miércoles, 29 de abril de 2015

Descartes bajo Fuego: Darwin y Freud contra el dualismo cartesiano



René Descartes es sin duda uno de los protagonistas más destacados de la revolución científica que, durante los siglos XVI y XVII, cambió la manera de entender el mundo heredada desde el periodo medieval. Tanto desde el punto de vista de la filosofía de la ciencia como de la historia de la ciencia Descartes es un personaje clave para entender la gestación de la ciencia moderna. Con todo, el legado cartesiano ha sido objeto de amplio debate, cuestionamientos que surgieron en vida del propio Descartes.

Uno de los ámbitos más polémicos de la filosofía y la ciencia de Descartes es lo que se conoce comúnmente como el dualismo cartesiano, esto es, la idea de que el ser humano está constituido de dos partes absolutamente distintas: una parte material (el cuerpo) y otra no material (el alma o mente). Stricto sensu, el dualismo o la noción de que el ser humano está fracturado en estos dos mundos aparte no es una invención particular de Descartes, sino una que tiene una larga historia en occidente, uno de cuyos representantes más antiguos es Platón. La tradición de la Grecia clásica es rica en esta idea de que el alma y el cuerpo pertenecen a planos distintos y precisamente el dualismo platónico construyó una de los más acabados relatos de la relación entre el alma y el mundo etéreo de las ideas. Claro que lo que Platón y los griegos entendían por psuche probablemente no calce exactamente con conceptos actuales como “alma” y “mente”. En cualquier caso, la radical distinción platónica entre psuche y cuerpo es un claro antecedente para el dualismo cartesiano. Pero más allá de las semejanzas y diferencias entre el dualismo platónico y el cartesiano, lo cierto es que ambos tienen en común, como todo dualismo, su oposición al materialismo, esto es, la idea de que los procesos mentales (lo que podríamos denominar el siquismo humano) no es reducible a explicaciones puramente físicas o materiales.

Vale la pena contextualizar a Descartes para entender mejor su visión dualista del ser humano. Descartes se presenta en la Europa del siglo XVII como algo así como el sucesor de Aristóteles, hasta entonces, y por obra y gracia de los escolásticos medievales, el magíster de la cristiandad. Descartes va a pretender destronar de su pedestal al Estagirita y a la vez ocupar su lugar con su propio sistema filosófico, el cartesianismo. Pero como en todo proceso de cambio, Descartes no va a poder desprenderse por entero de la herencia de su antecesor y algo de la estructura aristotélica va a sobrevivir a su vez en el cartesianismo. Así, por ejemplo, Aristóteles veía al ser humano como constituido por dos principios básicos: materia y forma (concepción conocida como hilemorfismo). A tono con su cultura androcéntrica y misógina, Aristóteles explicaba la materia como un principio pasivo (o femenino) y la forma como uno activo (o masculino). Siguiendo esa línea metafórica, Descartes también va a mantener la noción de que el ser humano es la mezcla de dos elementos, uno pasivo y otro activo, lo que en el lenguaje cartesiano se caracterizará como una sustancia pasiva y una sustancia activa. Al igual que Aristóteles, Descartes va a identificar la materia (res extensa) como la sustancia pasiva, pero para Descartes el alma-mente es la sustancia activa (o pensante, res cogitans). Para Descartes, entonces, el alma – entendida como reservorio de los procesos mentales  - es una sustancia inmaterial, incorpórea y completamente distinta y aparte del cuerpo; este último, el cuerpo humano, es en esencia una máquina que opera en base a estrictos principios mecanicistas. El dualismo cartesiano o dualismo sustancial, como todo dualismo, va a tener problemas a la hora de explicar cómo interactúan o se conectan estos dos mundos aparte que son la mente y el cuerpo; las respuestas que dio a Descartes a sus críticos nunca parecieron convincentes y con el paso del tiempo y el surgimiento de nuevas teorías la crítica contra Descartes siguió en ascenso.

En el siglo XIX el dualismo cartesiano iba a ser puesto bajo ataque desde dos nuevos frentes que marcarían profundamente a la ciencia moderna. Por un lado la teoría de la evolución de Darwin, al presentar al ser humano como el producto de un largo proceso de desarrollo biológico a partir de formas más primitivas, parecía desahuciar la tesis cartesiana de la diferencia radical entre humanos y animales. Según Descartes el hombre es un ser absolutamente distinto de los animales, entre otras cosas, precisamente por su naturaleza dualista; mientras en términos corporales hombres y animales funcionan bajo principios mecanicistas similares (la metáfora del cuerpo como una máquina), el humano se distingue por poseer un alma, mente o conciencia – como quiera llamársele – de la que carecen todas las demás criaturas vivas y que por lo tanto lo distingue y lo pone en un lugar aparte del resto de la creación (la metáfora del fantasma en la máquina). Así, entonces, para Descartes el alma/mente/conciencia le confiere al humano un estatus distintivo y asegura su conexión con la trascendencia, es decir, con Dios. Contra todo esto la teoría darwiniana parece un mentís absoluto, pues el ser humano, al igual que el resto de los animales, no es ni más ni menos que el resultado de un largo y complejo proceso evolutivo explicable en base a causas naturales. Aún cuando queda pendiente cómo la evolución dio origen al fenómeno de la conciencia, los darwinistas confían en que la misma, al igual que todos los procesos mentales, no son otra cosa que el resultado de la auto organización de la materia, independientemente de cualquier intervención sobrenatural, de modo que la mente está íntimamente relacionada con la realidad biológica (material) del cuerpo; es exactamente la antítesis de la noción cartesiana de la incorporealidad de la mente.

Pero aparte de la evolución, el dualismo cartesiano iba a enfrentar otro gigantesco cuestionamiento a partir de la teoría freudiana de la mente. Hasta el siglo XIX la idea generalmente compartida por filósofos y científicos era que los procesos mentales eran básicamente partes de la actividad consciente de la mente, es decir, eran siempre auto evidentes para el “Yo”. El dualismo cartesiano funciona de esa manera: la mente es el Yo consciente que sostiene el intelecto y la volición. Ni Descartes ni sus contemporáneos pensaron jamás que hubiese algo de lo que ocurre en la mente que escapara a la conciencia, como quiera que se explicaran fenómenos complejos como los sueños. Algunos autores caracterizan en los siguientes términos el dualismo cartesiano en su versión siglo XIX: (1) que la mente y el cuerpo son radicalmente distintos, (2) que la mente es enteramente consciente, como acabamos de comentar, (3) que la mente está directamente al tanto de todos sus contenidos y no puede ser engañada acerca de los mismos y (4) que la introspección es por tanto la más apropiada herramienta de introspección sicológica. Con ligeras variaciones, buena parte de la población europea de la época parece haber coincidido con algunos o todos los postulados del dualismo cartesiano. Sin embargo, el avance de la neurociencia, sobre todo en la segunda mitad del siglo XIX, comenzó a poner en entredicho los supuestos cartesianos que separaban a la mente del cuerpo. En particular la afasiología jugó un papa fundamental en esta historia dado que demostró que la función del lenguaje, que Descartes había descrito como una función de la mente inmaterial, estaba localizada en regiones específicas de la corteza cerebral. Por otro lado, el estudio de las lesiones cerebrales y sus efectos en los desórdenes neuronales iba a contracorriente de la imagen cartesiana de la mente como completamente independiente del mundo físico. Si agregamos a esto el desarrollo del hipnotismo en el siglo XIX (heredero del mesmerismo del siglo XVIII), esto es, el hecho de que el individuo puede albergar ideas inconscientes que se pueden detectar con técnicas hipnóticas, se levantaba una nueva dificultad al postulado cartesiano de que la mente es enteramente consciente. Los defensores del dualismo postularon diversas teorías para explicar estos fenómenos pero retener aún la dicotomía mente-cuerpo (teoría como el disociacionismo y el disposicionalismo). Pero la idea del inconsciente y la interrogante sobre su naturaleza siguió rondando el mundo científico hasta que a fines del siglo XIX Sigmund Freud postuló su propia versión del inconsciente como parte de su teoría del sicoanálisis. En esencia Freud abandonó el dualismo mente-cuerpo que hasta entonces él mismo había compartido más o menos con el resto de sus colegas y postuló una concepción puramente material de la mente y por consiguiente del siquismo humano. El éxito posterior de la teoría freudiana supuso un evidente menoscabo del dualismo cartesiano.

La concepción de qué es la conciencia y cómo se conecta con la materialidad de la existencia humana sigue siendo materia de discusión en el desarrollo de la neurociencia actual y todo indica que tal debate tendrá una larga vida. La visión dualista de la naturaleza humana, de la cual el dualismo cartesiano es una versión particular, ocupó durante largos siglos un papel central en ese cuadro, pero la evolución científica actual se ha vuelto más bien hostil hacia esa manera de ver al ser humano, en buena medida por los desarrollos de las teorías darwiniana y freudiana que hemos bosquejado previamente. El avance en la investigación de la mente y el cerebro humano sigue siendo una empresa abierta y habrá que preguntarse qué posibilidades puede tener todavía una visión dualista del hombre o hasta qué punto el avance actual ha sepultado definitivamente esta parte del legado cartesiano. 

martes, 24 de marzo de 2015

Reflexiones sobre Pi




Los medios, siempre hambrientos de titulares diferentes que capturen la atención del lector, nos recordaban en estos días sobre pi, ese viejo símbolo matemático que dejamos olvidado en nuestros días de escuela o de universidad. El recuerdo era antojadizo, a propósito de la coincidencia puramente numérica entre el valor de pi y una fecha del calendario. Como es sabido, el valor de la constante es pi = 3.141593… Tratándose de un número irracional, los autores de la noticia lo acortaron a 3.1415 y de ahí la coincidencia con la fecha:

3: el mes de marzo
14: el 14 de marzo
15: del año 2015

Precisamente el pasado sábado 14 de marzo se producía la mentada coincidencia entre pi y el calendario. Aunque la noticia no pasaba de ser una distracción miscelánea para entretenerse un rato, el dato curioso bien nos puede servir de excusa para volver a poner nuestra atención en la larga y casi incombustible obsesión por jugar con los números y extraer de esos juegos conclusiones metafísicas. ¿Reflexiones metafísicas sobre pi? Un pequeño vistazo a lo que la curiosidad y la imaginación humana pueden hacer cuando se mezclan los números con la Biblia lo podemos encontrar en el libro del Génesis, cuestión a la que nos volcaremos en lo que sigue.

Por siglos, o mejor por milenios, los judíos, o algunos grupos dentro del judaísmo, se entregaron a especulaciones sobre los significados de los números y de las letras del alfabeto hebreo. Con el tiempo esas especulaciones y enseñanzas crecieron de tal manera que formaron una tradición por sí misma dentro del judaísmo, tradición que se conoce generalmente como cábala. Hoy en día este antiguo término hebreo ha tenido tal difusión que por lo general resulta muy difícil sino imposible precisar su significado. Cábala puede significar cosas “positivas”, como misticismo, magia, espiritualidad, gnosticismo; o bien cosas “negativas”, como secreto, oscuro, irracionalidad o superstición. Como consigna un autor, “ningún otro término o concepto judío post bíblico ha sido universalizado de una manera similar”. En términos estrictamente históricos la palabra cábala designa una tradición que nació en el judaísmo hacia el siglo XII o XIII – en plena Edad Media – de corte esotérico o de saberes secretos, compartidos por los principales maestros judíos y sus discípulos. Aproximadamente desde el siglo XVI en adelante se incrementó cada vez más el carácter mágico de la cábala judía.

Como lo adelantábamos, uno de los aspectos más llamativos de la cábala es el juego con los significados numéricos de las letras del alfabeto hebreo. La asignación de valores numéricos a las letras del alfabeto es un proceso que se estima tuvo lugar en los doscientos años que antecedieron a la era cristiana. Luego, a lo largo de los siglos, los expertos judíos versados en estas materias se entregaron a calcular y revisar las distintas sumas y restas si agregamos o sacamos letras y los resultados que esto tenía en el “valor” de las palabras. Este tipo de ejercicios es lo que nos lleva directo al encuentro de pi en las enseñanzas de los cabalistas judíos. Veamos cómo opera.

El nombre divino par excellence en la Biblia es el Tetragramaton (Tetragrama divino), Elohim, el Dios de Israel. El valor numérico del Tetragramaton es como sigue:





Como muestra la figura anterior el nombre divino, Elohim, se compone de cinco letras, las que sumadas nos dan el valor numérico del mismo, 86 (= 40+10+5+30+1). La gematría, el nombre de este juego de asignación de valores numéricos a las palabras, era practicada por distintos pueblos de la antigüedad y los místicos judíos no se quedaban atrás en esta materia. Pero la creatividad de algunos cabalistas medievales nos recuerda que estos juegos pueden ser interminables. En algún instante alguien se preguntó qué pasaría si hacemos abstracción de las decenas y nos quedamos simplemente con los dígitos de la suma anterior – 4, 1, 5, 3, 1 – y los reordenamos según una secuencia determinada:







La flecha roja indica la secuencia arbitraria de lectura y el resultado que ésta nos da es: ¡3.1415! Voilá, nuestro ejercicio numérico sobre el tetragrama divino da como resultado nada menos que el valor (abreviado) de la constante pi = 3.1415. Pero esto no es todo. Si hacemos un esfuerzo y recordamos nuestras clases de la escuela, tenemos que la mejor aproximación fraccionaria del valor de pi está dado por la expresión 22/7 (es una aproximación, pues 22/7 = 3.1428…). ¿Qué significa todo esto en términos cabalísticos? Dado que el tetragrama divino – el nombre Elohim – equivale a la constante pi, esta última representa a Dios. Si repasamos ahora el texto del Génesis (los cabalistas jugaban con números y con el texto bíblico):

“En el principio creó Dios los cielos y la tierra”. Génesis 1:1

“Fueron, pues, acabados los cielos y la tierra, y todo el ejército de ellos. Y acabó Dios en el día séptimo la obra que hizo; y reposó el día séptimo de toda la obra que hizo”. Génesis 2:1-2

Finalmente, entonces, tenemos que Dios (Elohim, el símbolo pi), creó el universo en siete días. Pero, otra vez, como 22/7 es una aproximación de pi, tenemos que:

7 * pi  = 22

Para los cabalistas todo encaja. En siete días se despliega la obra creadora de Dios (7 * pi) y el resultado es la creación, o en este caso 22. Por supuesto, el 22 no es otra cosa que el resumen de las 22 letras del alfabeto hebreo, pues para los cabalistas las 22 letras representan los elementos fundamentales de la ceración divina.

Huelga decir que este sencillo ejemplo deja de manifiesto la manera arbitraria, por decir lo menos, que emplean los cabalistas para desvelar y sostener la existencia de supuestos significados ocultos, místicos, o en este caso numéricos o numerológicos, que estarían encerrados en la Palabra de Dios. Que esta antojadiza manera de proceder todavía encuentre entusiastas seguidores en nuestros días (varios siglos después del comienzo de la cábala) es una prueba indudable de la atracción humana por lo esotérico y lo oculto.

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