sábado, 30 de mayo de 2015
miércoles, 29 de abril de 2015
Descartes bajo Fuego: Darwin y Freud contra el dualismo cartesiano
René Descartes es sin duda uno
de los protagonistas más destacados de la revolución científica que, durante
los siglos XVI y XVII, cambió la manera de entender el mundo heredada desde el
periodo medieval. Tanto desde el punto de vista de la filosofía de la ciencia
como de la historia de la ciencia Descartes es un personaje clave para entender
la gestación de la ciencia moderna. Con todo, el legado cartesiano ha sido
objeto de amplio debate, cuestionamientos que surgieron en vida del propio
Descartes.
Uno de los ámbitos más polémicos
de la filosofía y la ciencia de Descartes es lo que se conoce comúnmente como
el dualismo cartesiano, esto es, la idea de que el ser humano está constituido
de dos partes absolutamente distintas: una parte material (el cuerpo) y otra no
material (el alma o mente). Stricto sensu,
el dualismo o la noción de que el ser humano está fracturado en estos dos
mundos aparte no es una invención particular de Descartes, sino una que tiene
una larga historia en occidente, uno de cuyos representantes más antiguos es
Platón. La tradición de la
Grecia clásica es rica en esta idea de que el alma y el
cuerpo pertenecen a planos distintos y precisamente el dualismo platónico
construyó una de los más acabados relatos de la relación entre el alma y el
mundo etéreo de las ideas. Claro que lo que Platón y los griegos entendían por psuche probablemente no calce
exactamente con conceptos actuales como “alma” y “mente”. En cualquier caso, la
radical distinción platónica entre psuche
y cuerpo es un claro antecedente para el dualismo cartesiano. Pero más allá de
las semejanzas y diferencias entre el dualismo platónico y el cartesiano, lo
cierto es que ambos tienen en común, como todo dualismo, su oposición al
materialismo, esto es, la idea de que los procesos mentales (lo que podríamos
denominar el siquismo humano) no es reducible a explicaciones puramente físicas
o materiales.
Vale la pena contextualizar a
Descartes para entender mejor su visión dualista del ser humano. Descartes se
presenta en la Europa
del siglo XVII como algo así como el sucesor de Aristóteles, hasta entonces, y
por obra y gracia de los escolásticos medievales, el magíster de la cristiandad. Descartes va a pretender destronar de
su pedestal al Estagirita y a la vez ocupar su lugar con su propio sistema
filosófico, el cartesianismo. Pero como en todo proceso de cambio, Descartes no
va a poder desprenderse por entero de la herencia de su antecesor y algo de la
estructura aristotélica va a sobrevivir a su vez en el cartesianismo. Así, por
ejemplo, Aristóteles veía al ser humano como constituido por dos principios
básicos: materia y forma (concepción conocida como hilemorfismo). A tono con su cultura androcéntrica y misógina,
Aristóteles explicaba la materia como un principio pasivo (o femenino) y la
forma como uno activo (o masculino). Siguiendo esa línea metafórica, Descartes
también va a mantener la noción de que el ser humano es la mezcla de dos
elementos, uno pasivo y otro activo, lo que en el lenguaje cartesiano se
caracterizará como una sustancia pasiva y una sustancia activa. Al igual que
Aristóteles, Descartes va a identificar la materia (res extensa) como la sustancia pasiva, pero para Descartes el
alma-mente es la sustancia activa (o pensante, res cogitans). Para Descartes, entonces, el alma – entendida como
reservorio de los procesos mentales - es
una sustancia inmaterial, incorpórea y completamente distinta y aparte del
cuerpo; este último, el cuerpo humano, es en esencia una máquina que opera en
base a estrictos principios mecanicistas. El dualismo cartesiano o dualismo
sustancial, como todo dualismo, va a tener problemas a la hora de explicar cómo
interactúan o se conectan estos dos mundos aparte que son la mente y el cuerpo;
las respuestas que dio a Descartes a sus críticos nunca parecieron convincentes
y con el paso del tiempo y el surgimiento de nuevas teorías la crítica contra
Descartes siguió en ascenso.
En el siglo XIX el dualismo
cartesiano iba a ser puesto bajo ataque desde dos nuevos frentes que marcarían
profundamente a la ciencia moderna. Por un lado la teoría de la evolución de
Darwin, al presentar al ser humano como el producto de un largo proceso de
desarrollo biológico a partir de formas más primitivas, parecía desahuciar la
tesis cartesiana de la diferencia radical entre humanos y animales. Según
Descartes el hombre es un ser absolutamente distinto de los animales, entre
otras cosas, precisamente por su naturaleza dualista; mientras en términos
corporales hombres y animales funcionan bajo principios mecanicistas similares
(la metáfora del cuerpo como una máquina), el humano se distingue por poseer un
alma, mente o conciencia – como quiera llamársele – de la que carecen todas las
demás criaturas vivas y que por lo tanto lo distingue y lo pone en un lugar
aparte del resto de la creación (la metáfora del fantasma en la máquina). Así,
entonces, para Descartes el alma/mente/conciencia le confiere al humano un
estatus distintivo y asegura su conexión con la trascendencia, es decir, con
Dios. Contra todo esto la teoría darwiniana parece un mentís absoluto, pues el
ser humano, al igual que el resto de los animales, no es ni más ni menos que el
resultado de un largo y complejo proceso evolutivo explicable en base a causas
naturales. Aún cuando queda pendiente cómo la evolución dio origen al fenómeno
de la conciencia, los darwinistas confían en que la misma, al igual que todos
los procesos mentales, no son otra cosa que el resultado de la auto
organización de la materia, independientemente de cualquier intervención
sobrenatural, de modo que la mente está íntimamente relacionada con la realidad
biológica (material) del cuerpo; es exactamente la antítesis de la noción
cartesiana de la incorporealidad de la mente.
Pero aparte de la evolución, el
dualismo cartesiano iba a enfrentar otro gigantesco cuestionamiento a partir de
la teoría freudiana de la mente. Hasta el siglo XIX la idea generalmente
compartida por filósofos y científicos era que los procesos mentales eran
básicamente partes de la actividad consciente de la mente, es decir, eran
siempre auto evidentes para el “Yo”. El dualismo cartesiano funciona de esa
manera: la mente es el Yo consciente que sostiene el intelecto y la volición.
Ni Descartes ni sus contemporáneos pensaron jamás que hubiese algo de lo que
ocurre en la mente que escapara a la conciencia, como quiera que se explicaran
fenómenos complejos como los sueños. Algunos autores caracterizan en los
siguientes términos el dualismo cartesiano en su versión siglo XIX: (1) que la
mente y el cuerpo son radicalmente distintos, (2) que la mente es enteramente
consciente, como acabamos de comentar, (3) que la mente está directamente al
tanto de todos sus contenidos y no puede ser engañada acerca de los mismos y
(4) que la introspección es por tanto la más apropiada herramienta de
introspección sicológica. Con ligeras variaciones, buena parte de la población
europea de la época parece haber coincidido con algunos o todos los postulados
del dualismo cartesiano. Sin embargo, el avance de la neurociencia, sobre todo
en la segunda mitad del siglo XIX, comenzó a poner en entredicho los supuestos
cartesianos que separaban a la mente del cuerpo. En particular la afasiología
jugó un papa fundamental en esta historia dado que demostró que la función del
lenguaje, que Descartes había descrito como una función de la mente inmaterial,
estaba localizada en regiones específicas de la corteza cerebral. Por otro
lado, el estudio de las lesiones cerebrales y sus efectos en los desórdenes
neuronales iba a contracorriente de la imagen cartesiana de la mente como
completamente independiente del mundo físico. Si agregamos a esto el desarrollo
del hipnotismo en el siglo XIX (heredero del mesmerismo del siglo XVIII), esto
es, el hecho de que el individuo puede albergar ideas inconscientes que se
pueden detectar con técnicas hipnóticas, se levantaba una nueva dificultad al
postulado cartesiano de que la mente es enteramente consciente. Los defensores
del dualismo postularon diversas teorías para explicar estos fenómenos pero
retener aún la dicotomía mente-cuerpo (teoría como el disociacionismo y el
disposicionalismo). Pero la idea del inconsciente y la interrogante sobre su
naturaleza siguió rondando el mundo científico hasta que a fines del siglo XIX
Sigmund Freud postuló su propia versión del inconsciente como parte de su
teoría del sicoanálisis. En esencia Freud abandonó el dualismo mente-cuerpo que
hasta entonces él mismo había compartido más o menos con el resto de sus
colegas y postuló una concepción puramente material de la mente y por
consiguiente del siquismo humano. El éxito posterior de la teoría freudiana
supuso un evidente menoscabo del dualismo cartesiano.
martes, 24 de marzo de 2015
Reflexiones sobre Pi
Los medios, siempre hambrientos
de titulares diferentes que capturen la atención del lector, nos recordaban en
estos días sobre pi, ese viejo símbolo matemático que dejamos olvidado en nuestros
días de escuela o de universidad. El recuerdo era antojadizo, a propósito de la
coincidencia puramente numérica entre el valor de pi y una fecha del calendario.
Como es sabido, el valor de la constante es pi = 3.141593… Tratándose de un
número irracional, los autores de la noticia lo acortaron a 3.1415 y de ahí la
coincidencia con la fecha:
3: el mes de marzo
14: el 14 de marzo
15: del año 2015
Precisamente el pasado sábado 14
de marzo se producía la mentada coincidencia entre pi y el calendario. Aunque
la noticia no pasaba de ser una distracción miscelánea para entretenerse un
rato, el dato curioso bien nos puede servir de excusa para volver a poner
nuestra atención en la larga y casi incombustible obsesión por jugar con los
números y extraer de esos juegos conclusiones metafísicas. ¿Reflexiones
metafísicas sobre pi? Un pequeño vistazo a lo que la curiosidad y la
imaginación humana pueden hacer cuando se mezclan los números con la Biblia lo podemos encontrar
en el libro del Génesis, cuestión a la que nos volcaremos en lo que sigue.
Por siglos, o mejor por
milenios, los judíos, o algunos grupos dentro del judaísmo, se entregaron a
especulaciones sobre los significados de los números y de las letras del
alfabeto hebreo. Con el tiempo esas especulaciones y enseñanzas crecieron de
tal manera que formaron una tradición por sí misma dentro del judaísmo,
tradición que se conoce generalmente como cábala. Hoy en día este antiguo
término hebreo ha tenido tal difusión que por lo general resulta muy difícil sino
imposible precisar su significado. Cábala puede significar cosas “positivas”,
como misticismo, magia, espiritualidad, gnosticismo; o bien cosas “negativas”,
como secreto, oscuro, irracionalidad o superstición. Como consigna un autor,
“ningún otro término o concepto judío post bíblico ha sido universalizado de
una manera similar”. En términos estrictamente históricos la palabra cábala
designa una tradición que nació en el judaísmo hacia el siglo XII o XIII – en
plena Edad Media – de corte esotérico o de saberes secretos, compartidos por
los principales maestros judíos y sus discípulos. Aproximadamente desde el
siglo XVI en adelante se incrementó cada vez más el carácter mágico de la cábala
judía.
Como lo adelantábamos, uno de
los aspectos más llamativos de la cábala es el juego con los significados
numéricos de las letras del alfabeto hebreo. La asignación de valores numéricos
a las letras del alfabeto es un proceso que se estima tuvo lugar en los
doscientos años que antecedieron a la era cristiana. Luego, a lo largo de los
siglos, los expertos judíos versados en estas materias se entregaron a calcular
y revisar las distintas sumas y restas si agregamos o sacamos letras y los
resultados que esto tenía en el “valor” de las palabras. Este tipo de
ejercicios es lo que nos lleva directo al encuentro de pi en las enseñanzas de los
cabalistas judíos. Veamos cómo opera.
Como muestra la figura anterior
el nombre divino, Elohim, se compone de cinco letras, las que sumadas nos dan
el valor numérico del mismo, 86 (= 40+10+5+30+1). La gematría, el nombre de
este juego de asignación de valores numéricos a las palabras, era practicada
por distintos pueblos de la antigüedad y los místicos judíos no se quedaban
atrás en esta materia. Pero la creatividad de algunos cabalistas medievales nos
recuerda que estos juegos pueden ser interminables. En algún instante alguien se
preguntó qué pasaría si hacemos abstracción de las decenas y nos quedamos
simplemente con los dígitos de la suma anterior – 4, 1, 5, 3, 1 – y los
reordenamos según una secuencia determinada:
La flecha roja indica la
secuencia arbitraria de lectura y el resultado que ésta nos da es: ¡3.1415! Voilá, nuestro ejercicio numérico
sobre el tetragrama divino da como resultado nada menos que el valor
(abreviado) de la constante pi = 3.1415. Pero esto no es todo. Si hacemos un
esfuerzo y recordamos nuestras clases de la escuela, tenemos que la mejor
aproximación fraccionaria del valor de pi está dado por la expresión 22/7
(es una aproximación, pues 22/7 = 3.1428…). ¿Qué significa todo esto en
términos cabalísticos? Dado que el tetragrama divino – el nombre Elohim –
equivale a la constante pi, esta última representa
a Dios. Si repasamos ahora el texto del Génesis (los cabalistas jugaban con
números y con el texto bíblico):
“En el
principio creó Dios los cielos y la tierra”. Génesis 1:1
“Fueron,
pues, acabados los cielos y la tierra, y todo el ejército de ellos. Y acabó
Dios en el día séptimo la obra que hizo; y reposó el día séptimo de toda la
obra que hizo”. Génesis 2:1-2
Finalmente, entonces, tenemos
que Dios (Elohim, el símbolo pi), creó el universo en siete días. Pero, otra
vez, como 22/7 es una aproximación de pi, tenemos que:
7 * pi = 22
Para los cabalistas todo encaja.
En siete días se despliega la obra creadora de Dios (7 * pi) y el resultado es
la creación, o en este caso 22. Por supuesto, el 22 no es otra cosa que el
resumen de las 22 letras del alfabeto hebreo, pues para los cabalistas las 22
letras representan los elementos fundamentales de la ceración divina.
Huelga decir que este sencillo
ejemplo deja de manifiesto la manera arbitraria, por decir lo menos, que
emplean los cabalistas para desvelar y sostener la existencia de supuestos
significados ocultos, místicos, o en este caso numéricos o numerológicos, que estarían
encerrados en la Palabra
de Dios. Que esta antojadiza manera de proceder todavía encuentre entusiastas
seguidores en nuestros días (varios siglos después del comienzo de la cábala)
es una prueba indudable de la atracción humana por lo esotérico y lo oculto.
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