martes, 27 de mayo de 2014

Teoría sexual II: el determinismo lingüístico (o constructivismo social)



En nuestra reflexión anterior veíamos el auge de la teoría biológica – determinismo biológico o esencialismo biológico – en el siglo XIX como explicación fundamental de la conducta sexual de los seres humanos. En esa línea la conducta sexual de una persona está determinada por los genitales que nos legó la evolución, mientras que las conductas que se apartan de esa dependencia genital (como la homosexualidad) eran consideradas por lo común como un tipo de trastorno o enfermedad respecto de la función evolutiva básica del sexo: la reproducción de la especie. Pero, veíamos también, esa teoría perdió creciente apoyo tras la Segunda Guerra Mundial, al punto que fue casi completamente opacada en varios sectores de occidente por una nueva teoría que puso el acento en el ámbito social y cultural.

Normalmente tendemos a pensar que el cambio desde una teoría científica a otra es el resultado de un descubrimiento científico que medió dicha transformación, como ocurrió, por ejemplo, con la Revolución Científica de los siglos XVI y XVII, cuando el ser humano descubrió que la tierra no era el centro del universo y que giraba en torno al sol. En cambio, en el caso que consideramos ahora, es decir, en la importancia y precedencia dadas a la sociedad y la cultura por sobre la biología en la determinación del comportamiento humano (incluido lo sexual), no hubo ningún nuevo descubrimiento científico específico que explicara  esa modificación, sino que la misma fue más bien el resultado del nacimiento de una nueva ciencia: la lingüística. Uno no se imaginaría que la ciencia del lenguaje pudiera tener efectos en la teoría sexual, pero eso fue exactamente lo que ocurrió en el siglo XX. La lingüística nace alrededor del 1900 y uno de sus principales progenitores fue el suizo Ferdinand de Saussure (1857-1913). La visión de Saussure desafió las convenciones de la época, que suponían que la realidad es algo dado, independiente del lenguaje. Saussure, en cambio, avanzó la osada hipótesis de que el lenguaje, en cierta medida, construye la realidad: para Saussure nosotros vemos el mundo a través del lenguaje. Saussure postuló que el estudio de la lingüística debiera ser parte de una empresa más grande y abarcadora, a la que denominó semiología (del griego semeion, “signo”) o semiótica. Al buscar estructuras – lenguaje, signos y conceptos – que subyacen y hacen inteligible el discurso humano, Saussure sentaría las bases para el desarrollo posterior del estructuralismo y de la crítica postmoderna; de ahí también que a la lingüística saussureana se la conozca como lingüística estructuralista.

Ahora bien, ¿qué tiene que ver todo lo anterior con el sexo? Bueno, ocurre que una de las ideas de Saussure, aquello de la arbitrariedad del lenguaje, en el sentido de que el lenguaje es una construcción social/cultural independiente de la naturaleza, iba a tomar vuelo propio en las décadas siguientes, quizás incluso de una manera que ni el mismo Saussure se hubiera imaginado. Desde entonces se comenzó a hablar del “giro lingüístico” (“linguistic turn”) en las ciencias sociales y con ello se comenzó a enfatizar el hecho de que el comportamiento humano está determinado por el lenguaje y por lo tanto es, en última instancia, independiente de la naturaleza, es más bien el resultado de una construcción social/cultural. Eso es así incluso en lo referido al comportamiento sexual o, dicho en otras palabras, la sexualidad humana está determinada por la forma como el sexo es “construido” en la sociedad o la cultura, la sexualidad es entonces un subproducto de la cultura humana. En este esquema lo biológico es apenas un input de entrada, un dato más de la causa, pero nunca el determinante de la conducta sexual. Es por lo anterior que la nueva teoría se conoció como constructivismo social o determinismo lingüístico (o esencialismo lingüístico). En este marco conceptual no existe nada “natural” o “anti natural”, “normal” o “anormal”, no hay en definitiva una posibilidad de apelar a la naturaleza como una vía para sancionar ciertas conductas sexuales, pues al fin y al cabo las conductas sexuales que practican los seres humanos son el resultado de las convenciones que se fraguan al interior de sus comunidades. Como esas convenciones a su vez están determinadas por las estructuras de poder que articulan la vida en sociedad, entonces las normas sexuales tradicionales no son más que el resultado de las imposiciones políticas construidas a lo largo del tiempo y no tienen más valor que el que les confieren esas autoridades políticas. Esta visión “lingüística”, sociocultural del sexo, va a tener sus mayores exponentes en los seguidores de la tradición estructuralista y post estructuralista occidental, es decir, en el postmodernismo y en el feminismo de los años 1960s en adelante, para enganchar posteriormente con los movimientos homosexuales que desde los años 1990s han irrumpido con fuerza para reforzar aquello de que no hay nada “natural” o “normal” en una determinada conducta sexual.


Ahora bien, independientemente de cuál sea nuestra apreciación de esta teoría, una cosa es cierta, la vieja discusión entre biología y sociedad, lo que los gringos denominan el debate “nature vs culture” (o “nature vs nurture”), sigue siendo una puerta abierta, una en la que aún la ciencia del sexo nos debe una respuesta definitiva. 

miércoles, 23 de abril de 2014

Teoría sexual I: el determinismo biológico



En los últimos años – y en las últimas décadas – el tema sexual se ha ido tomando lentamente la agenda pública y privada. Pero entender qué constituye o explica la conducta sexual humana es un asunto de difícil resolución. Lo obvio sería buscar la respuesta científica sobre esta materia. Pero, ¿qué es la ciencia del sexo? Muchas disciplinas científicas intervienen en lo que podríamos denominar “la ciencia del sexo” y por nombrar algunas tenemos: biología, medicina, genética, embriología, sexología, antropología, sociología, historia, arqueología, lingüística. ¿Lingüística? Por extraño que nos parezca la ciencia del lenguaje también tiene algo que decir, pero esa es una historia que veremos más adelante. Por lo pronto circunscribiremos nuestro análisis a lo que ha venido sucediendo en los últimos doscientos años y partiremos con la primera teoría sobre el sexo: la explicación biológica.

Durante la Ilustración (siglo XVIII) se habían desarrollado las primeras teorías científicas relativas a la vida. En 1802 se usa por primera vez el concepto “biología” en libros publicados en paralelo por J. B. Lamarck y G. R. Treviranus. Con el término biología se da un estatus propio al estudio de los seres vivos como una disciplina científica aparte después del 1800. Mirado retrospectivamente algunos historiadores llamarán al siglo XIX “el siglo de la biología”, no porque se haya acuñado entonces este nuevo vocablo sino por el auge que vivió la ciencia biológica en esa centuria debido a la teoría de la evolución del inglés Charles Darwin (1809-1881). Darwin postuló la teoría de la evolución y el mecanismo que la explicaba era la selección natural. La selección natural opera a través de una dura y despiadada lucha por la sobrevivencia, de modo que sólo los organismos más fuertes logran prevalecer y reproducirse, mientras que los más débiles se extinguen sin dejar descendencia. La selección natural asegura entonces “la sobrevivencia de los más aptos”, cuyos descendientes estarán mejor capacitados a su vez para triunfar en la vida, generándose una carrera ascendente de progreso biológico hacia mejores individuos (en la imagen principal una familia victoriana). En la interpretación de la época la teoría de la evolución suponía que el comportamiento humano está determinado fundamentalmente por su herencia biológica: somos y actuamos en función de lo que nuestra herencia genética ha hecho de nosotros. En esta perspectiva la identidad de una persona es algo fijo y determinado desde el nacimiento; es decir, uno nace hombre o nace mujer y se va a comportar sexualmente según ese condicionamiento biológico natural. Esto es lo que se conoce como determinismo biológico o esencialismo biológico y que se resumiría en la célebre frase: “biología es destino”, reescrita también como “anatomía es destino”. Según este punto de vista, entonces, nuestra conducta sexual está determinada por los genitales que nos legó la evolución.

Pero en el siglo XIX no sólo se acuñó el término “biología”, también se inventaron otros dos conceptos que son esenciales en esta historia: los conceptos de heterosexualidad y homosexualidad. Ahora bien, la teoría evolutiva de la sexualidad se halló en problemas para tratar con la homosexualidad. Después de todo, según los evolucionistas las especies se desarrollan para cumplir ciertas funciones básicas, entre ellas alimentarse y reproducirse. La actividad sexual se explica por el instinto de las especies (sexuadas) de perpetuarse y no desaparecer: el apareamiento entre machos y hembras cumple esa función evolutiva básica. ¿Cómo explicar entonces la homosexualidad que va contra el instinto evolutivo de reproducción que se encuentra en todos los animales? ¿Cómo explicar que haya individuos en la especie que se embarcan en relaciones con el mismo sexo en contra del imperativo evolucionista de reproducción? Los evolucionistas no tuvieron otra opción que explicar que la relación homosexual, al ir en contra del instinto natural de reproducción, debe corresponder a una anomalía, una enfermedad. La ciencia evolutiva de la época - medicina, biología, siquiatría, sicología - va a tratar entonces a las conductas que se alejan de la heterosexualidad como patologías o perversiones. Es importante destacar este hecho, pues esta clasificación científica, por ejemplo, de la homosexualidad como una perversión no tiene nada que ver con la tipificación de una perversión moral (la lectura común, como si los científicos tuvieran un juicio moral sobre la homosexualidad) sino con la caracterización de una conducta como una perversión respecto del propósito evolutivo del sexo (la reproducción de las especies). Cuando los siquiatras en los años 1970s comenzaron a desclasificar la homosexualidad como perversión simplemente expresaban el cambio desde una teoría científica a otra (como veremos más adelante). 

Desde las primeras décadas del siglo XX Sigmund Freud (1856-1939) surgió como el más popular referente científico en materias de sexo y erotismo en occidente. La teoría darwiniana de la evolución tuvo una gran influencia en Freud: la teoría sicoanalítica tiene ciertos componentes biológicos (hereditarios). Esta deuda de Freud con Darwin se deja ver en la percepción freudiana de ciertos aspectos de la psiquis humana como biológicamente heredados, fijos y determinados. Un ejemplo famoso es el del deseo sexual: Freud diría que “no existe sino una libido y esta es fálica”. Para Freud el apetito sexual humano es básicamente masculino. Freud entendía que el hombre es el agente sexual activo, mientras la mujer es más bien un actor pasivo (para Freud la sexualidad femenina era de naturaleza masoquista). En esta misma línea de la importancia de lo heredado Freud va a observar que lo anatómico (biológico) juega un papel clave en la definición de la masculinidad y la feminidad: las diferencias sicosexuales entre hombres y mujeres se explican a un nivel basal como diferencias genitales. Cuando la niña descubre que carece de los genitales masculinos interioriza la idea de ser de menor valor, una persona más desvalida que el hombre (cuestión que Freud expresó como la famosa y controversial “envidia del pene”). Esa carencia inculca en la mujer la idea de tener menos poder y menos autoridad que el hombre. La mujer entiende que sus propios genitales son de menor valor o poder que los genitales masculinos y su respuesta instintiva ante este descubrimiento es entregarse al cuidado y protección masculina: primero del padre y luego del marido. Hasta ahí la teoría freudiana. Ahora bien, Freud no creía que todo tenía una raíz biológica o heredada: había espacio para la influencia social, lo que explica el mecanismo de represión. Además, a diferencia de sus contemporáneos, tampoco Freud veía una relación estricta entre lo biológico y el comportamiento sexual de las personas; Freud creía que todos los seres humanos tenían una potencial tendencia a la bisexualidad (la teoría se la sugirió uno de sus amigos íntimos, Wilhelm Fliess: Freud mismo ha sido caracterizado como bisexual). En una época en la que nace la distinción heterosexual-homosexual Freud no veía la conducta homosexual como algo malo per se. La convivencia de factores biológicos (heredados) y socioculturales en el sicoanálisis es un anuncio del cambio de percepción respecto del imperio de la explicación biológica. 

En el siglo XIX y hasta la primera mitad del siglo XX las respuestas biológicas llevaron la delantera, principalmente por la influencia de la evolución darwiniana. Por entonces se suponía que una persona tenía una identidad determinada por su herencia biológica – el esencialismo biológico expresado en “biología es destino” – de manera tal que una persona nace inteligente o bruto, hombre o mujer, honesto o delincuente y así sucesivamente. La influencia ambiental era despreciable y lo importante era ayudar a la evolución humana con las herramientas eugenésicas: por una parte eso significaba mantener y mejorar las buenas características hereditarias y por otra restringir o suprimir los factores negativos. Pero el determinismo o esencialismo biológico entró en crisis a mediados del siglo XX. Por un lado la crisis de la eugenesia (sobre todo por el experimento nazi en Alemania) había debilitado las posturas biológicas en el ánimo de muchos europeos, por otro Freud ya había abierto la puerta para una doble explicación a la conducta sexual: biológica y social/cultural. En la Europa de la post guerra el terreno estaba preparado para una teoría sociocultural de la sexualidad.

jueves, 20 de marzo de 2014

Un Imperio de Plomo: Minería romana y contaminación ambiental



En nuestro artículo anterior repasamos la historia de Wadi Fainan, región situada al sur del Mar Muerto y uno de los mayores centros mineros del mundo antiguo. La investigación científica en Wadi Fainan ha desvelado la alta contaminación de la región como resultado de miles de años de una explotación minera intensiva, cuyo principal producto era el cobre, pero que también suministraba ingentes cantidades de subproductos como el plomo, un metal pesado de altísima toxicidad. Vimos también que el periodo de mayor producción coincidió en gran medida con la extensión del gobierno romano en esa región del mundo, cuestión que para nada es casualidad: los romanos construyeron una de las mayores industrias mineras de la antigüedad y de paso se convirtieron también en la sociedad más contaminante antes de la revolución industrial (en la foto principal exploradores en las minas romanas de Dacia, actual Rumania).

Los pueblos del antiguo Medio Oriente habían comenzado la explotación de metales (como cobre y estaño) varios miles de años antes de Cristo, experiencia común a toda la cuenca del mediterráneo. Aunque solemos pasarlo por alto, la verdad es que el ascenso de Atenas en el siglo V AC y la construcción de un imperio ateniense descansaba en gran medida en la explotación de las mimas del Laurión, muy próximas a la ciudad. Como medio de acuñación de monedas (de oro, plata cobre, estaño, bronce), como recurso para forjar armas (bronce y hierro) así como fuente de riqueza (oro y plata), la minería jugaba un papel central en el juego político y militar de la antigüedad. No puede sorprender entonces que desde sus inicios Roma haya entrado en el mismo juego. Ya los primeros enfrentamientos entre Roma y Cartago dieron prueba de la importancia del factor minero. Como es sabido, en la Segunda Guerra Púnica Aníbal levantó un formidable ejército en España - elefantes incluidos - con el que cruzó los Alpes y debutó en Italia infligiendo colosales derrotas a las legiones romanas. Lo que es menos conocido es que Aníbal pudo solventar ese ejército dado que los cartagineses tenían acceso al oro y la plata de las minas españolas, ya sea porque las mismas eran parte de los territorios ibéricos que conformaban su imperio ultramarino o bien porque estaban en manos de tribus y jefes locales que eran aliados de los cartagineses. Cuando más tarde los romanos se apoderaron de esos territorios españoles y de sus minas comenzaron a  cimentar su victoria sobre Cartago. La riqueza minera de los yacimientos de la península ibérica llevó a que los romanos ampliaran las explotaciones existentes y abrieran otras nuevas, convirtiendo a España en el crisol de su industria minera. Desde entonces, dondequiera que las legiones impusieran la autoridad de Roma la búsqueda de minas y metales que explotar se convirtió en una prioridad, lo que explica la intensificación de la producción en Wadi Fainan.

Sin embargo, como lo sabemos muy bien, la minería es una actividad altamente contaminante y si eso sigue siendo así incluso hoy en día, con toda la tecnología disponible, podemos imaginar lo que debió ser en la antigüedad. Un ejemplo muy relacionado con los romanos nos puede dar una idea al respecto. En la antigüedad se conocían siete metales: estaño, plomo, zinc, plata, oro, cobre y hierro, ordenados por su punto de fusión (de menor a mayor). El estaño era el más fácil de fundir (232ºC), el hierro el más difícil (1535ºC). El plomo tiene un bajo punto de fusión (328ºC) por lo que debe haber estado entre los primeros metales usados por el hombre y hay evidencia de su explotación desde antes del 4.000 AC, explotación que durante la civilización grecorromana escaló su consumo a un máximo. Los romanos en particular hallaron muchos usos para el plomo. En latín plumbum significa plomo y no es casualidad que nuestro español “plomería” y el inglés “plumbing” (cañerías) deriven de plumbum, pues precisamente los romanos hicieron un uso intensivo del plomo en la construcción de cañerías y en los acueductos que transportaban el agua a sus ciudades: el uso del plomo en la construcción de cañerías y ductos para el agua fue la aplicación más importante del plomo en las ciudades romanas. Pero no sólo la industria de los ductos de agua usaba plomo, también se empleaba mucho en la construcción en general y en la construcción de barcos en particular. Los romanos también recurrieron al plomo para usos más domésticos, como para  preparar las pinturas con las que decoraban sus casas, las tinturas con las que teñían sus ropas e incluso el peltre (una aleación de plomo y estaño) con la que fabricaban varios utensilios de uso casero. Las mujeres romanas usaban productos estéticos hechos en base a plomo (pinturas para los labios y polvos faciales) y como si esto no fuera poco, copas, ollas y otros implementos de la vajilla romana usados para comer y beber eran hechos con materiales en base a aleaciones de plomo. El plomo tiene propiedades bactericidas y ello explica que los romanos lo hayan usado asimismo para preservar sus alimentos, como espermicida (especie de anti conceptivo) y también para tratar algunas enfermedades cutáneas; incluso el vino romano (al igual que el griego) se almacenaba en toneles hechos con plomo al cual se agregaba pequeñas cantidades de compuestos de plomo para prevenir su fermentación; algo parecido sucedía con el almacenamiento del aceite. Dado que los romanos no conocían el azúcar se usaba acetato de plomo (que tiene un sabor dulce) para dulcificar. Incluso en la hora de la muerte un hermoso ataúd hecho con plomo podía esperar a un ilustre ciudadano romano (¿víctima del mismo plomo?) Quizás este cotidiano y variopinto uso del plomo nos ayude a entender por qué era llamado también “el metal romano”: en un sentido muy literal, el imperio romano era un imperio de plomo.

Ahora bien, el plomo y sus compuestos son altamente venenosos. La volatilidad y la pulverización de estos productos hace muy fácil la contaminación del agua, el aire y el suelo. Si recordamos que por lo general junto a las minas estaban las fundiciones para procesar los minerales, los vapores que allí se producían y los vertidos sobre las aguas deben haber sido fuente de una altísima contaminación ambiental. Ya en una remota antigüedad los egipcios y después los griegos (Hipócrates) habían notado los nocivos efectos del plomo sobre la salud humana y los romanos no desconocían esa realidad: pérdida de apetito y peso, palidez, cólicos, fatiga, irritabilidad y espasmos nerviosos; no por nada la mayor parte de los trabajadores en las minas eran esclavos y una condena “a las minas” era sinónimo de una sentencia de muerte. Dependiendo de la cantidad y el tiempo de exposición al envenenamiento con plomo el efecto sobre el cuerpo puede ser diverso, pero normalmente el daño afecta tres funciones corporales básicas: la formación de sangre, el trabajo del sistema nervioso y los riñones, aparte del hecho de que el plomo se deposita de manera permanente en los tejidos y en los huesos, haciendo que el envenenamiento se prolongue de por vida.

Pero, ¿cuánto plomo usaron los romanos? ¿Son cantidades significativas como para producir estragos? Para dimensionar el problema podemos observar las investigaciones científicas que se han llevado a cabo desde los años 1950s hasta el presente en los hielos de Groenlandia. En esa región se han estudiado muestras extraídas de hasta 3 km de profundidad, sobre las cuales se puede medir la composición del hielo acumulado desde hace unos 7.800 años. Los resultados indican que hasta aproximadamente el año 1000 AC la presencia de plomo en el hielo de Groenlandia se mantuvo baja y se explicaba fundamentalmente por causas naturales. Pero en el primer milenio antes de Cristo el plomo comenzó a depositarse en cantidades cada vez mayores, hasta alcanzar un máximo en el periodo entre el 500 AC y 300 DC, es decir, en el periodo grecorromano y sobre todo en el Imperio Romano. La presencia de plomo en las capas de hielo correspondiente a este último periodo es casi cuatro veces mayor al de la etapa previa, cuando el plomo respondía a causas naturales. Las estimaciones actuales indican que en la época dorada del imperio los romanos procesaron hasta 80.000 toneladas anuales de plomo, con cerca de un 5% de ese total liberado a la atmósfera (unas 4.000 toneladas/año). Todo indica que la circulación de las corrientes de aire atrapó esas emanaciones aéreas de partículas de plomo que alcanzaron la tropósfera y terminó por depositarla en Groenlandia e incluso en el Ártico. Más aún, la investigación de los isótopos de plomo ha llevado a la conclusión de que en el periodo entre el 150 AC y 50 DC el 70% del plomo depositado en Groenlandia provino de las minas de Río Tinto, en Andalucía (sureste de España), el corazón minero de Roma. Según los expertos, ¡se trata de la primera contaminación aérea de escala hemisférica detectada antes de la Revolución Industrial (que tuvo lugar más de 1.500 años después)! Durante los dos primeros siglos de la era cristiana la producción romana de plomo pudo haber sido de unos 4 kg per cápita, una cifra que representa casi 2/3 del consumo de plomo en los Estados Unidos en los años setenta. Tras la caída del Imperio Romano los niveles de plomo disminuyen bruscamente hasta alcanzar un mínimo en la Edad Media y vuelven a incrementarse desde fines de ese periodo y el Renacimiento a medida que aumenta otra vez la producción y consumo de plomo, para alcanzar nuevos máximos desde la Revolución Industrial del siglo XIX. Los niveles de plomo comienzan a descender otra vez después de los años 1970s, cuando en el hemisferio norte se introducen los combustibles sin plomo.

Las cifras indican que la producción y el uso del plomo en el Imperio Romano sin duda alcanzaron niveles sin precedentes en la antigüedad. Aunque las estimaciones siempre son tentativas nos dan un punto de referencia para dimensionar de qué estamos hablando. Dado el volumen involucrado y lo contaminante del plomo algunos se han preguntado qué efectos tuvo el plomo sobre el Imperio Romano. La verdad es que ocurre una cosa muy curiosa con el plomo y es que en el pasado llegó a ser altamente apreciado por la diversidad de usos y servicios que prestaba y que ya hemos señalado. Ello explica que la exposición al plomo fuera muy distinta según la clase social a que se perteneciera en la antigua Roma, y todo apunta a que la aristocracia era la mayor consumidora de plomo. ¿Debilitó el plomo a la aristocracia romana? Y si ello fuera así, ¿cuál fue la magnitud del efecto del plomo en la clase gobernante de Roma? ¿Acaso fue el plomo responsable de la caída del Imperio Romano? Preguntas que aún debaten historiadores y científicos, pero que nos recuerdan que si la contaminación ambiental acompañó de cerca a la redacción de la Biblia (ver artículo anterior sobre Wadi Fainan) la polución generada por la minería romana – en particular la explotación del plomo – acompañó silenciosamente los primeros siglos de vida del cristianismo y de la iglesia.

jueves, 20 de febrero de 2014

Wadi Fainan: Contaminación ambiental en tiempos bíblicos



“Todo lo hizo fundir el rey en la llanura del Jordán, en tierra arcillosa, entre Sucot y Saretán. Y no inquirió Salomón el peso del bronce de todos los utensilios, por la gran cantidad de ellos”. 1 Reyes 7:46-47.

Cuando hablamos de contaminación ambiental inmediatamente acude a nuestra mente la imagen por antonomasia: una chimenea escupiendo humo a la atmosfera. La asociación es tan evidente que damos por sentado que contaminación es sinónimo de industrialización. Años y décadas de educación forjaron esa relación causa-efecto: la revolución industrial del siglo XVIII es el origen de la crisis ecológica en la que estamos inmersos hoy en día. Como colofón, uno podría asumir que antes de la revolución industrial no había contaminación, ¿verdad? Sin embargo, la documentación histórica y la investigación científica de la lejana antigüedad vienen a atemperar un poco esa ecuación inculcada en los días de escuela; hoy estamos aprendiendo que la contaminación antropogénica – causada por el ser humano – es muy anterior al surgimiento de la fábrica moderna. Pero, ¿qué tan anterior? En rigor los humanos comenzaron a contaminar el planeta desde que aprendieron a manejar el fuego, esto es, a quemar áreas verdes y liberar gases de combustión a la atmósfera, hace miles de años. Pero los efectos contaminantes de la actividad humana no se hicieron significativos para el medio ambiente sino hasta que el manejo del fuego encontró una nueva aplicación: la fundición de metales. El impacto de los metales fue tan trascendente que incluso la historia humana se articula en torno a ellos y así hablamos de la edad del cobre, del bronce y del hierro. Cobre, bronce, hierro… metales que por cierto aparecen en las páginas de la Biblia y que nos indican que en tiempos bíblicos había también eso que llamamos contaminación ambiental.

Al sur del Mar Muerto, en el extremo meridional del reino Hachemita de Jordania, se encuentra Wadi Fainan, un territorio árido, golpeado por los inclementes vientos del desierto arábigo, y que presenta al visitante un impresionante paisaje volcánico… o al menos eso parece. A decir verdad, en esa región del mundo no hay volcanes y el volcán activo más cercano está a unos dos mil kilómetros más al oeste, en Sicilia. El paisaje de Wadi Fainan no es el producto de una erupción volcánica ni los restos esparcidos por el terreno lava petrificada: en realidad nada de ese desolador entorno es natural, todo ha sido creado por el ser humano. Wadi Fainan es una región rica en minerales y desde tiempos muy remotos sus primeros pobladores comenzaron a explotar los metales que allí abundaban, principalmente el cobre. La explotación minera en la región, que cubre una extensión de unos 500 km2, comenzó probablemente en una fecha tan temprana como el 4000 AC, sino antes, y se fue incrementando con el paso del tiempo, hasta alcanzar su clímax entre el 500 AC y el 100 DC, luego se mantuvo estable durante el periodo romano posterior para decaer a comienzos del periodo bizantino, estimándose actualmente que la producción minera cesó hacia el siglo VI DC. Las investigaciones de las últimas décadas han detectado entre 230 y 250 minas que estuvieron en operaciones en algún momento durante todo este periodo. En resumen, durante miles de años Wadi Fainan fue una fuente casi inagotable de producción de cobre, principalmente, pero también de otros metales, como el plomo.

Si pensamos por un momento en los cuestionamientos ambientales y ecológicos que enfrenta la industria minera en la actualidad, teniendo en cuenta lo que sabemos hoy sobre la naturaleza y los efectos altamente contaminantes de la minería, nadie podría sorprenderse de que Wadi Fainan sea una zona muy contaminada, más aún considerando los métodos antiguos de explotación minera. La disposición de los yacimientos en Wadi Fainan permitió la operación “a cielo abierto”, sin necesidad de recurrir a excavar túneles subterráneos. Para quien no esté familiarizado con la minería habrá que consignar que en su estado natural los elementos por lo común no se presentan en un estado químicamente puro, sino aleados, o sea mezclados con otros elementos, de donde la actividad minera adquiere su carácter altamente contaminante, porque no sólo debe aplicar un proceso contaminante para extraer el mineral, luego intervienen otros procesos, también contaminantes, para separar los metales buscados. Es este conjunto de procesos lo que potencia la polución ambiental derivada de la actividad minera. En el mundo antiguo el fuego fue el principal mecanismo para la operación minera misma y la fundición de metales, lo que significa que se requerían ingentes cantidades de madera para sostener la explotación: para obtener “x” toneladas de metal se necesitaban “y” hectáreas de bosques. Así que donde operaba una mina rápidamente los bosques a su alrededor sufrían el primer impacto. Wadi Fainan seguía esa lógica y aunque no se sabe qué arboles se usaban ni cuál era la proporción exacta (toneladas de mineral/hectáreas de bosque), es un hecho que tras miles de años de operación el impacto sobre la vegetación cercana debe haber sido devastador. En una región de por sí árida y con pocas precipitaciones, la deforestación producida por la minería superó a la larga la capacidad natural de recuperación de la vegetación.

Aparte de ser una región riquísima en mineral de cobre, Wadi Fainan gozaba de un buen abastecimiento de agua natural, lo que propició también el desarrollo de la agricultura y la ganadería. Pero todo indica que durante el máximo auge de la explotación en las minas de Wadi Fainan, entre la era del Bronce y el periodo romano, el nivel de contaminación terminó por estropear la actividad agrícola. Y es que la minería contaminó irremediablemente primero las aguas, luego los campos, los cultivos y por último a los animales que se alimentaban de ellos, cuyas deposiciones volvían a enriquecer el ya contaminado suelo de la región. ¿Y los humanos? Reportes científicos sobre el estudio de los restos de cementerios del periodo bizantino (siglos IV al VII DC), señalan que la concentración de cobre y sobre todo plomo en los huesos se equipara y en algunos casos incluso supera los niveles de esos elementos hallados en restos humanos del periodo industrial (siglo XIX), aún en lugares de alta exposición moderna a metales pesados, como la Silesia alemana y regiones mineras de Suecia.

Han transcurrido ya más de mil quinientos años desde que la incesante actividad en las minas y los hornos de fundición de la región de Wadi Fainan llegó a su fin. Pese al largo intervalo de reposo, la tierra aún exhibe las dolorosas huellas de la contaminación minera, como queda reflejado en las mediciones e investigaciones que en las últimas décadas realizan universidades e instituciones de Jordania, Europa y Estados Unidos (en la foto principal el doctor Najjar, director de las excavaciones, aprestándose a descender a una de los antiguos piques; la tonalidad azul en las rocas es la típica de la presencia de cobre). Siendo uno de los mayores centros de explotación cuprífera continua en la historia del mundo, la tóxica herencia de Wadi Fainan nos recuerda que los humanos hemos venido contaminando el planeta desde hace milenios y que la moderna polución industrial es tan sólo un capítulo posterior de globalización y aceleración de un proceso que iniciaron nuestros ancestros hace ya mucho tiempo.

Por último, ¿tuvo algo que ver Wadi Fainan con las legendarias minas del rey Salomón? Imposible saberlo. El pasaje que citábamos al principio sólo hace referencia a que Salomón “hizo fundir”, esto es, estableció fundiciones en la  región del valle del Jordán, varios kilómetros al norte de Wadi Fainan, pero no necesariamente implica que el rey se haya involucrado en el negocio minero. En ninguna parte de las escrituras se dice que Salomón haya explotado minas directamente y de seguro el mito de “las minas del rey Salomón” nace de las continuas conexiones que hace la Biblia entre Salomón y la abundancia de metales y piedras preciosas: “E hizo el rey que en Jerusalén la plata llegara a ser como piedras” (1 Reyes 10:27). Ahora bien, si esta abundancia de recursos metálicos y metalúrgicos en el reinado de Salomón – que entre otras cosas sirvió para decorar el templo de Jerusalén - es producto de la importación o la producción propia, no tenemos forma de saberlo al presente, como tampoco podemos precisar si Wadi Fainan era parte de su reino. Por otro lado, dada la importancia de los recursos mineros en la geopolítica de la antigüedad, uno podría suponer que Salomón no habría perdido oportunidad de hacerse del control de esta región minera; pero la simple verdad es que no sabemos si alguna vez Wadi Fainan estuvo bajo el control de Salomón. Lo que sí podemos conjeturar con más certeza es que las fundiciones que el rey estableció en la zona del Jordán probablemente deben haber sido muy parecidas en su operación a las de Wadi Fainan y por tanto deben haber sido también contaminantes. Pero más allá de lo que podamos especular sobre la relación entre Salomón y la minería, lo cierto es que la máxima contaminación en Wadi Fainan se dio en paralelo a la historia bíblica, desde Moisés hasta el nacimiento de la Iglesia. ¡Contaminación en los días de Cristo, muy cerca de Jerusalén! ¿Quién lo habría imaginado?


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viernes, 24 de enero de 2014

Baños y bikinis de la antigua Roma



Ahora que en el hemisferio sur disfrutamos de un caluroso verano y que el paisaje se llena de escenas de turistas ávidos de sumergirse y refrescarse en las aguas dondequiera haya una buena playa, quizás sea oportuno preguntarse cómo eran las actitudes frente al baño en tiempos pasados, en otras épocas en las que no existía esta cultura de turismo y veraneo que para nosotros hoy resulta tan natural. Por cierto, la industria del turismo es un fruto más de la modernidad y ni hablar del ocio, que hasta el siglo XX era patrimonio de las clases acomodadas, de modo que para la inmensa mayoría de la población hasta antes de la era industrial no existía tal cosa como el turismo, las vacaciones escaseaban y la presión por trabajar y producir era omnipresente.

Sin embargo, como en todo orden de cosas, siempre hay excepciones; cuando a una nación le iba bien era posible para su población darse algunos gustos y algo de eso lo ejemplifica la antigua Roma. Los restos arqueológicos, construcciones y viviendas recuperados de esa vieja civilización nos enseñan que los antiguos romanos desarrollaron una avanzada ingeniería para manejar el agua, con obras que nos maravillan hasta hoy (los acueductos por ejemplo). El esfuerzo ingenieril no tenía que ver sólo con necesidades básicas como satisfacer el requerimiento de agua de la población, los romanos disfrutaban además del placer de un buen baño. Así, por ejemplo, las célebres “chicas de bikini” descubiertas en la Villa del Casale (centro de Sicilia), que probablemente representan sorprendentes escenas de mujeres romanas haciendo deporte con lo que parece un antecesor de la famosa prenda. Devenida con el tiempo en una industria propiamente tal, por otro lado, la construcción de baños públicos parece haber principiado en el siglo II AC, cuando Roma precisamente comenzaba a disfrutar los beneficios de la riqueza de su posición dominante en el Mediterráneo. Los baños romanos seguían una rutina más o menos común: primero se calentaba el cuerpo jugando con una pelota en el sfaeristerium; luego se entraba al tepidarium para transpirar todavía con la ropa puesta; posteriormente la gente se desvestía en el apoditerium, donde era untada con aceite; en la etapa siguiente venía un baño caliente, el caldarium, y otro aún más caliente, el laconicum. Verdaderos hornos puestos por debajo de estos últimos aseguraban una provisión de agua a alta temperatura para los bañistas. Luego del tratamiento adecuado el cliente se sumergía en las frías aguas del frigidarium, de donde salía completamente renovado. Este despliegue en los baños iba de acuerdo con la tradición romana de tomar las aguas en una sucesión de diferentes temperaturas. Tal fue el éxito de los baños y la afición de los romanos a ellos, que se los encuentra en todas partes y en diversidad de tamaños y números: mientras Pompeya pudo haber tenido unos siete baños, en los inicios del gobierno de Augusto debe haber habido en Roma sobre 150 baños públicos y privados, una cifra que para los días de Constantino escaló a cientos y que da muestra de la inclinación de los romanos por disfrutar de ese placer; de hecho, en la aristocracia romana y en la familia imperial era común darse varios baños al día.

Verdaderos saunas de la antigüedad, los baños tenían se transformaron en una manera muy real en medidores del grado de romanitas (civilización); empero, tuvieron también sus críticos. Plinio el Viejo y Séneca el Joven reclamarían por las altas temperaturas, insinuando que en tiempos anteriores los baños no eran tan calientes. Algunos sugieren que causaban incluso fatiga y desmayos. Por otro lado, ciertos moralistas comenzaron a observar con sospecha los baños como lugares de vicios e inmoralidades, acaso de encuentros sexuales. Hacia el año 403 Jerónimo, el célebre líder asceta y monje, escribía a Laeta, hija adoptiva de Paula y una de sus discípulas en la elite romana:

“Con respecto al uso del baño, sé que algunos se contentan con decir que una virgen cristiana no debiera bañarse junto con eunucos o mujeres casadas… Yo mismo, sin embargo, desapruebo completamente los baños para una virgen de cualquier edad… Por vigilias y ayunos ella mortifica su cuerpo y lo lleva a la sujeción. Por una fría castidad busca extinguir la llama de la lujuria y saciar los ardientes deseos de la juventud. Y por una deliberada inmundicia estropea su atractivo natural. ¿Por qué entonces debiera agregar combustible a un fuego dormido tomando baños?” Epístola 107.11, a Laeta.

Si bien estas palabras están dirigidas a una madre que quiere consagrar a su adolescente hija a la virginidad cristiana (como monja), reflejan muy bien el desprecio de Jerónimo por los baños romanos y la exaltación, en cambio, de la “inmundicia” como una virtud de una mujer cristiana (en este caso una virgen). En sus cartas Jerónimo es muy generoso en su exaltación de la suciedad como un indicador de la consagración cristiana versus la falsa limpieza (limpieza exterior) de los paganos que acuden a los baños, antros de inmoralidad sexual y corrupción.

Hay quienes creen que, más allá del dilema moral, el verdadero problema que los baños plantearon a los romanos fue mucho más solapado e imperceptible. Una continua exposición a aguas a alta temperatura – incluso varias veces al día – tendría a la larga efectos dañinos para la actividad sexual al afectar los testículos: el calor actúa sobre los espermatozoides, produciendo esterilidad. ¿Puede un saludable hábito de bañarse (o sancocharse) en aguas calientes ser responsable de esterilidad y por extensión de un problema demográfico en la antigua Roma?

viernes, 27 de diciembre de 2013

El Arte de la Violación



“El Rapto de Europa” es una auténtica obra de arte: su autor, el Tiziano (c. 1490-1576), es un personaje clave en la pintura del siglo XVI y la obra misma una de las más importantes del arte renacentista. Pero la pintura es atrayente además por la historia que la rodea y las discusiones a las que ha dado lugar incluso en las últimas décadas. Así, por ejemplo, no sabemos qué nombre le dio el Tiziano y el título actual procede aparentemente de comienzos del siglo XVII, aunque está inspirado en la íntima relación entre la pintura y el motivo mitológico que le dio origen. En la mitología griega, Europa era hija del rey de Tiro y por tanto una princesa fenicia. Siendo una joven muy hermosa, atrajo las miradas del libidinoso Zeus, el soberano entre los dioses del Olimpo. Haciendo gala de su lujuria, Zeus adopta la forma de un poderoso toro para acercarse a la princesa. En el momento en que Europa, junto a sus doncellas, acompaña el rebaño de su padre en la orilla del mar, el toro (Zeus) se aproxima a la joven como un animal tierno y sumiso. Atraída por esta inesperada aparición Europa adorna con guirnaldas de flores los cuernos del toro y viéndolo dócil monta sobre él; ese es precisamente el momento esperado por el animal para zambullirse en el mar y nadar rumbo a Creta con su preciada carga. El mito no describe lo que allí sucede y sólo nos informa después que Europa ha quedado embarazada de Zeus. Ahora bien, para cualquiera que esté ligeramente familiarizado con los mitos griegos no es un misterio que Zeus viole a Europa en la isla. A decir verdad, la conducta de Zeus sigue un patrón más o menos estándar: cuando el padre de los dioses veía a una muchacha atractiva adoptaba una forma animal para atraer a la joven, secuestrarla, llevarla a un lugar retirado y allí violarla. El historial de seducciones, raptos y violaciones de mujeres y diosas a manos de Zeus es lo bastante extenso como para que el capítulo de Europa en realidad no sea más que un pequeño episodio. Empero, más de mil quinientos años después de que este episodio fuera redactado en el mundo grecorromano, atrajo la atención del maestro Tiziano.

La pintura se exhibe actualmente en el Isabella Stewart Gardner Museum de la ciudad de Boston, Estados Unidos, y es considerada como la mayor obra del Renacimiento italiano disponible en una colección americana. Fechada aproximadamente entre los años 1559 y 1562, la pintura inicialmente era parte de la obra que el Tiziano ejecutaba para su patrón de ese entonces, el rey Felipe II de España. En los círculos aristocráticos en los que se desenvolvían artistas y mecenas del Renacimiento, las historias de la mitología grecorromana eran ampliamente conocidas y formaban parte, hasta cierto punto, del currículum educativo de las élites. De modo que, si bien la pintura sólo muestra el rapto de Europa, de hecho sugiere asimismo la inminencia del ataque sexual, como por lo demás lo sabría cualquier buen conocedor del mito; el cielo gris y tormentoso hacia donde se dirige el toro con su princesa apunta hacia el dramático final: la desfloración de Europa. Pero la pintura no sólo anuncia la violencia sexual, también la erotiza. Varios detalles han llamado la atención de los expertos en este sentido. El despliegue del cuerpo de Europa es generoso en exhibir bastante de su anatomía desnuda. El sutil detalle de la mano de la mujer asida del cuerno del toro (un elemento fálico y por tanto de insinuación sexual). El Cupido que tiene su arco relajado, como si ya hubiese disparado su flecha y la princesa se hubiera enamorado (¿de su agresor?). A su vez, las miradas de los cupidos parecen dirigidas no al rostro de Europa, sino más bien a su entrepierna descubierta (¿tal vez a sus genitales?). La pañoleta o tela al viento, una señal de triunfo más que de dolor. Pero por sobre todo, el rostro de la princesa, inclinado en un ángulo tal que deja en la duda al espectador, ¿está asustada o disfruta el momento? ¿Expresa angustia o simple resignación? El conjunto de estos elementos lleva a muchos analistas a preguntarse si es una escena trágica o si la mujer está excitada por lo que viene. De ahí que la representación de Tiziano plantee la erotización del acto de violación. Pero hay aún un detalle más decidor. Si miramos con atención la pintura apreciamos claramente que el único personaje que nos observa es el toro. ¿Qué tiene de particular? Bueno, los expertos nos enseñan que cuando un personaje nos observa a través de una pintura, está invitando a los espectadores a poner su atención en él, a ponernos en su lugar, a simpatizar con él. Por lo que hemos dicho del mito en el que se inspira la pintura, la mirada del toro es un gesto y una invitación a simpatizar con el punto de vista del violador. En resumen, la representación sensual y excitante de Europa, la mirada del toro hacia nosotros y la ambigüedad erótica del cuadro, todo nos lleva a cuestionarnos si estamos ante una tragedia o una escena de placer. Lo que a su vez plantea – según otros eruditos – la ambigüedad moral que escenifica la pintura y que ronda por cierto casi todo acto de violación: ¿hay consentimiento o no? ¿Acaso mera resignación? Dado el problema que plantea el espinoso asunto del consentimiento en cualquier cargo judicial por violación, el dilema moral que sugiere esta obra maestra del Tiziano no deja de ser significativo para nosotros.

Pero, después de todo lo dicho, se preguntará el lector, ¿acaso el Tiziano era una especie de personaje indecente que no entendía la gravedad de una agresión sexual tan denigrante como la violación? ¿Por qué no fue más explícito en representar a una Europa horrorizada, en lugar de una mujer moralmente ambigua? Para ser justos, el Tiziano trataba de representar una historia griega y en la Grecia clásica, tanto en su mitología como en la vida real, las mujeres eran comúnmente entendidas como seres inmorales, casi degeneradas, siempre en busca de placer sexual. De esta idea de que las mujeres son seres sexualmente insaciables había sólo un paso a creer que las mujeres se excitan con la violación. Que en el fondo a la mujer le gusta ser violada es exactamente lo que creían los misóginos griegos; por brutal que nos parezca, los griegos daban por hecho que a las mujeres les encanta la violencia sexual masculina. Es casi como que los griegos nos dijeran: “¿te gusta esa mujer? Entonces viólala; así se trata a las mujeres”. Empero, por sorprendente que nos parezca, las ideas grecorromanas sobre la mujer y la violación no desaparecieron con el fin de esa civilización y el advenimiento del cristianismo. Investigaciones recientes nos advierten que la fantasía de que las mujeres disfrutan ser violadas estaba ampliamente extendida al menos entre los pintores del Renacimiento italiano, como lo demuestra Diane Wolfthal en “Images of Rape: The “heroic” tradition and its alternatives” (Cambridge, 1999), o en el arte renacentista y barroco italiano según lo reseña Yael Even en “Commodifying images of sexual violence in sixteenth-century Italy”, Source (2001) 20:13-19 y “The Emergence of Sexual Violence in Quattrocento Florentine Art” en “Violence in fiftheenth-century text and image”, E. Ducruck y Y. Even (eds.) Camden (2002). Incluso el tratamiento judicial de casos de violación en la Venecia renacentista apunta en la misma dirección, como lo sostiene la investigación de Guido Ruggiero, “The boundaries of eros: Sex crime and sexuality in Renaissance Venice” (Oxford University Press, 1985). Definitivamente mil años de cristianización no habían podido o sabido borrar los viejos mitos grecorromanos sobre mujeres y violación.

A casi cuatro siglos y medio de su composición, y en un contexto cultural muy distinto al de los griegos o al del Renacimiento, los espectadores modernos han comenzado a ver con otros ojos tanto el mito de Europa como la pintura de Tiziano que tan magistralmente se inspira en él. La violencia sexual en general y la dirigida contra la mujer en particular ya no son vistas con la condescendencia de antaño y por ello no es extraño que tanto una espectacular obra de arte, “El Rapto de Europa”, como su autor, el Tiziano, sean objeto de serias revisiones y cuestionamientos que confrontan la ética con el arte de la violación.


lunes, 25 de noviembre de 2013

La Violación de Tamar, ¿un Juego de Suma Cero?



“Y cuando ella se la puso delante para que comiese, asió de ella, y le dijo: Ven, hermana mía, acuéstate conmigo. Ella entonces le respondió: No, hermano mío, no me hagas violencia; porque no se debe hacer así en Israel. No hagas tal vileza. Porque ¿adónde iría yo con mi deshonra? Y aún tú serías estimado como uno de los perversos en Israel. Te ruego, pues, ahora, que hables al rey, que él no me negará a ti. Mas él no la quiso oír, sino que pudiendo más que ella, la forzó, y se acostó con ella”. 2 Samuel 13:11-14.

En el día internacional de la no violencia contra la mujer nada mejor que continuar nuestro estudio en los pasos de la violación en la Biblia. La dramática historia de la vejación de Tamar por parte de su (medio) hermano Amnón es sin duda uno de esos episodios tristes de violencia sexual de que las páginas de la Biblia dan testimonio (el cuadro de Le Sueur, hacia 1640, es sólo el fruto de la imaginación del artista). La historia es ominosa en primer lugar por la suerte que corrió Tamar, pero también por el papel que desempeñaron los demás personajes aludidos directa o indirectamente en este ataque sexual. Sin duda Amnón es el villano principal, un tipo aparentemente voluble, susceptible a las insinuaciones de sus cercanos e incapaz de controlar sus pasiones e instintos. Su primo y concejero, Jonadab, era un “hombre muy astuto” (13:3), tanto que su astucia oscurece la moralidad de sus actos, no sólo por haber maquinado todo el engaño, sino además porque su posterior intervención (13:32) despierta sospechas: ¿qué tanto sabía de los planes de Absalón? ¿Acaso su concejo a Amnón era parte de otra maquinación? No mucho mejor parado queda el rey David; como padre de Tamar y principal defensor de la integridad de su hija el rey actúa enérgicamente: “se enojó mucho”. ¡¿Se enojó mucho?! Bueno, a decir verdad, el propio David venía saliendo de una reciente aventura sexual con Betsabé (2 Samuel 11) y de seguro el hombre no se sentía moralmente muy calificado para castigar a su hijo. Por último, Absalón; lo que comenzó con un mal concejo (13:5) Absalón lo termina con otro no más feliz: “Pues calla ahora, hermana mía” (13:20). En lugar de actuar para restablecer la honra de su hermana, Absalón se nos presenta más preocupado de preparar su propio golpe para acabar con quien era, dicho sea de paso, el heredero del rey.

No pocos expertos han reparado en una suerte de “historia oculta” de este episodio: su connotación política. Resulta que tener relaciones sexuales ilícitas con las féminas de una familia equivalía a deshonrar a la cabeza de esa familia, al padre (y por extensión a los demás varones de la casa). Un buen ejemplo es la historia de otra violación muy anterior, la de Dina, la hija de Jacob, violada por Siquem (Génesis 34); la brutal respuesta de los hijos de Jacob da cuenta de los fuertes códigos sociales que regulaban estos ataques sexuales. En lo que hoy es ya un clásico sobre esta materia, una serie de ensayos editados bajo el sugerente título “The Fate of Shechem” (Cambridge, 1977), el notable investigador J. Pitts-River trata el código de honor-vergüenza (u honor-deshonor) que en su opinión caracterizaba a las sociedades mediterráneas (de las que la hebrea era una más) y que operaba implacablemente en materias de conducta sexual. Según este autor, el honor se define principalmente en base a la sexualidad, tanto para hombres como para mujeres. El honor de un hombre se mide por la pureza sexual de las mujeres de su círculo familiar; como lo señala Pitts-River: “Las cualidades naturales de potencia o pureza sexual y las cualidades morales asociadas con ellas proveen el marco conceptual sobre el cual se construye el sistema (de honor y vergüenza)”.  En una sociedad así una de las formas en que un hombre puede demostrar su virilidad es compitiendo por los favores de las mujeres, lo que tiene a su vez consecuencias categóricas: el éxito en esta competencia se compra al precio de la deshonra del hombre que ha fallado en proteger a la mujer cuyos favores han sido recibidos. Pitts-River usa como ilustración de este punto la figura latina del Don Juan: “Don Juan, el destructor de reputaciones – este es el sentido básico del título burlador – cuyas aspiraciones al auto engrandecimiento están basadas sobre la noción de que el honor que tu quitas a otro se vuelve tuyo”. O como lo expone A. Gouldner en “Enter Plato” (New York, 1965), el honor es un juego de suma cero; el incremento en el honor de un hombre se consigue a expensas del de otro. Puesto que la conquista sexual sirve como demostración de masculinidad, el seductor o adúltero gana en estatura, pero a expensas de otro. Mientras más grande es el valor concedido a la pureza femenina, más intensa es la competencia por el preciado commodity, más grande es el honor que se gana con su conquista.

Uno podría cuestionarse si efectivamente este código o sistema ideológico de honor-vergüenza aplica también al pueblo hebreo; al menos Pitts-River cree que sí en base a su estudio del caso de Siquem y la violación de Dina. Es verdad que el texto bíblico no se expresa en el lenguaje del honor y deshonor, pero también es cierto que tampoco usa un término equivalente a “violación”. Pero si el lenguaje varía, las conductas sí resultan reveladoras. En este último sentido, las conductas tipificadas por Pitts-River y Gouldner relacionadas con la violencia sexual (la violación) parecen calzar bastante bien con los relatos bíblicos. En el caso de Dina, la reacción de sus hermanos no deja dudas sobre quién era la parte ofendida: “hizo vileza en Israel acostándose con la hija de Jacob” (Génesis 34:7). Cualesquiera hayan sido los sentimientos íntimos de Dina, lo que cuenta la historia es la vergüenza y reacción de los varones de la familia. La violencia sexual (y la violación es la suprema expresión de la misma) afecta directamente a los varones de la familia de la mujer violentada; cuestión que nos lleva de vuelta al caso de Tamar.

Si tuviéramos que resumir la intervención de los hombres que aparecen involucrados en esta historia y que son parientes de Tamar – Amnón, Jonadab, David y Absalón – habría que concluir que todos ellos fallaron miserablemente en lo que era su función principal en la familia del antiguo Israel: proteger la integridad física y sexual de las mujeres de la familia. Peor aún, la acción de Amnón - mancillar la honra de la hija del rey - tiene un claro componente político, pues equivale a deshonrar al mismísimo rey: un hombre que no puede gobernar su propia casa y asegurar a su hija difícilmente podrá hacerlo por el resto de la gente. Puesto en el contexto más amplio de 2 Samuel 12 – 20, el relato de Tamar ciertamente se inserta en una trama mayor de descomposición del reino davídico debido a intrigas internas, conjuras palaciegas y disputas dinásticas, todo lo cual queda patéticamente ejemplificado en la sangrienta sublevación posterior de Absalón. ¿Fue la violación de Tamar un elemento más en la lucha por el poder dentro de la familia real? ¿Fue acaso Tamar apenas un simple peón en el juego de ambiciones de una familia real en descomposición? Cualquiera sea la respuesta que demos a estas interrogantes una cosa es cierta: la inmoralidad sexual iniciada por David en 2 Samuel 11 trajo duras consecuencias. Si aplicáramos la teoría del honor como un juego de suma cero, el honor perdido por Urías fue capitalizado por David: no hubo ganancias ni pérdidas netas. Sin embargo, mirado en el largo plazo, David fue el perdedor absoluto de toda la operación: una hija violada, hijos asesinados y una cruenta revuelta. El concepto de la violencia sexual como un juego de suma cero en el marco del código honor-vergüenza del sistema mediterráneo antiguo puede ser muy útil para analizar la violencia sexual en el texto bíblico: nos ayuda a entender la dinámica de la violación en los relatos hebreos. Sin embargo, la historia de David y en particular la de su hija Tamar nos debiera recordar también que en el marco de la moral sexual de la Biblia la violencia sexual no es un juego de suma cero, es más bien un juego de pérdida neta: la violación de Tamar es un trágico recordatorio de ello.



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