasta que a mitad del ciclo llegan a un máximo para luego declinar otra vez a un mínimo hacia el término del periodo. Más interesante aún, las manchas solares están directamente relacionadas con la cantidad de radiación (energía del sol) que recibe la tierra y que es fundamental para todos los procesos que ocurren en el planeta. Para decirlo en simple, mientras más manchas solares, más “calor” recibe la tierra, y como la cantidad de manchas solares varían según la ciclicidad indicada, de la misma forma varía también la cantidad de calor que recibe el planeta. Ahora bien, el estudio moderno de la historia del clima en la tierra revela que esos ciclos no siempre han seguido la misma periodicidad; a veces los ciclos han sido más extendidos y otras más comprimidos, a veces la cantidad de manchas aumenta más de lo normal y otras, por el contrario, disminuye radicalmente. En estos últimos casos, cuando la presencia de las manchas solares disminuye de manera extraordinaria o por periodos muy prolongados, los científicos hablan de “mínimos” de actividad solar. Fue precisamente uno de esos mínimos, el Mínimo de Maunder, el que hoy sabemos afectó al mundo entre los siglos XVII y XVIII. El más estudiado y extraño de todos, el hoy célebre Mínimo de Maunder afectó a la tierra entre los años 1645 y 1715, casi exactamente la duración del reinado del Rey Sol. Durante ese tiempo las manchas solares desaparecieron prácticamente por completo, según indican los registros de los astrónomos europeos de la época. Observadores londinenses consignan que el invierno de 1694-1695 fue tan crudo que el Támesis permaneció congelado durante varias semanas, algo inimaginable hoy en día. En Francia la nieve cubrió el suelo casi tan al sur como Toulouse incluso hasta abril, mientras otros testimonios refieren que los lobos, hambrientos, bajaron desde los Alpes hasta el Languedoc. Los científicos estiman que la disminución de la insolación fue de tal magnitud que la tierra experimentó un enfriamiento de entre 0,2 y 0,6º C; aún peor, en algunas regiones del mundo se cree que las temperaturas bajaron entre 1 y 2º C. A todas luces, el Mínimo de Maunder enfrió al mundo por casi setenta años.(Ver gráfica más abajo del Mínimo de Maunder en el registro de los últimos 400 años de observación de las manchas solares).

Luis XIV fundó en 1666 la Académie Royale des Sciences, con el propósito de estimular la ciencia francesa, pero claramente los conocimientos de la época hacían imposible imaginar siquiera el complejo fenómeno climático que afectaba al mundo. Lo cierto es que la lujosa y licenciosa corte de Versalles jamás se enteró que precisamente durante casi todo el reinado de Luis XIV el sol brilló menos que nunca en los últimos siglos. Definitivamente la naturaleza no quiso alegrar la larga fiesta del Rey Sol.


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