martes, 24 de marzo de 2015

Reflexiones sobre Pi




Los medios, siempre hambrientos de titulares diferentes que capturen la atención del lector, nos recordaban en estos días sobre pi, ese viejo símbolo matemático que dejamos olvidado en nuestros días de escuela o de universidad. El recuerdo era antojadizo, a propósito de la coincidencia puramente numérica entre el valor de pi y una fecha del calendario. Como es sabido, el valor de la constante es pi = 3.141593… Tratándose de un número irracional, los autores de la noticia lo acortaron a 3.1415 y de ahí la coincidencia con la fecha:

3: el mes de marzo
14: el 14 de marzo
15: del año 2015

Precisamente el pasado sábado 14 de marzo se producía la mentada coincidencia entre pi y el calendario. Aunque la noticia no pasaba de ser una distracción miscelánea para entretenerse un rato, el dato curioso bien nos puede servir de excusa para volver a poner nuestra atención en la larga y casi incombustible obsesión por jugar con los números y extraer de esos juegos conclusiones metafísicas. ¿Reflexiones metafísicas sobre pi? Un pequeño vistazo a lo que la curiosidad y la imaginación humana pueden hacer cuando se mezclan los números con la Biblia lo podemos encontrar en el libro del Génesis, cuestión a la que nos volcaremos en lo que sigue.

Por siglos, o mejor por milenios, los judíos, o algunos grupos dentro del judaísmo, se entregaron a especulaciones sobre los significados de los números y de las letras del alfabeto hebreo. Con el tiempo esas especulaciones y enseñanzas crecieron de tal manera que formaron una tradición por sí misma dentro del judaísmo, tradición que se conoce generalmente como cábala. Hoy en día este antiguo término hebreo ha tenido tal difusión que por lo general resulta muy difícil sino imposible precisar su significado. Cábala puede significar cosas “positivas”, como misticismo, magia, espiritualidad, gnosticismo; o bien cosas “negativas”, como secreto, oscuro, irracionalidad o superstición. Como consigna un autor, “ningún otro término o concepto judío post bíblico ha sido universalizado de una manera similar”. En términos estrictamente históricos la palabra cábala designa una tradición que nació en el judaísmo hacia el siglo XII o XIII – en plena Edad Media – de corte esotérico o de saberes secretos, compartidos por los principales maestros judíos y sus discípulos. Aproximadamente desde el siglo XVI en adelante se incrementó cada vez más el carácter mágico de la cábala judía.

Como lo adelantábamos, uno de los aspectos más llamativos de la cábala es el juego con los significados numéricos de las letras del alfabeto hebreo. La asignación de valores numéricos a las letras del alfabeto es un proceso que se estima tuvo lugar en los doscientos años que antecedieron a la era cristiana. Luego, a lo largo de los siglos, los expertos judíos versados en estas materias se entregaron a calcular y revisar las distintas sumas y restas si agregamos o sacamos letras y los resultados que esto tenía en el “valor” de las palabras. Este tipo de ejercicios es lo que nos lleva directo al encuentro de pi en las enseñanzas de los cabalistas judíos. Veamos cómo opera.

El nombre divino par excellence en la Biblia es el Tetragramaton (Tetragrama divino), Elohim, el Dios de Israel. El valor numérico del Tetragramaton es como sigue:





Como muestra la figura anterior el nombre divino, Elohim, se compone de cinco letras, las que sumadas nos dan el valor numérico del mismo, 86 (= 40+10+5+30+1). La gematría, el nombre de este juego de asignación de valores numéricos a las palabras, era practicada por distintos pueblos de la antigüedad y los místicos judíos no se quedaban atrás en esta materia. Pero la creatividad de algunos cabalistas medievales nos recuerda que estos juegos pueden ser interminables. En algún instante alguien se preguntó qué pasaría si hacemos abstracción de las decenas y nos quedamos simplemente con los dígitos de la suma anterior – 4, 1, 5, 3, 1 – y los reordenamos según una secuencia determinada:







La flecha roja indica la secuencia arbitraria de lectura y el resultado que ésta nos da es: ¡3.1415! Voilá, nuestro ejercicio numérico sobre el tetragrama divino da como resultado nada menos que el valor (abreviado) de la constante pi = 3.1415. Pero esto no es todo. Si hacemos un esfuerzo y recordamos nuestras clases de la escuela, tenemos que la mejor aproximación fraccionaria del valor de pi está dado por la expresión 22/7 (es una aproximación, pues 22/7 = 3.1428…). ¿Qué significa todo esto en términos cabalísticos? Dado que el tetragrama divino – el nombre Elohim – equivale a la constante pi, esta última representa a Dios. Si repasamos ahora el texto del Génesis (los cabalistas jugaban con números y con el texto bíblico):

“En el principio creó Dios los cielos y la tierra”. Génesis 1:1

“Fueron, pues, acabados los cielos y la tierra, y todo el ejército de ellos. Y acabó Dios en el día séptimo la obra que hizo; y reposó el día séptimo de toda la obra que hizo”. Génesis 2:1-2

Finalmente, entonces, tenemos que Dios (Elohim, el símbolo pi), creó el universo en siete días. Pero, otra vez, como 22/7 es una aproximación de pi, tenemos que:

7 * pi  = 22

Para los cabalistas todo encaja. En siete días se despliega la obra creadora de Dios (7 * pi) y el resultado es la creación, o en este caso 22. Por supuesto, el 22 no es otra cosa que el resumen de las 22 letras del alfabeto hebreo, pues para los cabalistas las 22 letras representan los elementos fundamentales de la ceración divina.

Huelga decir que este sencillo ejemplo deja de manifiesto la manera arbitraria, por decir lo menos, que emplean los cabalistas para desvelar y sostener la existencia de supuestos significados ocultos, místicos, o en este caso numéricos o numerológicos, que estarían encerrados en la Palabra de Dios. Que esta antojadiza manera de proceder todavía encuentre entusiastas seguidores en nuestros días (varios siglos después del comienzo de la cábala) es una prueba indudable de la atracción humana por lo esotérico y lo oculto.

viernes, 27 de febrero de 2015

Lechugas Eróticas



Después de reflexionar sobre higos y manzanas (diciembre 2014) y sobre las habas de Pitágoras (enero 2015) en esta ocasión volvemos nuestra atención hacia otro vegetal comestible que es parte significativa en la dieta humana, particularmente en las ensaladas: la lechuga.

Hace miles de años, en el antiguo Egipto, aparecen las primeras escenas que conectan lechugas y erotismo. Por un lado hallamos el mito de las luchas de Set y Horus, los dioses que se enfrentan sobre la herencia del fallecido Osiris. En una de las sórdidas escenas de las luchas Set-Horus, Set intenta infructuosamente penetrar a Horus, sin conseguirlo, pero a la vez, sin darse cuenta, Horus coge en su mano el semen de Set y más tarde lo lleva a su madre, Isis. Cuando Isis ve el semen de Set, corta la mano de Horus que lo sostiene y se desprende de ella. Isis hace una nueva mano para Horus y luego masturba a su hijo para recoger el semen de Horus. Posteriormente Isis lleva el semen de Horus y lo arroja sobre las hojas de las lechugas que están en el jardín del malvado Set. Más tarde Set va a su jardín, recoge esas mismas lechugas y se las come, ignorando que están regadas con el semen de Horus. La astuta jugada de Isis ha hecho que ahora Set esté “embarazado” de Horus y dé a luz el disco solar que sale de la frente de Set. En definitiva, al introducir su semen en el cuerpo de Set gracias a las lechugas, Horus gana y derrota a su enemigo.

Pero además de la escabrosa historia de encuentros sexuales de Set y Horus, la lechuga aparece en murales pintados en tumbas egipcias en un periodo tan temprano como la VI dinastía y también más tarde de la XII dinastía. Los egipcios cultivaban la lechuga para extraer aceite de su semilla, un commodity muy apetecido en su tiempo. La forma de la lechuga larga (lactuca sativa) experimentó un proceso de estilización en las representaciones pictóricas, al punto que se hace difícil reconocerla en un periodo posterior como la XVIII dinastía. Pero lo particular de todas estas cambiantes imágenes de la lechuga es que casi siempre aparece como un emblema especial del dios Min, una deidad muy popular desde el Reino Antiguo hasta los tiempos helenísticos. En el Egipto faraónico había muchos templos consagrados a Min, quien era considerado el dios del desierto, de la luz, de las tormentas de arena pero por sobre todo el dios de la fertilidad (agrícola) y la procreación (humana). Esto último explica que en todas las escenas en que aparece Min siempre se lo ve con su pene en erección, y detrás de él las famosas lechugas, a veces llevadas en procesión por los sacerdotes y por adoradores que las llevan como ofrenda al dios. La pregunta obviamente es ¿por qué las lechugas podrían ser símbolo o emblema del dios de la fertilidad? Aunque las lechugas estilizadas de las representaciones más tardías aparecen como lechugas “erectas”, los investigadores creen que no es necesariamente alguna vaga conexión de la forma de la lechuga con el pene lo que explicaría esa asociación, sino más bien el jugo de la lechuga que a los antiguos egipcios les abría sugerido el semen o fluido masculino. A su vez esto está conectado con el carácter de afrodisiaco que los egipcios – y otros pueblos del antiguo medio oriente – le asignaban a las lechugas; así, por ejemplo, era una creencia popular que se podían tener muchos hijos si se comían muchas lechugas. Casi dos mil años después de las primeras imágenes de las lechugas en las tumbas egipcias, el emperador Augusto aparece en un templo ofreciendo lechugas al dios Min.


Vale la pena notar que para los griegos la lechuga tenía el significado exactamente contrario que para los egipcios, era considerada un anti afrodisiaco. Mientras los egipcios veían a las lechugas como estimuladoras de la pasión sexual, los griegos las consideraban “mata pasiones”. ¿Cómo es posible que un mismo vegetal tuviera dos significados tan distintos? Notar que el término latino, lactuca, evoca la asociación que hacían los antiguos entre el jugo de la lechuga y un líquido espeso, que los romanos verbalizaban como un fluido lechoso. De manera muy similar, los egipcios también veían el jugo o aceite de la lechuga como un fluido lechoso y de ahí el símil con el semen masculino. Por el contrario, los griegos veían ese mismo fluido como similar al látex del opio que es soporífero e induce el sueño, apagando así el ardor sexual. De ahí que un mismo vegetal, la lechuga, haya sido vista de maneras diferentes, incluso antagónicas, respecto de su papel en la vida sexual de los humanos. A juzgar por la foto principal (imagen de una manifestación en Asia) la connotación sexual de las lechugas se ha filtrado hasta nuestros días.

sábado, 31 de enero de 2015

HABAS PITAGÓRICAS



Nuestra reflexión anterior sobre los higos y las manzanas nos puede servir para ilustrar la tremendamente interesante y compleja relación entre los alimentos por un lado y la cultura y el pensamiento humano por otro: una cuestión que, por cierto, cualquier lector de la Biblia debe tener presente tan sólo pensando en el levítico y las discutidas leyes de la dieta judía allí enunciadas. Pero que este es un asunto universal y no exclusivamente judío es el resultado lógico de cualquier investigación sobre esta materia en el mundo antiguo, fuera de las fronteras de Israel. Así ocurre, por ejemplo, cuando nos encontramos con el curioso tratamiento pitagórico de otro alimento por lo demás bastante vulgar: las habas. Como repasaremos muy brevemente, los seguidores de Pitágoras se abstenían de las habas en lo que constituye uno de los tabús alimenticios más extraños de la historia.

Para entender el tema digamos de entrada que las habas forman parte de un género de leguminosas pertenecientes a la familia de las Fabáceas, y como todas las leguminosas, se trata de plantas ricas en proteínas, por lo que desde antiguo fueron muy apreciadas por su valor nutricional. De hecho, esto último explica que en la antigüedad se conocieran también como “la carne de los pobres”, por ser precisamente un sustituto proteico en ausencia de carne. Este es un asunto nada menor, pues como sostienen muchos investigadores en la actualidad, muy probablemente los habitantes de la cuenca del mediterráneo tenían una dieta pobre en carne por no decir que eran mayormente vegetarianos (ya sea por convicción o, como creen muchos, por la imposibilidad de complementar su alimentación con carne). En suma, las leguminosas – y por cierto las habas – eran una fuente fundamental de recursos alimenticios en un tiempo en que el hambre era un fenómeno cotidiano. De ahí que, entonces, un tabú que restringiera el consumo de las habas resultara obviamente muy llamativo. Eso es exactamente lo que hicieron los pitagóricos, o al menos lo que fuentes antiguas señalan con respecto a la dieta seguida por esta secta.

Hay que tener presente que cuando hablamos de pitagórico el lector moderno asociará de inmediato “el teorema de Pitágoras” y por tanto un tinte matemático o científico al adjetivo “pitagórico”. Sin embargo, en la antigüedad, al menos en la Grecia clásica, la palabra pitagórico tenía una connotación muy diferente. Para los griegos Pitágoras se había labrado una fama no precisamente de “matemático” sino más bien de algo así como un “chamán”, una especie de maestro o místico embarcado en prácticas esotéricas y de ahí que sus seguidores, los pitagóricos, fueran reconocidos como un grupo sectario o hermético, una clase aparte de personas que manejaban códigos secretos de iluminación y un conocimiento cerrado a los extraños. En ese grupo, según testifican autores antiguos como Aristóteles, Diógenes Laercio y Plinio el Viejo, se practicaba un tabú o abstención del consumo de habas (sugiriéndose en algunos casos incluso la prohibición del contacto), conducta para la cual se dan las más diversas razones.

La guerra de Pitágoras contra las habas podría estar relacionada con… la política. Algunos apuntan a que las habas eran usadas como elemento de recuento de “votos” en algunos regímenes tiránicos especialmente odiados por Pitágoras y de ahí la inquina contra las pobres habas. Otros creen que el carácter oligárquico de la secta pitagórica estaría detrás de esta conducta: las habas eran el alimento típico del “vulgo”, la clase de gente de la que Pitágoras y sus seguidores se alejaban completamente. En este último caso las habas actuarían como una suerte de marcador de identidad social; los pitagóricos no iban a consumir lo que comía la gente sin letras. Haya algo de verdad en esto o no, una cosa es cierta: la gente común, que escasamente probaba carne, no dejaría de comer habas a menos que tuviese buenas razones para no morir de hambre. Pero hay otra posible explicación que gana más consenso entre los expertos actuales y está relacionada precisamente con la naturaleza mística de la secta pitagórica.

¿Será posible que la estigmatización pitagórica de las habas tenga que ver con los efectos fisiológicos o corporales que produce su ingesta, flatulencia incluida? Al menos Galeno y una larga lista de médicos de la cultura grecorromana han dejado constancia del conocimiento médico de los efectos, a veces del malestar, que producían las habas. Pero esas “inconveniencias” nunca fueron obstáculo para que los médicos aprobaran el consumo de habas. Tal parece que los pitagóricos veían las cosas de una manera diferente. Para ellos los efectos más dañinos del consumo de habas se encontrarían en el mundo onírico: las habas afectaban la conexión pitagórica con los sueños. Claro, las habas estorbaban el buen dormir y el tener buenos sueños y resulta que los sueños y su interpretación jugaban un papel esencial en toda la dinámica de la secta pitagórica, muy dada a la reencarnación y a las revelaciones místicas, cuestiones que obviamente se canalizan mediante los sueños. Todo ese esfuerzo, entonces, se venía abajo con las molestas habas, razón por la cual – así sigue el argumento – Pitágoras habría decidido cortar por lo sano y terminar con la ingesta de las benditas legumbres.

Pero la historia podría ser incluso peor. ¿Habrá algún “lado oscuro” de las habas? Dado que se sabe que la circunspección con respecto a las habas se extendía a sectores religiosos del antiguo Egipto así como de Grecia, tal parece que el problema con las habas podría explicarse por la relación que esas culturas – o algunos grupos sacerdotales – establecían entre las habas y la muerte. La evidencia textual sugiere que las habas eran consideradas depositarias de las almas de los muertos, ya sea porque literalmente las habas eran receptáculos que portaban las almas de los difuntos o ya sea porque cumplían esa función simbólicamente. Si esto es efectivo, quizás algunos podrían haber razonado que al comerse un haba podrían incurrir en una especie de acto de canibalismo. Por otro lado, la conexión con la muerte pudiera tener una base científica, dado que hoy se sabe que en algunas personas se puede desarrollar la enfermedad conocida como fabismo o “mal de las habas” y que está conectada con la deficiencia de la enzima G6PD y que en conjunto con la presencia de b-glucósidos en las habas lleva a un malestar corporal extendido y en algunos casos extremos a la muerte. ¿Qué tal? Después de todo, piensan algunos, Pitágoras quizás no estaba tan perdido.


Pero este cuestionamiento a las habas fue un fenómeno más propio de ciertos círculos que poblaban el mediterráneo oriental – entre ellos los pitagóricos. En lo que respecta a los romanos no tenían ningún problema con las habas, de lo cual da cuenta su agricultura, donde ocupaban un lugar muy importante. Como fuere, la próxima vez que las comamos podríamos soñar con qué podría haber sido el teorema pitagórico de las habas.

viernes, 26 de diciembre de 2014

Higos y manzanas



El verano (en el hemisferio sur aproximadamente noviembre, diciembre y enero) es una estación que invita al consumo de frutas, la manera natural en que los seres humanos proveyeron su dieta para capear el calor estival. En la Biblia las frutas constituyen también una parte importante de la dieta de los antiguos israelitas, como lo comprobará cualquier lector. Dentro de los frutales allí mencionados la más significativa era sin duda la vid, seguida por el olivo, la palmera, la higuera, el granado y el almendro; la manzana tiene una presencia mucho menor. Diversos pasajes de las escrituras nos recuerdan a su vez la importancia de estos alimentos no sólo en la dieta de Israel sino en su bienestar y la estabilidad de la nación:

“Porque Jehová tu Dios te introduce en la buena tierra, tierra de arroyos, de aguas, de fuentes y de manantiales, que brotan en vegas y montes; tierra de trigo y cebada, de vides, higueras y granados; tierra de olivos, de aceite y de miel”. Deuteronomio 8:7-8.

“La vid está seca, y pereció la higuera; el granado también, la palmera y el manzano; todos los árboles del campo se secaron, por lo cual se extinguió el gozo de los hijos de los hombres”. Joel 1:12.

A través de la descripción del paisaje, en particular del estado de la vegetación, el autor informa a su público si estamos ante una situación favorable o desfavorable, ante un tiempo halagüeño o de tribulación. De hecho la fruta hace su debut al inicio del relato bíblico como un actor fundamental en la suerte de los primeros seres humanos: ¡cómo no pensar en la historia del Jardín del Edén! Génesis 3 nos informa que la primera pareja humana fue puesta a prueba por Dios a través de un árbol frutal: el árbol del conocimiento del bien y del mal. Así que la humana predilección por las frutas nos tiene como estamos. Un aspecto particularmente sabroso de la historia es la curiosa identificación de la fruta causante de todo este desaguisado: la manzana. Esa es la relación folklórica prevaleciente hoy en occidente sobre Adán y Eva: pecaron al comer una manzana. Lo curioso de esta conexión – aparte el hecho de que el Génesis no especifica de qué fruta se trata – es que la manzana es un improbable candidato a ser el fruto de la perdición. Por un lado, el manzano nunca jugó un papel significativo en la dieta y tradiciones israelitas, entre otras razones quizás porque, por lo que sabemos hoy, el manzano no es un árbol originario de Palestina, sino que importado desde otras regiones. Por otro lado (y aunque se alegue que después de todo la historia del Edén no se ambienta en Palestina, sino seguramente en lo que hoy es Irak), hay elementos en el relato bíblico que favorecerían a un sospechoso distinto a la manzana: el higo. Al menos en el cristianismo primitivo y en el periodo medieval, no fueron pocos los autores cristianos que identificaron a la higuera como el árbol del conocimiento del bien y del mal. ¿Cuáles son las credenciales bíblicas para semejante creencia?

En el episodio que relata el drama de la transgresión en el Jardín del Edén leemos:

“Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; entonces cocieron hojas de higuera, y se hicieron delantales”. Génesis 3:7.

Esta acción de la primera pareja humana, de cocer “delantales”, un tipo de vestimenta para cubrir sus cuerpos a partir de hojas de higuera, es lo que llevó a asociar tempranamente a la higuera con el primer pecado en la exégesis cristiana primitiva y de ahí algunos especularon con que la higuera era el árbol del que habían comido Adán y Eva. El Apocalipsis de Moisés, un texto pseudoepigráfico del comienzo de la era cristiana, agregó un detalle folklórico: tras la transgresión de Eva todos los árboles perdieron sus hojas (por vergüenza ante lo ocurrido) salvo la higuera. Otros combinaron estos relatos con la idea de la higuera como símbolo del judaísmo pecador, para lo cual hallaron apoyo en el episodio de la maldición de la higuera estéril por Jesús (Mateo 21:18-20; Marcos 11:12-14, 20-22). Así, por ejemplo, Orígenes (siglo III DC) sostenía que la imagen de la higuera seca “desde las raíces” era un potente símbolo del judaísmo, que iba a permanecer así hasta el final de los tiempos.

Sin embargo, cual sea nuestra evaluación de la presencia de la higuera en la historia de Génesis 3, lo cierto es que el higo es símbolo recurrente a lo largo de la literatura bíblica. En los profetas del Antiguo Testamento es un potente símbolo profético cuya condición refleja tiempos de bendición o de maldición para Israel (Isaías 34:4; Jeremías 5:17; 8:13; 24; Oseas 2:12 y 9:10; Joel 1:7 y 2:22; Salmo 105:33; Cantares 2:13). El saludable estado de la vid y la higuera eran formas cotidianas de referirse a una condición de paz y prosperidad: “Y Judá e Israel vivían seguros, cada uno debajo de su parra y debajo de su higuera, desde Dan hasta Beerseba, todos los días de Salomón”. (1 Reyes 4:25; también Miqueas 4:4 y Zacarías 3:10). La higuera es asimismo un símbolo de sabiduría (Proverbios 27:18) y los higos tenían también cualidades sanadoras (2 Reyes 20:7; Isaías 38:21). Los judíos tenían, pues, una alta estima por los higos, al punto que cierta literatura de la época los consideraba un fruto divino y una bendición otorgada por Dios, algo así como un fruto sagrado. Quizás algo de eso o de esa alta estima por la higuera esté detrás de las palabras de Jesús referidas a Natanael: “… He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño… Antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi…” (Juan 1:47-50). Incluso la imaginería escatológica de los higos continua en el discurso de Jesús: “De la higuera aprended la parábola: …” (Marcos 13:28-29).


Frente a este potente protagonismo de los higos en el relato bíblico, la manzana (tappukha) tiene una presencia mucho más modesta. Con apenas seis menciones (Proverbios 25:11; Cantares 2:3, 5; 7:8; 8:5; Joel 1:12) su papel en la historia bíblica es muy menor. ¿Cómo entonces es que hoy en día se asocia a la manzana con la escena del pecado original? Al menos en el ámbito estrictamente bíblico es posible que el que los pocos pasajes donde se menciona la manzana se concentren en el Cantar de los Cantares, un poema de amor que relata la apasionada relación de una pareja, haya podido ayudar a crear la asociación entre amor, erotismo y manzanas. En cualquier caso, si se trata de buscar candidatos a ser el fruto de la perdición, en el contexto de las escrituras el humilde higo supera bastante a la voluptuosa manzana.

sábado, 29 de noviembre de 2014

Los Kamikaze Cristianos



“Todo está en las manos de nuestro Señor, la vida y la muerte son determinadas por él. Voy a estrellarme contra el buque enemigo cantando un himno… Estaré esperando por ti a las puertas del cielo. ¿Pero se me permitirá a mí mismo entrar allá? Mamá, ora por mí. No seré capaz de    soportarlo bien si no puedo estar contigo. ¡Adiós, Mamá!”

Una emotiva carta de despedida, una más de las muchas que se escribieron durante la segunda guerra mundial, en este caso de un hijo hacia su madre en el lejano hogar. Pero esta carta tiene algo muy particular: su autor, Tsukuru Hayashiichi, murió el 12 de abril de 1945 al estrellar su avión contra los buques de la flota norteamericana en la batalla de Okinawa. Tsukuru Hayashiichi era protestante y kamikaze.
 
En nuestra última escala por los tortuosos caminos del suicidio nos encontramos con uno de los episodios más insólitos que jamás pudiéramos imaginar: la existencia de cristianos entre los pilotos suicidas japoneses de la segunda guerra mundial. Como es sabido, el término kamikaze significa “viento divino” (kami se podría traducir como “divinidad” o “espíritu divino”, aunque a veces se interpreta equivocadamente como dios en el sentido occidental del término) y se habría originado en la época de la invasión mongola (siglo XIII), cuando un tifón (taifú) destruyó sorpresivamente a la flota y a la poderosa fuerza expedicionaria enviada por el Gran Kan de China para invadir Japón: los japoneses interpretaron este suceso como una intervención divina que salvó a su país de la conquista mongola. El recuerdo de esta antigua epopeya salvadora rondó otra vez los cerebros de los estrategas militares nipones a fines de la segunda guerra mundial, cuando los avatares de la contienda llevaron a Japón a luchar por su sobrevivencia; esta vez, como una medida desesperada para detener el avance de las fuerzas de Estados Unidos hacia sus costas, los militares japoneses desarrollaron una serie de armas suicidas, la más famosa de las cuales fue sin duda la de los pilotos que estrellaban sus zeros contra los buques norteamericanos, pilotos a los que los japoneses aplicaron el término kamikaze. Para ellos literalmente los pilotos que se inmolaban se convertían en kami, una suerte de ente divino que podía incluso llegar a ser honrado en los altares póstumamente.

Desde la llegada de católicos y protestantes a las islas del Japón en el siglo XVI se establecieron las primeras misiones e iglesias cristianas en el país del Sol Naciente. Sin embargo, la oposición oficial (Hideyoshi ejecutó a varios cristianos en su periodo) y religiosa – shintoista y budista – contra la expansión del cristianismo hizo que incluso para los años 1930s los cristianos no fueran más que el 1 ó 2% de la población del país, esto es, una ínfima minoría. No es extraño entonces que al momento de estallar la guerra los soldados cristianos del ejército imperial fueran igualmente una fracción muy menor. Si agregamos a lo anterior que la inscripción en las escuadrillas kamikaze era por lo general voluntaria, resulta particularmente sorprendente hallar reclutas cristianos dispuestos a inmolarse al estilo kamikaze. El relato de Takamasa Suzuki, hijo de padres católicos y educado él mismo en la escuela dominical, nos puede dar algunas pistas:

“El 3 de mayo de 1945 fuimos consultados por nuestro comandante de compañía quiénes serían voluntarios para misiones de Ataque Especial (o misiones suicidas). Pasé noches enteras preguntándome a mí mismo si debería ofrecerme como voluntario o no… Sabía que Japón estaba condenado a perder la guerra pero pensaba que tenía que sacrificarme a mí mismo por el bien de la nación. Decidí ser voluntario y así me uní al tokko-tai (la Fuerza de Ataque Especial). Tres días después, el 6 de mayo, la compañía entera fue reunida de nuevo. El comandante de la compañía bramó, perdió su calma y nos llamó a todos una basura. Hubo sólo cinco o seis hombres que se ofrecieron como voluntarios de los 210 en nuestra compañía”.

Como consigna el testimonio de Suzuki el alistamiento en las escuadrillas kamikazes era voluntario y los oficiales exhortaban a los soldados en las unidades militares escogidas para que se unieran al esfuerzo supremo para salvar a la nación, claro que para 1945 muchos hombres no estaban dispuestos a sacrificarse viendo próximo el fin de la guerra. Con todo, los testimonios sugieren que el sentimiento de sacrificarse por su nación era muy fuerte en los voluntarios, a tal punto de considerar que morir de esta forma no era muy distinto a experimentar la muerte de otra manera. Es verdad también que muchos de estos voluntarios estaban imbuidos de un espíritu religioso en línea con la tradición shintoista de morir por el emperador y probablemente creían que despertarían en la otra vida en el paraíso como retribución de ese sacrificio, como recuerda un sobreviviente cuando relata que “la última cosa que nuestros camaradas muertos nos decían era, “estaré esperando por todos ustedes en el santuario de Yasukuni””. Precisamente el santuario de Yasukuni, en Tokio, es el controversial lugar donde hasta hoy se rinde culto a los espíritus de los soldados japoneses muertos en la guerra. Pero no todos los kamikazes eran shintoistas, había también algunos ateos y unos pocos cristianos; para estos últimos una conversión post mortem en dioses del santuario de Yasukuni no era una perspectiva real. ¿Por qué entonces soldados japoneses cristianos, católicos o protestantes, se enlistaron voluntarios en tales misiones suicidas? El veinteañero Ichizo Hayashi, otro piloto cristiano, escribiría a su madre: “Vivimos en el espíritu de Jesucristo y morimos en ese espíritu. Este pensamiento está conmigo. Es gratificante vivir en este mundo, pero el vivir tiene un sentido de futilidad ahora. Es tiempo de morir”. Las palabras de los que murieron en ataques suicidas, como Hayashi o Hayashiichi citado al principio, así como las de los que sobrevivieron, como Suzuki, nos recuerdan que estos jóvenes compartían el valor cultural de sus compatriotas respecto al sentido de la inmolación como algo que bajo ciertas circunstancias no es negativo, sino muy positivo. A diferencia de la mayoría de sus camaradas, estos kamikazes cristianos no esperaban engrosar póstumamente el panteón de los dioses de Yasukuni, sino reunirse en el cielo cristiano con sus padres, madres y conocidos, aunque la duda expresada por Tsukuru podría haber rondado sus últimos días: ¿Pero se me permitirá a mí mismo entrar allá?

Como recuerdan observadores en los momentos finales de la guerra, después de los bombardeos atómicos sobre Japón, habitantes de Kioto apuntaban que los dioses ancestrales del Japón habían sido más efectivos en salvar a Kioto que el Dios cristiano en salvar a Nagasaki (antiguo reducto cristiano en Japón). Pero el Dios que no salvó a Nagasaki, ¿recibiría a los kamikazes cristianos?

lunes, 27 de octubre de 2014

Nirvana en Llamas: la relación entre budismo y suicidio



En nuestros dos últimos artículos hemos hablado sobre suicidio; un caso más bien antiguo, el del monje vietnamita Thich Quang Duc en los años sesenta, otro más actual, el del actor Robin Williams hace algunos meses. Es un hecho que la comprensión del suicidio en occidente y en oriente es muy diferente, entre otras razones, por el trasfondo religioso (y por tanto cultural) que distingue a estos dos mundos. Mientras en occidente el suicidio está teñido de una incuestionable nota de rechazo por la tradicional visión judeo-cristiana que considera que es una exclusiva prerrogativa divina el poner fin a la vida, en oriente, o al menos en las sociedades de tradición budista, carentes de tal trasfondo, el poner término a la vida propia está lejos de ser considerado como algo negativo y más bien puede llegar a tener una visión positiva, incluso de exaltación.

Teóricos budistas de la actualidad, como Thich Nhat Hanh (foto principal) a quien citábamos en agosto, suelen recalcar que la muerte voluntaria practicada por budistas en el marco de un ritual budista no debe ser rotulada de suicidio, sino que debe considerarse como una opción distinta y de ahí que algunos prefieran hablar de auto inmolación. Tal parece ser que la connotación moral negativa que tiene el suicidio en occidente está detrás de este reclamo, pues en la cosmovisión budista la decisión de poner fin a la vida – bajo ciertas condiciones – no tiene nada de maligno, muy por el contrario, puede ser visto como un acto encomiable, trascendente, cuasi vicario. En la tradición budista se condena en general la práctica del suicidio, pero hay casos especiales en los cuales tomar la vida en las manos propias, sobre todo buscando un buen fin para uno mismo o para otros, no calificaría como suicidio (algo negativo) sino como auto inmolación (algo positivo). Es la condición en la que se encontrarían maestros avanzados del budismo, como bodhisattvas y arhats, para quienes, habiendo pasado por todas las etapas de la purificación vía la reencarnación (el ciclo de nacimientos – muertes – renacimientos), el suicidio es una forma directa de acortar su paso al nirvana, a la trascendencia. Para entender esta enseñanza hay que tener presente que en la tradición budista el cuerpo no tiene un valor intrínseco y por cierto tiene uno mucho menor que el alma, de donde el valor relativo del cuerpo está dado por el uso que hagamos de él de forma altruista, para ayudar a otros (incluyendo la auto inmolación). Ahora bien, en las dos principales tradiciones budistas, el budismo teravada y el mahayana, las opiniones difieren sobre esta materia: mientras el primero considera que esas conductas son elogiables pero no necesariamente deben ser imitadas, el segundo ve el auto sacrificio (del cuerpo) como un componente esencial del camino budista. Dado que el budismo teravada es dominante en Sri Lanka y el sudeste asiático (Birmania, Tailandia, Camboya, Laos, Vietnam) esa es la región donde se registran menos incidentes de auto inmolación, aunque como señalamos antes el caso de Thich Quang Duc nos recuerda que era posible importar esas costumbres desde otras zonas budistas. Por otro lado, el budismo mahayana es dominante en el Tíbet y lejano oriente (China, Japón, Corea), que es la región donde precisamente más casos de auto inmolación se pueden detectar. El Lotus Sutra es el texto más influyente en el budismo mahayana que es responsable de propagar la creencia de “descartar el cuerpo” en el ascetismo budista, es decir, de entender el suicidio como una forma de renunciación, una vía para renacer en el mundo espiritual o, más recientemente, como una forma de protesta o defensa cuando se amenaza a la comunidad budista (el caso de Thich Quang Duc).

La auto inmolación tiene, como anunciábamos antes, una milenaria tradición en China, tradición que sería importada más tarde al Japón. En el país del sol naciente estas ideas se introdujeron en el periodo medieval, probablemente entre los siglos VIII y X, y tuvieron acogida en varios templos budistas, en especial en el budismo Zen. Tanto el shintoismo como el budismo enseñaron a los japoneses la importancia de la lealtad, la obediencia, la disciplina y más tarde el nacionalismo: la muerte desinteresada por estos ideales o valores era algo absolutamente encomiable y apreciado. Por esta vía se comienza a entender la particular disposición de los japoneses al suicidio, como se enseña en el Bushido (el manual militar japonés), imagen ampliamente documentada y asociada con la milicia japonesa y el pueblo japonés hasta la primera mitad del siglo XX (cómo no recordar el ejemplo de los kamikazes).


El poner término a la vida propia es un asunto que hasta hoy resalta una diferencia significativa entre la cultura cristiana occidental y la budista oriental (asiática); mientras en la primera esta conducta se denomina suicidio y tiene una connotación negativa y por lo general se reprime, en la segunda la condena al suicidio sigue una cierta casuística que en ciertos casos puede tener, por el contrario, un significado positivo. Hasta cierto punto, la distinta mirada respecto al suicidio es una faceta más de los múltiples contrastes entre la tradición cristiana y la budista.

martes, 2 de septiembre de 2014

La Ciencia del Suicidio



Cuando en nuestro último artículo tratábamos sobre el suicidio o inmolación del monje vietnamita Thich Quang Duc en 1963, era imposible imaginar la triste noticia de los últimos días: el suicidio del actor Robin Williams en California, Estados Unidos. Al parecer una rebelde depresión precipitó la muerte del famoso comediante, dejando para el recuerdo una carrera notable y una serie de películas que lo hicieron tan querido en todo el mundo. Detrás del impacto inicial el fallecimiento de Robin Williams volvió a recordarnos de la manera más ominosa la persistencia del suicidio como causa de muerte de muchas personas cada día en todo el mundo. ¿Por qué se suicidan las personas? ¿Cómo entender tan dramática situación? ¿Se puede prevenir? ¿Podemos ayudar a las potenciales víctimas?

Desde el punto de vista de la aún relativamente joven investigación científica sobre el suicidio el comportamiento suicida puede entenderse como el resultado de un delicado balance entre las tendencias suicidas de una persona (endógenas) y los factores estresantes que actúan como detonantes del comportamiento suicida (exógenos). Estos últimos factores estresantes pueden ser ambientales, biológicos o siquiátricos, o bien una combinación de todos o algunos de ellos. Desde el punto de vista sicológico el suicidio ha sido estudiado a dos niveles, social (colectivo) e individual, con resultados bastante dispares.  Al nivel social es claro que la tasa de suicidios para cada nación es más o menos constante o experimenta pequeñas fluctuaciones, siendo raro que supere el tope de los 40 casos por cada 100.000 habitantes; por el contrario, a nivel individual tanto los intentos de suicidio como los suicidios consumados son más difíciles de predecir. El modelo más exitoso es el modelo siquiátrico de predisposición-estrés (modelo diátesis-estrés), que señala que ambos factores – la predisposición y el estrés – actuando por separado o interactuando juntos potencian la conducta suicida: las personas que tienen esta predisposición descubrirán factores estresantes más fácilmente y a su vez estos factores estresantes seguramente tendrán mayores efectos sobre personas que tienen la predisposición suicida. En el contexto de los factores que predisponen hacia el suicidio A. F. Henry y J. F. Short elaboraron en 1954 una teoría basada tanto en el sicoanálisis como en la hipótesis frustración – agresión. Según esta propuesta la primera reacción ante una frustración es siempre una agresión hacia otra persona, pero esa primera reacción puede inhibirse y transformarse en una autoagresión (agresión hacia uno mismo) dependiendo de la presencia y fuerza de restricciones externas sobre nuestro comportamiento. Cuando esas restricciones son rígidas e impuestas por otros o son obra de otras personas, entonces la frustración culpará a esos otros y la agresión se dirigirá hacia esas personas. Pero cuando esas restricciones externas son débiles entonces el yo no tendrá a extraños a quienes culpar de su frustración y la agresión se dirigirá hacia adentro, se internalizará. La teoría de Henry y Short hace predicciones interesantes, por ejemplo, en ambientes del tipo opresor – oprimido. En un sistema así el oprimido tendrá todos los estímulos para identificar su frustración con respecto a los opresores, lo que llevará a respuestas agresivas hacia los otros, eventualmente al homicidio. En cambio el opresor, como privilegiado en la sociedad, no puede culpar a otros por sus frustraciones y tenderá a la depresión y potencialmente a agredirse a sí mismo, es decir, al suicidio.

En el campo de la investigación del suicidio a nivel social es sabido que la primera teoría científica sobre la tasa social de suicidio fue la del francés Emile Durkheim, publicada en su estudio del tema, “Le Suicide”, en 1897. En esa obra Durkheim proponía dos categorías sociales como fundamentales para explicar la tasa social de suicidio: la integración social y la regulación social. La integración social es el grado en el cual los integrantes de la sociedad están unidos a través de redes sociales; la regulación social es el grado en el cual los deseos y el comportamiento de los miembros de la sociedad están restringidos por normas y costumbres sociales. Si bien la propuesta de Durkheim ha tenido partidarios y detractores y ha sido revisada y modificada a lo largo de más de cien años, permanece la noción básica de que la fuerza/debilidad de nuestros lazos sociales (familiares, amistades, grupos de referencia) así como la fuerza/debilidad de las normas sociales están directamente relacionados con la tasa de suicidios al nivel social.   


Los profesionales de la sicología, la siquiatría y la sociología siguen estudiando el comportamiento suicida y elaborando nuevas teorías para responder a un evento para nosotros tan perturbador como es el suicidio, en la esperanza de que se podrá recuperar a esas personas y prevenir el acto suicida. Un experto comentaba hace algunos años en un artículo: “La publicidad dada a los suicidios, especialmente suicidios de celebridades, ha demostrado llevar a un incremento en la tasa de suicidios en los pocos días siguientes, especialmente entre aquellos de la misma edad y sexo de la celebridad. El suicidio entre pares puede tener un efecto contagioso, precipitando comportamientos suicidas en aquellos con las características que predisponen al individuo al suicidio”. Es de esperar que la muerte de Robin Williams no sea objeto de esa clase de imitación. Es de esperar asimismo que podamos prevenir y ayudar a su vez a las víctimas y a sus familias.

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